Capítulo 14
Logan tardó un segundo en apartarse de la puerta, pero no era porque pensara impedirle la entrada.
Edward Whitmore era el abuelo de Leo y tenía todo el derecho del mundo a verlo.
Aunque se hubiera presentado sin avisar, vestido como si acabara de salir de una reunión importante y con esa expresión severa que parecía anunciar problemas antes incluso de abrir la boca.
—Podrías haber llamado —dijo Logan.
—Podría.
Edward no añadió nada más. Logan se hizo a un lado y le pidió, seco:
—Pasa.
El hombre entró en el ático y volvió a mirarlo de arriba abajo: la gorra hacia atrás, la camiseta manchada de azul, amarillo y rojo, los vaqueros viejos y la pintura que Logan notaba secándose sobre su mejilla.
Edward arqueó ligeramente una ceja.
—¿He interrumpido algo?
—Estábamos pintando.
—Eso resulta evidente.
Logan cerró la puerta.
—¿Qué haces en Nueva York?
—He venido por asuntos relacionados con Leo.
Aquello consiguió que todos los músculos del cuerpo de Logan se tensaran.
—¿Qué asuntos?
Edward se quitó las gafas de sol que llevaba y las guardó en el bolsillo de la chaqueta.
—Esta tarde he mantenido una reunión con la señora Hill.
Logan lo miró fijamente.
—¿Has hablado con Margaret?
—Para eso he viajado.
—¿Y qué te ha dicho?
—Lo mismo que imagino que te habrá dicho a ti. Que está valorando las dos solicitudes y que aún no ha tomado una decisión definitiva.
—Entonces no entiendo qué haces aquí sin avisar.
—Ya te lo he dicho. Quiero ver a mi nieto.
—Podías haber llamado.
—No creí que necesitara solicitar una cita para visitar a Leo.
Logan apretó la mandíbula y decidió no perder la calma:
—No necesitas solicitar nada. Pero habría sido lo normal.
—También habría sido normal que me mantuvieras informado sobre los cambios importantes en su vida.
La mirada de Edward se deslizó hacia el pasillo.
—¿Qué cambios?
—Eso esperaba que me explicaras tú.
Logan supo de inmediato que Margaret le había hablado de Lena. Evidentemente, ya estaba al tanto de que tenía pareja y de que vivían juntos.
Y ahora la noticia había llegado a oídos de Edward. Era más que evidente. Porque, aunque no conocía el contenido exacto de su conversación, Edward no habría ido directamente desde una reunión con la trabajadora social hasta su casa, si no hubiera querido comprobar algo con sus propios ojos.
—Leo está en la terraza —dijo—. Ven.
—Antes dime una cosa.
Logan esperó.
—¿Es cierto que ahora vives con una mujer?
—Sí.
Edward lo observó.
—El romance ha sido rápido. Hace tres tardes eras un soltero de oro al que no había manera de cazar.
—No creo que fuera para tanto.
—Eras libre como un pájaro. Y ahora resulta que eres un tipo con pareja estable. Justo ahora. Raro, ¿no?
—El amor surge cuando surge. ¿No te parece?
—Sé cómo peleas para conseguir lo que quieres. Pero no te lo voy a poner nada fácil.
—¿No estábamos hablando de amor?
—No sé si será amor. Lo que sí que me corresponde es saber con quién convive mi nieto.
Logan se acercó un paso y le explicó en un tono que resultó un tanto duro, porque le molestó la suspicacia:
—Lena no supone ningún peligro para Leo.
—No he dicho que lo suponga.
—No. Pero esa expresión tuya suele decir bastante más que tus palabras.
Edward no respondió. Logan señaló el pasillo y le propuso:
—Ven a conocerla.
Avanzaron hacia la terraza.
Mientras caminaban, Logan fue cada vez más consciente del aspecto que presentaba. Seguramente Edward había acudido esperando encontrarlo detrás de un escritorio, revisando informes o atendiendo alguna llamada de trabajo.
En lugar de eso, lo encontraba un viernes por la tarde cubierto de pintura.
Curiosamente, no sentía ninguna vergüenza.
Solo una irritación creciente ante la posibilidad de que Edward utilizara aquella imagen en su contra.
—¿Qué estáis pintando? —preguntó su visitante, con una expresión de asco, como si allí oliera a podrido.
—Una pared.
—Ya había deducido que no estabais restaurando un Rembrandt.
—Es una actividad con Leo.
—¿Una actividad?
—Sí, Edward. Las personas a veces hacen cosas simplemente para divertirse.
El hombre lo miró de reojo y le dejó claro en un tono sarcástico:
—No soy completamente ajeno al concepto.
—Me alegra saberlo.
Cuando llegaron a la puerta de cristal, la risa de Leo atravesó la terraza.
El niño estaba de espaldas, agitando un spray verde bajo la supervisión de Lena. Ella le indicaba cómo mover la mano mientras terminaban una de las líneas del dinosaurio astronauta.
Los dos llevaban las gorras hacia atrás, los dos tenían la ropa salpicada de pintura y los dos parecían estar pasándoselo en grande.
—Más despacio —decía Lena—. Si te quedas demasiado tiempo en el mismo punto, chorrea.
—¿Así?
—Eso es. Muy bien.
—¡Tío, mira!
Leo se volvió.
La sonrisa le desapareció apenas vio al hombre que estaba junto a Logan.
—Abuelo.
Edward salió a la terraza.
—Hola, Leo.
El niño dejó el spray sobre el plástico.
—¿Qué haces aquí?
La pregunta no fue hostil, pero tampoco estaba acompañada de entusiasmo.
Logan lo notó.
Edward también.
—He venido a verte.
—Ah.
Leo miró hacia el mural, como si calculara cuánto tiempo iba a robarle aquella visita.
Después se acercó y permitió que su abuelo lo abrazara.
Edward lo hizo con una rigidez extraña. Como si quisiera mucho al niño, pero no supiera muy bien qué hacer con sus brazos.
—Has crecido —dijo.
—Solo han pasado unos meses.
—A tu edad, unos meses son mucho tiempo.
Leo se separó.
Edward miró la pintura de sus manos.
—Veo que estás... ocupado.
—Estamos haciendo un grafiti.
—Ya.
Lena se quitó uno de los guantes finos que utilizaba para pintar y se acercó a ellos.
Logan la vio recomponer la expresión.
La alegría no desapareció del todo, pero se mezcló con esa cautela que adoptaba cuando entraba en un terreno desconocido.
—Edward, ella es Lena Parker —la presentó Logan—. Mi novia.
Lena le tendió la mano.
—Encantada de conocerlo.
Edward se la estrechó sin demasiado entusiasmo.
—Edward Whitmore.
—Leo me ha hablado de usted.
—Espero que bien.
Leo miró a Lena.
—Le dije que vives en Canadá.
—Eso es un dato, no hablar bien —puntualizó Edward.
—También le dije que tienes una casa muy grande.
—Otro dato.
—Y que sabes montar a caballo.
—Eso mejora un poco.
Lena sonrió.
—También mencionó el golf.
Edward volvió la mirada hacia ella.
—¿Vive aquí?
—Desde hace poco.
—Lo suficiente —aclaró Logan.
—Entiendo.
El tono del hombre daba a entender exactamente lo contrario.
Después miró el muro.
El espacio estaba cubierto de planetas, estrellas y formas de colores. El dinosaurio astronauta apenas tenía medio cuerpo, pero el conjunto ya había empezado a cobrar vida.
—¿Y esto ha sido idea suya? —preguntó a Lena.
—De Leo.
—Yo dije que la pared era aburrida —explicó el niño—. Lena sabe hacer grafitis y mi tío nos ha dejado.
Edward dirigió a Logan una mirada imposible de interpretar.
—No sabía que tuvieras afición por el arte urbano, Leo.
—Estoy descubriendo cosas nuevas.
—Eso parece.
Leo cogió otro spray.
—¿Te gusta?
Edward se tomó unos segundos antes de responder.
—Es... colorido.
—Eso no significa que te guste —murmuró el niño.
Lena ocultó una sonrisa.
—Supongo que todavía no está terminado —añadió Edward.
—Nos falta Saturno, varias estrellas y acabar el dinosaurio —dijo Leo—. Mi tío ha hecho ese planeta.
Señaló una esfera azul con los bordes ligeramente irregulares.
Edward la contempló.
—Un planeta. Vaya… Quién lo diría.
Logan cruzó los brazos y le soltó con una sonrisa burlona:
—Puedes decir que te parece horrible.
—No he dicho eso.
—Pero lo estás pensando.
—Únicamente me sorprende.
—¿Qué parte?
Edward volvió a mirar a Leo.
—No sé si este tipo de actividad es la más adecuada para este jovencito.
La expresión del niño se apagó un poco.
Logan lo vio y se adelantó:
—Estamos pintando una pared, Edward. No atracando un banco.
—Ya sé lo que estáis haciendo.
—Entonces no entiendo el problema.
—Hay otras formas de acercar un niño al arte.
Lena permaneció callada, pero empezaba a sentirse incómoda. Aquel hombre era correcto, educado, mesurado, pero había algo en su forma de marcar las distancias que dejaba claro que se consideraba perteneciente a otro mundo.
Edward, por su parte, continuó:
—Podría aprender dibujo. Acuarela. Pintura al óleo. Existen profesores excelentes que...
—Solo quería pintar esta pared —lo interrumpió Leo.
Su abuelo lo miró.
—Precisamente. Si te interesa la pintura, podrías aprender a hacerlo correctamente.
—Lena me está enseñando. Estudió Bellas Artes.
—¿Y en qué galería expone? —le preguntó Edward a Lena, como evaluándola.
—En ninguna. No me dedico al arte.
—¿Y da clases de Bellas Artes en algún sitio oficial?
—No.
—Mi nieto necesitaría una profesora más académica.
Lena soltó el aire con suavidad y ya no le quedó más remedio que intervenir:
—Esto no pretende ser una clase —explicó—. Solo queríamos divertirnos.
—Comprendo.
Pero la forma en que lo dijo dejó claro que no estaba de acuerdo en absoluto.
—Además —añadió Edward—, no estoy seguro de que enseñarle a un niño de nueve años a utilizar aerosoles sea la mejor influencia.
Logan descruzó los brazos.
—Cuidado.
Edward giró la cabeza.
—¿Perdón?
—Lena está aquí.
—Soy consciente.
—Entonces no hables de ella como si no pudiera oírte.
—No he pretendido ofenderla.
—Pues estás haciéndolo bastante bien sin pretenderlo.
Lena tocó suavemente el brazo de Logan.
—No pasa nada.
—Sí pasa.
Edward la observó.
—¿A qué se dedica, señorita Parker? Estudió Bellas Artes, pero no pinta, no imparte clases… ¿De qué vive?
—Trabajo en una cafetería.
El silencio que siguió fue mínimo, pero suficiente.
—Ah —dijo Edward, como si de pronto hubiera colocado la última pieza del puzle.
Logan soltó una risa seca.
—No.
Edward alzó las cejas.
—¿No qué?
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—Esa con la que crees haber entendido quién es porque sabes dónde trabaja.
—Solo he dicho «ah».
—Y te conozco lo suficiente para saber todo lo que contiene.
Edward apretó los labios.
Lena tomó la palabra antes de que la tensión aumentara.
—Trabajo en Belinda’s Corner. Y estudio Derecho por las noches.
Leo se colocó a su lado.
—Va a ser una gran abogada.
Lena lo miró.
—Eso espero.
—Lo serás.
Edward asintió lentamente.
—Una profesión respetable.
—También lo es trabajar en una cafetería —respondió Logan.
—No he dicho lo contrario.
—No ha hecho falta —murmuró Lena.
Edward la miró. Por primera vez apareció algo parecido a interés real en su rostro.
—¿Entonces está estudiando su segunda carrera?
—Sí. Así es. Estoy preparando el próximo curso.
—¿Y compagina la carrera con el trabajo?
—Sí.
—No debe de ser fácil.
—No lo es.
Aquello pareció suavizarlo un poco.
Pero entonces volvió a fijarse en las manchas de pintura, en las gorras y en el dinosaurio astronauta.
La tregua duró poco.
—Leo —dijo—, en Canadá tendrías acceso a una educación excelente. El colegio que he seleccionado cuenta con profesores especializados en artes plásticas, música y otras disciplinas.
El niño frunció el ceño.
—Yo ya tengo colegio.
—Lo sé. Pero debes comprender que existen otras posibilidades.
—No quiero otro —murmuró Leo, mirando al suelo.
—No puedes saberlo sin conocerlo.
Leo miró a Logan, después a Lena y habló sin disimular su agobio:
—Mis amigos están en el mío.
—Harías nuevos amigos —replicó Edward, sin darle demasiada importancia.
—No quiero nuevos.
—Conservarías los que tienes aquí y conocerías otros —añadió el abuelo.
—¿Cómo voy a conservarlos si estoy en Canadá?
Edward respiró hondo, como si intentara encontrar la paciencia necesaria para explicarle algo evidente.
—Podríais hablar. Visitaros durante las vacaciones.
—No es lo mismo —dijo el niño con un hilillo de voz.
—También aprenderías francés —apuntó el abuelo como si fuera una cosa maravillosa.
Leo hizo una mueca.
—No quiero.
—El francés es muy importante.
—¿Para qué?
Edward pareció desconcertado por la pregunta.
—Para tu futuro.
—Con mis amigos me entiendo perfectamente.
—El mundo es mucho más amplio que tus amigos —le recordó su abuelo.
—Puede, pero…
El abuelo le interrumpió para seguir intentando convencerle de lo bien que estaría con él:
—En ese colegio convivirías con alumnos de muchos países. Podrías aprender francés, alemán, quizá mandarín...
—No quiero aprender tantos idiomas.
—Algún día lo agradecerás.
—¿Cuándo?
—Cuando seas mayor.
Leo volvió a mirar el mural.
—Falta mucho.
Lena se mordió el interior de la mejilla y Logan tuvo que contener una sonrisa.
Edward no pareció encontrarle gracia.
—Ahora crees que Nueva York es todo cuanto necesitas porque es lo único que conoces —continuó Edward—. Pero abrir la mente es importante.
—He estado en otros sitios —murmuró Leo, frunciendo el ceño.
—De vacaciones —puntualizó el abuelo.
—Sí.
—No es lo mismo.
Leo recogió el spray verde, se encogió de hombros y soltó del tirón:
—Pues yo quiero vivir aquí.
Edward lo miró con seriedad.
—Lo entiendo.
Leo clavó la mirada en su abuelo y le preguntó, incapaz de entenderlo:
—Entonces ¿por qué quieres llevarme?
Aquello lo hizo callar a Edward. Logan se tensó y Lena dejó el bote que sostenía sobre el plástico.
Hubo un silencio tenso y el abuelo tardó unos segundos en responder:
—Porque te quiero y creo que conmigo podrías tener una vida excelente.
—Ya tengo una vida excelente —se apresuró a decir Leo.
—Leo —intervino Logan con suavidad.
—Es verdad.
El niño señaló la terraza y le explicó a su abuelo como si tuviera razones más que de sobra para quedarse:
—Tengo mi habitación, mi colegio, mis amigos, el telescopio... y ahora estamos pintando esto.
—Pero todo eso no decide dónde debe vivir un niño —dijo Edward.
—¿No?
—Leo, no todo es tan simple —habló el abuelo.
Leo torció el gesto y, cansado de que su abuelo no le comprendiera, soltó:
—Solo te digo que estoy bien.
La expresión del hombre cambió. Debajo de la rigidez apareció una fragilidad inesperada. Dolor, quizá. O la frustración de saber que la persona por la que estaba luchando no quería lo mismo que él.
—No pretendo hacerte infeliz —dijo por fin.
—Pues no me lleves —le suplicó el niño, con lágrimas en los ojos.
Logan cerró los ojos un instante. Para él también estaba siendo muy doloroso todo aquello. Tanto que, como ya no podía más con esa conversación, le pidió a su sobrino:
—Leo, ve a terminar esa estrella con Lena.
—Vale.
El niño miró a su abuelo, después cogió el spray y regresó junto a Lena. Ella le colocó una mano sobre el hombro.
Edward observó cómo se alejaba.
—Necesito hablar contigo a solas —le dijo a Logan.
—Vamos dentro.
Entraron en el salón.
Logan cerró la puerta de cristal, aunque desde allí todavía podía ver a Lena y a Leo junto al muro.
Edward permaneció de pie.
—No me gusta esto.
—¿El grafiti?
—No reduzcas todo a una pared.
—Es lo único que has visto desde que has llegado.
—He visto bastante —replicó Edward, en un tono bastante duro.
—Llevas aquí diez minutos.
—Y en esos diez minutos he encontrado a mi nieto utilizando aerosoles bajo la supervisión de una camarera con la que, aparentemente, has decidido convivir de la noche a la mañana…