El juego de amarte Capítulo 20
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Capítulo 20

Belinda’s Corner estaba lleno cuando llegaron, pero Belinda los condujo directamente a la mesa junto a la ventana.

—Esta mesa estaba reservada —anunció.

—¿Para quién? —preguntó Lena.

—Para vosotros.

—No sabías que veníamos.

—Siempre está reservada para mis clientes más especiales.

—¡Eso me pirra! —exclamó Leo, dando saltitos.

Belinda abrazó a Leo y, feliz de tenerlos allí, le cuchicheó:

—Me han dicho que tenemos algo que celebrar.

—¡Me quedo con mi tío!

La mujer sonrió.

—Ya lo sabía —habló Belinda, encogiéndose de hombros.

—¿Cómo?

—Porque soy muy lista.

—Se lo he dicho en cuanto me he enterado —aclaró Lena.

—No estropees mi misterio.

Leo se sentó, Logan ocupó su sitio habitual, Lena se sentó frente a él y durante la siguiente hora comieron, rieron y hablaron de planes.

Leo quería visitar Canadá, pero solo durante las vacaciones.

También quería ir a Florida a ver un lanzamiento espacial.

Y viajar a Japón.

Y comprar un perro.

—Lo del perro no tiene nada que ver con la custodia —señaló Logan.

—Ahora puedes decirme que sí.

—Puedo decirte muchas cosas.

—Di que sí.

—No.

—Entonces empieza mal tu etapa como tutor.

Belinda les llevó una tarta con una vela en el centro.

—No es el cumpleaños de nadie —dijo Leo extrañado.

—Es una tradición de mi cafetería cuando hay algo que celebrar. Ponemos una tarta y soplamos para pedir un deseo.

—¿Más deseos? ¡Mi deseo era quedarme con mi tío! Pero… ¡es verdad! ¡Ahora tengo otro!

—Es lo que pasa siempre cuando se consigue algo. ¡De pronto deseas algo más! Así que a soplar…

Leo insistió en que debían soplarla los tres.

Y lo hicieron.

Logan miró a Lena al otro lado de la llama y ella deseó algo que no tenía derecho a pedir: que aquello no terminara.

Cuando Leo y Logan discutieron sobre si podían pedir otro postre, Belinda hizo un gesto a Lena desde la barra.

Ella se levantó.

—Voy a ayudarla un momento.

—Este mes no trabajas aquí —le recordó Leo.

—Sigo sabiendo llevar platos.

Belinda la condujo hacia la parte trasera y le preguntó, incapaz de soportar la intriga:

—¿Y ahora qué?

Lena fingió no entender.

—¿Ahora qué de qué?

—No me hagas perder el tiempo. Mira cómo tengo la cafetería y mi mejor empleada está de vacaciones.

—Vamos a celebrar que Leo se queda.

—Eso ya lo veo.

Belinda cruzó los brazos y soltó sin demorarlo más:

—¿Qué va a pasar contigo?

Lena miró hacia la mesa. Logan estaba escuchando algo que decía Leo. Sonreía. Parecía feliz. Más feliz que nunca.

—Dentro de dos días termina el acuerdo —musitó Lena, encogiéndose de hombros.

—¿Y?

—Volveré a casa.

—¿A hacer qué? —inquirió Belinda, que arqueó una ceja.

Lena la miró y respondió como si aquello fuera de lo más obvio:

—A mi vida.

Belinda negó lentamente con la cabeza.

—Esa ya no es tu vida.

—¡Claro que sí! —exclamó Lena, segura.

—No.

—Belinda...

—Tu vida está ahí.

Señaló la mesa y luego añadió, porque para ella no había lugar a dudas:

—Con ellos.

Lena bajó la voz.

—Todo empezó como un trato.

—Y dejó de serlo hace semanas.

—No para Logan.

Belinda soltó una carcajada sin humor.

—Duermes con él.

Lena se quedó rígida y preguntó, frunciendo el ceño:

—¿Cómo sabes eso?

—Leo.

—¡Voy a matar a ese niño!

—No ha dado detalles. Ha sido en cuanto le he visto. Y solo ha dicho que Logan ya no duerme en el sofá porque le dolía la espalda.

Lena cerró los ojos.

—Maravilloso, mi pequeño bocachancla.

—¿Estás enamorada?

Lena resopló y no respondió. Pero Belinda esperó.

Lena miró otra vez hacia Logan y pensó que no tenía sentido engañar a Belinda.

—Sí.

La palabra apenas fue un susurro.

—Muchísimo —añadió Lena, porque era la pura verdad.

—Entonces díselo.

—No puedo.

—¿Por qué?

—Porque él no siente lo mismo.

—¿Cómo lo sabes? —inquirió Belinda, sin dejar de mirar a Logan.

—Porque no me lo ha dicho.

Belinda chasqueó la lengua y replicó mordaz:

—¿Ese es tu gran argumento jurídico?

—No te burles.

—Estudias Derecho, Lena. Deberías saber que la ausencia de declaración no demuestra la inexistencia de un hecho.

—No estoy en clase.

—Pues deberías estarlo.

Lena suspiró y explicó con la voz quebrada por un instante:

—Logan está centrado en Leo. Esto empezó para conseguir su custodia. Margaret ya ha recomendado que Leo se quede con él. Yo ya no hago falta.

—Eso es mentira.

—No lo es.

—Míralo.

Lena no quiso, pero lo hizo. Logan estaba observándola desde la mesa. Y, en cuanto sus miradas se encontraron, sonrió.

—Ese hombre te mira como si fueras lo único que hay en el local —dijo Belinda.

—Siempre vigila todo.

—No te vigila.

Lena volvió la mirada hacia ella.

—¿Y si se lo digo y no siente lo mismo?

—Te dolerá.

—Gran consejo. ¡Gracias, Belinda!

—Pero te dolerá más irte sin saberlo.

Belinda le apretó la mano y añadió para que su amiga abriera los ojos:

—Sois una familia. Lo siento, pero esa familia ya existe. Solo tenéis que dejar de fingir que no.

Lena tragó saliva, luchó con todas sus fuerzas para no llorar y luego volvió con los chicos.

Se sentó con ellos, disfrutó de lo que quedaba de celebración y se rio con las bromas de Leo.

Fingió como si aquello no fuera acabarse en dos días.

Y lo hizo de maravilla.

Aquella noche, Leo se durmió abrazado a la pequeña maqueta de un cohete que Logan le había comprado camino de casa.

Lena entró en el dormitorio.

Logan ya estaba allí.

Se había quitado la camisa y estaba de pie junto a la ventana.

—Está dormido —dijo ella.

—Ha tardado veintisiete segundos.

—Ha sido un día largo.

—Sí.

Lena cerró la puerta.

Durante unos segundos se quedaron mirándose.

Había tantas cosas que decir que ninguna parecía posible.

Logan se acercó.

La besó.

Lena respondió sin pensar.

Sin medir.

Sin protegerse.

Después acabaron en la cama como tantas noches anteriores, pero aquella vez todo fue distinto.

Más lento.

Más íntimo.

Como si los dos supieran que estaban acercándose a un lugar del que ya no podrían regresar.

Él la besó con pasión y la cogió en brazos. Ella le rodeó el cuerpo con las piernas.

Y así siguieron besándose, mientras él la llevaba contra la pared.

Se frotaron el uno contra el otro y cuando no pudieron más, Logan la dejó sobre la cama.

Buscó el preservativo, se lo puso y se tumbó sobre ella.

Lena tensó el cuerpo entero al recibirlo y ahogó el grito.

Se besaron nuevamente y después se quedaron mirándose ya fundidos.

Lena sintió cómo el corazón se le desbocaba y cómo lo que estaba sintiendo era tan grande que no podía controlarlo.

Logan empezó a hacérselo y ella tuvo que contener las lágrimas de solo pensar que ya no habría muchas más noches como esas.

—¿Va todo bien, preciosa? —preguntó él.

Lena mintió. Y siguieron haciéndolo, hasta que Logan la cogió de nuevo en volandas y de pie la llevó otra vez contra la pared.

Él entonces fue duro. Y ella lo prefirió, la penetró con una fuerza y una contundencia que ella agradeció porque así le iba a ser más fácil.

Era solo sexo.

Dos follando como salvajes.

O al menos eso fue lo que se repitió, aunque no fuera cierto.

Porque solo tenía que mirarlo para sentir que Logan era el hombre del que estaba enamorada.

Y así estuvieron hasta que Lena no pudo más y estalló de placer casi al mismo tiempo que Logan, que se corrió susurrando en su oído:

—Lena… Yo…

—¿Qué? —replicó Lena, esperando que le dijera que estaba sintiendo lo mismo que ella.

Pero Logan lo que respondió fue:

—Ha sido increíble.

Y la llevó a la cama.

Después, Lena permaneció tumbada junto a él, con la cabeza sobre su pecho.

Logan dibujaba círculos distraídos sobre su espalda.

El dormitorio estaba en silencio.

—Logan —dijo ella al fin.

—¿Sí?

Lena cerró los ojos.

Podía marcharse sin decirlo.

Podía esperar los dos días que quedaban, guardar sus cosas y fingir que aquello solo había sido parte del acuerdo.

Pero no podía.

Belinda tenía razón, era mejor arriesgar y perder que quedarse con eso dentro.

Y fue valiente.

Aunque le costó muchísimo.

Pero lo hizo. Y no se avergonzaba. Su madre decía que quien actuaba con el corazón nunca tenía que avergonzarse.

Y ella estaba a punto de hacerlo.

Tomó aire, lo miró y, estremecida entera, confesó:

—Te quiero.

La mano de Logan se detuvo.

Lena no dejó de mirarlo y él seguía mirando al techo.

—Eh… —murmuró Logan, sin atreverse a mirarla.

—Me he enamorado de ti —continuó—. No sé exactamente cuándo ocurrió, pero ha ocurrido.

Logan cerró los ojos. No dijo nada. Y aquel silencio respondió antes que él.

Lena se apartó un poco.

—Di algo, por Dios.

Él respiró profundamente.

—Ojalá me lo hubieras dicho dentro de un año.

Lena esperó. Él no añadió nada. Entonces ella preguntó:

—¿Qué significa eso, demonios?

Logan se incorporó y apoyó la espalda contra el cabecero.

—Que ahora mismo no puedo.

—¿No puedes qué?

—Esto.

La palabra la golpeó más que si la hubieran azotado.

—Creía que ya lo estábamos haciendo, que de alguna manera éramos…

—¿Éramos qué? ¿Dos que duermen juntos?

Lena se mordió el labio, dolida, y masculló:

—¡Somos más que eso! ¡Maldita sea!

Logan se pasó una mano por el pelo y no le quedó más remedio que admitir:

—Siento cosas por ti.

—Pero… —replicó Lena, porque era obvio que aquello tenía un pero.

—No estoy preparado.

Lena sostuvo su mirada y le preguntó desafiándole:

—¿Para qué?

—Para una relación real.

—¿Por qué?

—Porque llevo seis meses intentando mantenerme en pie por Leo. Pensando en Alexia. En George. En todo lo que podría haber hecho de otra manera.

—Tú no provocaste el accidente.

—Claro que no.

—¿Lo sabes de verdad?

Logan bajó la mirada.

—No importa.

—Claro que importa.

—Lena...

—No puedes negarte a ser feliz porque ellos murieron —dijo Lena, con un par de lágrimas deslizándose por las mejillas.

—No estoy diciendo eso.

—Entonces ¿qué estás diciendo?

Él apoyó los antebrazos sobre las rodillas.

—Que ahora que por fin sé que Leo se queda, necesito concentrarme en él. En hacerlo bien. En aprender a ser el tutor que necesita.

—Yo no te lo impediría.

—Eres una chica maravillosa. ¿Cómo lo vas a impedir? ¡Al revés!

—Entonces no entiendo.

Logan levantó la cabeza, parecía agotado y confesó:

—Yo tampoco me entiendo.

Lena tragó saliva.

—¿Me quieres?

Él tardó demasiado en responder y encima lo que dijo fue:

—No sé qué me pasa, Lena. Solo sé que ahora mismo no puedo darte lo que me estás pidiendo.

Esa era la respuesta, los dos lo sabían, cualquiera lo habría sabido.

Lena apartó la sábana con una pena tremenda y murmuró:

—De acuerdo.

—¿Qué haces?

—Vestirme.

—Lena.

Ella salió de la cama. Recogió la ropa del suelo y empezó a ponérsela. Las manos le temblaban, pero no iba a llorar delante de él. Ya no.

—No tienes que irte —le pidió él, agobiado.

—Sí.

—Quedan dos días.

—No puedo quedarme dos días más.

—¿Por qué?

Lena se volvió y le dijo con todo el coraje del mundo:

—Porque te quiero.

Logan cerró los ojos.

—Ya me lo has dicho. Y lo sé.

—No. No lo sabes.

Se abrochó la blusa y replicó con la verdad en la mano:

—Si me quedo, mañana desayunaré contigo. Iremos con Leo a algún sitio. Nos reiremos. Volverás a besarme. Dormiremos en esta cama y yo voy a seguir imaginando que esto puede durar.

—No quiero hacerte daño.

—Entonces déjame ir.

Logan salió de la cama.

—No es tan sencillo.

—Sí lo es.

—Siento cosas por ti —volvió a reconocer Logan.

—Pero no las suficientes.

Él apretó la mandíbula y negó con la cabeza:

—No he dicho eso.

—Tampoco has dicho lo contrario.

Lena recogió sus zapatos y soltó sin disimular su tristeza:

—Te entiendo.

—No.

Logan se acercó y musitó con un nudo en la garganta:

—No lo entiendes porque yo tampoco me entiendo.

La voz se le quebró ligeramente.

Lena lo miró. Durante un segundo quiso abrazarlo. Decirle que podía esperar. Que no importaba. Que se quedaría allí hasta que él estuviera preparado.

Pero ella no podía hacerse eso a sí misma. Ya no. Así que respondió haciendo acopio de toda la dignidad que pudo:

—Precisamente por eso tengo que marcharme.

—Lena...

—No voy a obligarte a enamorarte de mí.

—Nunca he dicho que...

—Y tampoco voy a quedarme esperando a que un día decidas si puedes hacerlo.

Logan guardó silencio.

Lena terminó de calzarse.

—¿Vas a irte ahora?

—Sí.

—Es de madrugada.

—Pediré un taxi.

—Te llevaré.

—No.

—No vas a marcharte sola.

—Puedo cuidarme. No te preocupes… Ya he hecho más veces esto… Marcharme de un lugar donde me he sentido como en casa…

—Lena… Mi intención no es…

—Para, por favor. No intentes convertir esto en otra cosa que puedas controlar.

La frase lo detuvo.

Lena tomó el bolso.

Cuando llegó a la puerta, Logan habló.

—¿Vas a despedirte de Leo?

Lena cerró los ojos, porque aquello era lo peor.

—No quiero despertarlo —respondió Lena.

—Mañana preguntará por ti.

—Dile que he vuelto a casa.

—No basta.

—Es la verdad —afirmó Lena.

—No toda.

Lena se volvió una última vez.

Logan permanecía junto a la cama, descalzo, con el pecho desnudo y una expresión que ella no le había visto nunca.

Parecía perdido.

—Gracias por este mes —dijo.

Él negó lentamente con la cabeza.

—No hagas que suene como una despedida.

Lena sintió que finalmente se le llenaban los ojos de lágrimas.

—Lo es.

Abrió la puerta.

Salió.

No miró atrás.

Logan no la siguió.

Y cuando las puertas del ascensor se cerraron, Lena comprendió que Belinda tenía razón.

Su antigua vida ya no existía.

El problema era que la nueva tampoco le pertenecía.

Y Logan, por su parte, permaneció quieto en mitad de la habitación.

Escuchó el sonido lejano del ascensor.

Después, nada.

La cama estaba deshecha.

La ropa de Lena seguía en parte dentro del vestidor.

Su libro descansaba sobre la mesilla.

Había un vaso junto a la ventana.

Y, aun así, la habitación parecía completamente vacía.

Logan se sentó en el borde del colchón. Todavía podía sentir el calor de ella sobre las sábanas.

Era jodido. Muy jodido.

Y no podía ni creerlo.

Había conseguido la custodia de Leo. Había ganado la batalla más importante de su vida. Y, por primera vez desde que Margaret Hill le había comunicado su decisión, no sintió ninguna alegría.

Solo la certeza brutal de que acababa de dejar marchar a la mujer que había convertido aquel ático en un hogar…