El juego de amarte Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

Logan volvió la cara hacia el mar, aunque el movimiento de sus hombros lo delató.

Claire mantuvo la compostura unos segundos más.

—¿Dieciséis?

—Las conté.

Esta vez todos se echaron a reír.

—No tiene gracia —dijo Leo—. Estuvimos en un sitio donde había que hablar bajito y los pastelitos eran diminutos.

—Era un salón de té —recordó Logan.

—Pues eso. Aburridísimo.

Claire le acarició el pelo.

—El abuelo Edward es diferente.

—Muchísimo.

—Y tienes que aceptarlo como es.

Leo bajó la mirada y empezó a dibujar líneas sobre la arena.

—Lo acepto.

—Te quiere mucho —añadió ella.

—Ya lo sé.

—Entonces intenta ser un poco paciente con él.

El niño asintió.

—Lo quiero. Pero no quiero vivir con él.

La frase consiguió que el humor se desvaneciera ligeramente.

Henry dejó de sonreír y miró a su nieto.

—Eso es otra cosa.

Leo levantó la cabeza.

—¿Tú crees que tengo razón?

—Creo que tu vida está en Nueva York.

Claire asintió.

—Tu colegio, tus amigos, tus costumbres… Todo está allí.

El niño pareció aliviado.

—Eso le digo yo a todo el mundo.

—Y deben escucharte —afirmó Henry—. Aunque los adultos tengan que decidir algunas cosas, tu opinión importa.

Logan permaneció callado.

Claire se volvió hacia su hijo.

—Y Logan puede hacerlo muy bien.

Él frunció el ceño, como si no comprendiera de dónde salía aquella seguridad.

—¿Cómo podéis estar tan convencidos?

—Porque te conocemos —respondió su padre.

—Precisamente por eso deberíais tener más dudas.

—Eres un adicto al trabajo —admitió Claire.

—Gracias, mamá.

—No he terminado. Eres un adicto al trabajo, controlador, cabezota y tienes la absurda costumbre de pensar que puedes resolverlo todo solo.

—Esto cada vez mejora más.

Lena se mordió el labio para no reírse.

Claire continuó:

—Pero quieres a Leo. Y cuando quieres a alguien, haces lo necesario.

—Hasta ahora no he hecho suficiente —reconoció Logan.

—Eso puede cambiar —dijo Henry.

—Está cambiando —intervino Lena.

Todos la miraron.

Ella se encogió de hombros.

—Llega antes. Come con nosotros. Se toma tardes libres. Ya no mira el teléfono seis veces durante el desayuno.

—Ahora solo dos —puntualizó Leo.

—Algunos días ninguna —lo defendió Lena.

Claire observó a su hijo con una sonrisa.

—¿Te gusta llegar a casa?

Logan miró primero a Leo.

Después a Lena.

Tardó apenas un segundo en contestar:

—Sí.

—Porque está ella —afirmó su madre.

Logan volvió a mirar a Lena.

Ella esperaba que protestara, hiciera una broma o dijera que también estaba Leo.

Pero no lo hizo.

—Sí —admitió.

Y era verdad.

Le gustaba volver porque Leo lo esperaba.

Pero también porque Lena estaba allí.

Porque encontraba sus libros sobre la mesa, algún vaso olvidado junto al sofá y su risa recorriendo el ático.

Porque la casa ya no parecía vacía cuando ella la ocupaba.

Lena sostuvo su mirada y sintió que algo se removía dentro de ella.

Claire sonrió satisfecha.

—Entonces ya tienes un motivo para seguir llegando pronto.

Logan apartó la vista.

—No necesito motivación.

—Claro que no —replicó su padre—. Por eso llevabas años regresando a casa cuando todos dormían.

—Dirigir una empresa requiere tiempo.

—Criar a un niño también —le recordó Claire.

Logan observó a Leo, que había vuelto a jugar con la arena.

—Lo sé.

—Y vas a hacerlo bien —insistió Henry.

—Eso espero.

—Nosotros estamos seguros.

Logan no respondió.

Leo se puso de pie de pronto y sacudió la arena de sus piernas.

—¿Podemos bañarnos?

Henry se levantó.

—Vamos.

—¿Tú también, tío?

Logan miró el mar.

—El agua estará helada.

—Eres un sieso —dictaminó Leo.

—Eso lo has aprendido de Lena.

—Yo no utilizo esa palabra —se defendió ella.

—Todavía —añadió Claire.

Leo agarró a su abuelo de la mano y ambos corrieron hacia el agua.

Claire los observó alejarse y comentó:

—Mañana queremos navegar hasta Shelter Island.

—¿Con Leo? —preguntó Logan.

—Si quiere venir.

Desde la orilla, el niño los oyó.

—¡Quiero!

Henry levantó una mano.

—Decidido.

Claire miró a Logan y a Lena.

—¿Os apuntáis?

Logan negó con la cabeza.

—Hace años que no me apetece pasar un día entero en un barco.

—Puedes cambiar de opinión —dijo su madre.

—No.

Claire miró entonces a Lena.

—¿Tú?

Lena volvió la vista hacia Logan.

—Creo que me quedaré con él.

La sonrisa de Claire apareció demasiado deprisa.

—Como queráis.

—No pongas esa expresión —le advirtió su hijo.

—¿Qué expresión?

—La misma que pones cuando estás organizando algo.

—No estoy organizando nada.

—Claro.

Claire se levantó, se sacudió la arena de las piernas y caminó hacia el agua.

Lena se quedó sentada junto a Logan.

Durante unos segundos observaron en silencio cómo Leo se metía en el mar con sus abuelos.

—Tus padres me caen muy bien —dijo ella.

—Son peligrosamente entusiastas.

—Son muy cariñosos.

—También.

—Y creen en ti.

Logan apoyó los antebrazos sobre las rodillas.

—Son mis padres. No son objetivos.

—A veces quienes mejor nos conocen son los únicos que pueden serlo.

Él la miró.

—¿Tú también crees que puedo criar a Leo?

Lena no tuvo que pensarlo.

—Sí.

Logan sostuvo su mirada durante unos segundos, pero antes de que pudiera responder, Leo gritó desde el agua:

—¡Lena! ¡Ven!

Ella se levantó.

—Tengo que irme. Me reclama mi chico.

—Creía que el novio era yo.

—Tú eres el falso.

Logan arqueó una ceja.

Lena sonrió y echó a correr hacia el mar.

Él la observó mientras Leo salía a recibirla, le agarraba la mano y tiraba de ella hacia el agua.

Su madre se volvió desde la orilla y le lanzó una mirada que Logan conocía demasiado bien.

No hizo falta que dijera nada.

Y sí, lo reconocía. Le gustaba volver a casa porque estaba Lena.

Y empezaba a preocuparle cuánto…