El juego de amarte Capítulo 15
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Capítulo 15

Logan avanzó hacia él y le pidió sin pestañear:

—Mide tus palabras.

—No he dicho nada que no sea cierto.

—Lena no es solo «una camarera».

—Ha dicho que trabaja en una cafetería —insistió Edward.

—Es un trabajo muy digno. También estudia Derecho. Ha estudiado Bellas Artes. Ayuda a sostener su casa y lleva trabajando desde que prácticamente era una adolescente.

Edward guardó silencio.

—Y conoce a Leo desde hace años —continuó Logan—. Conoció a Alexia y a George. Sabe qué le gusta, qué le da miedo, cuándo está triste aunque diga que no pasa nada. Lo quiere.

—No pongo en duda que le tenga cariño.

—Pues lo parece.

—Pongo en duda que sea el entorno que mi nieto necesita.

Logan soltó el aire lentamente.

—¿Qué entorno necesita, según tú?

—Uno estable.

—Esta casa es estable —aseguró Logan, desafiándole con la mirada.

—Te seré sincero. Me parece extraño que de pronto te haya entrado amor por esta chica… Lora.

—Se llama Lena y adora a tu nieto.

—Desde luego que te has esforzado en encontrar a la novia falsa perfecta. Pero…

—Lena no es una novia falsa —lo corrigió Logan con rabia.

Y lo cierto era que tampoco estaba mintiendo porque Lena era mucho más que eso. No era su novia, pero tampoco era alguien con la que estuviera haciendo un papelón.

Era una mujer maravillosa a la que estaba conociendo poco a poco y que cada día le gustaba más.

—Pobre chica, si lo es de verdad, porque ya sabemos que tú no eres muy de novias. Y un montón de niñeras en seis meses no son estabilidad.

El golpe fue preciso. Logan apretó la mandíbula y replicó ofuscado:

—Eso va a cambiar.

—¿Por la chica esta…?

—¡Deja de llamarla la chica… es Lena! ¡Maldita sea! Y porque estoy cambiando yo.

Edward lo miró fijamente y le preguntó a bocajarro:

—¿Cuánto tiempo te va a durar el cambio?

—¿Qué quieres decir?

—Te conozco, Logan. El trabajo siempre ha sido tu prioridad. Ahora, de repente, aparece esta joven, reduces tu horario y representas una vida familiar idílica. ¿Cuánto durará?

—Lo que tenga que durar.

—Esa no es una respuesta.

—Es la única que vas a recibir —masculló Logan, mirándole airado.

Edward caminó hacia el ventanal y habló con una tranquilidad irritante:

—Mi esposa y yo podemos ofrecerle una estructura real. Horarios. Presencia. Una casa en la que no haya empleados entrando y saliendo constantemente. Un colegio excelente. Actividades formativas. Seguridad.

—También yo puedo darle seguridad y todo lo demás.

—Tú puedes comprarle cualquier cosa. No es lo mismo —matizó Edward, sintiendo que le había propinado otro buen golpe.

—Y tú sigues confundiendo dinero con educación mientras criticas el mío.

Edward se volvió y, lanzándole una mirada muy dura, arremetió contra él:

—No estoy hablando únicamente de dinero.

—Llevas toda la tarde hablando de colegios privados, idiomas, profesores de arte y oportunidades.

—Porque importan.

—Claro que importan. Pero no más que saber si el niño se despierta por la noche. O cómo consigue fingir que está bien cuando echa de menos a sus padres. O que lo que necesita un viernes de agosto no es aprender alemán, sino mancharse las manos pintando una pared.

—El afecto no es lo único que necesita un niño —repuso Edward, arqueando una ceja.

—No, pero también lo necesita.

Edward se quedó callado y Logan señaló la terraza:

—Míralo.

Leo estaba agachado junto al muro. Lena le sostenía el bote mientras él terminaba una estrella. El niño decía algo. Ella se rio y le revolvió el pelo.

—Está feliz —dijo Logan.

—También puede ser feliz conmigo.

—Quizá. Pero no quiere irse contigo.

El rostro de Edward se endureció y habló tras carraspear un poco:

—Tiene nueve años. No puede tomar una decisión de esa magnitud.

—No puede tomarla solo. Pero su opinión debería importarte.

—Me importa.

—Entonces escúchalo —le dijo Logan, moviendo las manos.

—Yo también perdí a mi hijo.

La frase detuvo a Logan y Edward miró hacia la terraza.

—Y yo a mi hermana —le recordó Logan también.

—Todos hemos sufrido. Todos seguimos pasando un duelo complicado. En mi caso, George era mi único hijo.

Su voz seguía siendo firme, pero algo se había quebrado bajo ella.

—Es absurdo comparar sufrimientos. Pero perder a tu única hermana a la que adorabas también es jodido —repuso Logan, con mucha pena.

—Leo es lo único que me queda de George —masculló Edward.

Logan bajó ligeramente la guardia y también admitió:

—Y Leo también es lo único que nos queda de Alexia. ¿Tú sabes cómo están mis padres? Jamás volverán a ser lo que fueron…

—Como nosotros. La muerte de un hijo no se puede superar. Pero con un nieto…

—Mis padres están atravesando por lo mismo que vosotros. Sin embargo, entienden que Leo tiene que seguir teniendo una vida como la que tenía antes de la tragedia. Seguir en la misma ciudad, en el mismo colegio, con los mismos amigos… Por eso quieren que viva conmigo…

Durante unos segundos, ninguno dijo nada.

Los dos estaban allí por la misma razón.

El mismo accidente había destrozado ambas familias.

La diferencia era que cada uno estaba convencido de que sabía mejor que el otro cómo reparar lo que quedaba.

—No pretendo apartarte de Leo —dijo Edward.

—Lo que pretendes es apartar a Leo de la vida que tiene —matizó Logan, apretando fuerte las mandíbulas.

—Se adaptará enseguida. Y podríais ir a visitarlo cuanto quisierais.

—No quiero visitar a mi sobrino. Quiero criarlo. Porque es lo que él desea.

—¿Y puedes hacerlo?

Logan sostuvo su mirada y respondió con determinación:

—Sí.

—Margaret Hill no está segura.

—Lo estará.

Edward volvió a mirar hacia Lena y preguntó con cierta ironía:

—¿Y esa joven forma parte de tu estrategia para convencerla?

Logan sintió un escalofrío incómodo y respondió diciendo la verdad:

—Lena forma parte de mi vida.

—¿Desde cuándo? —insistió Edward, incrédulo.

—Desde antes de que tú decidieras aparecer sin avisar para inspeccionarla.

—No has contestado.

—No tengo que darte explicaciones sobre mi relación.

—Sí cuando esa relación afecta a Leo —afirmó Edward, ceñudo.

—Lo afecta para bien.

Edward lo estudió y le preguntó tras ajustarse bien el nudo de la corbata:

—¿La quieres?

Logan no esperaba la pregunta. Durante un segundo, demasiado largo, no supo qué responder.

—Eso no es asunto tuyo.

Su interlocutor asintió lentamente, como si acabara de obtener la respuesta que quería:

—Ya.

—No saques conclusiones —le advirtió Logan.

—No necesito hacerlo.

Logan avanzó un paso y habló con el corazón en la mano:

—Lena es una buena mujer. Es inteligente, trabajadora y tiene más sensibilidad con Leo que nadie, que absolutamente nadie. No vuelvas a menospreciarla porque trabaja sirviendo café o porque no ha crecido en tu mismo mundo.

—No soy clasista.

—Claro que lo eres.

Edward apretó los labios y, mostrándose ofendido, le aclaró:

—Solo me preocupa el tipo de influencia que recibe mi nieto.

—Pues deberías alegrarte de que la tenga a ella.

—Eso está por ver.

—Yo ya lo he visto —habló Logan, diciendo la pura verdad.

Se miraron en silencio. Finalmente, Edward se volvió hacia la terraza.

—Quiero pasar un rato con Leo.

—Por supuesto —repuso Logan, asintiendo con la cabeza.

—A solas.

Logan no respondió inmediatamente. No quería negarles aquel tiempo. Edward podía resultarle insoportable, pero era el abuelo del niño. Y lo quería.

—¿Qué tenías pensado? —le preguntó Logan.

—Llevarlo a merendar.

—Perfecto.

Logan abrió la puerta de cristal y Leo y Lena dejaron de pintar.

—Leo —lo llamó.

El niño se acercó despacio, con el spray todavía en la mano.

—¿Qué pasa?

—Tu abuelo quiere llevarte a merendar.

Leo miró el muro a medio terminar.

—¿Ahora?

—Sí —respondió Edward—. Conozco un lugar muy agradable cerca de la Quinta Avenida.

—¿Qué lugar?

Edward mencionó el nombre de un salón de té de un hotel de lujo.

Leo no reaccionó. Lena sí conocía el tipo de sitio. Mesas impecables, porcelana delicada, personas hablando en voz baja y pastelitos tan pequeños que no parecían comida.

—¿Tienen hamburguesas? —preguntó Leo.

—No creo —respondió el abuelo.

—¿Helado?

—Seguramente.

—¿Podemos ir a Belinda’s Corner? —preguntó el niño, con una expresión que hizo que a Lena se le cayera el alma a los pies.

Edward pareció incómodo y respondió a su nieto:

—He reservado mesa en el hotel. No puedo cancelarlo a estas horas.

—Ah.

El niño volvió la mirada hacia Lena.

—Todavía no hemos acabado el dinosaurio. ¿No puedes merendar aquí mientras yo pinto?

—Me gustaría estar contigo un rato a solas —respondió el abuelo.

—Ve con tu abuelo —le dijo Lena—. Nosotros vamos a esperarte para que termines el dinosaurio.

—¿Lo puedo acabar a la vuelta? ¿Seguro? —replicó el niño, un tanto agobiado.

—Claro —respondió Logan, al que también se le estaba partiendo el alma con la situación.

—No pintéis sin mí —les advirtió el niño casi haciendo un puchero.

—Ni una línea —afirmó Lena, con una sonrisa cariñosa.

Leo miró a Logan y le preguntó en voz baja:

—¿Tengo que ir?

La pregunta le dolió y Edward también la oyó.

—No tienes que hacer nada que no quieras —respondió Logan—. Pero tu abuelo ha venido desde Canadá y le gustaría pasar un rato contigo.

Leo bajó la mirada hacia sus zapatillas manchadas de pintura.

—¿Puedo ir así?

Edward contempló su camiseta vieja y su gorra.

—Quizá sería mejor que te cambiaras.

—Pero entonces tardaré.

—No tenemos prisa —dijo el abuelo, forzando la sonrisa.

Leo suspiró.

—Vale.

Se marchó hacia su habitación y Edward se quedó observándolo.

Lena recogió algunos botes en silencio al fondo de la terraza y Logan se acercó a ella.

—Volverá pronto.

—Lo sé.

—Es su abuelo…

—Lo entiendo perfectamente.

Ella miró a Edward, que esperaba junto a la puerta y se limitó a comentar:

—La cosa es que haya aparecido justo en este momento… Leo estaba pasándoselo muy bien.

—Seguirá pasándoselo bien cuando vuelva —le dijo Logan con una sonrisa de complicidad.

Sin embargo, Edward escuchó la frase.

—No pretendo estropearle la tarde.

Lena levantó la mirada y le aclaró a toda velocidad:

—No he dicho eso.

—Lo has pensado.

—Quizá —replicó Lena, encogiéndose de hombros.