Capítulo 4
Lena había pasado muchas veces por delante de edificios que parecían diseñados para recordarle a una que existían mundos a los que jamás iba a pertenecer.
La sede de Cole Developments era uno de ellos.
Cristal. Acero. Altura. Silencio.
Todo resultaba tan pulcro, tan caro y tan perfectamente ordenado que Lena tuvo la sensación de que hasta respirar demasiado fuerte podía estar prohibido.
Miró hacia arriba antes de atravesar las puertas giratorias.
Mala idea.
El edificio parecía no acabarse nunca.
—No te impresiones —se dijo en voz baja.
Dos segundos después entró en el vestíbulo y se impresionó.
El suelo de mármol brillaba lo suficiente como para reflejar los zapatos de quienes pasaban por allí.
Había una recepción enorme, un mural abstracto que seguramente costaba más que el apartamento en el que vivía con su madre y unas personas impecablemente vestidas que caminaban con esa clase de seguridad que solo tenían quienes sabían exactamente dónde iban.
Lena no tenía ni idea.
Se acercó a recepción.
—Buenos días. Tengo una cita con Logan Cole.
La mujer levantó la mirada.
—¿Su nombre?
—Lena Parker.
Tecleó algo. Y, de repente, su expresión cambió ligeramente.
—Sí, señorita Parker. La están esperando.
Eso consiguió ponerla todavía más nerviosa.
La estaban esperando.
Fenomenal.
No había terminado de preguntarse si aquello era bueno o malo cuando apareció un joven alto, pelirrojo, con gafas, traje oscuro, aspecto impecable y una tableta en la mano.
—¿Lena Parker?
—Depende de quién pregunte.
El hombre sonrió.
—Paul. El asistente de Logan.
—Ah.
Lena le tendió la mano y él se la estrechó con fuerza:
—¡Bienvenida!
—Aprietas fuerte.
—Trabajando con Logan… a ver quién no lo hace.
Lena se relajó un poco, se rio y lo siguió hasta los ascensores.
—¿Siempre es así?
—¿Así cómo?
—Como si aquí fueran a anunciar en cualquier momento que alguien acaba de comprar un país.
Paul soltó una carcajada.
—Te acostumbrarás.
—No tengo intención de hacerlo.
Las puertas del ascensor se cerraron.
Subieron y siguieron subiendo. Lena miró los números y preguntó, cada vez más agobiada:
—¿Trabaja en la última planta?
—Casi.
—Por supuesto. ¿Para qué pregunto? ¡Él es un tío de las alturas!
—Casi en contacto con los dioses —replicó Paul, alzando las cejas.
Cuando salieron, el ambiente cambió todavía más. Había menos gente, más silencio y más dinero.
Había despachos acristalados, salas de reuniones inmensas y vistas de Manhattan que parecían sacadas de una película.
Paul caminó hasta unas puertas dobles.
—Está dentro.
Lena respiró profundamente.
—Genial.
—En el tiempo que llevo trabajando con él, mi jefe nunca había traído a una novia a la oficina.
—¿Qué?
Lena pensó que aún no había firmado nada y el presuntuoso de Logan Cole ya estaba contando que era su novia.
—Me lo ha contado. No tienes que fingir conmigo. Sé que estáis juntos. Y va en serio.
—Ya.
—¿Aún no te lo crees?
—Eh… Bueno…
—Sus oficinas intimidan mucho. Pero él no muerde —bromeó él.
—No me preocupa que muerda.
Paul volvió a sonreír.
—Entonces vas mejor preparada que la mayoría.
—¿Todos le tienen miedo?
—Un poco. Bastante…
—Ajá.
—Pero su novia no debería tener miedo…
—Porque un novio que sabe morder bien en según qué sitios es una suerte…
Ambos se miraron y soltaron una carcajada que terminó de destensar a Lena.
Acto seguido, Paul abrió la puerta y Lena entró.
Ahí estaba él.
Logan Cole estaba de pie junto al ventanal, hablando por teléfono.
Traje oscuro, camisa blanca, corbata perfectamente anudada, una mano en el bolsillo y la otra sujetando el móvil.
Lena se quedó parada un instante.
Lo había visto cientos de veces en Belinda's Corner, con Leo y una hamburguesa delante.
Con la chaqueta abierta, con expresión de cansancio, incluso discutiendo con ella porque había pedido café sin azúcar y luego se había quejado de que estaba demasiado amargo.
Pero aquello era diferente.
Ese era Logan Cole en su hábitat.
Y era...
Imponente.
No había otra palabra.
—Te dejo con él —susurró Paul.
—Gracias.
—Es el mismo —replicó Paul.
—¿Qué?
—Que aquí en su torre imponente parece un semidios, pero es el mismo hombre con el que estás saliendo.
—Un hombre…
—Él es un hombre y tú eres una mujer. Al final, solo es eso. ¿No?
—Sí, supongo que sí —replicó Lena, sintiendo un poco de vértigo.
—Si me necesitas para algo, aquí estoy.
—Gracias, Paul.
Paul le sonrió, amable, y se marchó cerrando la puerta muy despacio. Ella se quedó allí, viendo a Logan Cole en su salsa, que aún no se había percatado de su presencia.
—No —dijo él al teléfono—. Si quieren cerrar hoy, que acepten las condiciones. Si no, nos levantamos de la mesa.
Hizo una pausa.
—No pienso pagar diez millones más porque alguien haya decidido ponerse nervioso a última hora.
Otra pausa.
—Perfecto.
Colgó.
Entonces se volvió.
Y la vio.
—Parker.
—Cole.
Algo en la familiaridad del apellido consiguió devolverle el equilibrio a Lena.
Logan señaló uno de los sillones frente a su mesa.
—Siéntate.
—Qué gentil.
—¿Quieres que te pida permiso? —inquirió él, mordaz.
—No estaría mal.
—Siéntate, por favor.
—Mucho mejor —replicó Lena.
Ella se sentó y Logan ocupó el sillón de enfrente en lugar de ponerse detrás de la mesa.
Eso la sorprendió.
—¿Café? —preguntó él.
—No.
—¿Agua?
—Tampoco.
—¿Nerviosa?
Lena lo miró y respondió mintiendo como una bellaca:
—Ni un poco.
—Claro —masculló él sin creerla.
Más que nada porque él sí que lo estaba.
Un poco. Tampoco mucho. O eso era lo que quería creer.
—Tu edificio es excesivo —comentó ella.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Lo he decidido yo —dijo él mostrando su dentadura perfecta.
Llegados a ese punto, a Lena le repateó tanto que fuera tan sobrado que le soltó sin más:
—Por cierto, gracias por avisarme de que ya soy tu novia —ironizó ella.
—¿Paul? —supuso Logan.
—Paul. Según él, esto va muy en serio.
—Necesitaba que resultara convincente. No sabes cómo es Margaret Hill, pregunta a todo el mundo.
—Todavía no he firmado nada. Ni te he dicho que vaya a aceptar.
—Pero has venido.
—Algún día alguien va a darte un bofetón, Cole.
—Procura que no sea durante este mes.
Ella puso los ojos en blanco y decidió poner las cartas sobre la mesa:
—He hablado con Belinda.
Logan cambió ligeramente de expresión.
—¿Y?
—Me ha dado el mes libre.
—Perfecto.
—No he dicho que vaya a hacerlo —le advirtió, mirándolo seria.
—Has venido hasta aquí.
—Para hablar —matizó Lena, alzando las cejas.
—Eso suele ser el paso anterior a aceptar —le recordó él en un tono cínico que a Lena le espantó.
—No en mi caso.
Logan se echó hacia atrás.
—Te escucho.
Lena respiró. Había estado dándole vueltas toda la noche. A Leo. A Canadá. A la cara que había puesto cuando le habían contado que existía la posibilidad real de que tuviera que marcharse. Y también, aunque le costara reconocerlo, a Logan.
—Estoy aquí por Leo.
La expresión de Logan se volvió seria.
—Lo sé.
—No, no lo sabes.
Él esperó. Lena miró hacia el ventanal. Desde allí, Nueva York parecía otra cosa, mucho más pequeña. Respiró hondo y le contó:
—Sé lo que es crecer sin sentir que perteneces a ningún sitio.
Logan frunció ligeramente el ceño.
—¿Por qué?
No era una pregunta agresiva. Eso la sorprendió.
—Mi padre se marchó cuando yo era pequeña.
Logan no dijo nada y ella siguió hablando:
—Un día estaba y al siguiente decidió que le apetecía más otra vida.
—Lo siento.
Lena se encogió de hombros.
—Mi madre hizo lo que pudo. Limpiaba casas, oficinas, lo que saliera. Pero siempre íbamos justas. Cuando subía el alquiler, nos mudábamos. Cuando dejaban de renovarle un contrato, nos mudábamos. Cuando la dueña de un piso decidía que podía sacarle más dinero, nos mudábamos otra vez.
Logan la observaba con atención.
—Nunca estuve mucho tiempo en ningún sitio —continuó Lena—. Ni en el mismo colegio, ni en el mismo barrio. Y eso acaba cansando.
—¿Dónde vive tu madre ahora?
—Conmigo. En Jersey City —respondió Lena, clavándole de nuevo la mirada.
—¿Vienes todos los días desde allí?
—Sí.
—Hasta el West Village.
—Sí. Y hasta donde sea.
—Y estudias.
Lena arqueó una ceja y le preguntó con curiosidad:
—¿Cómo sabes eso?
—Leo habla.
—Eso es verdad —replicó ella, con una sonrisa que él encontró bonita.
—Derecho, ¿no?
—Por las noches —apuntó Lena.
Logan la miró durante unos segundos y volvió a insistir:
—¿Trabajas todo el día en Belinda's Corner, vuelves a Jersey City y estudias Derecho por las noches?
—Dicho así suena peor.
—Suena agotador.
—Lo es.
—¿Y tu madre?
—Trabaja media jornada limpiando en un hospital.
Logan se quedó callado.
Lena no sabía por qué, pero de pronto tuvo la sensación de que él la estaba viendo de una manera distinta.
—Entonces entenderás por qué hago esto por Leo —dijo ella—. No quiero que se lo lleven a un sitio que no siente como suyo. Después de lo que ha pasado, necesita conservar algo.
—Eso es exactamente lo que llevo seis meses intentando explicar.
—Ya. Pero también entiendo a Margaret Hill.
La mandíbula de Logan se tensó.
—Eso me gusta menos.
—Trabajas demasiado.
—Tengo una empresa —masculló Logan, en un tono más frío y distante.
—Una empresa enorme.
—Exacto.
—Y un sobrino de nueve años.
Logan la miró sin mover ni un músculo.
Lena decidió dejar aquello para después y zanjar el tema diciendo:
—Si acepto, quiero que quede claro que lo hago por él.
—De acuerdo.
—Antes necesito saber exactamente qué esperas de mí.
—Eso podemos negociarlo.
—Claro. Tú negocias hasta para respirar —ironizó Lena, ajustándose el tirante de su vestido.
Logan pensó que era la primera vez que la veía sin el uniforme de camarera.
Llevaba un sencillo vestido azul de tirantes, unas sandalias planas y un bolso en bandolera.
Se había maquillado de forma muy sutil.
Desde luego que no pretendía impresionarlo. Se había vestido como habría ido a cualquier parte.
Y eso le gustó.
—Funciona —dijo Logan, atusándose una ceja.
—Ya.
Logan se levantó y fue hasta su mesa. Cogió una carpeta y luego una estilográfica.
—Había pensado en una compensación económica.
—¿Cuánto? —replicó ella, más por pura curiosidad que por otra cosa.
—Dímelo tú.
Lena negó con la cabeza, porque no sabía ni qué responder.
—No tengo ni idea de cuánto se cobra por fingir ser la novia de un magnate inmobiliario.
—No suele aparecer en las tablas salariales.
—Qué raro —ironizó ella.
Logan sonrió, le gustaba su sentido del humor.
—¿Cuánto te cuesta la carrera? —preguntó él, tratando de ser justo.
Lena se quedó mirándolo y respondió perpleja:
—¿Qué?
—La matrícula. Libros. Tasas. Todo.
—Logan...
—¿Cuánto?
Ella le dijo una cifra aproximada. Él ni pestañeó. Lo apuntó y soltó, sin más:
—Te lo pago.
Lena abrió los ojos como platos, porque aquella actitud de Logan le parecía de otra galaxia:
—¿Qué?
—El curso completo. Con todo.
—No.
—¿Por qué?
—Porque es muchísimo dinero.
—Para ti —precisó Logan, sin ningún afán de humillarla.
—Para cualquiera —puntualizó Lena, que no se ofendió por las palabras de Cole.
Entendía que para él era dinero de bolsillo, pero no por eso pensaba aceptarlo. Sin embargo, él insistió:
—No para mí.
—Imagino, señor millonetis.
Logan apoyó las manos sobre la mesa y le explicó:
—Parker, me estás pidiendo que valore un mes de tu tiempo. Estoy haciéndolo.
—¿Pagándome la carrera?
—Sí.
—Eso es una barbaridad —replicó Lena, haciendo aspavientos con las manos.
—Puedo pagarlo.
—También podrías comprar el departamento entero de Derecho Romano y no por eso sería normal.
Logan sonrió. Un brillo de tiburón financiero le apareció en los ojos y replicó:
—Probablemente podría.
Lena resopló, le mantuvo la mirada y concluyó:
—Eres insoportable.
—¿Y?
Ella se quedó pensando en la matrícula, las tasas y los libros. En estar un año entero sin hacer cálculos imposibles, sin preguntarse qué factura podían retrasar, sin ver a su madre fingiendo que no le dolía la espalda después de limpiar durante horas. Y replicó por fin:
—Vale. Y… Hay otra cosa.
—Dime.
Lena respiró hondo y pensó que Logan tenía razón, podía pagar y la verdad era que aguantarle tenía un precio. Así que se inclinó hacia delante y soltó:
—El baño también.
Logan parpadeó, apuntó algo y comentó después:
—¿No querías la matrícula y ahora también quieres un baño?
—El de casa.
—¿Qué le pasa?
—La bañera se cae a pedazos.
—¿Quieres que te pague una bañera?
—Un plato de ducha —contestó Lena con una sonrisa triunfante.
A Logan le encantó que negociara así. Ni siquiera intentó resistirse. Le parecía justo.
—De acuerdo.
Lena lo miró desconfiada.
—¿Así de fácil?
—Sí.
Lena se dio un golpecito en la barbilla con el dedo índice y, ya que estaban, también le pidió:
—Tampoco estaría mal arreglar la instalación eléctrica.
—Hecho.
—Cole.
—¿Qué?
Lena estiró un poco el cuello y le advirtió:
—No he terminado.
—Sigue.
—La cocina tampoco está precisamente nueva.
—Reforma integral.
Lena soltó una carcajada.
—¡Perfecto! Tampoco pienses que va a ser una fortuna. El apartamento tiene cuarenta metros.
—Entonces será barata.
—Para ti todo es barato —bromeó ella.
—No todo —repuso él, muy serio.
—¿Qué no?
Logan la miró y habló con una sinceridad brutal:
—Perder a Leo…