Capítulo 8
Media hora después, los tres estaban en el coche camino de Jersey City.
Leo se había sentado junto a Lena en el asiento trasero y no había dejado de hablar desde que salieron del edificio.
Le había contado que ahora tenía unos cereales nuevos favoritos, cuál era el capítulo que más veces había visto de Stranger Things, el día que al profesor de matemáticas se le salió la dentadura postiza y la vez que Logan había intentado hacer tortitas y había activado la alarma de incendios.
—No fue para tanto —protestó Logan desde el asiento delantero.
—Vinieron los bomberos —recordó Leo.
—Porque el sistema de seguridad del edificio es demasiado sensible.
—Había humo por todas partes.
—Un poco de humo.
Lena se inclinó hacia delante.
—¿También sabes cocinar?
Logan giró ligeramente la cabeza.
—Sé cocinar.
—El niño tiene una versión diferente.
—El niño exagera.
—Se quemaron las tortitas —se chivó Leo.
—Solo las primeras.
—Y las segundas.
—Las terceras salieron bien.
—Porque Marta volvió —contó Leo, entre risotadas.
Lena soltó una carcajada.
Logan se giró un poco más.
—¿Podemos dejar de hablar de eso?
—No —respondieron los dos al mismo tiempo.
Leo miró a Lena y se rio.
Ella le chocó la mano.
—No te alíes con él —advirtió Logan.
—¿Por qué?
—Porque luego no hay quien lo soporte.
—A mí me parece encantador.
—Llevas unas horas con él.
—Llevo unos añitos sirviéndole tortitas.
—Con extra de chocolate —puntualizó Leo.
—Exactamente. Nuestra relación es sólida.
El coche cruzó el río y fue dejando atrás los edificios más altos de Manhattan.
Lena miró por la ventanilla. Cuanto más se acercaban a su barrio, más consciente se hacía de la diferencia entre sus dos mundos. No porque se avergonzara de su casa.
Nunca lo había hecho. Era pequeña, vieja y tenía demasiadas cosas encajadas en muy poco espacio, pero era suya. O, al menos, lo más parecido a algo suyo que habían tenido ella y su madre después de tantos años mudándose.
Aun así, le costaba imaginar a Logan Cole subiendo por aquella escalera estrecha.
O entrando en una cocina donde, si alguien abría el horno, nadie podía pasar hacia el salón.
—¿Estás bien? —preguntó Leo.
Lena apartó la vista de la calle.
—Sí.
—Estás muy seria.
—Estaba pensando.
—Mi tío también se pone así cuando piensa.
—Yo no me pongo así.
—Sí te pones —dijo Leo.
Logan soltó un suspiro.
—Gracias por el análisis.
—De nada.
Lena sonrió, pero Logan la miró a través del espejo retrovisor.
—¿Pasa algo?
—Nada.
—Parker.
—No pasa nada, Cole.
Él sostuvo su mirada unos segundos antes de volver a mirar al frente.
No insistió.
Lena se lo agradeció.
Y un rato después el coche se detuvo delante del edificio.
Leo se pegó a la ventanilla.
—¿Vives aquí?
—Sí.
—Me gusta.
Lena miró la fachada de ladrillo envejecido, la marquesina torcida y las macetas de la vecina del primero acumuladas junto a la entrada.
—Todavía no has visto nada.
Logan salió primero.
El chófer se apresuró a abrirles, pero Lena ya había bajado por su lado.
—Puedes esperarnos aquí —le dijo Logan.
—No tardaremos —añadió ella.
—Subo —anunció Logan.
Lena se giró, porque la verdad es que no se imaginaba a Logan en su casa.
—No hace falta.
—Quiero conocer a tu madre —repuso Logan.
—Ya sabe quién eres.
—Yo no sé quién es ella.
—No vamos a negociar nada.
—No he dicho eso.
—Lo has pensado.
Logan alzó una ceja y le dijo frunciendo el ceño:
—¿Siempre vas a discutir conmigo por todo?
—Durante un mes, sí. Y de verdad que no sé qué pintas en mi casa.
—¿Por qué dices eso?
—Has venido con chófer para asegurarte de que nadie le hará nada a tu coche. Confiésalo: ¡estás cagado de estar en mi barrio! —cuchicheó Lena, para que el niño no pudiera oírla.
—¡He venido con chófer porque es más cómodo!
Leo salió del coche y Lena no pudo replicar nada:
—Yo también quiero conocer a tu mamá.
Lena lo miró y tenía aquella expresión ilusionada que hacía casi imposible negarle nada.
—Está bien.
—Perfecto —dijo Logan.
—No lo he dicho por ti.
—Ya, pero yo voy en el lote.
Entraron en el portal y lo primero que vieron fue que el ascensor tenía un cartel pegado en la puerta.
FUERA DE SERVICIO.
Lena señaló las escaleras.
—Tercer piso.
Leo miró hacia arriba.
—¿No hay ascensor?
—Hay. Pero tiene personalidad propia.
—¿Qué significa eso? —preguntó el niño.
—Que funciona cuando le apetece.
Logan observó el cartel y quiso saber, temiéndose lo peor:
—¿Desde cuándo está averiado?
—Desde el martes.
—¿Y no lo han arreglado?
—Hoy es jueves.
—Dos días.
—Aquí las cosas llevan otro ritmo, Cole.
Empezaron a subir las escaleras. En el primer rellano, Leo todavía iba saltando los escalones de dos en dos. En el segundo, redujo la velocidad. En el tercero, llegó resoplando.
—¿Subes esto todos los días? —preguntó Leo, alucinado.
—A veces varias veces.
Leo apoyó una mano sobre la pared.
—Hay muchos escalones y son muy altos. Necesitas el ascensor.
—Gracias. Lo comentaré en la próxima junta de vecinos.
Logan miraba alrededor en silencio. El pasamanos estaba arañado. La pintura de las paredes llevaba años necesitando una mano nueva. En el techo del segundo piso había una mancha de humedad que parecía el mapa de un país gigante.
Cuando llegaron frente a su puerta, Lena sacó las llaves.
—Mi madre está avisada, pero no esperéis una recepción oficial.
—¿Qué es una recepción oficial? —preguntó Leo.
—Que no habrá una alfombra roja.
—En casa tampoco tenemos —repuso el niño.
Logan lo miró y comentó siguiéndole el rollo:
—Porque no vivimos en un hotel.
Lena respiró hondo, abrió la puerta y replicó a Logan:
—Eso es discutible.
—¿Qué has dicho?
—Nada.
Apenas entraron, una voz llegó desde la cocina.
—¿Lena?
—Sí, mamá.
Adele apareció secándose las manos con un paño.
Era una mujer menuda, de cabello castaño salpicado de canas y ojos del mismo color castaño que los de su hija. Llevaba unos pantalones cómodos y una camiseta clara. Y tenía el rostro amable y cansado.
En cuanto vio a Logan y a Leo, se quedó quieta.
—Vaya.
Lena cerró la puerta.
—Mamá, ellos son Logan y Leo.
—Sé quiénes son.
Adele miró primero al niño.
—Tú debes de ser el famoso Leo.
El niño se mordió el labio, encantado con aquello:
—¿Soy famoso?
—En esta casa, sí. Lena habla mucho de ti.
Adele se acercó y le tendió la mano.
—Encantada, Leo.
Él se la estrechó con absoluta seriedad.
—Encantado, señora Parker.
—Puedes llamarme Adele.
Después miró a Logan. Durante un segundo, Lena temió que su madre fuera a decir alguna de las cosas que había ensayado la noche anterior.
Algo sobre cuidar de su hija. O sobre no jugar con ella.
O, peor aún, algo relacionado con aquella conversación absurda sobre si Logan era tan guapo en persona como en las fotografías. Pero Adele simplemente sonrió.
—Señor Cole.
—Logan, por favor.
Se estrecharon la mano.
—Gracias por recibirnos sin avisar con más tiempo.
—Lena me ha llamado desde el coche. He tenido exactamente doce minutos para esconder el desastre.
—No había ningún desastre. Mi madre es como tú. La más ordenada del barrio —dijo Lena.
Adele le lanzó una mirada, se encogió de hombros y reconoció:
—Todo está ordenado… menos cierta habitación.
Logan miró a Lena y habló en un tono mordaz:
—Eso empieza a preocuparme.
—No la escuches —le pidió Lena, divertida.
—Sí. Escúchame bien, Logan. No tiene remedio. Y para celebrarlo, he preparado un flan —anunció Adele—. Bueno, lo preparé esta mañana. Iba a sacar un poco para merendar.
Leo se giró hacia ella.
—¿Flan?
—Casero.
—¿Con caramelo?
—Mucho.
Leo miró a Logan y le pidió, juntando las manos:
—Podemos comer, ¿verdad?
—Ya sabes que no hay que picar entre horas.
—Ha pasado mucho tiempo desde que comí.
—Esto sería una merienda —dejó caer Lena.
Adele se rio y apoyó a su hija… y a Leo:
—Un trozo pequeño no le hará daño.
—¿Ves? —dijo Leo—. Adele dice que no me hará daño.
Lena señaló el salón, que estaba al lado:
—Sentaos. Yo voy a buscar la maleta.
—Primero el flan —pidió Leo.
—Primero la maleta.
—Puedo comer mientras la haces.
Logan se quitó la chaqueta porque en aquella casa hacía un calor tremendo y el ventilador apenas daba aire. Luego Lena comentó:
—Eso parece un buen acuerdo.
Logan negó con la cabeza y le dijo a Lena:
—No le des la razón en todo.
—Es flan, Cole.
—Creía que eras la adulta responsable.
—Tú deberías tomarte la tarde libre de eso también.
Adele volvió a reírse y entró en la cocina. Leo fue detrás de ella y se ofreció:
—¿Puedo ayudar?
—Claro. Puedes llevar las cucharillas.
Logan observó cómo desaparecía. Luego recorrió el apartamento con la mirada.
El salón era estrecho. Había un sofá de tres plazas pegado a la pared, una mesa pequeña junto a la ventana y una estantería llena de libros, fotografías y cajas.
El papel pintado se había despegado ligeramente en una esquina.
La ventana no cerraba bien y tenía una toalla doblada en la base con la que debían impedir que entrara el viento cuando hacía frío.
—No mires así —le pidió Lena.
—¿Así cómo?
—Como si estuvieras calculando cuánto costaría derribarlo entero.
—No estaba pensando eso.
—¿Qué estabas pensando?
—Que ahora entiendo lo del baño.
—Todavía no lo has visto.
—La ventana tampoco cierra.
—Cierra.
Logan se acercó. Empujó el marco y la ventana se abrió dos centímetros.
—No cierra.
—Hay que hacerlo con cariño.
—Las ventanas no necesitan cariño. Necesitan un carpintero.
—Aquí todo necesita cariño.
Logan miró hacia el techo y bufó:
—Y probablemente un pintor y un electricista.
—No empieces.
—No he empezado.
—Te conozco.
—Llevas unos años sirviéndome café. Eso no significa que me conozcas.
—Sé reconocer esa cara, Cole —le advirtió Lena.
—¿Qué cara?
—La de «voy a organizar la vida de todo el mundo porque yo sé hacerlo mejor».
Logan la observó y no pudo evitar soltar:
—A veces sé hacerlo mejor.
—Eso no te autoriza a hacerlo.
Desde la cocina se oyó un golpe.
—¡No se ha roto! —gritó Leo.
Lena cerró los ojos y Logan dijo entre resoplidos:
—Eso siempre significa que algo se ha roto.
Entraron en la cocina. Leo sostenía tres cucharas y una cuarta estaba en el suelo.
—Se ha caído —explicó el niño.