El juego de amarte Capítulo 2
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Capítulo 2

Leo acababa de bajar, junto a su niñera, del ático en el que vivía con Logan en el Upper East Side. Al verlo junto al coche, sonrió de oreja a oreja.

—¿Vamos a comer?

Logan apartó la vista del tráfico y miró a su sobrino tras alzar las cejas:

—Eso parece.

Leo seguía plantado junto al coche, con la mochila colgada de un solo hombro y una expresión de absoluta incredulidad.

—¿Tú y yo?

—No. He pensado dejarte aquí y marcharme.

Leo, tras soltar una risotada que le hizo sonreír a Logan, murmuró:

—Tío.

—¿Qué?

—Es jueves.

—Hasta ahí llego.

Leo volvió a carcajearse. Logan le pidió a la niñera que subiera a casa y él salió del coche mientras su sobrino le recordaba:

—Los jueves merendamos. Es por si se te ha ido la pinza.

Logan abrió la puerta trasera del coche y señaló el interior:

—La pinza nunca se me va. Hoy vamos a comer.

Leo no se movió y replicó extrañado:

—Pero tú nunca puedes comer.

Logan se encogió de hombros y le respondió risueño:

—Como todos los días, Leo.

—Ya sabes lo que quiero decir. A esta hora siempre estás trabajando.

Aquello consiguió borrarle la sonrisa. No por lo que Leo había dicho, sino porque apenas había transcurrido un rato desde que Margaret Hill le había explicado exactamente lo mismo.

Trabajaba demasiado, no estaba suficientemente presente, su sobrino necesitaba estabilidad y Edward Whitmore, al parecer, podía ofrecérsela mejor que él.

—Hoy no —contestó Logan.

Leo estaba deseando siempre estar con su tío, así que no le pidió más explicaciones. Estaba feliz de compartir un rato con él y subió al coche.

Logan rodeó el vehículo y ocupó su sitio. Durante el trayecto recibió tres llamadas, rechazó las tres y Leo se dio cuenta.

Menudo era él, que no se le pasaba una.

—¿No vas a contestar?

—No.

—¿Estás enfermo? —preguntó el niño con una sonrisita socarrona.

Logan lo miró a través del espejo y replicó:

—¿Por qué todo lo que hago hoy te parece extraordinario?

—Porque es extraordinario —respondió Leo, asintiendo con la cabeza.

—Supongo que te tengo que dar las gracias por ver como algo extraordinario algo que es de lo más normal.

—De nada. Pero que sepas que no es normal.

Logan, sin apartar la vista de la carretera, de pronto pensó que quizá Margaret Hill tenía razón en más cosas de las que le apetecía reconocer.

Y aquello lo irritaba tanto que puso a Billie Eilish, la favorita de Leo y, a esas alturas, también la suya de tanto escucharla.

No quería pensar más en el tema, tan solo conducir tranquilo hasta la cafetería Belinda’s Corner en el West Village.

La cafetería no era precisamente el tipo de sitio que Logan habría elegido por iniciativa propia. Había restaurantes mejores en Nueva York y, probablemente, hamburguesas mejores a pocas manzanas de allí. Pero eso nunca había importado, porque era el lugar favorito de su sobrino.

Alexia y George solían llevar a Leo a aquella cafetería desde que era pequeño y, cuando cumplió tres años, Logan empezó a hacerlo también. Los jueves. Siempre los jueves.

Al principio había sido una forma de pasar tiempo con su sobrino.

Una tarde a la semana en la que Logan abandonaba reuniones, edificios, inversiones y cualquier otro asunto que pareciera urgentísimo para recoger a Leo y llevarlo a Belinda's Corner.

Con los años, aquella costumbre se había convertido en algo sagrado para los dos.

Durante seis años no había faltado prácticamente un solo jueves.

Ni siquiera después de la muerte de Alexia y George.

Mejor dicho: sobre todo después de la muerte de Alexia y George.

Porque, cuando todo lo demás en la vida de Leo había cambiado de golpe, Logan se había empeñado en que los jueves siguieran siendo exactamente iguales.

Y el Belinda’s Corner les permitía tener esa sensación de que había cosas que siempre estarían ahí.

Después de pasarse el trayecto cantando con Leo, aparcaron cerca de la cafetería y entraron.

El local estaba más concurrido que a la hora a la que solían ir los jueves.

Logan llevaba años entrando en aquella cafetería y todavía no entendía del todo qué le veía Leo.

No tenía nada de especial.

Mesas de madera, grandes ventanales, una barra demasiado larga, fotografías antiguas de Nueva York en las paredes y un menú que parecía no haber cambiado desde que alguien decidió que poner beicon dentro de una hamburguesa era una buena idea.

Sin embargo, Leo adoraba aquel sitio.

Y, si tenía que ser sincero, Logan también había acabado tomándole cierto cariño.

Quizá porque era uno de los pocos lugares de Manhattan en los que nadie parecía esperar nada de él.

Allí no era Logan Cole, presidente y fundador de Cole Developments.

Era simplemente el tío de Leo.

Y eso estaba bien.

—¡Pero bueno!

Logan reconoció la voz antes de localizar a la camarera.

Lena Parker apareció entre dos mesas con una bandeja en una mano, una sonrisa ancha y el pelo recogido de cualquier manera sobre la cabeza.

Se detuvo al verlos.

—¿Qué hacéis aquí?

Leo señaló a Logan.

—Se ha vuelto loco.

—Eso explica muchas cosas —replicó Lena, lanzándole una mirada cómplice al crío.

—Parker —habló Logan serio.

Siempre lo hacía, porque la camarera era la típica a la que si no se le ponía freno se le podía subir a las barbas.

Era espontánea, alocada, caótica, impulsiva… y hablaba por los codos.

A Logan le ponía de los nervios.

Se acercaba a la mesa a pedir nota y siempre acababa de cháchara con Leo durante horas.

Bueno, a lo mejor eran solo unos cuantos minutos.

Pero no paraban…

La verdad es que Parker y Leo se llevaban genial, le encantaba hacer el payaso y luego había entre ellos silencios de esos en los que no les hacía falta más que mirarse para entenderse.

Y no había que ser muy avispado para percatarse de que la camarera era una de las poderosas razones por las que a Leo le gustaba tanto frecuentar ese lugar.

Él reconocía además que la chica tenía mucho cariño a su sobrino y se lo agradecía todavía más en esos momentos tan duros por los que estaba atravesando.

Leo necesitaba a su lado gente que le hiciera feliz y Parker lo hacía.

Aunque él… no la soportara mucho.

A ver, no era que la detestara. Simplemente, no era compatible con él.

Era una chica preciosa, con media melena ondulada, ojos grandes y vivarachos, sonrisa encantadora, cuerpo bonito y un tatuaje en una mano con estrellitas, una media luna y un corazón en el que siempre se fijaba.

No sabía por qué.

Él odiaba los tatuajes.

Pero ese que tenía Parker en la mano le gustaba…

—Cole —replicó ella en un tono cantarín.

Logan la miró y Lena sonrió.

Era una especie de ritual absurdo que habían adquirido con los años.

No recordaba cuándo habían empezado a saludarse así llamándose por sus apellidos. Probablemente después de alguna discusión estúpida sobre si Logan podía reservar siempre la misma mesa junto a la ventana.

Lena había ganado, como casi siempre que discutían dentro de aquellas cuatro paredes.

—Dice que vamos a comer —explicó Leo.

Lena abrió mucho los ojos porque era la primera vez que Cole comía en la cafetería.

—¿A comer?

—¿Qué demonios os pasa a todos? —masculló Logan a la defensiva.

—Tú jamás has venido a comer a nuestra cafetería. Imagino que es poca cosa para un tío tan importante.

—Pues hoy he decidido comportarme como una persona normal.

Lena lo recorrió con la mirada.

—No sé si una hamburguesa va a conseguir tanto —ironizó Lena.

Leo soltó una carcajada y Logan decidió ignorarla.

—¿Hay mesa?

—La vuestra está libre —respondió Lena señalando la mesa con la bandeja.

—No tenemos una mesa —repuso Logan.

—Claro que la tenéis. Lleváis sentándoos en la misma desde que este pequeñajo apenas llegaba a la barra.

A Leo no le gustó que le llamara así y protestó:

—¡Lena!

—Perdón. Se me olvida que ya eres un hombre —bromeó Lena.

—Tengo nueve años —recordó Leo, envarándose.

—Exactamente. Prácticamente puedes solicitar una hipoteca —ironizó Lena, que dejó la bandeja en la mesa que tenía detrás.

Después, les pidió que la siguieran hasta su mesa y Lena dejó solo una carta delante de Logan.

—¿Y la mía? —refunfuñó Leo.

—¿Para qué la quieres? —preguntó Lena.

—Para elegir —contestó Leo, encogiéndose de hombros.

—Tú quieres una hamburguesa muy hecha, doble de queso, sin pepinillos, tomate aparte y patatas sin salsa porque dices que se quedan blandas.

Leo sonrió, levantó la mano y Lena la chocó:

—Exacto.

—Y limonada —añadió Lena.

—Con poco hielo —recordó el niño.

—Con poco hielo.

Lena anotó algo en su libreta que probablemente no necesitaba anotar.

—¿Ves? Te ahorro el trabajo de leer la carta.

—Tampoco pasa nada por leer una carta. No quiero que se me convierta en un vago.

—¿Por no leer una carta? Anda, ya. ¿Y tú? ¿Qué quieres?

—Lo mismo —dijo Logan, sin abrir la carta.

Leo abrió la boca porque estaba alucinado.

—Flipo. Tú nunca comes hamburguesas.

Logan cerró los ojos un segundo y les pidió:

—¿Podemos superar de una vez la conmoción que está produciendo mi presencia aquí a la hora de comer?

Lena se rio.

—Una hamburguesa para el señor Cole. Esto tengo que verlo.

Se marchó hacia la barra y Logan la siguió con la mirada apenas un instante.

Después miró a Leo, que estaba rebuscando algo dentro de su mochila.

Logan resopló y decidió que había que hacerlo.

Había pensado durante todo el trayecto cómo abordar aquella conversación y no había encontrado ninguna manera buena.

—Leo —dijo al fin.

—Dime.

—Deja eso un momento.

El niño levantó la cabeza. Algo en el tono de Logan debió de alertarlo porque cerró la mochila inmediatamente.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—Sí pasa —insistió Leo, al ver a su tío un poco raro.

Logan apoyó los antebrazos sobre la mesa y le contó la verdad:

—He hablado esta mañana con Margaret Hill.

Leo hizo una mueca de fastidio.

—¿La señora que hace tantas preguntas?

—Esa misma.

—¿Va a volver a casa a cotillear cómo vivimos y tal?

—Probablemente.

—La última vez miró hasta dentro de la nevera.

—Supongo que forma parte de su trabajo —explicó Logan, frotándose la nuca.

—También me preguntó un día si eras simpático.

Logan arqueó las cejas, porque era la primera noticia que tenía:

—¿Y qué contestaste?

—Que depende.