El juego de amarte Capítulo 12
53%

Capítulo 12

La segunda semana transcurrió con una normalidad que empezaba a resultar sospechosa. No porque no ocurrieran cosas… Porque ocurrían muchas.

Leo seguía llenando cada desayuno de preguntas, planes e historias que no siempre tenían principio ni final.

Logan continuaba recibiendo llamadas desde primera hora, aunque ahora dejaba el teléfono boca abajo sobre la mesa y solo contestaba cuando era imprescindible.

Lena estudiaba un rato cada tarde, ocupaba cada día un poco más del vestidor y ya había conseguido controlar un poquito, solo un poquito, su desorden.

Pero la vida de los tres había adquirido un ritmo.

Uno que empezaba a parecer peligrosamente natural.

Por las mañanas desayunaban juntos. Después Logan se marchaba a Cole Developments, casi siempre tras besar a Lena delante de la señora Wolf, la cocinera, el personal de limpieza o cualquiera que pudiera confirmar más adelante que su relación era absolutamente real.

Los besos habían dejado de ser una rareza.

Al menos en apariencia.

Lena ya no contenía la respiración cuando Logan se acercaba. Él tampoco parecía calcular cada movimiento antes de apoyar una mano en su cintura y rozarle los labios.

Seguían siendo besos breves.

Correctos.

Perfectamente adecuados para una pareja que llevaba poco tiempo junta.

Pero, desde que Leo había anunciado que duraban tres segundos y medio, ambos parecían esforzarse demasiado en no cronometrarlos.

Como aquella mañana de viernes…

Logan se había despedido de ella en la cocina.

La señora Wolf estaba preparando la mochila de Leo para salir más tarde y una de las mujeres del servicio de limpieza pasaba la aspiradora en el pasillo.

—Volveré antes de las cinco —dijo él.

—Eso dijiste ayer.

—Ayer llegué a las cuatro y media.

—Por eso. Cada día exageras más.

Logan apoyó una mano en su cintura.

—¿Tienes algún plan?

—Intentar sobrevivir a otro día con tu sobrino.

Leo levantó la vista de su plato con fruta:

—Hoy voy a portarme bien.

—Eso es exactamente lo que dice alguien que piensa portarse fatal —respondió Logan, sonriendo.

Después la besó.

Un roce al principio.

Solo eso.

Pero Lena tardó un segundo más de lo necesario en apartarse y Logan pareció olvidarse de que había más personas en la casa.

Sus labios permanecieron juntos.

Uno.

Dos.

Quizá tres segundos.

Cuando se separaron, Leo los observaba con la cuchara suspendida delante de la boca.

—Cuatro —anunció.

Logan cerró los ojos.

—Deja de contarlos.

—No he usado el reloj.

—¡Me da lo mismo!

Lena se llevó una mano a los labios para disimular una sonrisa.

Logan la miró.

—Nos vemos luego, Parker.

—Hasta luego, Cole.

Él recogió la chaqueta y salió de la cocina.

Leo esperó a oír las puertas del ascensor.

—Han sido cuatro segundos.

—Cómete la manzana.

—Y un poco.

—Leo.

—Vale.

La señora Wolf no dijo nada.

Pero Lena podría haber jurado que también estaba sonriendo.

Luego, Leo y ella pasaron la mañana en una biblioteca infantil del Upper East Side.

Leo había decidido que necesitaba un libro sobre arte urbano porque, según explicó, llevaba días pensando en que la terraza de la piscina era demasiado aburrida.

—¿Demasiado aburrida? —repitió Lena.

—Sí.

—Tiene una piscina, tumbonas, plantas y vistas a Manhattan.

—Pero la pared es gris.

Lena sabía perfectamente a qué pared se refería.

Uno de los laterales de la terraza estaba ocupado por un muro largo y completamente liso que ocultaba parte de las instalaciones del edificio. Era funcional, impecable y tan emocionante como una corbata negra.

Muy Logan.

—Las paredes grises también tienen derecho a existir —comentó Lena, pues aun teniendo razón, sabía que Logan se iba a negar en rotundo.

—Esa no.

Leo dejó un libro sobre la mesa y abrió otro lleno de fotografías de murales de Nueva York.

—Mira este.

Lena se inclinó.

Era un grafiti enorme, lleno de colores, formas geométricas y animales que parecían salir de la pared.

—Está muy bien.

—Podríamos hacer algo así.

—¿Nosotros?

—¿Tú sabes pintar?

—Un poco.

—Estudiaste Bellas Artes.

Lena lo miró sorprendida.

—¿Quién te ha dicho eso?

—Tú.

—No recuerdo habértelo contado.

—Sí. Una vez dijiste que habías estudiado Bellas Artes antes de empezar Derecho.

—Debías de ser más pequeño.

—Tenía siete años.

—Eso es más pequeño.

Leo volvió a mirar el libro.

—Me pareció lo máximo.

—Y mira qué bien me ha ido: trabajo en una cafetería y ahora estudio Derecho —bromeó Lena.

—Hay que ganarse la vida, Lena. Pero tú tienes alma de artista. Yo lo sé.

Lena respiró hondo y lo miró emocionada porque ese crío le tenía robado el corazón:

—Tú, ¿por qué eres tan listo?

—No creo que sea para tanto. Y ahora dime… ¿has hecho grafitis?

Lena sonrió y no le quedó más remedio que decirle la verdad:

—Alguno.

El niño levantó la cabeza de golpe.

—¿De verdad?

—Cuando era más joven.

—¿Eras pandillera?

—No.

—¿Seguro?

—Pintaba en sitios donde no debía pintar, pero el arte…

—¿Te perseguía la policía? —preguntó Leo mirándola con una admiración tremenda.

—Leo, no está bien que te persiga la policía. Tu objetivo en la vida debe ser otro.

—Ya, hay que cumplir con la ley y el orden. Solo pregunto.

Lena cerró el libro y, sonriendo al recordar aquellos tiempos, le contó:

—Hice unos cuantos con unos amigos en paredes donde teníamos permiso.

Aquello no era del todo cierto.

En más de una ocasión no habían tenido exactamente permiso.

Pero no le pareció necesario compartir ese detalle con un niño de nueve años.

—¿Siempre os dieron permiso?

—Leo…

—Vale, no respondas. Haremos como que sí.

—¡Leo! ¡Guárdame el secreto!

—Pues claro, Lena. ¿Cuándo no lo he hecho? —replicó el niño, chocándole la mano.

—Y cuéntame… ¿Eran buenos los grafitis?

—Uno bastante. Otro parecía que lo había pintado alguien durante un terremoto.

—¡Qué chulada! —exclamó Leo, muerto de risa—. Podrías enseñarme.

—Podría.

Leo sonrió y Lena se dio cuenta demasiado tarde de que estaba pifiándola.

—No —repuso rotunda.

—¿Por qué?

—Porque no vamos a pintar la pared de la piscina de tu tío sin preguntarle.

—Le preguntamos.

—Dirá que no.

—Tú puedes convencerlo.

—¿Por qué yo?

—Porque eres su novia.

—Falsa —precisó Lena, aunque no sonó muy convincente.

Leo miró a ambos lados para comprobar que nadie los escuchaba.

—Si tú lo dices… Lo que está claro es que él te hace más caso.

Lena soltó una carcajada.

—Eso tampoco es verdad.

—Un poco sí.

—Tu tío no hace caso a nadie.

—A ti a veces.

El niño volvió a abrir el libro y le mostró un grafiti que le había gustado:

—Podemos dibujar estrellas.

—¿Estrellas?

—Porque le gustan. Eso podría gustarle, como las que tienes en el tatuaje de tu mano.

—No creo que le guste mucho mi tatuaje.

—¡Le pirra! ¡Créeme! Si hasta le he visto cómo te lo acaricia con el pulgar.

—Porque estamos fingiendo que somos novios.

—Lena… de verdad.

—¿Qué, pequeño malandrín? —replicó Lena, mordiéndose el labio para no troncharse.

—Volvamos al grafiti mejor. ¿Qué te parece pintar estrellas, planetas y un dinosaurio astronauta?

Lena lo miró, muerta de risa…

—¿Por qué un dinosaurio?

—Porque los dinosaurios mejoran todo.

Lena no pudo discutir aquello y a la hora de comer pasaron por la sede de Cole Developments.

Logan los esperaba en el vestíbulo, hablando por teléfono y mirando el reloj.

Cuando Leo salió del taxi con el libro de murales apretado contra el pecho, él lo observó con desconfianza.

—¿Qué llevas ahí?

—Nada.

—Parece un libro.

—Es un libro.

—Entonces no es nada.

Leo se acercó a Lena y le cuchicheó mirándola con complicidad:

—No se lo digas todavía.

Logan terminó la llamada, pero lo había escuchado todo:

—¿Qué no tiene que decirme?

—Nada —respondieron los dos.

Él los miró, encantado en el fondo con la relación que tenían y lo bien que se llevaban, y dijo:

—Eso empieza a preocuparme.

—No hay motivo —dijo Lena.

—Siempre hay motivo cuando tú utilizas esa frase.

Fueron a comer a un restaurante cercano.

Durante casi toda la comida, Leo permaneció sorprendentemente callado.

Miraba a Lena, después a Logan y luego al libro, que había dejado en la silla de al lado.

Logan terminó por soltar el tenedor.

—¿Qué tramas? ¡Desembucha ya, Leo!

Leo abrió mucho los ojos.

—Nada.

—Llevas veinte minutos comportándote como si fueras a solicitarme un préstamo.

—No necesito un préstamo.

—Entonces pide lo que sea.

Leo miró a Lena y le rogó, juntando las manos:

—Díselo tú, por favor.

—La idea es tuya —le recordó Lena.

—Pero tú sabes explicarlo mejor.

Logan se volvió hacia ella y le exigió, impaciente:

—Parker.

—Cole.

—¿Qué ocurre aquí?

Lena bebió un poco de agua y se lanzó a presentarle el proyecto de Leo como si fuera algo absolutamente necesario:

—Leo considera que una de las paredes de la terraza de la piscina carece de personalidad.

Logan no dio crédito y por poco no se atragantó con el vino:

—¿Qué?

—Es gris —aclaró Leo.

—Las paredes pueden ser grises.

—Pero esa es muy aburrida.

—No necesita entretenerte —afirmó Logan.

—Podríamos pintarla —sugirió Leo, en voz baja.

Logan miró a Lena y de sus labios solo salió una palabra. Alto y claro:

—No.

—Todavía no he dicho nada sobre lo que querría pintar.

—No hace falta.

Leo abrió el libro y lo colocó sobre la mesa.

—Mira.

Logan echó un vistazo a la fotografía del mural.

—No.

—Podríamos hacer algo más pequeño.

—No.

—Estrellas —propuso Lena.

Logan la miró.

—Tú también estás metida en esto por lo que veo, Parker.

—Solo aporto posibilidades.

—No quiero posibilidades sobre una pared del edificio. Punto —zanjó Logan, que siguió comiendo.

—Es tu terraza —le recordó Leo.

—Precisamente.

Leo pasó otra página y le comentó muy emocionado:

—Lena sabe hacer grafitis.

La expresión de Logan cambió.

—¿Tú sabes hacer grafitis?

—Sé pintar.

—Eso no es lo mismo —masculló Logan, mirándola con más interés todavía.

—También hice algún grafiti cuando era más joven.

Logan apoyó la espalda en la silla.

—Cada día descubro algo más inquietante sobre ti.

—No eran ilegales.

—¿Todos?

Lena vaciló, se encogió de hombros y habló entre dientes:

—La mayoría.

—Parker.

—Éramos jóvenes.

—¿Cuántos años? —preguntó Logan.

—No importa.

—Importa bastante.

Leo sonreía fascinado, admirándola a más no poder…