Capítulo 9
Logan salió de la habitación con la maleta y le pidió a su sobrino:
—Deja de decir eso de que parecemos un matrimonio.
—¡Es verdad!
Leo no dijo nada más porque vio que Adele los esperaba en el salón con el recipiente del flan dentro de una bolsa.
—Te he metido también unas galletas.
—Gracias, Adele —dijo el niño cogiendo la bolsa.
Lena se acercó a su madre y la abrazó. Adele le devolvió el abrazo con fuerza y le pidió:
—Llama esta noche.
—Lo haré.
—Y si necesitas cualquier cosa...
—Igual te digo. Estoy cerquita. ¿A cuánto? —le preguntó a Logan.
—Depende del tráfico —respondió Logan.
Adele lo miró y le pidió, tras darle también un abrazo:
—Cuídala.
Lena cerró los ojos, porque parecía que se la estaba llevando a la guerra:
—Mamá, que voy a estar bien.
—Ya. Pero nunca he estado tanto tiempo separada de ti.
Logan sostuvo la mirada de Adele y le aseguró para que se quedara tranquila:
—Voy a cuidarla. Y vamos a volver a por más flan…
—¡Y las puertas de nuestra casa están abiertas! ¿Verdad, tío Logan?
—Por supuesto que sí. Tranquila, que todo va a estar bien, Adele.
Logan lo dijo sin bromear y sin esa arrogancia serena con la que respondía casi siempre.
A Lena le sorprendió y Adele pareció satisfecha.
—Y tú cuida de ellos —le pidió a Lena.
—Ese no era el trato —bromeó Lena.
Leo se acercó y le confesó a Adele, envarándose:
—Yo no necesito que me cuiden mucho.
—Eso dicen todos los niños —respondió Adele.
Logan dejó la maleta junto a la puerta y le comunicó a Adele:
—Mañana enviaré a alguien.
Adele parpadeó, sin entender a qué se refería:
—¿A alguien?
—Para que revise el apartamento.
Lena se volvió y le dijo con la mirada que no había ninguna prisa:
—Logan, por favor…
—La instalación eléctrica, las ventanas, el baño, la cocina...
—No tienes que hacerlo —dijo Adele.
—Forma parte del acuerdo.
—Solo hablamos de arreglar algunas cosas —puntualizó Lena.
—Hablamos de una reforma integral.
—Tú hablaste de una reforma integral —le recordó Lena, un tanto nerviosa con la situación.
—Y tú aceptaste.
—Acepté una reforma, no una reconstrucción de Manhattan.
Adele los observaba a ambos y, agobiada con tanto tira y afloja, confesó:
—No quiero causar molestias.
Logan se dirigió a ella.
—No es ninguna molestia. Mañana vendrá un equipo de confianza. Son los mejores.
—Seguro que son carísimos.
—Eso no tiene importancia.
—Para nosotras sí —confesó Adele, llevándose la mano al pecho.
—Para mí no.
Adele miró a su hija, para que dijera algo, pero Lena se encogió de hombros.
—Cuando se le mete algo en la cabeza...
—No se me ha metido nada en la cabeza. Este piso necesita arreglos —aclaró Logan.
Adele contempló la ventana, bufó y no le quedó más remedio que dar la razón a Logan:
—Está todo muy viejo.
—Mamá.
—Es verdad —insistió Adele.
—Eso no significa que tenga que venir aquí un ejército de obreros.
—No será un ejército —dijo Logan—. Primero vendrá un arquitecto y un jefe de obra.
Lena se quedó pasmada, porque no contaba con eso…
—¿Un arquitecto?
—Hay que redistribuir algunos espacios.
—No vas a tirar las paredes —le exigió Lena, porque no lo iba a aceptar de ningún modo.
—Dependerá de cuáles sean estructurales.
—Logan.
Adele empezó a reírse y Lena la miró.
—Mamá, no tiene gracia.
—Un poco sí.
Logan sacó el teléfono.
—Le pediré a Paul que lo organice.
—No llames a Paul ahora —le ordenó Lena, que estaba empezando a cabrearse de verdad.
—No voy a llamarlo. Voy a escribirle.
—Te has tomado la tarde libre.
—Esto no es trabajo.
—¿Qué es?
Logan miró a Adele y respondió convencido:
—Una devolución.
Adele frunció el ceño y le dijo a Logan:
—No entiendo.
—Usted me va a prestar a su hija durante un mes. Lo mínimo que puedo hacer es dejarle la casa preciosa.
Adele lo miró durante unos segundos y después sonrió.
—No sabes cuánto te lo agradezco.
Lena sintió que se le formaba un nudo en la garganta. Su madre no solía aceptar ayuda con facilidad. Nunca. Había pasado toda la vida defendiendo que podían arreglárselas solas. Que no necesitaban nada de nadie. Pero estaba cansada.
Lena lo veía en la forma en que apoyaba una mano en el respaldo del sofá. En las sombras bajo sus ojos. En el pequeño gesto de dolor que hacía al levantarse después de estar sentada.
Logan también lo había visto. Estaba segura.
—No tiene que agradecerme nada —dijo él—. Y queda invitada a venir a casa cuando quiera. A nuestra casa, durante este mes —corrigió Logan, mirando a Lena.
—No te emociones —murmuró Lena—. Mamá jamás visita ninguna casa.
—Cuando quiera —repitió él—. Leo estará encantado.
—Sí —dijo el niño—. Puedes traer flan.
Adele soltó una carcajada.
—Entonces iré.
Se despidieron y a Lena le entraron unas ganas absurdas de llorar.
No se iba a la otra punta del mundo, tan solo iba a ser un mes, pero sentía que estaba a punto de hacer un viaje que iba a cambiarlo todo.
Era ridículo.
Pero esa era la sensación que tuvo.
Luego, bajaron las escaleras. Logan llevaba la maleta con una mano y la bolsa del flan con la otra.
Leo iba delante y Lena caminaba junto a Logan.
—No esperaba eso —le confesó ella.
—¿El qué?
—Que invitaras a mi madre.
—¿Por qué?
—No sé. No pareces muy de madres.
—Tengo una.
—Ya sé que tienes una madre. Me refiero a que no pareces muy de recibir visitas familiares.
—No recibo muchas.
—Exactamente.
Llegaron al segundo rellano. Logan miró hacia abajo para comprobar dónde estaba Leo y le confesó:
—Tu madre parece agradable.
—Lo es.
—Y cansada.
Lena apretó los labios.
—Trabaja mucho.
—Ya.
Siguieron bajando y Lena pidió, hablando completamente en serio:
—No hace falta que destruyas el piso.
—No voy a destruirlo.
—Has hablado de tirar paredes.
—He dicho que dependerá de si son estructurales.
—Eso no me tranquiliza.
—Quedará bien.
—¿Siempre haces esto? —preguntó Lena, tras tomar aire.
—¿El qué?
—Llegas, ves algo que no te gusta y decides cambiarlo.
Logan pensó un instante y le respondió con la verdad:
—Casi siempre.
—Debe de ser agotador ser tú.
—A veces.
Lena lo miró asombrada, porque no esperaba aquella respuesta. Sin embargo, Leo los llamó desde abajo antes de que pudiera decir nada.
—¡Daos prisa!
—No corras —ordenó Logan.
—No estoy corriendo.
—Te he visto.
—Ahora no corro.
Salieron a la calle. El chófer guardó la maleta en el maletero.
Lena iba a entrar en el coche cuando Leo señaló un anuncio de un supermercado al otro lado de la avenida.
—¿Podemos ir al super ese a comprar cereales?
Logan miró hacia allí.
—Hay comida en casa.
—Pero Lena va a vivir con nosotros. Necesita cosas.
—Tengo comida.
—¿Tú qué cereales tomas, Lena?
—De avena integral. Pero… no los necesito. Puedo comer lo que sea.
Leo se volvió hacia Logan y le rogó:
—Tenemos que ir al supermercado.
—Marta se encarga de comprar.
—Hoy no está Marta —recordó Lena.
Logan la miró.
—No empieces tú también a incordiar. Con uno es suficiente.
—No he dicho nada.
—Tienes esa expresión.
—¿Qué expresión?
—La de que vas a disfrutar demasiado viéndome en un supermercado.
Ella sonrió.
—Muchísimo. ¡Lo voy a pasar teta!
Y, como no podía ser de otra manera, porque allí el que mandaba era Leo, fueron al supermercado.
Logan Cole no sabía dónde estaban las cosas en un supermercado.
Aquello fue lo primero que Lena descubrió.
Lo segundo fue descubrir que lo llevaba fatal.
—Esto no tiene ningún sentido —protestó frente a uno de los pasillos.
—¿Qué cosa?
—Que el pan esté lejos de la leche.
—¿Por qué deberían estar juntos?
—Porque se consumen en el desayuno.
—Los tomates también pueden consumirse en el desayuno y no están junto al café.
—Eso sería absurdo.
—Exacto.
Leo empujaba un carrito demasiado grande para él.
Había metido dentro dos cajas de cereales, unas galletas, patatas fritas y una bolsa de nubes.
Lena cogió las nubes y le dijo en un tono que no admitía enmienda:
—Esto no.
—¿Por qué?
—Porque ya llevas suficiente azúcar.
—Son para compartir.
—Tampoco.
Dejó la bolsa en su estante. Leo volvió a cogerla.
—Mi tío dice que sí.
Lena miró a Logan. Él sostenía dos marcas distintas de pasta y parecía estar comparando los ingredientes con enorme seriedad.
—Tu tío no está prestando atención.
—He dicho que podía cogerlas —respondió Logan sin levantar la vista.
—Pues yo digo que no.
—Si Lena lo dice… —farfulló Logan.
—¡Jo! ¿Os estáis aliando los dos contra mí? —protestó Leo.
—Ella por su lado y yo por el mío. Pero en esto pensamos igual.
Logan dejó ambas bolsas de pasta en el carrito.
—Nos llevamos las dos.
—¿Para qué?
—Para probarlas.
—Es pasta.
—No toda es igual.
Lena lo miró y replicó con mucha guasa:
—De repente eres un experto en cocina.
—Sé elegir pasta.
—Has tardado cuatro minutos.
—Porque estaba leyendo la composición. No quiero que me cuelen cosas raras.
—¿Quién lee los ingredientes de la pasta? —inquirió Lena, muerta de risa.
—Alguien que quiere saber qué compra.
Leo metió otra caja de cereales y Lena la sacó.
—No.
—Es diferente. Son otros. Unos chococrispis de…
—Ya llevas dos.
—Esta tiene chocolate.
—Una de las otras también.
—Pero otro chocolate.
Logan tomó la caja y la devolvió al carrito.
—Que la lleve.
Lena se volvió hacia él y le susurró al oído:
—No puedes compensar seis meses de ausencia con cereales.
Leo dejó de sonreír porque la escuchó perfectamente. A Logan se le demudó el semblante y Lena se arrepintió inmediatamente.
—No quería decir...
—Lo sé —la interrumpió él.
Se hizo un silencio incómodo. Leo miró las cajas y dijo al fin:
—Puedo dejar una.
Logan apoyó una mano sobre su cabeza.
—No hace falta.
—Lena tiene razón. Tengo cereales de sobra.
Lena observó el gesto y se apresuró a decir:
—Nos llevamos las tres.
Leo levantó la vista.
—¿Seguro?
—Sí. Pero las nubes no.
—Trato hecho.
Continuaron recorriendo los pasillos y Lena metió fruta, yogures, pan y varias cosas para el desayuno.
Logan añadió productos caros sin mirar los precios. Ella iba detrás y los cambiaba por otros. Luego, él volvía a meterlos en el carro:
—¿Qué haces? —preguntó al verla sustituir un aceite.
—Este cuesta la mitad.
—El otro es mejor.
—Los dos sirven para cocinar.
—No saben igual.
—No pienso discutir por aceite.
—Ya lo estás haciendo.
Leo los observaba encantado.
—Me gusta ir de compras con vosotros.
—Es la primera y la última vez —dijo Logan.
—Eso no te lo crees ni tú —replicó Lena.
Cuando llegaron a la caja, el carrito estaba lleno.
Lena miró el contenido.
—Íbamos a comprar cereales.
—Nos faltaban cosas —dijo Logan.
—Tienes una cocinera y una nevera que parece un restaurante.
—Has sido tú quien ha metido la mitad —le recordó Logan.
—Cosas necesarias.
—¿Tres clases de yogur son necesarias? —ironizó Logan.
—Sí.
—Entonces varias de pasta también.
—No es lo mismo.
Y tras decir esto, Leo puso la bolsa de nubes sobre la cinta y Lena la vio.
—¿De dónde ha salido eso?
—No sé.
—Leo —masculló Lena, exigiéndole explicaciones.
—A lo mejor estaba en el carrito.
Logan miró hacia otro lado y Lena le pidió explicaciones también a él:
—Cole.
—No he visto nada —dijo él.
—Sois imposibles —masculló dándose por vencida.
Leo sonrió y le dijo a Lena, poniendo cara de no haber roto un plato:
—Pero estás contenta.
Lena abrió la boca y no respondió, porque lo estaba…
Cuando regresaron al ático, el sol comenzaba a bajar.
El chófer y el portero subieron las bolsas mientras Leo llevaba el flan con ambas manos, vigilándolo como si transportara un tesoro.
Lena dejó la maleta junto a la cama. El vestidor vacío seguía pareciéndole una broma. Abrió uno de los armarios y colgó tres vestidos. Ocupaban una parte ridícula.
Leo apareció detrás de ella.
—Te dije que no era suficiente.
—Voy a extender las perchas.
—Mi tío puede...
—No, Leo. No me lo repitas más, por favor.
—Vale.
El niño se sentó en la isla central.
—¿Qué hacemos ahora?
Logan apareció en la puerta sin chaqueta y con las mangas de la camisa remangadas.
—Voy a preparar la cena.
Leo lo miró sorprendido y Lena también.
—¿Tú? —preguntaron los dos.
Logan frunció el ceño.
—Sí, yo.
—¿Sin Marta? —dijo Leo.
—Sin Marta.
—¿Y sin bomberos? —añadió Lena.
—Muy graciosa.
—Podemos pedir comida —propuso Leo.
—No vamos a pedir comida.
—A mí me parece una opción segura —dijo Lena.
Logan se apoyó en el marco.
—Sé preparar algo sencillo.
—¿El qué?
—Pasta.
Lena recordó las dos bolsas y comentó risueña:
—Ahora entiendo la investigación.
—Exactamente.
—¿Y si se quema? —preguntó Leo, con una cara de guasa tremenda.
—No se va a quemar.
Leo se bajó de la isla.
—Voy a ayudar.
—Yo también —dijo Lena.
Logan los miró con desconfianza.
—No necesito ayuda.
—Precisamente por eso vamos —respondió ella.
Los tres entraron en la cocina. Logan sacó ingredientes y empezó a colocarlos sobre la isla con un orden casi militar.
Lena tomó un tomate y Logan la miró con recelo:
—¿Qué vas a hacer, Parker?
—Una salsa.
—¿Desde cero? —inquirió Logan, más sorprendido aún.
—Sí.
—Esto quiero verlo.
—Puedes sentarte. Y yo, prefiero estar cerca del extintor.
Leo se subió a uno de los taburetes y le ofreció a Lena:
—Yo te ayudo a cortar los tomates.
—Tú no tocas el cuchillo —dijeron Logan y Lena a la vez.
El niño sonrió, porque aquello no podía ir mejor:
—Otra vez habéis hablado igual.
—Casualidad —respondió Logan.
—Preocupante —añadió Lena.
Durante un rato, la cocina se llenó de ruido.
El agua hirviendo, el cuchillo golpeando la tabla, Leo haciendo preguntas sin parar, Lena abriendo armarios equivocados y Logan cerrándolos detrás de ella.
—¿Dónde están los platos?
—Segundo armario.
—Eso son copas.
—El otro segundo armario.
—Hay seis.
—El de la derecha.
—Tu cocina necesita un mapa.
—Todo está organizado.
—Para ti.
—Para cualquier persona con sentido común.
Lena abrió otro armario y dijo ya mareada:
—Aquí hay bandejas.
—Ese es el tercero.
—No voy a sobrevivir un mes.
Leo llevaba varios minutos observándolos y de pronto dejó de sonreír.
—¿Qué pasa? —preguntó Lena.
El niño bajó la mirada hacia sus manos.
—Nada.
Logan redujo el fuego.
—Leo.
Él levantó los ojos. Miró a su tío.
Después a Lena.
En la encimera había tomates cortados, una cuchara manchada de salsa, una bolsa de pasta abierta y tres vasos que Lena había sacado sin preguntar dónde iban.
La cocina ya no parecía perfecta.
Parecía habitada.
—Hacía un montón que no era tan feliz —dijo Leo con los ojos chispeantes.
Logan por un segundo no supo ni qué decir.
Lena sintió que algo se le cerraba en la garganta.
El niño sonrió otra vez, como si no acabara de decir nada extraordinario.
Como si solo hubiera expresado un hecho, pero el silencio que quedó después fue distinto.
Más profundo.
Logan dejó la cuchara sobre la encimera, se acercó a su sobrino y apoyó una mano en su nuca.
—Yo también estoy contento de que Lena esté aquí.
Leo lo miró y comentó divertido:
—¿Aunque deje vasos por todas partes?
Logan alzó la vista hacia ella y Lena todavía tenía uno en la mano.
—Incluso así —respondió.
Y por primera vez desde que había aceptado aquel acuerdo, Lena tuvo la extraña sensación de que el verdadero peligro no era que Margaret Hill descubriera la mentira.
Era que, durante aquel mes, los tres empezaran a creerla…