El juego de amarte Capítulo 16
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Capítulo 16

La tercera semana comenzó con un viaje a los Hamptons.

La propuesta había surgido durante el desayuno del lunes, cuando Logan dejó la taza de café sobre la mesa y anunció con la misma solemnidad con la que habría comunicado una nueva adquisición:

—El miércoles nos vamos a casa de mis padres.

Lena levantó la vista de su tostada de pavo y aguacate:

—¿Los tres?

—No. Leo y yo. Tú puedes quedarte aquí sola fingiendo que eres mi novia.

—Qué amable.

—¡Claro que los tres!

Leo dejó caer la cuchara dentro del tazón de cereales y preguntó entusiasmado:

—¿Vamos a la casa de la playa?

—Sí.

—¿Toda la semana?

—Hasta el domingo.

El niño levantó ambos brazos.

—¡Planazo!

Lena no compartió inmediatamente su entusiasmo.

No porque no quisiera ir a los Hamptons. Jamás había estado y la idea de pasar unos días cerca del mar le parecía estupenda.

El problema eran los padres de Logan.

Después de conocer a Edward Whitmore y de soportar que aquel hombre la observara como si su sola presencia pudiera echar a perder la educación de Leo, no sabía qué esperar de los señores Cole.

Logan pareció leerle el pensamiento.

—Mis padres no son como Edward.

—No he dicho nada.

—Pero has puesto cara.

—¿Qué cara?

—La de estar imaginando a mi madre preguntándote en qué galería expones.

Lena se echó a reír.

—¿No va a hacerlo?

—Probablemente te preguntará si quieres comer nada más llegar.

—Eso me gusta más.

—Y después volverá a preguntártelo veinte veces —añadió Logan.

Leo asintió con expresión seria.

—La abuela piensa que todo se arregla comiendo.

—A veces funciona —opinó Lena.

—Casi siempre —confirmó el niño.

Dos días después, viajaban hacia los Hamptons en uno de los coches de Logan.

Leo había pasado la mayor parte del trayecto explicándole a Lena todo lo que encontraría allí.

La piscina.

La playa.

La habitación en la que dormía desde pequeño.

El velero del abuelo.

Un cobertizo en el que guardaban tablas de surf, bicicletas y «un montón de cosas que nadie utilizaba, pero que la abuela no dejaba tirar».

—Mi padre es incapaz de tirar nada —explicó Logan desde el asiento delantero.

—Eso no es verdad —replicó Leo—. El año pasado tiró una sombrilla.

—Estaba rota.

—Pero la tiró.

—Una hazaña —comentó Lena.

El coche dejó atrás la carretera principal y tomó un camino flanqueado por árboles.

Unos minutos después aparecieron las primeras casas.

Lena esperaba algo enorme, blanco y perfectamente impersonal.

La casa de los padres de Logan era grande, desde luego, pero también resultaba acogedora. Tenía una fachada clara, contraventanas azul grisáceo, un porche amplio y un jardín en el que las plantas parecían crecer con bastante más libertad que en el ático de Logan.

Había bicicletas apoyadas junto a una pared, varias toallas secándose sobre una barandilla y unas sandalias abandonadas cerca de la puerta.

—Aquí hay cosas fuera de su sitio —comentó Lena, sorprendida.

Logan giró la cabeza.

—No empieces.

—Solo digo que ahora entiendo que tu obsesión por el orden no es genética.

—Mi madre es ordenada.

—Hay una regadera en mitad del camino.

—La habrá dejado mi padre.

—Entonces tu padre me cae bien.

El coche apenas había terminado de detenerse cuando la puerta principal se abrió.

Una mujer de unos sesenta años salió al porche y bajó los escalones con los brazos abiertos.

Era delgada, llevaba un vestido largo y ligero de color blanco, el pelo castaño recogido en una coleta baja y unas grandes gafas de sol.

—¡Por fin!

Leo abrió la puerta antes de que el chófer pudiera hacerlo y salió corriendo.

—¡Abuela!

La mujer lo recibió con un abrazo tan fuerte que consiguió levantarlo unos centímetros del suelo.

—Pero ¿qué te están dando de comer? ¡Estás enorme!

—Tengo nueve años.

—Eso no impide que estés enorme.

Un hombre apareció detrás de ella.

Era alto, de cabello completamente gris y expresión sonriente. Llevaba unos pantalones claros, una camisa remangada y caminaba descalzo.

—Déjalo respirar, Claire.

—Llevo demasiado tiempo sin verlo.

—Fueron cuatro semanas —recordó Logan mientras bajaba del coche.

La mujer soltó a Leo y abrazó a su hijo.

—También te he echado de menos.

—Nos vimos hace cuatro semanas.

—Eso acabo de decirle al niño.

Después, Claire Cole se volvió hacia Lena.

La observó durante menos de un segundo antes de sonreír con auténtico entusiasmo.

—Así que tú eres Lena.

Lena apenas tuvo tiempo de asentir antes de que la mujer la abrazara.

—Tenía muchísimas ganas de conocerte.

—Mamá —advirtió Logan.

—¿Qué? No estoy haciendo nada.

—La estás asfixiando.

Claire soltó a Lena, aunque mantuvo ambas manos sobre sus brazos.

—Perdona. Es que Logan nunca nos presenta a nadie.

—Mamá.

—Es verdad.

El padre de Logan se acercó sonriendo.

—No le hagas caso. Se emociona con facilidad. Soy Henry.

—Lena.

El hombre le dio un abrazo mucho más breve, pero igualmente cariñoso.

—Bienvenida a casa.

Aquello la sorprendió. No «bienvenida a nuestra casa». Simplemente, «bienvenida a casa».

—Gracias.

Claire volvió a mirar a su hijo y preguntó:

—¿Vais a quedaros ahí todo el día o pensáis entrar?

—Nosotros acabamos de llegar —le recordó Logan.

—Y ya estáis tardando.

Leo se acercó a su abuelo y le preguntó:

—¿Sigue aquí mi tabla?

—Te estaba esperando.

—¿Podemos ir luego a la playa?

—Claro.

—¿Y salir con el velero?

—También.

—¿Y dormir en mi habitación?

Henry fingió pensárselo.

—Habíamos pensado que durmieras en el jardín.

Leo soltó una carcajada.

—No.

—Entonces habrá que buscar otra solución.

Claire pasó un brazo por los hombros de Lena.

—¿Has comido?

—Desayuné.

—Eso fue hace horas.

—Mamá —intervino Logan—, hemos parado por el camino.

—¿Qué habéis comido?

—No empieces.

—Solo pregunto.

—Unos sándwiches —respondió Leo.

Claire abrió mucho los ojos.

—Eso no es comer.

Lena miró a Logan.

—Tenías razón.

—Nunca falla —masculló él.

La casa por dentro resultaba todavía más acogedora.

Había muebles claros, fotografías familiares, cojines de distintos colores y libros amontonados sobre varias mesas. Las puertas permanecían abiertas y el aire del mar recorría las habitaciones.

Lena descubrió fotografías de Logan con distintas edades.

Logan de niño, con el cabello revuelto y una pala en la mano.

Logan adolescente, sosteniendo una tabla de surf.

Logan con Alexia en la playa, ambos cubiertos de arena y riéndose.

Se detuvo ante aquella última imagen.

Alexia debía de tener unos quince años. Logan parecía algo mayor y la sujetaba del cuello mientras ella intentaba apartarlo.

—Eran inseparables —dijo Claire a su lado.

Lena la miró.

La mujer sonreía, aunque sus ojos se habían llenado de una tristeza suave.

—Se nota.

—También discutían muchísimo.

—Eso también se nota —comentó Lena.

Claire soltó una risa pequeña.

—Alexia sabía exactamente cómo sacarlo de quicio.

—Entonces creo que ella y yo nos habríamos llevado bien.

Logan, que pasaba por detrás con la maleta, se detuvo.

—Os habríais llevado de maravilla. Y habría sido horrible: dos contra mí.

—¡Ya somos dos contra ti! —gritó Leo.

—Qué suerte —bromeó Logan.

Claire los miró a uno y a otro y sonrió de una forma que puso inmediatamente en guardia a Logan.

—¿Qué? —preguntó él.

—Nada.

—Estás pensando algo.

—Yo no he dicho una palabra.

—No ha hecho falta.

Lena se echó a reír.

—En eso se parece a Leo.

—Toda la familia parece leerme la mente —protestó Logan.

—Es que eres bastante transparente —comentó Henry desde el salón.

Logan giró la cabeza.

—¿Tú también?

—Especialmente para nosotros.

Después de dejar las maletas, comieron en una terraza cubierta orientada hacia el jardín.

Claire había preparado una ensalada enorme, pescado a la plancha, patatas y varios platos que, según ella, «había hecho por si acaso».

Lena sospechaba que aquel «por si acaso» podía alimentar a doce personas.

Los padres de Logan le preguntaron por Belinda’s Corner, por Derecho y por Bellas Artes.

No la estaban evaluando. Parecían interesados de verdad.

—¿Y qué te gusta más? —preguntó Henry—. ¿El arte o el Derecho?

Lena se quedó pensando.

—Son cosas muy distintas.

—Por eso pregunto.

—El arte me hace sentir más libre. El Derecho me hace pensar que quizá pueda ayudar a alguien.

Claire asintió.

—Entonces no tienes por qué elegir para siempre.

—Eso mismo le digo yo —intervino Leo con la boca llena.

—Traga antes de hablar —le pidió Logan.

Leo masticó rápidamente y continuó:

—Tiene alma de artista.

Lena lo miró y se le apretó el pecho.

—Gracias.

Henry sonrió.

—Si Leo lo dice, debe de ser cierto.

—Lo es —afirmó el niño.

Después de comer, bajaron a la playa.

Desde la casa se accedía a la playa a través de un pequeño sendero entre dunas cubiertas de vegetación. Leo corrió delante con una pelota bajo el brazo. Henry llevaba una sombrilla y Logan cargaba con una nevera portátil que su madre había llenado como si fueran a pasar allí una semana.

Lena caminaba junto a Claire.

—Logan nunca me ha contado cómo os conocisteis —soltó su madre.

Lena miró hacia él.

—En la cafetería.

—Ah.

—Llevo años sirviéndole café.

Claire sonrió.

—Entonces eres una mujer muy paciente.

—Mamá —protestó Logan desde unos pasos más adelante.

—No puedes oírnos.

—Claro que puedo.

—Pues deja de escuchar conversaciones ajenas.

—Estáis hablando de mí.

—Precisamente.

Cuando llegaron a la arena, Leo dejó caer la pelota y corrió hacia el agua.

Henry lo siguió después de quitarse la camisa. Claire extendió una toalla y Lena se sentó junto a ella.

Logan clavó la sombrilla, colocó la nevera debajo y organizó las cosas con una precisión que hizo sonreír a Lena.

—Hasta en la playa —murmuró.

—¿Qué? —preguntó él.

—Nada, Cole.

—Parker.

Leo regresó poco después, con los pies mojados y arena pegada hasta las rodillas.

Se dejó caer entre sus abuelos y anunció:

—Vosotros sois muchísimo más enrollados que el abuelo Edward.

Logan lo miró.

—Leo.

—¿Qué? Es verdad.

Claire intentó ocultar una sonrisa.

—No deberías comparar a tus abuelos.

—No los comparo.

—Acabas de hacerlo.

Leo se encogió de hombros.

—Solo digo que cuando fui a merendar con el abuelo Edward bostecé dieciséis veces.

Hubo un pequeño silencio.

Henry fue el primero en reírse.

Lena se tapó la boca.