El juego de amarte EPÍLOGO
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EPÍLOGO

Un año y un mes después

—¡No miréis!

Leo salió de la cocina de Belinda’s Corner con una tarta enorme entre las manos.

La tarta se inclinaba peligrosamente hacia un lado.

Belinda caminaba detrás, intentando sujetarla sin que él lo notara.

—Estamos mirando al frente —dijo Logan.

—¡He dicho que no miréis!

Lena se tapó los ojos.

—No estoy mirando.

—¡Tú haces trampas! —exclamó Leo.

—Eso lo has aprendido de mi tío.

Logan la miró.

—Yo no hago trampas.

—Negocias las reglas hasta que te favorecen —replicó Lena, risueña.

—No es lo mismo.

—Exactamente lo mismo —asintió Lena.

Leo dejó la tarta sobre la mesa.

—Ya podéis.

Lena retiró las manos.

En la parte superior había un cohete, varias estrellas y un número diez torcido.

—¡Diez! —exclamó ella—. No puedo creer que ya tengas diez años.

—Yo sí.

—Eso es porque llevas esperándolo desde ayer.

Leo señaló la tarta y les dijo muy orgulloso:

—La he decorado yo.

—Eso explica el cohete —dijo Logan.

—¿No te gusta?

—Me encanta.

El niño sonrió.

Belinda colocó varios platos.

—Y más le vale, porque tenemos colorante azul para las próximas seis semanas.

El local estaba lleno.

Ryan ocupaba una mesa cercana junto a varios compañeros del trabajo y corrigió a Leo cuando este dijo que el cohete «volaba al espacio».

—Los cohetes se propulsan.

—Hoy cumplo años. No quiero clases, Ryan —habló Leo, divertido.

—Buen argumento —admitió Ryan.

Adele estaba sentada junto a la madre de Logan. Las dos habían congeniado de una manera que preocupaba profundamente a sus hijos.

Juntas eran capaces de cualquier cosa.

Edward había viajado desde Canadá con su esposa.

Había llegado con tres regalos para Leo después de prometer que solo llevaría uno.

La señora Wolf también estaba allí.

Paul había aparecido tarde, despeinado y con una bolsa de regalo que parecía haber comprado durante el trayecto.

En fin, que estaba toda la familia.

Porque eso eran ya.

Una familia extraña, ruidosa y bastante más grande de lo que Logan había imaginado que tendría algún día.

Leo sopló las velas.

Todos aplaudieron.

—¿Qué has pedido? —preguntó Lena.

—No se puede decir.

—Entonces no se cumplirá —bromeó Logan.

—Eso no es verdad.

—Estadísticamente…

Lena le dio un codazo.

—Déjalo disfrutar.

—Solo explicaba… —murmuró Logan.

—Hoy no hay estadísticas —le dijo Lena, guiñándole un ojo.

Leo cortó un trozo de tarta y les confesó a todos:

—He pedido un perro.

Logan se pasó la mano por la nuca y tuvo que morderse los carrillos por dentro para no soltar una carcajada:

—Lo acabas de decir.

—Ya lo sabía todo el mundo.

—No significa que vaya a cumplirse —le advirtió Logan, aunque empezaba a sospechar que aquella batalla estaba perdida.

Leo miró a Lena, como pidiéndole de un modo gracioso que hiciera algo.

Ella se encogió de hombros y repuso:

—No me metas.

—Tú dijiste que te gustaban los perros.

—Y me gustan.

Logan se volvió hacia ella y negó rotundo:

—No.

—No he dicho nada.

—Esa cara lo ha dicho —replicó Logan, asintiendo con la cabeza.

—¿Qué cara?

—La misma que pusiste antes del grafiti.

Leo sonrió y gritó agitando los brazos:

—¡Yuhu! ¡Entonces, tendremos perro!

—No tendremos perro.

Edward tomó un sorbo de café.

—En Canadá tengo espacio para varios.

Logan lo fulminó con la mirada y le soltó:

—No ayudes.

—Solo expongo posibilidades.

Lena soltó una carcajada.

Hacía un año, Edward Whitmore no habría hecho una broma en una situación así.

Ahora visitaba Nueva York cada dos meses.

Leo pasaba algunas semanas de verano en Canadá y regresaba contando historias de caballos, lagos y las absurdas reglas de su abuelo.

Edward seguía siendo serio.

Estricto.

Un poco estirado.

Pero ya no intentaba convertir a Leo en otra persona.

Y Leo había aprendido que podía quererlo sin tener que vivir con él.

Belinda repartió la tarta y comentó en voz alta:

—Lena, tenemos que brindar también por ti.

Ella negó con la cabeza.

—Hoy es el cumpleaños de Leo.

—Y ayer aprobaste el último examen.

Paul levantó la copa.

—¡Por la futura abogada!

Todos aplaudieron de nuevo.

Lena se sonrojó.

—Todavía me queda encontrar trabajo.

—Pero vas a conseguirlo —dijo Logan.

La miró con orgullo.

Lena había dejado de trabajar a diario en Belinda’s Corner, aunque seguía apareciendo varios días a la semana porque, según ella, no podía estudiar sin oír a Belinda gritar órdenes desde la barra.

El piso de Adele había quedado completamente reformado.

Sin tirar ninguna pared estructural.

Lena se lo recordaba siempre que podía.

Y Logan había mantenido todos los cambios que prometió a Margaret Hill.

Ya no trabajaba catorce horas.

No aceptaba reuniones los jueves por la tarde.

Regresaba a casa para cenar.

La señora Wolf no había vuelto a quedarse después de su horario salvo en ocasiones excepcionales.

Y Cole Developments seguía en pie.

Para sorpresa de nadie salvo la del propio Logan.

—¿A qué hora has llegado hoy? —preguntó Leo.

Logan miró el reloj.

—A las cinco menos diez.

—Muy bien.

—Gracias por evaluarme.

—Solo compruebo.

—Margaret Hill ya cerró el expediente hace meses.

—Yo no —aseguró Leo, con la boca llena de tarta.

Lena se rio.

Logan se inclinó hacia ella y la besó.

Leo bajó la vista hacia su reloj.

—No empieces —advirtió Logan sin apartarse del todo.

—Estoy contando.

—Tienes diez años. Deberías buscarte otra afición.

—Me gusta esta.

Lena rodeó el cuello de Logan con los brazos.

—Déjalo.

Volvió a besarlo.

Leo siguió mirando el reloj.

Uno.

Dos.

Tres.

Cuatro.

El beso continuó.

—Ya no duran tres segundos desde hace mogollón —comentó Leo, tronchado.

Logan se separó lo justo para mirarlo.

—¿Cuánto duran ahora?

Leo consultó el reloj.

Después los miró con una sonrisa enorme.

—Muchísimo.

Todos se rieron.

Lena apoyó la cabeza sobre el hombro de Logan.

Él entrelazó los dedos con los suyos bajo la mesa.

Belinda’s Corner seguía siendo el mismo lugar de siempre.

La misma mesa junto a la ventana.

Las mismas hamburguesas.

Los mismos batidos.

Pero sus vidas habían cambiado por completo.

Leo tenía diez años y un hogar.

Logan tenía una familia que jamás había sabido que necesitaba.

Y Lena los miraba a los dos sabiendo que, contra todo pronóstico, aquel extraño acuerdo había terminado dándole mucho más de lo que jamás se habría atrevido a pedir.

Logan se inclinó hacia ella.

—¿Qué has pedido tú?

—No era mi cumpleaños.

—Siempre pides algo cuando se soplan velas.

Lena sonrió y dijo:

—Puede que esta vez también.

—¿Qué?

Ella miró a Leo, que discutía con Edward sobre el perro. Después volvió los ojos hacia Logan y respondió:

—Un bebé.

Logan se quedó rígido como un palo.

—¿Un bebé?

Ella alzó una ceja.

—Has preguntado.

Leo levantó la cabeza desde el otro lado de la mesa.

—¡Un hermano! ¡Lo estoy deseando!

Logan cerró los ojos.

—Perfecto. Ya tenemos al inspector de besos. Ahora también tendremos al inspector de embarazos.

Lena soltó una carcajada.

—No he dicho que tenga que ser ahora.

Logan volvió a mirarla.

—Pero lo quieres.

Lena asintió.

—Contigo, sí.

Él le acarició la mejilla y la besó.

—Y yo también, preciosa.

Leo volvió a mirar el reloj.

—Empiezo a contar.

Logan se separó apenas de los labios de Lena.

—Ni se te ocurra.

—Demasiado tarde.

Lena se rio y volvió a besarlo.

A su alrededor continuaron las risas, las conversaciones y las protestas de Logan porque Leo seguía cronometrando sus besos.

Lena cerró los ojos un instante.

Había pasado gran parte de su vida marchándose de lugares que nunca terminaban de pertenecerle.

Ya no.

Tenía a Leo.

Tenía a Logan.

Tenía una familia.

Y, quizá algún día, serían uno más.

Pero por primera vez en su vida no tenía que preguntarse cuándo llegaría el momento de marcharse.

Porque, por fin, había encontrado el lugar en el que quería quedarse.

FIN