Capítulo 8 #2
—Lo he deducido —dijo su tío, aliviado de que no hubiera liado una gorda.
Adele le quitó importancia y colocó el flan sobre la mesa.
Era grande, dorado y estaba cubierto de caramelo.
Leo abrió la boca y canturreó salivando:
—¡Guau!
—Solo un trozo —recordó Logan.
Adele cortó cuatro porciones.
—El suyo que sea el más pequeño, por favor —pidió Logan.
—¡Jo, tío! ¡El más pequeño para ti!
—Leo… compórtate.
Leo se encogió de hombros y se sentaron como pudieron alrededor de la mesa.
La rodilla de Logan chocaba con la de Lena por debajo. Él intentó apartarse, pero no había espacio.
—Te dije que era pequeña —murmuró ella, sonriente.
—No me quejo.
—Todavía. Ya verás cuando se te empiecen a dormir las piernas.
Adele le entregó a Leo su plato.
—Ten cuidado, que el caramelo mancha.
El niño probó el primer bocado y cerró los ojos.
—Está buenísimo.
—Mastica antes de hablar —dijo Logan.
Leo tragó.
—Está buenísimo.
Adele sonrió.
—Me alegro.
—Es el mejor flan que he comido nunca.
—No hace falta que exageres —le pidió Adele.
—No exagero.
—A veces sí —dijo Logan.
Leo apuntó hacia él con la cuchara y le exigió:
—Pruébalo y me cuentas.
Logan tomó un bocado y se quedó sin decir nada un segundo.
Lena lo observó con curiosidad y le preguntó:
—¿Y?
—Está muy bueno.
Leo negó con la cabeza y le exigió a su tío:
—Tienes que decir que es el mejor flan que has comido nunca.
—No voy a mentir.
—¿Has comido uno mejor?
Logan probó otro bocado y no le quedó otra que responder:
—No.
Leo sonrió triunfante.
—Entonces es el mejor.
Adele soltó una carcajada y replicó, mirando a Leo con cariño:
—Me gusta este niño.
—Yo también le gusto a Lena —dijo Leo.
—Eso es evidente.
Lena apoyó el codo sobre la mesa.
—¿Podemos hablar de otra cosa que no sea cuánto me gusta Leo?
—No veo por qué —respondió él.
Adele observaba a los tres con una sonrisa pequeña.
Lena se dio cuenta.
—Mamá.
—¿Qué?
—Nada.
—Yo no he dicho nada.
—Lo estabas pensando.
—No sabía que ahora también leías la mente.
Leo dejó la cuchara y le contó a Adele:
—¡Yo también puedo leérsela a mi tío!
—Será que es bastante transparente —opinó Adele.
—Nunca me habían llamado transparente —confesó Logan, echándose un poco hacia atrás porque se le estaban durmiendo las piernas.
—A lo mejor nadie se atrevía —apuntó Lena.
—Yo sí —dijo Leo.
—Tú no cuentas —farfulló Logan.
—¿Por qué?
—Porque no me tienes ningún miedo.
Leo frunció el ceño y le preguntó a su tío:
—¿Tengo que tenerlo?
—No —respondió Lena inmediatamente.
Logan la miró.
—Gracias.
—De nada.
Adele recogió los platos cuando terminaron. Logan se levantó y le dijo, solícito:
—Déjeme ayudarla.
Ella lo miró sorprendida. Lena también.
—No hace falta —dijo Adele.
—No me cuesta nada.
Logan cogió los platos y los llevó al fregadero. Lena permaneció sentada, observándolo. No sabía por qué aquel gesto le resultaba tan extraño. Quizá porque Logan Cole parecía un hombre que nunca llevaba platos a ninguna parte. Un hombre para el que siempre había alguien encargado de hacerlo.
Sin embargo, estaba allí, de pie en la pequeña cocina de su madre, colocando cuatro platos junto al fregadero como si fuera lo más normal del mundo.
Adele también lo miraba, con una admiración que no podía disimular:
—Gracias —dijo ella.
—Gracias por el flan.
—Puedes llevarte el resto para Leo.
—¡Sí! —pidió el niño.
Logan sonrió, se encogió de hombros y no le quedó otra que decir:
—Aceptamos.
Adele buscó un recipiente y Lena se levantó…
—Voy a preparar la maleta antes de que decidáis instalaros todos aquí.
—Yo voy contigo —dijo Leo.
—No.
—¿Por qué? —quiso saber Leo, extrañado.
—Porque mi habitación no está preparada para visitas.
—Quiero verla.
—¿De verdad?
Logan se apoyó en la encimera y comentó con una sonrisa socarrona:
—Ahora quiero verla yo también.
—Tú mucho menos —aseguró Lena, moviendo las manos.
Lena salió de la cocina y Leo la siguió.
—Solo miro. No toco nada.
—No, Leo.
—No voy a tocar nada —repitió el niño.
—Eso no mejora la situación.
Aun así, Leo consiguió colarse detrás de ella antes de que pudiera cerrar la puerta.
Y se quedó alucinado con lo que vio.
La habitación era pequeña. Había una cama pegada a la pared, un escritorio cubierto de apuntes, una silla con ropa encima y varias cajas apiladas junto al armario.
Leo miró alrededor y hubo algo que le llamó mucho la atención:
—Tienes muchos libros.
—Sí.
—Y mucha ropa en la silla.
—Esa silla sirve para eso.
—Las sillas son para sentarse.
—Esta no.
Logan apareció en la puerta y Lena señaló el pasillo.
—Fuera.
Él miró la habitación.
—No está tan mal.
—Eso significa que está fatal —concluyó Lena, que no estaba nada cómoda.
—La silla es preocupante —bromeó Logan.
—No te he pedido opinión —le soltó Lena, muy borde.
Leo abrió el armario, a pesar de que su tío estaba gritándole que no lo hiciera, y comentó:
—Aquí tampoco cabe más ropa.
—Por eso no tengo tanta —explicó Lena.
—Puedes llevarte todo —le dijo Logan.
—No necesito todo para un mes.
Lena sacó una maleta mediana de debajo de la cama. La abrió y empezó a doblar prendas. Leo se sentó en el borde del colchón.
—¿Solo tienes una maleta? —le preguntó Leo, que no daba crédito.
—Tengo otra más pequeña.
—En casa usamos más para cuando nos vamos de viaje un fin de semana —comentó el niño, sin afán de humillar. Tan solo constató un hecho.
—Leo —advirtió Logan.
—¿Qué? Es verdad.
Lena metió dos pares de vaqueros.
—En cuarenta metros cuadrados no se puede acumular demasiado.
Logan la observó y preguntó, sintiendo cada vez más admiración por ella:
—¿Cuánto tiempo lleváis aquí?
—Casi seis años.
—¿Es el lugar en el que más tiempo has vivido?
Lena levantó la cabeza y respondió con un punto de tristeza en la mirada:
—Sí. Pero ya es nuestro. Bueno, mejor dicho, pagamos una hipoteca.
No añadió nada más.
No hacía falta.
Logan dejó de mirar la silla y recorrió la habitación con otra expresión más seria.
Lena metió varias camisetas, unos vestidos, pantalones cortos, ropa interior, un par de sandalias y un neceser.
—¿Eso es todo, Parker? —preguntó él.
—¿Qué esperabas? ¿Un camión de mudanzas? —ironizó ella.
—No.
—Necesito ropa para trabajar y para estudiar. Y este mes no voy a trabajar.
—Seguirás estudiando.
—Estamos en agosto. Tengo que preparar unas cosas, pero no tengo clases.
Leo miró la maleta y le comentó a su tío para que hiciera algo para remediarlo:
—No va a llenar nada del vestidor.
—Ya te lo he dicho —replicó Lena.
—Mi tío puede...
Lena resopló y repitió, como un loro, porque no iba a dejar que le compraran nada:
—No necesito nada más que esto.
Logan levantó las manos.
—Yo no he dicho nada.
—Pero lo estabas pensando.
—No leo la mente, Parker. Ese es mi sobrino…
Lena terminó de cerrar la maleta. Logan se adelantó y la cogió.
—Puedo llevarla yo.
—Pero la voy a llevar yo.
—No pesa —insistió ella.
—Parker.
—Cole.
El forcejeo duró unos instantes, pero él no soltó el asa.
Lena terminó cediendo.
—Mandón.
—Obstinada.
—Estáis discutiendo como si llevarais casados mucho tiempo —dijo Leo, que no les quitaba ojo.
Los dos lo miraron.
—No estamos casados —respondieron a la vez.
Leo sonrió y le faltó tiempo para decir…
—Todavía.