El juego de amarte Capítulo 7
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Capítulo 7

Lena bajó la mirada.

Logan tardó un instante en aclararle a su sobrino:

—Margaret Hill tiene que verlo.

—Pues que venga.

—Vendrá —confirmó Logan, porque estaba seguro de ello.

—Le enseño mi habitación y el telescopio. ¡Y no le va a quedar duda de lo a gusto que estoy! —exclamó el niño.

—No se trata solo de eso —intervino Lena, sintiendo una punzada en el estómago de angustia.

Porque le daba mucha pena que Leo tuviera que pasar por eso.

Leo miró a Lena y preguntó sin entender nada:

—¿Qué tengo que hacer?

—Nada —respondió ella antes que Logan—. Tú no tienes que interpretar nada.

—Estoy feliz —afirmó rotundo.

—Eso sí puedes decírselo —habló Logan.

—Le diré mejor que estoy muy feliz.

Y Leo dijo esta última frase mirándola directamente. Y fue duro, pues a Lena volvió a apretársele el pecho.

—Me alegro —musitó Lena.

—¿Me enseñas ahora el resto? —preguntó Leo.

—¿No eras tú quien me lo estaba enseñando? —replicó Lena, divertida.

—¡Es que con esto de la Hill se me va la olla! Perdona, Lena. Ven.

El niño volvió a cogerle la mano, Logan soltó un suspiro y dijo solemne:

—Todavía no hemos terminado.

—Luego —masculló Leo.

—Esa palabra empieza a irritarme —bromeó Logan.

—Eso te pasa mucho —murmuró Lena, mordaz.

—¿Esto de qué va? ¿Los dos contra mí? —inquirió Logan, alzando las cejas.

Leo no le hizo ni caso y llevó a Lena por el pasillo principal.

Empezó a abrir puertas y le enseñó una sala de cine, un pequeño gimnasio, una biblioteca que parecía no usar nadie y una cocina tan grande como el apartamento entero en el que ella vivía con su madre.

—Aquí cocina Marta —explicó el niño.

—¿Quién es Marta?

—La cocinera —respondió Logan.

—Por supuesto que hay una cocinera… Claro… —farfulló Lena—. Logan Cole tiene de todo.

Logan, que iba detrás de ellos, se apoyó en la isla y le contó:

—Solo viene entre semana.

—Ah, entonces sois prácticamente una familia humilde —bromeó Lena.

Leo abrió la nevera y mostró el interior como si fuera un codiciado tesoro:

—Hay helado.

—Cierra eso —ordenó Logan.

—Solo se lo enseñaba.

—El helado no necesita presentación —dijo Logan, borde.

Lena se rio y comentó tras echarse la melena a un lado:

—Me alegra ver que algunas cosas son normales.

—Ahora falta la habitación —dijo Leo.

—¿Qué habitación? —quiso saber Lena, curiosa.

El niño la miró como si la respuesta fuera evidente.

—La tuya.

Lena se quedó rígida y Logan también. Tan solo atinó a decir:

—Leo...

—La de los dos. La de los novios —corrigió Leo.

Lena lo miró y asintió sin poder evitar sonreír:

—Cierto. La de los dos.

Logan le devolvió a su sobrino una mirada de advertencia.

—No empieces.

—No he dicho nada.

Leo ya estaba de nuevo en movimiento.

Atravesaron otro pasillo y llegaron a unas puertas dobles.

El niño las abrió.

—Esta es…

Lena entró y se quedó sin palabras.

La habitación era tan grande que habría podido colocar dentro el apartamento de Jersey City y aún habría sobrado espacio.

Una cama enorme ocupaba el centro. Frente a ella había una zona de estar con un sofá, dos sillones y una mesa baja. Los ventanales daban a otra terraza privada. Al fondo se veían dos puertas: una hacia el baño y otra, probablemente, al vestidor.

—Esto no es una habitación —susurró Lena, extasiada.

—Sí lo es —dijo Leo.

—Esto es la suite presidencial de un hotel de superlujo.

Logan entró detrás de ellos.

—No exageres, Parker.

—¿Cuántos metros tiene? —quiso saber Lena.

—No lo sé —respondió Logan.

—Claro que lo sabes —supuso Lena.

—No me acuerdo.

—Mentiroso —le soltó Lena, porque sabía que no quería impresionarla.

Pero era absurdo, porque aunque no quisiera decirle los metros que tenía, aquella habitación era la más espectacular y grande que había visto jamás.

Luego, Leo señaló el sofá y comentó muerto de risa:

—Mi tío puede dormir ahí. ¡Castigado!

Logan lo miró y le advirtió para que dejara de decir tonterías:

—Dormiré donde me dé la gana.

—Vale, pero Lena se queda en la cama —comentó Leo, señalándola.

Lena echó un vistazo a esa cama gigantesca con unas sábanas de seda preciosas y replicó:

—Eso ya estaba decidido.

—No estaba decidido —replicó Logan.

—¿Quieres que duerma yo en el sofá? —preguntó Lena, sin que le importara lo más mínimo, pues tenía pinta de ser muy cómodo.

—No —contestó Leo, muy seco.

—Entonces estaba decidido —precisó Lena.

Leo corrió hacia una de las puertas y le dijo a Lena:

—Mira el vestidor.

Lena lo siguió.

El vestidor tenía varias filas de armarios, cajones, estantes para zapatos y una isla central.

La mitad estaba llena de trajes, camisas y zapatos perfectamente colocados.

La otra mitad estaba completamente vacía.

Leo abrió los brazos y le indicó encantado:

—Este lado es para ti.

Lena soltó una carcajada.

—¿Para mí?

—Sí. Cuando diseñaron la habitación, lo dejaron para la señora Cole.

Logan cerró los ojos un segundo y lo frenó antes de que dijera cualquier bobada:

—Leo.

—¿Qué?

—No existe ninguna señora Cole —le recordó por si acaso no se había enterado.

—Pero ya ha llegado Lena —replicó Leo, alzando las cejas varias veces.

Lena se apoyó en uno de los armarios porque no podía parar de reírse.

—No te vengas arriba —le exigió Logan.

—No estoy haciendo nada —afirmó Lena, rotunda.

—Llevas riéndote treinta segundos —repuso Logan, tras apretar fuerte las mandíbulas.

—Es que tu sobrino acaba de anunciar que me ha llegado un vestidor por matrimonio —soltó sin parar de reír.

—No estáis casados aún —aclaró Leo, lanzándole a Lena una mirada de complicidad.

—No me había dado cuenta —ironizó Logan.

—No lo estáis… todavía —replicó Leo, en un tono cantarín.

Logan lo miró y le advirtió para que no se hiciera demasiadas ilusiones:

—Va a quedarse un mes.

Leo se encogió de hombros y soltó con una sonrisa ancha:

—A lo mejor luego se queda más.

Logan se puso muy serio, negó con la cabeza y dijo:

—No.

—Ojalá —deseó el niño en voz alta, con una sinceridad estremecedora.

Lena dejó de reír y miró al niño conmovida:

—Un mes está bien.

—Es poco.

—Da tiempo para muchas cosas —replicó Lena.

Leo chasqueó la lengua y luego señaló los armarios vacíos:

—¿Te gusta, Lena?

—Muchísimo. Pero no tengo tanta ropa como para llenarlo.

—Mi tío puede comprarte —habló divertido.

—No —negó Lena, rotunda.

—Sí puede.

—Sé que puede, pero no quiero —le aclaró Lena.

Leo miró a su tío y le pidió más que nada para que Lena nunca se marchara de allí:

—Cómprale ropa muy bonita, por favor.

—Lena no necesita que le compre ropa —repuso Logan, cruzándose de brazos.

—Tú has dicho que no tiene bastante.

—Ella lo ha dicho —precisó Logan.

—Pues cómprale hasta reventar los armarios —le rogó el niño.

Lena levantó una mano, sonrió a Leo porque le entendía perfectamente y concluyó:

—Nadie me va a comprar ropa.

—¿Y no te da cosa ver el vestidor tan vacío? —replicó el niño.

—Sobreviviremos —bromeó Lena.

Leo abrió uno de los cajones, se lo mostró y le dijo a Lena:

—Aquí puedes poner joyas.

—Solo tengo cuatro cosas de bisutería que no valen nada.

—¿Qué tienes?

—Unos pendientes. Tres anillos. Y una pulsera que me regalaron en una tómbola.

Leo la miró con preocupación y luego replicó como si aquello fuera una necesidad muy urgente:

—Necesitas más cosas.

—No necesito nada.

—¡Todo el mundo necesita cosas! ¡Por lo menos un anillo para cada dedo de la mano!

—Leo —intervino Logan—, déjala.

—Solo intento ayudar.

—Ya lo sé. Pero Lena te está dando una lección. No se necesita tener miles de cosas para ser feliz.

—Perdona, pero yo soy el que te digo que no me compres todo lo que te pido —le recordó el niño.

Logan pensó que Leo tenía razón, tal vez cometía el error de compensar la ausencia de sus padres dándole todos los caprichos.

Y era un grave error.

—Está bien. Este mes… olvídate de la cometa esa que me dijiste.

—¡No, no! ¡La cometa, no! Si eso, quítame los helados de pistacho. Es un capricho… Pero la cometa… ¡es necesidad!

A Logan se le escapó una sonrisa y el niño cerró el cajón.

—Hay que tener cuidado con el orden —le advirtió a Lena.

Lena miró a Leo exagerando el gesto de extrañeza y preguntó:

—¿Por qué?

Leo bajó la voz, aunque su tío estaba a pocos pasos.

—Es un histérico.

—Te he oído —masculló Logan, haciéndose el ofendido.

—Del orden —terminó Leo.

Lena asintió lentamente y comentó, porque aquello podía ser un problema:

—Eso sí me preocupa.

Logan la miró y preguntó intrigado:

—¿Por qué?

—Porque yo no soy muy ordenada que digamos.

—¿Cuánto es no muy ordenada? —quiso saber Logan, cruzándose de brazos.

—Depende.

—¿De qué?

—De lo que consideres orden.

—Las cosas en su sitio —explicó Logan, como si no hubiera más respuesta que esa.

—Entonces bastante poco.

Leo sonrió y la miró entendiéndola completamente:

—¡Es que es mucho más divertido dejar las cosas donde caigan! ¡Di que sí, Lena!

—¡A mí no me volváis loco! Las cosas tienen su sitio y punto. No creo que eso sea pedir demasiado —dijo Logan.

—Las cosas tienen un sitio… y luego otro… y otro… y otro… —comentó Lena, rascándose un codo.

—Y luego no encuentras nada.

—¡En mi caos hay orden!

—¡En el mío también! —se solidarizó Leo.

—Sí, seguro que sí. Menos mal que solo será un mes —resopló Logan.

Lena lo miró, asintió y le dedicó una sonrisa que Logan consideró que era preciosa.

Aunque a él le tenía que dar lo mismo cómo sonriera…

—Exactamente —confirmó Lena—. Así que intenta sobrevivir, Cole.

—No pienso permitir que conviertas esto en un desastre —le advirtió Logan.

—No convierto nada en un desastre. Solo dejo algunas cosas para después y otras las pongo donde mejor me vienen en ese momento.

—¿Qué cosas?

—Ropa. Libros. Bolsos. Vasos.

—¿Vasos?

—A veces.

Logan se llevó una mano a la frente y Leo miró a Lena, todo comprensión…

—Puedes dejar tus cosas en mi habitación.

—No —le exigió Logan.

—Mi tío no entra mucho.

—Pues…

—No vas a dejar tus cosas en la habitación de Leo —le interrumpió Logan.

—De acuerdo —replicó Lena, alzando las manos—. Intentaré ser una persona nueva durante treinta días.

—Me conformo con que no dejes vasos en el vestidor —habló Logan, muy en serio.

—No prometo tanto.

Leo volvió a cogerle la mano a Lena y le preguntó:

—¿Dónde está tu maleta?

Lena negó con la cabeza y respondió:

—No la he traído.

—¿Por qué?

—Porque he venido directamente de hablar con tu tío.

—Entonces vamos a buscarla.

—Puedo ir yo —le dijo Lena, para que no se preocupara.

—Te llevamos —insistió el niño.

Logan abrió la boca para decir algo, pero Leo se volvió hacia él.

—¿Verdad, tío?

—A ver…

—Eso es un sí —interpretó Leo.

Logan miró a uno y a otro y supo que no había nada que hacer.

—Debe serlo.

Leo celebró la decisión con un pequeño salto y gritó emocionado:

—¡Vamos ahora!

—Tampoco te pienses que vivo en un sitio muy bonito…

—¡Si estás tú, Lena… seguro que es una maravilla! —exclamó Leo.

—Eres muy amable, Leo. Pero…

—Te llevamos —le interrumpió Logan.

—¡Ya! —gritó Leo.

—¿Quieres dejar de ser tan ansioso? ¡Dale un respiro a Lena!

—Puede respirar en el coche.

Logan soltó una risa breve, Lena lo miró y musitó, divertida:

—En eso tiene razón.

—No le des alas… —le pidió Logan.

—¡Es que no quiero perder ni un segundo! ¡Quiero a Lena con nosotros desde ya mismo!

—Lena va a pensar que soy un muermazo de tío y que estás deseando compartir con alguien más.

—Tampoco estaría pensando cosas raras… —soltó el niño, muy serio.

—¡Leo! —exclamó Logan.

—¡Estoy bromeando!

Leo salió corriendo de la habitación, mientras su tío le decía:

—Y ahora ¿adónde vas?

—¡Voy a buscar mi mochila!

Lena se quedó en medio del vestidor vacío y Logan la observó. No parecía sentirse incómoda, al contrario.

Se comportaba con naturalidad, como si tuviera la facilidad para adaptarse a vivir en cualquier lugar en cuestión de minutos.

Tal vez era por lo que le había contado de su pasado o porque Lena Parker tenía un carácter mucho más abierto y flexible que el suyo.

Aparte de que no era nada interesada…

No se parecía a ninguna de las mujeres caprichosas que solía conocer. Lena no estaba interesada en su dinero, ni quería joyas, ropa lujosa o vivir con un montón de comodidades.

Lena era feliz con lo que tenía.

Y eso en su mundo era algo tan raro de encontrar que sintió admiración por cómo era.

Y desde luego que entendía ahora mucho mejor por qué Leo la tenía tanto cariño.

Lena Parker era especial. Era todo corazón. Nada que ver con él, que era todo lógica, cabeza y estrategia.

—Leo parece contento —comentó él, por romper el silencio.

—Está contentísimo —matizó Lena.

—Sí.

La réplica de Logan fue en un tono bajo, casi sorprendido.

Lena miró hacia la puerta por la que Leo había desaparecido, lo miró de nuevo y soltó:

—No tienes que fingir conmigo. Te alegra verlo así.

Logan no respondió enseguida. Se colocó bien el cuello de la camisa y respondió:

—Por supuesto que me alegra.

—Entonces intenta que dure.

Él sostuvo su mirada y le aseguró para que no le quedara duda de sus intenciones:

—Eso pretendo.

Lena señaló el vestidor y le advirtió de un modo suave… casi divertido:

—Traeré mis cosas y lo ordenaré a mi manera.

—Mientras no toques las mías…

—Ni de coña. Tú en tu espacio y yo en el mío.

—Y orden en el de todos. Son normas de convivencia básicas. Tu vestidor puede estar hecho una leonera, pero las zonas comunes las quiero impolutas y ordenadísimas.

Ella sonrió, asintió y reconoció tras bufar:

—Va a ser un mes larguísimo, Cole.

—Para los dos, Parker.

Desde el pasillo llegó la voz de Leo:

—¡Ya estoy preparado! ¡Siempre he querido conocer la casa de Lena! ¡Seguro que es mucho más alegre que esta!

—¿Ya me estás llamando aburrido otra vez? —inquirió Logan, fingiendo estar más molesto de lo que estaba.

—Tú te lo estás diciendo todo, tío Logan.

Lena se dirigió hacia la puerta, mientras no paraba de reír:

—La verdad es que mi casa tiene mucho más color que esta. Es pequeña, pero tengo mucho colorinchi…

Logan caminó junto a ella y repitió arqueando una ceja:

—¿Colorinchi?

—Me gustan los colores fuertes. Los tengo en los cojines, en las cortinas…

—Me estás asustando, Parker. A ver si voy a tener que entrar con gafas de sol.

—¡Ni caso! —exclamó Leo, cogiéndola de la mano—. ¡Es un sieso!

—¡Leo! —le exigió su tío.

—Para el color… Y para alguna otra cosa más…

—¿Para qué, pequeño bocachancla?

—¡Nada! Venga, avisa al chófer…

Lena sonrió, vio cómo Logan miraba a su sobrino y tuvo la sensación de que a lo mejor no era el tío altivo, frío y presuntuoso que siempre había creído.

Logan parecía ser mucho más de lo que había imaginado.

Y lo mejor era que iba a tener un mes para descubrirlo.

Aunque claro… había un riesgo…

Pero no quería pensar en ello. Lo importante era Leo…

Solo Leo.