Capítulo 13
A las cinco y veinte, Logan apareció en el ático.
Más tarde de lo que había prometido, pero solo veinte minutos.
La señora Wolf estaba recogiendo sus cosas y Leo esperaba junto al ascensor con una gorra puesta hacia atrás, una camiseta vieja y una caja de materiales entre los brazos.
—Has tardado —lo recibió.
Logan miró el reloj.
—Veinte minutos.
—Dijiste antes de las cinco.
—He tenido una reunión.
Leo bajó la mirada.
La reacción fue pequeña.
Casi imperceptible.
Pero Logan la vio.
—Ya estoy aquí —añadió.
—Sí.
—Y no pienso volver a trabajar.
Leo levantó la cabeza.
—¿De verdad?
—De verdad.
La sonrisa regresó a su rostro.
La señora Wolf miró la caja.
—¿Qué van a hacer?
—Pintar —respondió Leo.
—Un pequeño mural —aclaró Logan.
—Un grafiti —corrigió el niño.
La mujer dirigió a Logan una mirada absolutamente alucinada:
—¿Un grafiti?
—Ha sido idea de Lena.
—Naturalmente —murmuró la señora Wolf.
Lena apareció por el pasillo con otra gorra, unos vaqueros viejos y una camiseta negra demasiado grande.
Llevaba varios mechones recogidos de cualquier manera y una mancha azul en el antebrazo.
Logan la miró.
—Ya estás manchada.
—He probado los sprays.
—¿Dónde?
—En cartón.
—¿Solo en cartón?
—Qué poca confianza tienes en mí.
La señora Wolf recogió su bolso y les dijo con sorna:
—Me marcho antes de que haya un cambio de idea y también pinten el salón.
—No es mala idea —dijo Leo.
—Ni se te ocurra —respondió Logan.
La niñera sonrió discretamente.
—Que pasen buena tarde.
—La pasaremos —aseguró Lena.
En cuanto el ascensor se cerró, Leo señaló a su tío.
—Tienes que cambiarte.
—¿Piensas que me voy a poner a guarrear una pared con mi mejor traje?
—Vamos a hacer arte. ¡Y ponerte una gorra!
—No uso gorras.
Lena le tendió una negra.
—Hoy sí.
Logan miró la prenda como si le hubiera ofrecido un animal muerto.
—No.
—Es parte de la experiencia.
—No necesito una experiencia completa —repuso Logan, poniendo cara de espanto.
—Tienes que protegerte el pelo.
—¿De qué?
—De mí —respondió Lena, muy seria.
Leo soltó una carcajada.
Logan miró a uno y a otra.
—Dadme cinco minutos.
Diez minutos después, Logan salió de su dormitorio con unos vaqueros, una camiseta blanca vieja y la gorra colocada correctamente sobre la cabeza.
Lena lo observó.
—No.
—¿Qué?
—Así no.
—¿Qué problema tiene?
—Parece que vas a jugar al golf —respondió Lena, tronchada.
Leo se acercó y le giró la gorra hacia atrás.
—Ahora.
Logan frunció el ceño.
—Esto es absurdo.
Lena inclinó la cabeza.
Con la gorra hacia atrás, la camiseta ajustada y los brazos desnudos, Logan parecía mucho más joven.
Y muchísimo menos empresario.
—Mejor —dijo ella.
—No me mires así.
—¿Así cómo? —preguntó Lena, temiendo que le hubiera mirado con un punto de deseo.
Porque sí. Logan Cole estaba buenísimo vestido de traje, pero de pandillero tenía un morbazo total.
—Como si estuvieras a punto de reírte —aclaró Logan.
—No me estaba riendo.
—Peor.
Leo cogió la caja y exclamó con una alegría que no le cabía en el cuerpo:
—¡Vamos!
Los tres se dirigieron a la terraza de la piscina.
El sol de agosto seguía iluminando los edificios, aunque la tarde empezaba a suavizarse. El agua reflejaba destellos azules sobre el suelo y la gran pared gris esperaba al fondo.
Habían cubierto la zona con plásticos.
Lena había dibujado unas líneas básicas con tiza: un cielo nocturno, varios planetas, estrellas y, en el centro, un dinosaurio astronauta.
Logan se detuvo.
—¿Un dinosaurio astronauta? —preguntó con el ceño fruncido, porque se esperaba encontrar cualquier cosa menos eso—. Esto no estaba en el diseño que tenía que aprobar.
—Es una mejora de última hora —repuso Lena.
Leo asintió con orgullo.
—El dinosaurio lo mejora todo.
—Eso dice él —explicó Lena.
—No sé por qué esperaba otra cosa.
—Porque no tienes imaginación —afirmó Lena, encogiéndose de hombros.
—Tengo mucha imaginación.
—Construyes edificios rectos y grises.
—No todos son grises.
—La mayoría —zanjó el niño.
Luego, Leo le entregó un spray azul.
—Empieza por aquí.
Logan lo sostuvo.
—¿Qué hago?
Lena se colocó detrás de él.
—Agita.
Logan agitó el bote.
—Más.
—No quiero romperlo.
—No vas a romper un spray.
—No sabes la fuerza que tengo.
—Claro. El hombre más fuerte de Manhattan —bromeó ella.
—No he dicho eso —masculló Logan, girándose.
Y Lena sintió algo en el estómago. No eran mariposas. No podían ser mariposas. Eran otra cosa.
No sabía qué.
Tal vez estaba sintiendo aquello por estar tan cerca, o quizá por verlo así vestido.
Todo podía ser. Y no quiso darle más importancia. Luego Leo bromeó:
—Lo estabas pensando.
Leo se rio.
Lena le indicó que presionara.
Logan apretó demasiado.
Una nube azul salió disparada y dejó una mancha enorme fuera de las líneas.
Los tres se quedaron mirando la pared.
—¡Perfecto! —dijo Lena, a punto de mearse encima.
—Has dicho que presionara —se justificó Logan, ofuscado.
—¡Exacto! ¡No que intentaras perforar el muro!
Leo se dobló de risa.
Logan observó la mancha y le faltó tiempo para decir:
—Se puede arreglar.
—Todo —repuso Lena, que tomó otro spray.
—Bueno, todo… —refunfuñó Logan.
—Mira —le pidió Lena que observara lo que iba a hacer.
Dibujó una línea suave y uniforme.
—Cuando tú lo haces parece fácil.
—Es cogerle el tranquillo —aseguró Lena.
—Es ser artistaza, Lena —precisó el niño.
—Eso no es una explicación —murmuró Logan.
—Por eso no eres artista —soltó el niño y todos se rieron.
Trabajaron durante más de una hora.
Leo pintaba las estrellas bajas y algunos detalles que Lena repasaba después. Logan se encargó de rellenar uno de los planetas bajo una supervisión constante que le parecía ofensiva.
—No salgas de la línea —le advirtió Leo.
—Sé seguir una línea —masculló Logan, haciéndose más ofendido de lo que realmente estaba.
—Antes no.
—Antes estaba probando.
—Antes hiciste un borrón —aclaró Leo, que no paraba de reírse.
Lena se rio también y le pidió:
—Concentración, Cole.
—Estoy concentrado.
—Tienes pintura en la cara —se fijó Lena.
Y no pudo evitar pensar que le quedaba muy bien.
Tenía un aspecto tan diferente al habitual que incluso le encontró menos estirado, menos señor importante, más…
Chico normal.
Más… como alguien de quien podría enamorarse.
Pero no.
Lena apartó ese pensamiento al momento por descabellado, por absurdo y porque jamás de los jamases iba a suceder nada parecido.
Y Logan, ajeno a los pensamientos de Lena, se llevó una mano a la mejilla.
—¡No te toques! —le pidió Lena a gritos.
Sin embargo, fue demasiado tarde, porque Logan extendió la mancha azul hasta casi la mandíbula.
Leo lo miró y soltó una carcajada.
—Pareces un guerrero —comentó el niño.
—Pareces un desastre —corrigió Lena.
—Tú tienes pintura en la nariz —le informó Leo, por si acaso se pensaba que ella estaba libre de manchas.
Ella intentó mirarse.
—¿Dónde?
Logan se acercó.
—Aquí.
Le rozó la punta de la nariz con el pulgar.
Lena se quedó quieta. Muy quieta. Él también. Podían sentirse las respiraciones, el calor, la presencia…
Durante un instante, el ruido de la ciudad pareció quedar más lejos.
Logan mantuvo la mano cerca de su cara.
Lena levantó la vista hacia él.
Ambos sintieron el mismo cosquilleo en la boca del estómago, pero decidieron no hacerle ni caso.
—La has extendido, ¿verdad? —supuso Lena.
Logan sonrió, se encogió de hombros y respondió:
—Un poco.
—Eres idiota —soltó ella, que solo tenía un pensamiento en la cabeza.
Venganza.
Lena ni se lo pensó. Tomó el spray amarillo y lo apretó ligeramente.
Una pequeña nube de pintura cayó sobre la camiseta blanca impoluta de Logan.
Logan miró hacia abajo y, al ver la mancha, gruñó:
—Parker.
—Cole.
—Eso ha sido intencionado.
—Demuéstralo —farfulló ella, retándolo con la mirada.
Él cogió el spray azul. Lena retrocedió y le advirtió apuntándole con su propio spray.
—Ni se te ocurra.
—Ven aquí.
—Logan.
—Solo será un poco. ¡Te va a quedar la camiseta preciosa! ¡Hagamos arte! ¡Es viernes! ¿Qué puede salir mal?
—¡Leo, ayúdame! —gritó Lena, que se lo estaba pasando pipa.
El niño se colocó delante de ella con los brazos abiertos.
—¡No puedes atacar a Lena!
Logan levantó el spray.
—Aparta, pequeño traidor. Tú tienes que estar con tu tío.
—No.
—Leo.
—Somos un equipo.
Lena asomó la cabeza detrás del niño y canturreó:
—¡Has perdido, Cole!
—Esto no ha terminado.
—Acepta la derrota con dignidad —le exigió Lena, sin dejar de apuntarle con el spray.
—¡Nunca!
Leo empezó a correr y Lena también.
Logan fue detrás de ellos.
La terraza se llenó de gritos y carcajadas.
Durante unos minutos no hubo custodia, informes, Canadá ni abogados.
Solo tres personas corriendo alrededor de una piscina con las camisetas manchadas, las gorras mal colocadas y varios sprays de colores en las manos.
Cuando lograron recuperar el aliento, se sentaron en el borde de la piscina con los pies dentro del agua.
Leo observó el mural a medio terminar.
—Está quedando increíble.
—Todavía falta mucho —dijo Lena.
—Pero ya parece algo —replicó Leo, mirando el mural como si fuera una obra de arte.
Logan lo miró también. No era el tipo de decoración que habría elegido. Ni de lejos. Era demasiado colorida. Demasiado ruidosa. Demasiado imperfecta.
Y, sin embargo, le gustaba.
Tal vez porque Leo no había dejado de sonreír en toda la tarde.
—No está mal —admitió Logan, después de observarla un buen rato.
Lena se volvió hacia él y aquello le supo a muy poco:
—¿No está mal?
—Es un cumplido viniendo de alguien tan exigente como yo, Parker.
—Después de todo lo que he hecho por esta pared, quiero algo más —le advirtió Lena, alzando las cejas de un modo muy gracioso.
Logan volvió a mirar la pared, se lo pensó un poco y concluyó:
—Está bastante bien.
—Más —le pidió Lena, esta vez apuntándole con el spray a modo de amenaza.
—No abuses —le ordenó Logan.
Lena negó con la cabeza. Leo le dio a su tío un pequeño empujón con el hombro y le exigió:
—Di que te gusta.
Logan suspiró y se dio por vencido. Eran dos contra uno. Siempre llevaba las de perder:
—Me gusta.
Lena sonrió, hizo la V con los dedos y comentó triunfante:
—Sabía que acabarías cediendo.
—No he cedido —aclaró Logan, salpicándola de agua con el pie.
—¡Logan!
—Perdona, perdona… Fue sin querer.
—Seguro —ironizó Lena.
—En serio. No he cedido. Simplemente estoy valorando el resultado con objetividad.
—Eres incapaz de disfrutar de nada sin convertirlo en una evaluación —observó Lena, entre resoplidos.
Logan la miró y fue muy sincero… tanto que él mismo se sorprendió diciendo:
—Estoy disfrutando.
La respuesta fue tan sencilla que Lena dejó de sonreír durante un instante.
Él apartó la mirada hacia Leo.
El niño movía los pies en el agua con una sonrisa espectacular. De hecho, Logan no recordaba haberlo visto así desde la tragedia que les había destrozado la vida.
—¡Yo también me lo estoy pasando teta!
—¡Leo, eso no se dice! —lo corrigió su tío.
—Lo que no se dice es de pe eme… pero teta… ¿Teta no se puede decir?
Logan fue a replicar algo, pero sonó el timbre del ático.
Los tres levantaron la cabeza.
Logan miró su reloj.
Las siete y cuarto.
—¿Esperas a alguien? —preguntó Lena.
—No.
El timbre volvió a sonar.
Logan se puso de pie.
—Seguid. Voy a ver quién es.
—No tardes —pidió Leo—. Te falta terminar Saturno.
—Volveré.
Logan atravesó la terraza y entró en el ático todavía con la gorra hacia atrás, la camiseta llena de manchas y una raya azul cruzándole la mejilla.
No se molestó en mirarse antes de abrir.
Tal vez debería haberlo hecho.
Más que nada porque al otro lado de la puerta estaba Edward Whitmore.
Logan abrió la puerta y por poco no le dio algo al verlo vestido impecable, como siempre, con traje oscuro, camisa blanca, corbata perfectamente anudada y ni una sola arruga.
El hombre recorrió a Logan de arriba abajo, después se detuvo en la mancha azul de su cara.
—Veo que llego en un momento interesante.
Logan apretó la mano sobre el pomo.
—Edward.
—Buenas tardes, Logan.
—¿Qué haces aquí?
El abuelo de Leo alzó ligeramente las cejas.
—He venido a ver a mi nieto.
Y, de pronto, toda la diversión de aquella tarde pareció quedar muy lejos…