Capítulo 6
Logan decidió tomarse la tarde libre.
Lo anunció nada más salir del restaurante con la misma naturalidad con la que habría comunicado que acababa de comprar otro edificio.
—Volvemos a casa.
Lena lo miró.
—¿A casa?
—A mi casa.
—Ah. Claro. Todavía no me he acostumbrado a que ahora también sea la mía.
—No lo es.
—Qué bonito comienzo de convivencia —bromeó Lena.
Logan levantó una mano para detener un taxi.
—Será tu casa durante un mes.
—Eso has dicho con menos entusiasmo todavía.
—Parker, no necesito entusiasmo. Necesito que esto funcione.
—Ya. Y yo necesito que dejes de hablar como si fuéramos una operación inmobiliaria.
El taxi se detuvo frente a ellos. Logan abrió la puerta y la dejó pasar primero.
—Las operaciones inmobiliarias suelen ser más sencillas —admitió Logan, muy a su pesar.
Lena entró, saludó al taxista y luego dijo a Logan:
—Eso es porque los edificios no hablan.
Él se sentó a su lado.
—Exacto.
Le indicó la dirección al taxista y arrancaron.
Durante el trayecto, Logan revisó el teléfono varias veces. No respondió a ninguna llamada, aunque la pantalla no dejó de iluminarse.
Lena terminó mirando de reojo.
—Se te va a incendiar la empresa.
—No —aseguró él, con media sonrisa.
—Te están llamando mucho.
—Siempre me llaman mucho.
—¿Y no vas a contestar? —preguntó ella, perpleja.
—He dicho que me tomaba la tarde libre.
—Creía que lo habías dicho solo para impresionar a la trabajadora social imaginaria que puede estar espiándonos desde algún tejado.
Logan guardó el móvil en el bolsillo interior de la chaqueta, resopló y afirmó:
—Lo digo en serio.
Lena lo observó durante unos segundos.
—Vaya.
—¿Qué?
—Nada. Estoy intentando asimilar que Logan Cole sabe tomarse una tarde libre.
—Sé hacer muchas cosas.
—Eso dices.
—No pongas esa cara, Parker.
—¿Qué cara? —preguntó mirándose en el espejo.
—La de no creerte nada.
Lena sonrió y miró por la ventanilla.
El taxi siguió su rumbo hasta que se detuvo frente al edificio de Logan.
Lena lo miró y volvió a sentir lo mismo que al entrar en la sede de Cole Developments.
Allí había dinero. Demasiado dinero.
El portero abrió la puerta antes de que Logan pudiera hacerlo. Después los saludó por sus nombres. Incluso por el de ella.
—Buenas tardes, señor Cole. Señorita Parker.
Lena entró en el vestíbulo y esperó a que Logan se acercara.
—¿Ya saben quién soy?
—Sí —respondió Logan, alzando las cejas.
—¿Todos?
—Probablemente.
—No pierdes el tiempo.
—Nunca, Parker.
—Eso empieza a darme miedo.
—Paul me ha escrito y dice que hacemos buena pareja.
—Pobrecito mío. ¡Se ve a la legua que no pegamos ni con cola!
Logan la miró y replicó, extrañado:
—Era el mejor de su promoción. De pobrecito nada.
—En relaciones de pareja está muy pez —aseguró Lena.
—Lo importante es que se lo ha tragado. Y si se lo traga él, que es muy listo…
—Te repito que es listo para las finanzas, pero para los asuntos del corazón, no sé yo.
Logan pulsó el botón del ascensor privado y replicó:
—Damos el pego. No le des más vueltas.
Las puertas se abrieron. Lena entró y Logan lo hizo tras ella.
—Tú siempre dando órdenes. ¿No te aburres?
El ascensor subió en silencio hasta el ático.
Cuando se abrieron las puertas, no tuvieron tiempo de dar ni dos pasos.
—¡Lena!
Leo apareció corriendo por el pasillo. Lena apenas pudo reaccionar antes de que el niño se lanzara contra ella y le rodeara la cintura con los brazos.
—¡Has venido!
La alegría de su voz le apretó algo en el pecho. Lena se agachó y lo abrazó.
—Eso parece.
—¿Te quedas? —preguntó Leo, expectante.
Ella miró a Logan por encima de la cabeza del niño.
—Eso parece también.
Leo se separó lo justo para observarla.
—¿Para dormir?
—Leo —intervino Logan.
El niño se volvió hacia su tío con una sonrisa enorme.
—¿Qué?
—Deja que entre.
—Vale.
Le cogió la mano a Lena y tiró de ella hacia el interior.
—Tienes que verlo todo.
—Leo —le pidió su tío.
—¿Qué?
—Primero tenemos que hablar.
—Luego —replicó Leo.
Logan abrió la boca, pero una mujer apareció en el pasillo antes de que pudiera responder.
Debía de tener algo más de cincuenta años. Llevaba el cabello rubio ceniza recogido en una coleta baja, pantalones oscuros y una blusa clara. Su aspecto era pulcro sin resultar rígido. Sostenía una chaqueta infantil doblada sobre un brazo.
—Señor Cole.
—Señora Wolf.
La mujer miró a Lena con discreción.
Logan dio un paso hacia ella.
—Quería presentarle a Lena Parker.
Hizo una pausa mínima.
—Mi novia.
Lena notó cómo Leo apretaba su mano.
Logan también y lo miró de reojo. Fue una mirada rápida, casi imperceptible, pero su intención estaba clarísima: le estaba suplicando que no dijera nada.
Leo alzó las cejas, después miró a Lena.
Luego a Logan.
Y, por último, volvió a mirar a la señora Wolf con una expresión inocente que no engañaba a nadie.
—Encantada —dijo la mujer.
—Igualmente —respondió Lena.
La señora Wolf le tendió la mano y Lena se la estrechó.
—Leo habla mucho de usted.
—Espero que bien.
—Muy bien.
Leo asintió con entusiasmo.
—Lena hace las mejores tortitas de Belinda's Corner.
—Las tortitas las hace el cocinero —aclaró ella.
—Pero tú consigues que me ponga más chocolate.
—Eso sí es verdad.
La señora Wolf sonrió. No preguntó cuánto tiempo llevaban juntos. Tampoco pareció sorprendida. Ni miró a Logan como si acabara de descubrir un secreto imposible.
Lena decidió que le caía bien. Parecía prudente. De esas personas que veían mucho y comentaban poco.
—Lena se quedará a vivir aquí a partir de hoy —añadió Logan.
Esta vez la señora Wolf pareció sorprenderse un poco, solo un poquito.
—Perfecto —dijo al fin.
—Puede marcharse ya.
La mujer miró el reloj y comentó un poco asombrada:
—Todavía me queda una hora.
—No es necesario. Esta tarde me ocuparé yo de Leo.
Leo soltó la mano de Lena y preguntó sin dar crédito:
—¿Tú?
Logan giró la cabeza muy despacio.
—Sí, yo.
El niño pareció pensarlo y finalmente soltó:
—Guay.
La señora Wolf recogió su bolso, que estaba sobre una consola cercana, y masculló:
—Entonces nos vemos mañana.
—A la hora de siempre —dijo Logan.
—Por supuesto.
Se inclinó hacia Leo, le revolvió un poco el pelo y le pidió:
—Pórtate bien.
—Siempre me porto bien.
La señora Wolf miró a Lena. Ella se llevó una mano al pecho y bromeó:
—Yo no estaba aquí para desmentirlo.
La mujer volvió a sonreír.
—Ha sido un placer conocerla.
—Lo mismo digo.
Logan la acompañó hasta el ascensor.
Y en cuanto las puertas se cerraron, Leo se giró hacia ellos.
—Entonces ¿es verdad?
Logan cruzó los brazos.
—¿El qué?
—Que Lena es tu novia.
—Sí.
Leo miró a Lena. Ella sonrió con rigidez.
—Sí.
—¿Desde cuándo? —preguntó Leo, risueño.
—Leo —advirtió Logan.
—Solo pregunto.
—Desde hace poco —respondió Lena.
—¿Cuánto es poco?
—Muy poco —contestó Logan.
—¿Ayer?
—Más o menos.
Leo entrecerró los ojos y comentó divertido:
—Ayer no erais novios.
—Las cosas cambian —dijo Logan.
—Muy deprisa —añadió Lena.
El niño los miró a los dos.
—Estáis fingiendo.
El silencio cayó de golpe. Logan descruzó los brazos.
—Leo...
—No pasa nada.
El niño se encogió de hombros.
—Sí que pasa —dijo Lena.
—Todo está bien. De verdad.
Lena lo observó y Logan le preguntó a su sobrino:
—¿Me lo quieres explicar mejor?
—Ayer dijiste que necesitabas una novia y hoy has venido con Lena. Blanco y en botella.
—No dije exactamente que necesitara una novia —replicó Logan.
—Sí lo dijiste.
—Lo dijiste tú.
—Y tú no dijiste que no —le recordó Leo.
Logan miró al techo, sin saber qué narices replicar.
Y Lena tuvo que morderse el labio para no reírse.
Leo se acercó de nuevo a ella y le preguntó lo que de verdad le interesaba:
—¿Vas a quedarte de verdad?
—Un mes.
—¿Todo el mes?
—Sí.
La sonrisa regresó inmediatamente a su cara.
—¡Ven!
Volvió a agarrarla de la mano.
—Leo, tenemos que explicarte algunas cosas —dijo Logan.
—Luego.
—No puedes dejarme con la palabra en la boca.
El niño ya arrastraba a Lena por el pasillo cuando le soltó a su tío:
—Sí puedo.
Lena volvió la cabeza hacia Logan y le advirtió:
—Parece que sí puede.
—No lo animes.
—No he hecho nada —se justificó Leo.
—Todavía.
Leo abrió una puerta y le pidió con un gesto de la cabeza a Lena que pasara:
—Esta es mi habitación.
Lena entró. La estancia era enorme. Tenía una cama con un cabecero azul oscuro, una estantería repleta de libros, juguetes perfectamente ordenados, una mesa de estudio, un rincón con una consola y una televisión, y en una de las paredes había un mural del sistema solar.
—Vaya —murmuró Lena, fascinada.
—¿Te gusta?
—Muchísimo.
—Tengo baño.
—¿Propio? ¡Eso es un sueño!
Leo asintió con la cabeza y señaló otra puerta:
—Y vestidor.
—¡También tienes vestidor!
—Sí.
Lena miró a Logan, que acababa de llegar, y le preguntó, patidifusa:
—¿Necesita un niño de nueve años un vestidor?
—La habitación ya lo tenía.
—Ah, claro. Sería una pena desperdiciarlo.
Leo abrió varios armarios y le enseñó cómo estaba todo colocado por colores.
—Esto no lo has ordenado tú —aseguró Lena, muerta de risa.
—La señora Wolf.
—Ya decía yo.
—Yo sé dónde está todo —dijo el niño, orgulloso.
Lena tomó un pequeño dinosaurio de una balda.
—¿Y esto dónde va? Porque tiene pinta de no estar en su sitio.
Leo señaló sin dudar:
—Tercera caja. A la izquierda.
Ella dejó el dinosaurio en su sitio.
—Te creo.
—Lo mejor no es esto —le advirtió Leo.
—¿Hay algo mejor?
—Sí. Ven.
Leo salió de la habitación y avanzó por otro pasillo. Ellos lo siguieron.
—No corras —le exigió Logan.
—No corro.
—Estás corriendo.
—Voy deprisa —precisó Leo.
Lena se volvió hacia Logan, sin poder contener la risa:
—Tiene una respuesta para todo.
—Eso lo ha aprendido de ti en cinco minutos.
—Lleva años conociéndome —le recordó Lena, con una sonrisa traviesa.
Leo abrió una puerta de cristal y salió a una terraza.
Lena se quedó quieta porque las vistas eran de impresión: Manhattan se extendía ante ellos.
Los edificios se recortaban bajo la luz de la tarde y, aunque todavía faltaban horas para que anocheciera, la vista resultaba impresionante.
Y luego vio algo que le llamó poderosamente la atención.
En un rincón había un telescopio enorme montado sobre un trípode.
Leo corrió hacia él.
—¡Esto es lo mejor! —exclamó entusiasmado.
Lena se acercó al telescopio y preguntó, maravillada:
—¿Es tuyo?
—No. Es de mi tío.
Ella se giró. Logan estaba apoyado en el marco de la puerta.
—¿Tuyo?
—Sí.
—¿Te gusta la astronomía? —preguntó Lena, que no tenía ni idea.
—Algo —respondió Logan.
Leo soltó una carcajada y le contó a Lena la verdad:
—¡Muchísimo!
—Bueno, bueno… No sé si tanto —farfulló Logan.
—Te sabes el nombre de todas las estrellas —le recordó el niño.
—Eso no es cierto —replicó Logan.
—De casi todas.
Lena lo miró con auténtica sorpresa, porque aquello sí que no lo esperaba, y soltó:
—Tienes una afición.
Logan se separó de la puerta.
—Tengo varias.
—Me dejas muerta.
—¿Qué creías que hacía cuando no trabajaba? —preguntó Logan, entornando la mirada.
—Trabajar más.
Leo señaló el telescopio y le contó a Lena muy contento:
—A veces salimos aquí por la noche.
—Cuando el cielo está despejado —dijo Logan.
—Vemos planetas.
—La mayoría de las veces vemos edificios —matizó Logan.
—Pero una vez vimos Saturno.
Leo lo dijo con tanta emoción que Lena sonrió.
—¿De verdad?
—Sí. Se veían los anillos.
—No tan bien como él recuerda —aclaró Logan.
—Se veían —insistió el niño.
—Un poco —dijo Logan.
—Mucho.
Lena miró el telescopio y la verdad es que estaba alucinando al escucharlos:
—Nunca he visto Saturno.
Leo abrió los ojos.
—¿Nunca?
—Nunca.
—¡Pues te lo enseñaremos! ¿Verdad que sí, tío?
Logan la miró y asintió con la cabeza:
—Cuando pueda verse.
—Esta noche —dijo Leo.
—Esta noche no se verá.
—¿Cómo lo sabes? —replicó Leo a su tío.
—Porque sé dónde está.
Lena arqueó una ceja y no pudo evitar comentar:
—Es que tu tío está casi en contacto con los dioses.
Logan frunció el ceño y preguntó mosqueado:
—¿Qué?
—Nada. Me acabo de acordar de una cosa que me dijo Paul.
—¿Qué te ha contado Paul?
—Que tienes casi hilo directo con los dioses —bromeó.
—Paul habla demasiado —farfulló Logan, molesto.
—Me cae bien —reconoció Lena.
—Eso confirma que habla demasiado —sentenció Logan.
Leo, que seguía junto al telescopio, miró de pronto a su tío y le preguntó:
—¿No vas a volver a trabajar?
—No.
—¿Nada?
—Nada.
—¿Ni después?
—He dicho que me he tomado la tarde libre.
Leo lo miró como si acabara de anunciar que pensaba mudarse a Marte.
—Qué raro.
Logan apretó los labios.
—Gracias.
—Siempre vuelves a trabajar.
—Hoy no.
—¿Por Lena? —supuso el niño.
—Por todos.
El niño pareció satisfecho con la respuesta.
Luego Logan se acercó a ellos y les dijo muy ceremonioso:
—Tenemos que hablar en serio.
—Eso lo dices mucho —comentó Leo.
—Porque contigo es difícil conseguirlo.
—Yo hablo en serio.
—De acuerdo —zanjó Logan, que apoyó una mano sobre el hombro de su sobrino.
—Genial.
—Y tú ahora escucha bien: Lena va a vivir con nosotros durante un mes.
—¡Ya me he enterado! ¡Y estoy que lo flipo!
—Bien, pues durante ese tiempo tenemos que demostrarle a Margaret Hill que este es el mejor lugar en el que puedes estar.
Leo frunció el ceño, miró a su tío, atónito, y replicó, convencido:
—Pero si ya lo es…