Capítulo 10
La primera semana pasó mucho más deprisa de lo que Lena habría imaginado.
Quizá porque, desde que se despertaban hasta que se acostaban, siempre había algo que hacer.
O quizá porque, sin darse cuenta, los tres habían empezado a funcionar como una pequeña familia.
Aunque fuera una familia falsa.
Todas las mañanas desayunaban juntos.
Logan se sentaba a la cabecera de la mesa con el móvil cerca del plato y una taza de café negro que bebía sin azúcar.
Lena ocupaba el lado contrario, todavía medio dormida y con el pelo recogido de cualquier manera.
Leo se situaba entre ambos y hablaba sin parar mientras devoraba cereales, tostadas o cualquier cosa que Marta hubiera preparado.
El primer día, Logan consultó el móvil seis veces durante el desayuno.
El segundo, cuatro.
El tercero, solo dos.
El cuarto lo dejó boca abajo desde el principio.
Lena no dijo nada, pero se dio cuenta.
También se dio cuenta de que, antes de marcharse a trabajar, Logan siempre se inclinaba hacia ella.
El lunes había sido un beso rápido.
Apenas un roce de labios porque la señora Wolf estaba colocando las zapatillas de Leo junto a la puerta.
—Hasta luego —dijo Logan.
Lena tardó un segundo en reaccionar y se besaron por fin.
—Hasta luego.
Él se marchó como si nada.
La señora Wolf tampoco pareció darle importancia.
Leo sí.
El niño sonrió desde el sofá.
—Ha durado menos de un segundo.
Lena lo miró.
—¿Cómo dices?
—El beso.
—No tienes que cronometrarlos.
—Todavía no. Luego, ¡ya veremos!
Lena decidió no preguntar qué significaba aquel «ya veremos».
El martes, Logan la besó delante de una de las mujeres del servicio de limpieza.
Esta vez duró algo más.
Quizá porque Lena ya lo esperaba.
Quizá porque Logan apoyó una mano en su cintura y ella tuvo que sujetarse a su hombro para no perder el equilibrio.
Cuando se separaron, él la miró durante un instante.
—Nos vemos a la hora de comer.
—Eso parece.
—Vendré a recogeros.
—Sabemos ir solos.
—Sois geniales —replicó Logan, absolutamente en serio.
—Entonces no hace falta que vengas —bromeó Lena.
—Quiero hacerlo.
Y se marchó. Lena se quedó quieta en el recibidor hasta que escuchó una vocecita decir:
—Un segundo y medio —anunció Leo.
—Deja de contar.
—Solo digo.
El miércoles fueron dos segundos.
El jueves, casi tres.
El viernes, Lena perdió la cuenta.
Pero Leo no.
Las mañanas eran para ellos.
Como Leo estaba de vacaciones, Lena había decidido aprovechar el mes para hacer todas aquellas cosas que el niño llevaba tiempo queriendo hacer y que, por una razón u otra, siempre se posponían.
El lunes fueron al Museo Americano de Historia Natural.
Leo quería verlo todo.
Los dinosaurios.
Los meteoritos.
La ballena azul suspendida del techo.
La sala del universo.
Lena tuvo que arrastrarlo prácticamente fuera porque llevaban más de cuatro horas recorriendo pasillos y el niño insistía en que todavía no habían visto «lo importante».
—¿Qué es lo importante?
—Todo.
—Necesitaríamos dormir aquí.
Leo lo pensó y replicó ansioso por hacerlo esa misma noche:
—Podríamos.
—Tu tío nos mataría.
—No creo.
—Yo sí. Así que mejor nos volvemos a casita.
Leo la miró con los ojos muy brillantes y le confesó:
—Me gusta que digas eso. A casita.
—Durante un mes tu casa será la mía.
—Argggg —gruñó el niño, tapándose los oídos—. ¡No me recuerdes más lo del mes! Porque no va a ser así…
—Leo, yo solo quiero que tú…
—No me impidas soñar, Lena. Por favor…
—¿Y qué es lo que sueñas?
—Mejor no lo digo que si no, no se cumple.
Lena se mordió los labios para no echarse a reír y se volvieron a casa.
El martes fueron al zoológico de Central Park.
Leo se pasó media mañana intentando convencerla de que los pingüinos lo reconocían.
—Ese me está mirando.
—Hay cuarenta personas delante.
—A mí.
—Claro.
—Ha levantado un ala.
—Está nadando.
—Para saludar.
Lena terminó saludando al pingüino.
Por si acaso.
El miércoles visitaron una exposición dedicada al espacio.
Leo lo sabía casi todo porque Logan le había enseñado nombres de planetas, constelaciones y misiones espaciales.
—Mi tío dice que algún día iremos a ver un lanzamiento.
—¿A Florida?
—Sí.
—¿Y cuándo?
—Cuando deje de trabajar tanto.
Lena no respondió, pero se puso un poco triste por un instante. Luego, al momento, rompió a reír porque con Leo era imposible estar seria todo el rato.
Y así llegó el jueves y se fueron a patinar.
O, al menos, Leo patinó.
Lena consiguió mantenerse de pie durante la mayor parte del tiempo y consideró aquello un éxito.
El viernes acabaron en Central Park, comiendo helado bajo la sombra de un árbol mientras Leo le contaba cómo había aprendido a montar en bicicleta.
—Mi padre me enseñó.
La frase salió con naturalidad, pero el rostro del niño cambió justo después.
Lena no hizo como si no se hubiera dado cuenta, aunque tampoco lo llenó de preguntas.
—¿Se le daba bien enseñar?
Leo se encogió de hombros.
—Se enfadaba un poco cuando me caía.
—¿Contigo?
—Con la bicicleta.
Lena sonrió y dijo de la manera más sutil que encontró:
—Me caía bien.
—A todo el mundo le caía bien mi padre.
—Es cierto.
Lena había conocido a George Whitmore en Belinda’s Corner. No demasiado, pero lo suficiente para saber que hablaba con todo el mundo, que siempre dejaba demasiada propina y que le pedía a Alexia un trozo de tarta después de jurar que no quería postre.
—Mi madre decía que era muy pesado.
—Las personas que quieren mucho a alguien suelen decir esas cosas.
Leo miró el helado y le confesó a Lena, bajando la voz:
—Mi tío también dice que era pesado.
—Eso confirma mi teoría.
El niño sonrió y continuaron comiendo sin que el recuerdo de sus padres le hubiera roto de pena.
Con Lena podía hablar de sus padres con una sonrisa en los labios, recordarlos con cariño y no caer en una tristeza profunda.
Además, todos los días, a la hora del almuerzo se reunían con Logan.
Los dos primeros días, Lena había pensado que cancelaría.
Tenía una empresa gigantesca, reuniones constantes y un teléfono que parecía estar a punto de explotar en cualquier momento.
Sin embargo, Logan no faltó ni una sola vez.
El lunes apareció en la entrada del museo cinco minutos antes de la hora acordada.
El martes los recogió en la puerta del zoológico.
El miércoles llegó al restaurante cuando Lena todavía estaba intentando convencer a Leo de que no necesitaba comprar otra maqueta del sistema solar.
El jueves abandonó una reunión para comer con ellos.
Y el viernes los llevó a un pequeño restaurante italiano que Alexia adoraba.
—¿Tú vienes aquí siempre? —preguntó Lena.
—No.
—Entonces ¿por qué lo has elegido?
Logan miró a Leo y le respondió con la garganta tensa por la emoción:
—A su madre le gustaba.
El niño dejó de leer la carta, porque de pronto se acordó de algo:
—Pedía la pasta con setas.
—Y después se quejaba de que tenía demasiada nata —recordó Logan.
Leo sonrió, se le iluminó la mirada, asintió y reconoció:
—Siempre.
Lena observó a ambos. Los dos hablaban de Alexia sin evitar su nombre, sin bajar la voz y sin comportarse como si recordarla fuera algo peligroso.
Le gustó, porque la recordaban de la manera más bonita posible: manteniendo vivo su recuerdo y con la sensación de la suerte que habían tenido por haberla conocido.
Luego, después de comer, Logan regresaba a la oficina y ellos al ático.
Lena aprovechaba un par de horas para preparar los temarios del curso siguiente, revisar apuntes y adelantar algunas lecturas de Derecho.
Leo se quedaba con la señora Wolf.
A veces hacían deberes de verano.
Otras jugaban a algún juego.
Alguna tarde, el niño se instalaba en la biblioteca junto a Lena y leía mientras ella estudiaba.
Y Logan siempre regresaba pronto.
Siempre.
Antes de las seis.
A veces antes de las cinco.
La primera vez que apareció a las cinco menos cuarto, la señora Wolf miró el reloj como si pensara que estaba roto.
—Puede marcharse —le dijo él.
La mujer se quedó alucinada:
—¿No va a volver a salir?
—No.
—¿Tiene alguna reunión esta noche?
—No.
La señora Wolf lo observó durante unos segundos.
—Entonces me marcho.
—Eso he dicho.
Lena esperó a que se cerraran las puertas del ascensor para decir:
—Creo que sospecha que has sido sustituido por un doble.
Logan aflojó el nudo de la corbata.
—No tiene gracia.
—Un poco sí.
—He llegado pronto toda la semana.
—Precisamente.
Leo apareció corriendo por el pasillo.
—¡Piscina!
Logan se quitó la chaqueta.
—Dame diez minutos.
—Cinco.
—Diez.
—Siete.
—Ocho.
—Vale.
Lena los miró.
—Negociáis hasta para bañaros.
—Es una habilidad familiar —respondió Logan.
La piscina estaba en una terraza inferior del edificio.
Era larga, estrecha y estaba rodeada de tumbonas, plantas y una vista privilegiada de Manhattan.
Lena había pensado que Logan se limitaría a sentarse con el ordenador cerca del agua.
Se equivocó.
El primer día, Leo lo empujó vestido.
Logan cayó a la piscina con el pantalón y la camisa puestos.
Cuando salió a la superficie, empapado y con el pelo pegado a la frente, Leo huyó entre carcajadas.
—Vas a arrepentirte —advirtió Logan.
—¡Atrápame!
Lo atrapó, lo levantó en brazos y lo lanzó al agua.
Lena se reía desde una tumbona. Aquello era tan gracioso que por poco no se hizo pis:
—No te rías, Parker.
—No puedo evitarlo.
—Tú eres la siguiente.
—Ni se te ocurra.
Logan avanzó hacia ella, Lena se levantó y le advirtió señalándole con el dedo índice:
—Cole.
—Parker.
—Estoy vestida. ¿Vale?
—Yo también lo estaba —replicó Logan, al que se le veía en la cara claramente cuáles eran sus intenciones.
—No es mi problema —repuso ella, haciendo muchos aspavientos con las manos.
—Ahora sí.
Lena intentó escapar, pero no llegó ni a dar tres pasos. Logan la rodeó con ambos brazos, la levantó del suelo y caminó con ella hacia la piscina.
—¡Suéltame, Cole! ¡Ya! ¡O te las verás conmigo!
—Ah, ¿sí? —inquirió Logan, con guasa.
—¡Logan!
—¿Sí? ¿Me has llamado Logan?
—¡Maldita sea, Cole! ¡Te odio! —exclamó dándole pataditas.
—Eso no es lo que le has dicho a la señora Wolf esta mañana.
—Ni me acuerdo de lo que le he dicho esta mañana.
—¡Logan! ¡Oh, Logan! ¡Es que lo tiene todo tan limpio que la señora de la limpieza ni tiene que pasar el plumero!
—Realmente pienso que eres un maniático —le aclaró Lena, entre risas.
—¡Y es tan trabajador…! Lo que ha logrado en pocos años es admirable…
—Es admirable, pero para qué trabajas tanto si no puedes disfrutar de lo que tienes —masculló Lena, que no paraba para zafarse de él.
—¿Crees que no estoy disfrutando en este momento, Parker?
Leo se reía desde el agua y gritó agitando los brazos:
—¡Tírala!
—No te atrevas —le ordenó Lena, pero lo cierto es que estaba a punto de troncharse de risa.
Logan la miró, sonrió y saltó con ella.
Las risas de los tres se escucharon en medio Manhattan.
A partir de ese día, la piscina se convirtió en otra rutina.
Jugaban a carreras, a ver quién aguantaba más tiempo bajo el agua o a lanzarse una pelota que casi siempre acababa cayendo fuera.
Leo hacía equipos distintos cada tarde según a quién quisiera ganar.
Después subían, se duchaban y cenaban juntos.
Algunas noches cocinaba Marta antes de marcharse.
Otras pedían algo.
Y una noche Logan volvió a intentar preparar pasta y esta vez no acudieron los bomberos.
Lo consideraron un triunfo…
Y así, la semana pasó entre risas, cenas, planes y besos.
Al principio, todos los besos tenían una excusa.
La señora Wolf estaba cerca.
O la cocinera.
O una limpiadora.
O el técnico que acudió a revisar uno de los sistemas de climatización.
Logan se inclinaba hacia Lena, ella levantaba la cara, sus labios se tocaban y ambos se separaban.
Al principio.
Porque con los días algo empezó a cambiar.
Tal vez era la costumbre.
Tal vez cada vez les resultaba más fácil fingir.
O más difícil recordar que fingían.
Los besos dejaron de ser simples roces.
Logan comenzó a colocar una mano en su cintura. Lena dejó de quedarse rígida cuando él se acercaba. Sus labios permanecían unidos un segundo más.
Luego otro.
Y, cuando se separaban, en ocasiones se miraban durante demasiado tiempo.
Ninguno lo comentaba.
Hasta el domingo.
Estaban desayunando en la terraza.
Leo comía tortitas mientras Logan leía algo en la tableta y Lena removía el café.
—Los besos ya duran más de tres segundos —dijo el niño.
Lena tragó mal y empezó a toser. Logan dejó la tableta sobre la mesa.
—¿Cómo dices?
Leo cortó otro trozo de tortita.
—Que vuestros besos duran más.
Lena bebió agua, sin saber dónde meterse…
—Yo qué sé, Leo. No sé de qué me hablas —dijo Logan, que tampoco estaba muy a gusto con la conversación.
—Pues que cuento lo que duran los besos que os dais. ¡Cada día duran más!
—¿Desde cuándo pierdes el tiempo cronometrándonos los besos?
—Desde el primer día.
Logan lo miró fijamente, sin saber si enfadarse o echarse a reír:
—¿Por qué?
—Porque dijisteis que serían de tres segundos.
—No dijimos eso delante de ti —respondió Lena.
Leo se encogió de hombros con una cara de pillo que no podía con ella y admitió:
—Lo oí.
—¿Cuándo? —preguntó Logan, sin dar crédito.
—Cuando hablabais en la cocina.
Logan se pasó una mano por la cara y murmuró hablando en serio:
—Tenemos que empezar a comprobar si estás cerca antes de mantener conversaciones.
—No estaba cerca. Estabais hablando alto.
Lena miró a Logan y, antes de que dijeran nada, Leo comentó:
—Tres segundos y medio.
—¿Perdona? —inquirió Logan.
—El beso de esta mañana ha durado tres segundos y medio.
—Eso no se puede medir con tanta precisión —dijo Logan.
—Sí se puede.
—No tienes cronómetro.
Leo levantó la muñeca y le mostró el reloj digital. Lena se tapó la boca para no reírse.
—¿Has utilizado el reloj? —preguntó Logan, patidifuso.
—Sí.
Logan cerró los ojos y, haciendo un esfuerzo por no soltar una carcajada, replicó:
—No sabía que teníamos un inspector de besos viviendo en casa.
—Constato que sean creíbles.
—Gracias por tu preocupación —dijo Lena.
—De nada.
—Y deja de cronometrarnos —le ordenó su tío, agitando el tenedor en el aire.
Leo siguió cortando su tortita y dijo no muy convencido:
—Vale.
Lena lo miró con desconfianza.
—¿Vas a dejar de hacerlo?
—No.
Logan soltó una carcajada y Lena terminó riéndose también.
Luego, la conversación cambió, pero durante el resto del desayuno, cada vez que sus miradas se cruzaban, a Lena le venía a la cabeza el mismo pensamiento.
Tres segundos y medio.
No era tanto.
Y, sin embargo, el beso de aquella mañana le había parecido bastante más largo…