Capítulo 15 #2
Edward pareció sorprendido por su sinceridad. Lena dejó el spray amarillo dentro de la caja y después añadió:
—Leo quiere mucho a su familia. También a usted. Solo necesita tiempo.
—No parece demasiado entusiasmado con la idea de verme.
—Ha tenido un año difícil.
—Seis meses —precisó Edward.
—Para un niño de nueve años, seis meses pueden ser toda una vida —replicó Lena.
Edward la observó y comentó mientras miraba a ver si su nieto regresaba:
—Parece conocerlo bastante bien.
—Lo conozco desde que era pequeño.
—Logan me lo ha dicho.
Su mirada se desplazó hacia él.
—Me ha dicho muchas cosas sobre usted.
Lena se volvió hacia Logan y él no pareció incómodo.
—Espero que algunas fueran buenas —dijo ella.
Edward no respondió de inmediato, pero luego repuso:
—Ha sido muy contundente.
Aquello consiguió que Lena sonriera ligeramente y dijera:
—Se le da bien.
Leo regresó unos minutos después con un pantalón limpio, un polo azul y el cabello peinado. Ya no llevaba la gorra.
Parecía otro niño.
Mucho más parecido al que Edward esperaba encontrar.
—¿Nos vamos? —preguntó el hombre.
Leo asintió sin entusiasmo.
Antes de caminar hacia él, se acercó a Lena.
—No acabes el dinosaurio.
—Te lo prometo.
Después miró a Logan.
—Volveré pronto, ¿no?
—Sí.
—¿Cuánto?
Edward consultó el reloj.
—Un par de horas.
Leo puso mala cara.
—Dos horas pasan rápido —le aseguró Logan.
—Cuando te diviertes —farfulló el niño.
—Intenta divertirte.
—Vale.
Logan se agachó para quedar a su altura.
—Tu abuelo quiere estar contigo.
Leo miró hacia Edward y chasqueó la lengua:
—Ya.
—Dale una oportunidad.
—Se la doy.
—Bien.
El niño asintió. Luego se acercó a su abuelo.
Edward apoyó una mano sobre su hombro y ambos caminaron hacia el ascensor.
Justo antes de entrar, Leo se volvió.
—¡No pintéis nada!
—¡Nada! —repitió Lena.
Las puertas se cerraron y el ático quedó en silencio.
Logan permaneció mirando el ascensor varios segundos y Lena se colocó a su lado.
—No está cómodo con él —musitó Logan, con pena.
—Eso me temo.
—Edward tampoco parece saber cómo acercarse —opinó Logan.
—Ya…
Lena ladeó la cabeza y Logan la miró extrañado:
—Qué raro. Parece que hoy piensas como yo en todo.
—No empieces —le pidió Lena, con media sonrisa.
—No he empezado.
Luego, regresaron a la terraza. Y de repente todo había cambiado.
Sin Leo, el mural parecía distinto, como si estuviera sin vida, y la alegría de hacía unos minutos se había marchado con él.
Lena tomó un spray y lo agitó.
—Tu abuelo político me adora —comentó irónica.
—No es mi abuelo político.
—Ya sabes a qué me refiero.
—No le hagas caso.
—No me lo tomo como algo personal.
Logan la observó y en seguida se dio cuenta de que no era así:
—Mentira.
Ella bajó la mirada hacia el bote.
—Un poco.
—Es un esnob.
—También es un hombre que acaba de perder a su hijo y cree que está luchando por lo único que le queda.
Logan no respondió. Lena se acercó al muro y miró la figura inacabada del dinosaurio astronauta.
—En algunas cosas lo entiendo.
—¿En cuáles? —quiso saber Logan.
—En que no se fíe de mí.
—Yo sí me fío.
La respuesta salió tan rápida que Lena se volvió. Logan estaba a pocos pasos. Todavía llevaba la gorra hacia atrás y la raya azul en la cara. Resultaba difícil reconciliar aquella imagen con el hombre que había defendido su trabajo, sus estudios y su vida delante de Edward sin vacilar.
—Gracias —dijo.
—¿Por qué?
—Por lo que has dicho.
—He dicho la verdad.
—Aun así.
Logan se acercó al mural y, clavándole la mirada, afirmó:
—No voy a permitir que nadie te haga sentir inferior por el lugar del que vienes.
Lena tragó saliva.
—Yo no me siento inferior.
—Bien. No deberías.
—Aunque es evidente que no pertenezco a vuestro mundo.
Él la miró durante unos segundos.
—¿Sabes qué ha visto Edward cuando te ha mirado?
—Una camarera cubierta de pintura que está corrompiendo a su nieto.
—Ha visto dónde trabajas. Cómo vistes. De qué familia vienes.
Lena sonrió con poca alegría y apenas susurró:
—Eso es casi todo lo que tenía que ver.
—No.
Logan negó lentamente con la cabeza y después añadió:
—No ha visto lo que haces cada día para construirte una vida distinta. No ha visto cómo trabajas, estudias y cuidas de tu madre. No ha visto cómo consigues que Leo se ría cuando lleva seis meses aprendiendo a hacerlo otra vez.
Lena bajó la mirada, para que no viera que estaba a punto de llorar:
—Logan...
—Y tampoco ha visto que eres la primera persona que ha entrado en esta casa y ha conseguido que parezca menos una oficina con dormitorios.
Ella soltó una pequeña risa.
—Eso ha sido por los vasos.
—Los vasos ayudan.
—No sabía que los apreciaras —murmuró Lena.
—No he dicho tanto.
Lena levantó la vista y volvió a decirle muy agradecida:
—Gracias por defenderme.
—No tienes que agradecérmelo.
—Sí tengo.
—No, pesada.
—Eres agotador, Cole.
—Y tú demasiado insistente, Parker.
Se quedaron mirándose y Lena notó que el aire había cambiado. No estaba la señora Wolf, ni el personal de limpieza, ni nadie que necesitara creer que eran pareja.
Aun así, Logan alzó una mano y le limpió con el pulgar una mancha amarilla que tenía junto a la mejilla.
El gesto fue lento.
Demasiado íntimo.
Lena dejó de respirar durante un instante.
—La has extendido —murmuró.
—Probablemente.
—No aprendes —musitó ella.
—No parece.
Su mano siguió junto a su rostro un segundo más.
Lena podría haberse apartado.
No lo hizo.
—Por cierto —dijo finalmente Logan—, el grafiti está quedando mucho mejor de lo que esperaba.
Ella sonrió y le dijo con los ojos muy brillantes:
—Eso es porque tienes una gran profesora.
—No te vengas arriba, Parker.
—Demasiado tarde, Cole.
Logan bajó la mano. Los dos regresaron hacia la pared, pero ninguno volvió a coger un spray.
Habían prometido no pintar sin Leo.
Y, por primera vez desde que el niño se había marchado, Lena entendió que no era el mural lo que parecía incompleto.
Eran ellos dos sin él…