Capítulo 1 #2
Lo que Logan sí que tenía claro era que su sobrino no había tenido culpa de nada. Se habían ido porque él era muy exigente y más si se trataba de Leo:
—Ninguna se marchó por Leo.
—No estoy culpando a Leo.
—Pues entonces no veo el problema.
—El problema es que un niño que acaba de sufrir una pérdida traumática necesita continuidad.
—La tiene conmigo.
—Usted sale de casa antes de que él se vaya al colegio tres días por semana. En ocasiones regresa después de que se haya acostado. El mes pasado viajó dos veces.
—Una noche cada vez.
—Señor Cole...
—¿Qué espera que haga? ¿Que cierre la empresa? —replicó Logan, sorprendido de que esa mujer no pudiera comprenderlo.
—Espero que entienda que proporcionar estabilidad no consiste únicamente en contratar a las mejores personas para cubrir las horas en las que usted no está.
A Logan aquellas palabras le dolieron mucho más de lo que estaba dispuesto a reconocer.
—Yo estoy presente —aseguró dolido.
—No estoy diciendo que no quiera a su sobrino.
—Más le vale —le advirtió Logan, arqueando una ceja.
—Estoy diciendo que quererlo y estar preparado para criarlo no son necesariamente la misma cosa.
Logan se tensó por completo, echó un vistazo por la ventana y a cientos de metros bajo sus pies, los taxis parecían pequeñas manchas amarillas avanzando entre las calles.
Desde allí arriba, Nueva York parecía estar a sus pies. Una ironía, teniendo en cuenta que llevaba seis meses sin saber cómo solucionar el único problema que realmente le importaba: la custodia de su sobrino.
—¿Y Edward sí está preparado? —contraatacó Logan.
—El señor Whitmore está retirado. Tiene disponibilidad completa. Vive en la misma casa desde hace más de veinte años y ha presentado un plan detallado sobre cómo se organizaría la vida de Leo.
—En Canadá.
—Sí.
—A miles de kilómetros de todo lo que conoce.
—Eso también será valorado.
—Pues valórenlo bien.
—Logan... —Era la primera vez que Margaret lo llamaba por su nombre—. No estoy en su contra.
—Pues lo disimula de maravilla.
—Estoy del lado de Leo.
Aquello volvió a silenciarlo, porque él también estaba de ese mismo lado. Ese era precisamente el problema.
—Los jueves son nuestros desde que cumplió tres años —dijo de pronto.
—¿Perdón?
—Desde mucho antes del accidente. Todos los jueves recojo a Leo. No mi chófer. No una niñera. Yo. —Margaret guardó silencio—. Vamos a una cafetería que le gusta. A veces merendamos allí. Otras cenamos. Depende. Pero llevo haciéndolo desde que era pequeño.
—Eso figura en mi informe.
—Entonces también debería figurar que conozco a mi sobrino.
Sé que odia los guisantes. Sé que se inventa dolor de barriga cuando tiene examen de matemáticas.
Sé que duerme con la luz del pasillo encendida desde que murieron sus padres porque le da vergüenza reconocer que vuelve a tener miedo a la oscuridad…
—Tuvo que detenerse. Mierda, pensó y luego siguió—: Y sé que no quiere marcharse de Nueva York.
La voz de Margaret se suavizó.
—Lo sé.
—Entonces no permitan que se lo lleven.
—No depende solo de mí.
—¿Qué tengo que hacer?
La pregunta salió antes de que pudiera detenerla.
Y Logan Cole no preguntaba qué tenía que hacer jamás.
Normalmente era él quien se lo decía a los demás.
—Demostrar que puede ofrecerle continuidad. Que su vida tiene espacio real para un niño, no únicamente recursos para atenderlo. Leo necesita una estructura estable y personas que permanezcan en su vida.
—Yo permanezco.
—Entonces demuéstrelo.
Margaret le explicó que habría nuevas entrevistas y otra evaluación a finales de agosto.
Logan apenas escuchó el resto.
Cuando finalmente colgó, dejó el teléfono sobre la mesa.
Ciento ochenta millones.
Veinte minutos antes había conseguido que tres hombres aceptaran perder veinte millones de dólares con respecto a la cifra que pretendían obtener.
Eso sabía hacerlo.
Negociar, comprar, construir, convencer, ganar… pero alguien acababa de decirle que quizá no era capaz de proporcionar un hogar adecuado a su sobrino de nueve años.
Miró la fotografía que había sobre una de las estanterías.
Alexia estaba riéndose.
Leo debía de tener cinco o seis años y estaba sentado sobre los hombros de su padre.
Logan aparecía a su lado mirando a la cámara con expresión de estar preguntándose cómo demonios lo habían convencido para participar en aquella fotografía.
—No voy a dejar que se lo lleve —murmuró.
Llamaron a la puerta y su asistente asomó la cabeza.
—Jacobs dice que puede esperar hasta las doce y media.
Logan miró el reloj y se preguntó: «¿En qué momento había pasado tanto tiempo?».
Se levantó inmediatamente, cogió sus cosas y le pidió a Paul:
—Cancela todo.
—¿Todo qué?
—Todo lo que quede en el día de hoy.
—A las cuatro y media tienes la reunión con...
—Cancélala.
—Logan, llevan tres semanas intentando cuadrarla.
Él se metió el móvil en el bolsillo de la chaqueta y replicó:
—Pues tendrán que intentarlo una cuarta.
Su asistente lo miró durante un segundo y después sonrió, oliéndose lo que pasaba:
—Es jueves. Pero tú nunca te vas tan pronto…
Logan recogió las llaves y repuso mientras se dirigía a la puerta:
—Es jueves. Y punto.
Y los jueves eran de Leo.
Aunque, al parecer, ahora tuviera que convencer al resto del mundo de algo que él llevaba años sabiendo.
Que Leo Whitmore era su familia.
Y que nadie iba a llevárselo a Canadá.
Nadie.