El juego de amarte Capítulo 17
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Capítulo 17

A la mañana siguiente, Leo apareció en la cocina con un chaleco salvavidas puesto sobre el pijama.

Lena levantó la vista de su taza.

—¿No crees que es un poco pronto?

—Hay que estar preparado.

Logan entró detrás de él y se sirvió café.

—El velero no va a entrar en la cocina.

—Nunca se sabe.

—Sí se sabe —replicó Logan.

Leo se sentó frente a Lena y apoyó ambos brazos sobre la mesa.

—¿Seguro que no venís?

—Seguro —respondió Logan.

—Va a molar mucho.

—No lo dudo.

—El abuelo me va a dejar llevar el timón.

—Eso sí lo dudo.

Henry apareció en la puerta con unas gafas de sol sobre la cabeza.

—Le dejaré llevarlo un rato.

Logan lo miró.

—Tiene nueve años.

—Y yo estaré a su lado.

—No te alejes de la costa.

—¿Quieres venir a supervisar?

—No.

Henry sonrió.

—Entonces confía en mí.

Claire entró detrás de él con una bolsa enorme colgada del hombro.

—He preparado comida para todos.

Logan observó la bolsa.

—¿Todos quiénes?

—Nosotros tres.

—Eso puede alimentar a una tripulación entera.

—No quiero que el niño pase hambre.

Leo levantó la mano.

—Yo tampoco quiero.

Claire dejó la bolsa sobre la encimera y miró a Lena.

—Todavía estáis a tiempo de venir.

Lena miró hacia Logan.

Él bebía café con una expresión de absoluta indiferencia, aunque ella empezaba a conocerlo lo suficiente para saber que estaba esperando su respuesta.

—Me quedaré aquí —dijo.

Claire ocultó una sonrisa detrás de la taza.

—Como queráis.

—Mamá —advirtió Logan.

—No he dicho nada.

—No hace falta.

Leo miró a uno y a otro.

—¿Por qué pones esa cara, abuela?

—¿Qué cara?

—La de saber algo que los demás no saben.

Claire le colocó bien el chaleco.

—Porque las abuelas sabemos muchas cosas.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que vas a recibir —replicó Logan.

Lena sonrió.

—Empieza a copiarte.

—Eso es preocupante.

Henry recogió la bolsa y señaló la puerta.

—Nos vamos.

Leo se levantó de un salto.

—¡Por fin!

Se acercó a Lena y la abrazó.

—Volvemos mañana por la mañana.

—Lo sé.

—No te aburras.

—Intentaré sobrevivir.

Después abrazó a Logan.

—Tú tampoco trabajes.

—No voy a trabajar.

Leo se separó y lo miró con desconfianza.

—Nada.

—Nada.

—Ni mirar correos.

—Alguno quizá.

—Tío.

—No voy a prometer cosas imposibles.

—Pues mira pocos.

—De acuerdo.

Claire se acercó a su hijo y le dio un beso en la mejilla.

—Descansa.

—Eso hago.

—No. Tú te sientas con el ordenador y dices que estás descansando.

—Es una forma de descanso.

—Para ti.

Después abrazó a Lena.

—Disfrutad del día.

Lena notó que lo decía con una intención que iba bastante más allá de recomendarles que tomaran el sol.

—Lo intentaremos.

Claire sonrió satisfecha.

Unos minutos después, los tres se marcharon.

Desde el porche, Logan y Lena vieron alejarse el coche.

Cuando desapareció al final del camino, el silencio se instaló alrededor de la casa.

Lena cruzó los brazos.

—Qué raro.

—¿Qué?

—No escuchar a Leo.

Logan miró hacia la carretera vacía.

—Sí.

—La casa parece más grande.

—Lo es.

—No físicamente.

—Ya te he entendido, Parker.

Lena se volvió hacia él.

—¿Qué hacemos ahora?

Logan metió las manos en los bolsillos.

—Nada.

Ella abrió mucho los ojos.

—¿Nada?

—Nada.

—¿Tú sabes hacer eso?

—Empiezo a cansarme de que todo el mundo me pregunte lo mismo.

—Es que no das la impresión de dominar la técnica.

—Puedo pasar un día sin trabajar.

—¿Un día entero?

—Sí.

—¿Y sin organizarlo?

Logan frunció el ceño.

—¿Qué tiene de malo organizar un día libre?

—Que deja de ser libre.

—Eso no tiene ningún sentido.

—Precisamente.

Él soltó una risa breve.

—Podemos dar un paseo.

—¿Eso estaba en tu planificación?

—Acaba de ocurrírseme.

—Estoy impresionada.

—Parker.

—Cole.

Media hora después caminaban por la playa.

Lena llevaba un vestido ligero sobre el bañador y las sandalias en una mano. Logan se había remangado los pantalones y avanzaba descalzo junto a ella.

La marea estaba baja. El agua llegaba hasta sus tobillos y se retiraba dejando una franja brillante sobre la arena.

Caminaron durante un rato sin hablar.

No era un silencio incómodo y tampoco necesitaban romperlo.

Algunas gaviotas descendían cerca de la orilla y volvían a elevarse cuando ellos se acercaban. El viento agitaba el pelo de Lena y el mar olía a sal, a algas y a verano.

—Hacía mucho que no venía aquí solo —dijo Logan.

Lena lo miró.

—No estás solo.

—Ya.

Él continuó caminando unos pasos.

—Me refería a sin mis padres, sin Leo, sin trabajo.

—Sigues sin estar solo.

Logan sonrió.

—No me estás dejando terminar.

—Es una de mis virtudes.

—Lo sé.

Lena se acercó un poco más al agua.

—¿Venías mucho de pequeño?

—Todos los veranos.

—¿Con Alexia?

—Sí.

La respuesta salió baja, pero no dolorida.

—Nos pasábamos el día en la playa. Ella hacía castillos y yo los destruía.

—¡Qué encanto de hermano!

—Decía que así podía hacerlos mejores.

—Eso suena exactamente a ti.

Logan la miró.

—¿Qué significa eso?

—Que siempre encuentras una justificación lógica para ser insoportable.

—No los destruía todos.

—Ah, bueno. Entonces eras adorable.

Él sonrió y, durante unos metros, siguieron caminando en silencio.

—Mis padres tienen razón —dijo Logan al fin.

Lena no supo a qué se refería.

—¿Sobre qué?

—Sobre el trabajo.

—No es ninguna novedad. ¿No te parece? —inquirió Lena, risueña.

—Ya. He vivido para la empresa durante años.

—Sí.

—No hace falta que lo confirmes tan rápido.

—Ya lo sabías.

Logan miró hacia el horizonte.

—Construí Cole Developments desde cero. Al principio no podía permitirme desconectar. Después pude, pero ya no sabía hacerlo.

Lena lo escuchó sin interrumpirlo.

—Cada operación llevaba a otra. Cada edificio hacía posible el siguiente. Siempre había algo más grande que conseguir.

—Y ahora tienes muchísimo.

—Sí.

—¿Te ha hecho feliz?

Logan tardó en responder.

—A veces.

—Eso no ha sonado muy convincente.

—Lo era mientras ocurría. Cuando cerraba una operación, cuando terminaba un proyecto… durante un rato sentía que todo tenía sentido.

—¿Y luego?

—Buscaba el siguiente.

Lena bajó la mirada hacia las huellas que dejaban sobre la arena.

—Eso debe de ser agotador.

—Tú ya me lo dijiste.

—También te dije que no sabía si eras capaz de disfrutar de algo sin convertirlo en una evaluación.

—Y te respondí que estaba disfrutando.

—Lo recuerdo.

Logan se detuvo.

Lena avanzó un par de pasos antes de darse cuenta y se volvió.

Él estaba mirando el mar.

—A veces pienso que Edward tiene razón.

Ella regresó junto a él.

—¿Sobre qué?

—Sobre mí.

—Edward cree tener razón sobre demasiadas cosas.

—No me refiero a Lena, la peligrosa camarera grafitera.

Ella sonrió.

—Qué pena. Ese tema me encanta.

Logan no le devolvió la sonrisa.

—Me refiero a Leo.

Lena se quedó quieta.

Él siguió hablando:

—¿Y si no soy capaz de darle el hogar que necesita?

—Ya se lo estás dando.

—¿Tú crees? —inquirió él.

—Y has cambiado muchísimo últimamente.

—Edward dice que puede ser algo temporal.

—Edward no vive contigo —le recordó Lena.

—Pero me conoce desde hace años.

—Yo también te conozco.

Logan arqueó una ceja.

—Llevas años sirviéndome café.

—Y tres semanas viviendo contigo. Créeme, parecen veinte años.

Él soltó una risa pequeña, aunque la preocupación continuaba en su rostro.

—No sé si va a ser suficiente.

—¿Para Margaret?

—Para Leo.

Lena se acercó un paso.

—Leo te adora.

—Eso no significa que yo sea lo mejor para él.

—Te ha elegido.

—Tiene nueve años.

—Y sabe perfectamente dónde quiere estar.

—Un niño puede querer algo que no le convenga.

—Claro. Como comer tres cajas de cereales y una bolsa de nubes.

Logan la miró.

—Eso no es lo mismo.

—No. Porque cuando se trata de ti no está pidiendo un capricho.

Él guardó silencio.

Lena continuó:

—No te ha elegido porque tengas una casa enorme o porque puedas comprarle todo lo que quiera. Te ha elegido porque eres su tío. Porque confía en ti y porque te quiere.

—También quiere a Edward.

—Sí. Pero no quiere vivir con él.

Logan volvió a mirar el agua.

—A veces tengo miedo de fallarle.

—Eso no demuestra que vayas a hacerlo mal.

—¿No?

—Demuestra que te importa hacerlo bien.

El viento apartó un mechón del rostro de Lena. Ella se lo colocó detrás de la oreja y añadió:

—Las personas que no se plantean si están fallando suelen ser las que menos se esfuerzan por cambiar.

Logan bajó la vista.

—Estoy intentando hacerlo.

—Lo noto.

—Llego antes —insistió Logan, mordiéndose el labio inferior, inquieto.

—Me he dado cuenta.

—Trabajo menos.

—¡Menos mal!

—Me estoy perdiendo reuniones, Parker.

—Eso sí que me parece preocupante —bromeó ella.

Él sonrió, pero enseguida volvió a ponerse serio.

—Me gusta estar en casa.

—Tus padres ya se han dado cuenta.

—Todo el mundo se da cuenta de todo en esta familia.

—Es que eres bastante transparente.

—No empieces tú también.

Lena sonrió.

—¿Y sabes por qué te gusta volver?

Logan la miró directamente.

—Sí.

Ella dejó de sonreír.

Durante un instante solo se oyó el mar.

—Por Leo —dijo Lena, aunque la frase sonó más como una pregunta.

—Por Leo también.

El corazón de Lena dio un golpe extraño.

Logan respiró hondo.

—Creía que estaba cambiando únicamente por él.

Ella esperó.

—Pero no.

Lena notó el viento más frío sobre la piel.

—También estoy cambiando por ti.

No fue una frase bonita.

No fue una declaración preparada.

Salió de Logan con una sinceridad tan sencilla que precisamente por eso la dejó sin palabras.

—Logan…

—Es verdad.

Él dio un paso hacia ella.

—Me gusta volver porque estás tú y la casa parece distinta, Leo se ríe, tú discutes conmigo por cualquier cosa y dejas vasos por todas partes.

—No dejo tantos.

—Deja que termine.

Lena cerró la boca.

—Me gusta encontrarte estudiando. Escucharte hablar con Leo. Verte entrar en una habitación y conseguir que todo parezca más… vivo.

Ella tragó saliva.

—Eso no tiene nada que ver con el acuerdo.

—Lo sé.

—Ni con Margaret.

—También lo sé.

Logan se quedó frente a ella.

Muy cerca.

—Esto ya no es mentira, Lena.

Era la primera vez que la llamaba por su nombre en aquel tono.

Sin ironía.

Sin convertirlo en una discusión.

Ella levantó la vista.

—¿Qué no es mentira?

—Esto.

Él le rozó la mejilla con los dedos.

Lena no se apartó.

Logan esperó un instante, como si todavía le diera la oportunidad de detenerlo.

Ella no lo hizo.

Fue Lena quien acortó la distancia.

El primer roce fue suave.

Muy distinto a los besos que se habían dado durante aquellas semanas.

No había nadie mirando.

No había una niñera cerca.

Ni una cocinera.

Ni una trabajadora social a la que convencer.

Logan apoyó una mano en su cintura y Lena se sujetó a su camisa.

Se besaron despacio.

Como si ambos necesitaran comprobar que aquello estaba ocurriendo de verdad.

Después Logan profundizó el beso.

Lena sintió que todas las veces que se habían separado demasiado pronto estaban allí.

Los tres segundos.

Los cuatro.

Las miradas posteriores.

Las manos que tardaban un poco más en apartarse.

Todo.

Logan la atrajo contra su cuerpo y Lena le rodeó el cuello con los brazos.

El beso dejó de ser prudente.

Dejó de ser medido.

Se volvió urgente.

Desordenado.

Real.

El viento le golpeaba el vestido contra las piernas y las olas rompían cerca, pero durante unos minutos ninguno fue consciente de nada.

Cuando finalmente se separaron, ambos respiraban con dificultad.

Logan mantuvo la frente apoyada contra la suya.

—Esto ha durado más de cuatro segundos —murmuró Lena.

Él soltó una risa baja.

—Leo estaría orgulloso.

Ella rio también.

Después entrelazaron los dedos y regresaron caminando hacia la casa.

Ninguno habló demasiado.

Ya no hacía falta.

Porque, por primera vez desde que todo había empezado, ya no quedaba nada que fingir.