Capítulo 2 #2
—Gracias por tu apoyo —replicó Logan, mordaz.
Leo sonrió, pero Logan no. Y el niño volvió a darse cuenta.
—¿Qué te ha dicho esta vez?
Logan respiró profundamente y respondió con la verdad:
—Tu abuelo Edward ha solicitado que te vayas a vivir con él.
Leo frunció el ceño y replicó con cara de espanto:
—¿A Canadá?
—Sí.
—Pero yo no quiero vivir en Canadá.
—Ni yo quiero que te vayas.
—Entonces dile que no —habló Leo, apelando a la lógica.
—Ojalá fuera tan sencillo. No depende únicamente de mí.
Leo permaneció callado unos segundos y preguntó, intentando disimular la punzada de angustia:
—¿Me tengo que ir?
Ahí estaba. La pregunta que Logan llevaba toda la mañana intentando evitar.
—No lo sé —respondió, y odió no poder darle otra respuesta.
—Pero yo vivo contigo.
—Sí.
—Y estoy bien.
—Me esfuerzo para que lo estés.
—Entonces ¿por qué? —preguntó Leo, con un nudo en la garganta.
Logan buscó las palabras. No quería hablarle de informes, procedimientos ni evaluaciones. Leo tenía nueve años y había tenido que comprender demasiadas cosas de adultos durante los últimos seis meses.
—Porque Margaret tiene que asegurarse de que estás en el mejor sitio posible.
—Estoy en el mejor sitio posible.
Logan sintió algo en el pecho.
—Eso mismo pienso yo.
—Pues ya está —zanjó Leo en su lógica de niño.
Logan pensó que su sobrino tenía razón, pero, por desgracia, el mundo de los adultos era muchísimo más complicado.
—No funciona exactamente así.
Leo bajó la mirada hacia la mesa y musitó con los ojos llenos de lágrimas.
—No quiero irme, tío.
Logan sintió que se le rompía el corazón, se incorporó, le apretó el hombro para que sintiera que estaba ahí, que nunca iba a fallarle, y replicó:
—Lo sé.
—Mi colegio está aquí. Y mis amigos.
—Lo entiendo.
—Y Noah y Sam.
—Ya.
—Y tú.
Logan tragó saliva. Eso no se lo esperaba. O quizá sí. Pero escucharlo era otra cosa.
—Y yo —repitió.
Leo levantó la mirada y le preguntó a su tío con la voz temblorosa:
—¿Tú quieres que me quede?
Logan se levantó sin contestar y lo abrazó con fuerza.
—¡Me vas a partir las costillas! —protestó Leo.
Logan lo soltó y volvió a sentarse.
—Joder, Leo… Me has matado. ¿Cómo puedes preguntarme eso?
—Pues entonces no entiendo nada.
—Bienvenido al mundo de los adultos. Es una jodida mierda.
—Luego me dices que hable bien…
—Yo puedo hablar como quiera, tú no.
—Es bastante absurdo —insistió Leo.
—No voy a discutir eso. Tú no puedes decir palabrotas.
—No me refiero a las palabrotas, me refiero a lo de la cotilla de Margaret… —Leo permaneció unos segundos callado y luego preguntó algo que le costaba aceptar—: ¿Por qué cree Margaret que estaría mejor con el abuelo?
Logan se echó hacia atrás y trató de responder manteniendo la calma:
—Porque tu abuelo tiene más tiempo. Está jubilado.
—Se pasa el día jugando al golf. ¡Está más ocupado que tú!
Logan tuvo que contener una sonrisa.
—Eso no figura en los informes de Margaret Hill.
—Debería.
—Leo.
—¿Qué?
—Edward te quiere.
—Vale.
Para Logan era importante dejar claro ese punto. De ninguna manera iba a transformar a Edward Whitmore en un monstruo porque no lo era.
Era un hombre serio, rígido y bastante insoportable cuando se lo proponía, pero quería a su nieto.
El problema era que Logan también.
—Tu abuelo vive en una casa grande, tiene mucho tiempo libre y podría estar contigo prácticamente siempre.
—Tú también tienes una casa grande y sin tanto trasto viejo.
—Son antigüedades. Tu abuelo fue anticuario. Y tiene una casa preciosa —le recordó Logan.
—Tus muebles son más bonitos.
—De acuerdo. Si te parecen más bonitos, perfecto. Y quiero que sepas que la parte de la casa la tengo aprobada. Ese no es el impedimento…
—¡Como para serlo! Si tu negocio son las casas…
—El problema es que trabajo mucho.
—Muchísimo —precisó Leo.
—Gracias otra vez —bromeó Logan haciendo el gesto de que le clavaba un puñal en la espalda.
—Es verdad.
—Ya.
Logan jugueteó con el vaso de agua que Lena acababa de dejarle delante sin que se hubiera dado cuenta.
—Margaret cree que necesitas una vida más estable.
Leo frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
Buena pregunta, pensó Logan. Y respondió como mejor supo:
—Que tengas unos horarios, unas rutinas... Que las personas que te cuidan no cambien.
—Es que tuvimos que cambiar a las niñeras porque tú eres muy tiquismiquis.
—Tú te mereces lo mejor. Y esas chicas no trabajaban como se debe.
—La verdad es que la penúltima era un pelmazo.
—Pero bueno, el problema tampoco son las niñeras. Es principalmente mi trabajo. Los viajes. Que a veces llego tarde...
Leo pensó durante unos segundos y se percató de que a su tío le faltaba algo que implicaba mucha estabilidad:
—¿Y que no tienes novia?
Logan parpadeó.
—¿Qué?
—Que no tienes novia.
—Eso no tiene absolutamente nada que ver —aseguró Logan, negando con la cabeza.
—Pues podría.
—No, olvídate de novias.
—El abuelo sí tiene a la abuela. Eso le hace estable… a pesar de que se pase el día intentando meter una bola en un agujero con un palo.
—Leo, existen muchísimas familias en las que solo hay una madre o un padre. Y otras en las que no hay ninguno de los dos. Tener pareja no convierte a nadie en mejor tutor.
—Sam no tiene papá y es muy feliz.
—Entonces ¿por qué estamos hablando de mi vida sentimental?
Leo se encogió de hombros, porque para él la respuesta era evidente:
—Porque no tienes.
Logan abrió la boca, la cerró y añadió después:
—Gracias por recordármelo.
—Podrías buscarte una. Y la contratas —dejó caer Leo, como sugiriéndolo solo.
—No creo que funcione así.
—¿Por qué no?
—Porque las personas no se contratan para ser novias.
—Tú contratas a todo el mundo.
—No es lo mismo.
Leo miró hacia la barra y sonrió, como si de pronto se le hubiera ocurrido una idea genial.
—Lena.
—¿Qué pasa con Lena? —inquirió Logan, arrugando el ceño.
—Podría ser tu novia.
Logan se quedó mirándolo y zanjó el asunto con un seco:
—No.
—¿Por qué?
—Porque no.
—Eso no es una razón.
—Es suficiente.
—A mí me gusta —insistió Leo, con una sonrisa enorme.
—Fantástico.
—Y me conoce.
—También te conoce el dentista y no pienso pedirle que se case conmigo.
Leo soltó una carcajada, bebió un poco de limonada y dijo:
—Lena es mejor.
Logan siguió la dirección de su mirada.
Ella estaba detrás de la barra preparando dos cafés mientras hablaba con un hombre sentado en uno de los taburetes.
Ryan Scott.
Logan sabía quién era.
Profesor de Literatura en un instituto cercano. Cliente habitual. Treinta y tantos. Simpático. Demasiado simpático, probablemente.
Ryan dijo algo.
Lena se echó a reír.
—Además, creo que Ryan quiere ser su novio —añadió Leo.
Logan volvió la mirada hacia él.
—¿Y tú cómo sabes eso?
—Porque no soy tonto.
—Tienes nueve años.
—Una cosa no quita la otra.
Logan miró otra vez hacia la barra. Ryan seguía hablando con Lena. No tenía ninguna razón para que aquello le molestara. Y no le molestaba.
En absoluto.
—Ryan se pasa el día contando historias. No creo que haya más —dijo Logan.
—Es profesor de Literatura. Sabe un montón. El otro día me contó una de un hombre que...
—Leo —le interrumpió Logan, que ya se estaba cansando de hablar de ese tío.
—¿Qué?
—Come cuando llegue tu hamburguesa y deja de organizar la vida sentimental de los adultos.
—Solo intentaba ayudarte.
Leo dejó el tema y al poco Lena apareció con los platos.
—¡Qué buena pinta tiene, Lena!
—¡Mi chico siempre tan encantador!
—No como yo —ironizó Logan.
—Yo no he dicho ni mu —replicó Lena.
—Por eso.
—Lena, tienes que ayudarlo —le pidió Leo juntando las manos.
—¿Ayudarlo a qué? —inquirió Lena, perpleja.
—A buscar novia.
Lena casi dejó caer una hamburguesa, Logan cerró los ojos y le rogó:
—No le hagas caso.
—¿Novia? —repitió Lena.
—Parker —le exigió Logan, para que no siguiera con aquello.
—No sabía que estuvieras buscando.
—No estoy buscando —murmuró Logan, entre resoplidos.
—Pues es una pena. Iba a ofrecerme voluntaria —soltó Lena.
Y Leo se rio a carcajadas. Lena también. Logan la miró preguntándose una vez más cómo podía ser tan descarada.
—Muy graciosa —refunfuñó.
—Gracias.
Dejó el plato delante de Leo y le pidió con mucho cariño:
—Come antes de que se enfríe.
Luego, colocó el otro plato frente a Logan y se alejó. Él, entonces, volvió a mirar a su sobrino.
Leo mordió la hamburguesa con expresión triunfal.
—¿Ves?
—¿Qué tengo que ver?
—Que le gustas —concluyó Leo, sin más—. ¡Y pegáis un montón! ¡Ella tiene veintiocho y tú treinta y dos!
—Cállate y come.
Pero Logan volvió a mirar hacia Lena y esta vez tardó un poco más en apartar los ojos…