El juego de amarte Capítulo 19
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Capítulo 19

Después de volver de Los Hamptons, todo pareció volver a la normalidad.

Y una mañana…

Leo entró en la habitación sin llamar, porque llevaba una bandeja entre las manos, estaba convencido de que iba a darles la mejor sorpresa del mundo y, según explicaría después, llamar habría estropeado todo el efecto.

—¡Desayuno!

Lena abrió los ojos y durante un segundo no supo dónde estaba.

Después notó el brazo de Logan alrededor de su cintura, la pierna de él enredada con la suya y el calor de su cuerpo pegado a su espalda.

Y entonces vio a Leo junto a la cama.

El niño sujetaba una bandeja ladeada sobre la que había dos tazas, un plato de tostadas, un cuenco de fresas y algo que probablemente pretendía ser un zumo de naranja.

Lena se incorporó de golpe, sujetándose la sábana contra el pecho.

Logan abrió los ojos con bastante menos urgencia, pero se sobresaltó al verlo.

—¡Leo!

—Buenos días —canturreó el niño.

—¿Qué haces aquí?

—Os he traído el desayuno.

El niño avanzó con cuidado y Lena también bromeó:

—No parecía una pregunta difícil.

Logan se pasó una mano por la cara y le pidió:

—Podrías haber llamado.

—Quería sorprenderos.

—Lo has conseguido —murmuró Lena.

Leo dejó la bandeja sobre una mesa cercana.

Después miró la cama.

A Logan.

A Lena.

Y de nuevo a la cama.

No parecía escandalizado.

Ni sorprendido.

Ni siquiera especialmente interesado.

—Está todo muy rico —anunció—. Os va a encantar, parejita.

Lena se quedó mirándolo.

Logan también.

Leo sonrió.

—¿Qué? —les preguntó, con una sonrisa gamberra.

—Nada —respondió Logan.

—¿No vais a probarlo?

—Dentro de un momento.

—Las tostadas se van a enfriar.

Lena intentó no reírse.

—Gracias, Leo.

—De nada.

El niño caminó hacia la puerta y antes de salir se volvió.

—Por cierto, el zumo lo he hecho yo.

—Eso explica el color —dijo Logan.

—Tiene naranja.

—No lo dudo.

—Y un poco de leche.

Logan cerró los ojos, haciendo esfuerzos por no echarse a reír:

—¿Por qué le has puesto leche?

—Porque estaba muy fuerte. La naranja era muy ácida. Las elegiste tú y la cagaste. Como siempre. Lena elige las naranjas mucho mejor que tú, pero como tú te hiciste el chulito, pues hale. He tenido que añadir la leche sin lactosa. Que no es la más rica, dicho sea todo de paso.

—Claro.

—Y como me sabía muy raro, le he puesto un chupito de miel.

Lena se tapó la boca con la sábana y Leo sonrió satisfecho.

—Os va a encantar.

Salió de la habitación y cerró la puerta.

El silencio duró apenas dos segundos. Lena se volvió hacia Logan. Él la miró y los dos empezaron a reírse.

—Parejita —repitió ella.

—No vuelvas a decirlo.

—Te queda bien.

—¡Nada de esto me queda bien!

—Tu sobrino nos ha pillado en la cama y lo único que te preocupa es el apelativo.

Logan miró hacia la bandeja.

—Me preocupa más el zumo.

—Cobarde.

—Tiene leche.

—También miel.

—Ja, ja, ja.

Lena se dejó caer de nuevo sobre la almohada. Logan la rodeó con el brazo y la acercó a él.

—No parece traumatizado por habernos pillado juntos —murmuró ella.

—Leo ha asumido desde el primer día que esto acabaría ocurriendo.

—Nos lleva ventaja.

Logan le apartó un mechón de la cara.

—Siempre. ¡Menudo es mi sobrino!

Lena lo observó. Desde que habían vuelto de los Hamptons compartían cama y la habitación ya no parecía de Logan.

Ni tampoco de Lena.

Era de los dos.

La ropa de ella ocupaba parte del vestidor. Había libros de Derecho sobre la mesilla. Un vaso de agua abandonado junto a la ventana. Un zapato debajo de la butaca y otro en un lugar que todavía no había conseguido recordar.

Logan seguía protestando.

Pero ya no movía nada.

—Deberíamos levantarnos —dijo él.

—No quiero.

—Tu zumo se enfría.

Lena le dio un pequeño golpe en el pecho.

—Idiota.

Él sonrió.

La besó.

Sin prisas.

Sin señora Wolf.

Sin una limpiadora cerca.

Sin necesidad de fingir.

Cuando se separaron, Lena apoyó la frente contra la suya.

—¿Cuánto ha durado?

—No lo sé.

—Leo sí lo sabría.

—No invoques al inspector de besos.

Lena volvió a reírse.

En la bandeja, una de las tostadas cayó al suelo, pero ninguno hizo el menor esfuerzo por recogerla.

Después…

Los días que siguieron transcurriendo con una tranquilidad que a Lena empezaba a parecerle peligrosa.

No ocurrió nada extraordinario. Desayunaban juntos, Logan se marchaba a trabajar más tarde de lo que solía y regresaba antes.

Leo continuaba de vacaciones y aprovechaba cada mañana para inventar un plan diferente.

Algunos días iban al parque.

Otros se quedaban en casa.

A veces Lena estudiaba en la terraza mientras Leo leía cerca del telescopio. Otras, los tres terminaban en la piscina, aunque Logan insistiera en que no tenía tiempo.

Siempre acababa metido en el agua.

Siempre terminaba riéndose.

Y todas las noches regresaban a la misma habitación.

A la misma cama.

Sin hablar del final del mes.

Como si ignorarlo pudiera evitar que llegara.

Hasta que llegó la evaluación de Margaret Hill.

Logan llevaba despierto desde antes del amanecer.

Lena lo supo porque, cuando abrió los ojos, él estaba sentado al borde de la cama con los antebrazos apoyados sobre las piernas y el teléfono entre las manos.

No lo utilizaba.

Solo lo sujetaba.

—¿Cuánto llevas despierto? —preguntó.

Logan volvió la cabeza.

—No mucho.

—Mentiroso.

—Una hora.

Lena miró el reloj.

Todavía no eran las seis.

Se incorporó y se acercó a él.

—Va a ir bien.

—No lo sabes.

—No.

Lena apoyó la barbilla sobre su hombro y aseguró:

—Pero sé que has hecho todo lo posible.

—¿Y si no es suficiente?

La voz de Logan era tan baja que apenas parecía suya.

Lena le rodeó la cintura.

—Entonces seguirás luchando.

Él cerró los ojos.

—No puedo perderlo.

—No vas a perderlo.

—Parker...

—Sé que no puedo prometerlo.

Logan giró ligeramente la cabeza.

—Entonces no lo hagas.

—Lo que sí puedo prometerte es que Leo sabe dónde quiere estar. Margaret también lo sabe. La señora Wolf lo sabe. Belinda lo sabe. Todo el mundo que ha pasado cinco minutos con vosotros lo sabe.

—Edward no.

—Edward quiere otra cosa.

—Quiere lo que cree que es mejor.

—Y tú también.

Logan dejó el teléfono sobre la mesilla.

—Odio no controlar esto.

—Ya.

—No digas «ya» como si llevaras años soportándome.

—A veces unas semanas pueden parecer años.

Él sonrió un poco.

Lena le besó el hombro.

—Dúchate.

—¿Me estás echando de mi cama?

—Te estoy evitando que llegues sin acicalar a una reunión de la que depende tu vida.

—La custodia de Leo no depende de que vaya sin acicalar.

—No tentemos a la suerte.

Logan se levantó y, antes de entrar en el baño, se detuvo.

—¿Vendrás?

—Claro.

—No tienes que hacerlo.

—No te he preguntado si tengo que hacerlo.

Él la miró durante unos segundos.

—Gracias.

—De nada, Cole.

Y unas horas después… llegó el momento que tanto habían esperado.

Margaret Hill llegó a media mañana.

No lo hizo sola.

La acompañaba un evaluador familiar que había participado en el expediente.

Lena no logró recordar el cargo completo.

Solo que llevaba una carpeta gruesa, unas gafas demasiado pequeñas y la clase de expresión que no revelaba absolutamente nada.

Se reunieron en el salón.

Leo estaba con la señora Wolf en su habitación, aunque ya había sido entrevistado esa misma semana.

Margaret había hablado con él.

Con Logan.

Con Lena.

Con la señora Wolf.

Con varios miembros del personal que trabajaba habitualmente en el ático.

También con Belinda.

Incluso había solicitado informes del colegio de Leo y referencias relacionadas con la rutina que mantenía desde la muerte de sus padres.

Logan permaneció sentado junto a Lena.

No le cogió la mano.

Pero su rodilla estaba pegada a la de ella y no se apartó en ningún momento.

Margaret abrió la carpeta.

—Antes de empezar, quiero dejar claro que mi función no consiste en valorar quién quiere más a Leo.

Logan no se movió.

—Tanto usted como el señor Whitmore han demostrado afecto, preocupación y voluntad de hacerse cargo del menor.

—Entonces ¿qué se está valorando? —preguntó él.

—El interés de Leo.

Margaret colocó varias hojas sobre la mesa.

—Su bienestar emocional, la continuidad de su vida, sus vínculos, su entorno escolar, sus necesidades cotidianas y la capacidad real de cada adulto para hacerse cargo de él.

Lena sintió cómo Logan se tensaba a su lado.

—Durante estas semanas —continuó Margaret— he observado cambios importantes.

Levantó la vista hacia él.

—En la primera evaluación, uno de los principales problemas era su disponibilidad.

—Lo sé.

—Trabajaba jornadas excesivamente largas. Delegaba gran parte del cuidado de Leo en personal contratado. Había una rotación preocupante de niñeras y no existía una rutina suficientemente sólida.

Logan asintió. No intentó justificarse y Lena supo que aquello también contaría.

—Eso ha cambiado —dijo Margaret.

Él la miró, respiró hondo y ella siguió:

—La señora Wolf ha confirmado que ahora respeta sus horarios. Que usted regresa a casa a una hora razonable. Que se encarga personalmente de las cenas, las tardes y la rutina nocturna de Leo.

—Intento hacerlo.

—También ha reorganizado su agenda laboral.

—Sí.

—¿Es temporal?

La pregunta quedó flotando en el salón. Logan tardó unos segundos en responder, pero cuando lo hizo no pudo resultar más sincero:

—No.

Margaret lo observó con atención.

—¿Está seguro?

—Completamente.

—Dirige una empresa de gran tamaño.

—La empresa seguirá existiendo si no trabajo catorce horas al día.

Lena bajó la mirada para ocultar una sonrisa.

Margaret la vio y también pareció sonreír apenas.

—El señor Whitmore dispone de una vida más previsible —continuó Margaret—. Una casa estable, horarios flexibles y recursos suficientes para hacerse cargo de Leo.

—Yo también tengo recursos suficientes.

—No estoy hablando de dinero, señor Cole.

—Lo sé.

—El señor Whitmore, además, ha presentado un proyecto educativo detallado.

Logan apretó la mandíbula.

—Idiomas, colegios, profesores privados...

—Entre otras cosas.

—Leo no quiere irse.

—Eso también ha sido valorado.

Margaret cerró una de las carpetas.

—Leo ha expresado con mucha claridad que quiere permanecer en Nueva York.

Logan dejó de respirar y Lena lo notó. Estuvo a punto de agarrarlo de la mano, pero se contuvo en el último segundo.