El juego de amarte Capítulo 1
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El juego de amarte

El juego de amarte

Por Dina Reed

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Capítulo 1

Logan Cole dejó la estilográfica sobre un informe y lanzó una cifra sin dejar de mirar a los tres hombres:

—Ciento ochenta millones.

Al otro lado de la mesa, nadie dijo una palabra.

Logan se recostó en el sillón y entrelazó las manos sobre el abdomen, como si acabara de comentar el tiempo y no de rebajar en veinte millones de dólares la oferta que había puesto sobre aquella misma mesa veinticuatro horas antes.

Frente a él, tres hombres con trajes que costaban más que el sueldo anual de muchos neoyorquinos intercambiaron miradas.

Logan esperó.

Era bueno esperando.

Había aprendido hacía muchos años que el silencio podía ser bastante más efectivo que cualquier argumento. Sobre todo, cuando quien estaba sentado enfrente necesitaba vender mucho más de lo que él necesitaba comprar.

—Ayer hablábamos de doscientos millones —dijo finalmente Robert Sullivan.

—Ayer.

—El edificio sigue siendo el mismo.

—Exactamente. Y sus problemas también.

Sullivan apretó la mandíbula y Logan casi sonrió, pero solo casi. Se levantó y caminó hacia los enormes ventanales de su despacho. Manhattan se extendía a sus pies bajo un cielo despejado de finales de julio. Desde aquella altura, Nueva York parecía incluso manejable.

Cualquiera diría que era ordenada y previsible. Él no iba a dejarse engañar.

Su despacho ocupaba una esquina de una de las plantas superiores de la sede de Cole Developments.

Un edificio de cristal, acero, madera oscura y unas vistas por las que probablemente cualquier agente inmobiliario habría vendido a su madre.

A Logan le gustaban, aunque apenas tenía tiempo para disfrutarlas.

—El informe estructural no es precisamente alentador —continuó Logan—. La rehabilitación va a costarme una fortuna y usted lleva nueve meses intentando vender. Ciento ochenta millones es una buena oferta.

—Podemos encontrar otro comprador —replicó Sullivan.

Logan se volvió. Hasta ahí habían llegado, así que dijo:

—Entonces deberían hacerlo.

Logan recogió el teléfono de la mesa y les advirtió:

—Ciento ochenta millones hasta las cinco de esta tarde. Después serán ciento setenta y cinco.

—No puede hablar en serio —murmuró Sullivan.

—Nunca hablo tan en serio como cuando se trata de veinte millones de dólares.

Sullivan lo observó unos segundos. Logan sostuvo su mirada y esperó.

Tres.

Dos.

Uno.

—Ciento ochenta y cinco —habló Sullivan, al fin.

—Ciento ochenta.

—Cole...

—Ha sido un placer, Sullivan.

—Está bien.

Logan arqueó una ceja y preguntó sin arredrarse:

—¿Está bien qué?

Sullivan soltó el aire y Logan supo que ya había ganado:

—Ciento ochenta.

Ahora sí, Logan sonrió y se limitó a decir:

—Mis abogados tendrán la documentación preparada esta tarde.

Los tres hombres abandonaron el despacho unos minutos después.

Ya solo, Logan se sirvió un poco de agua y miró su reloj.

Once y diecisiete de la mañana.

Había comprado uno de los edificios que llevaba meses queriendo por veinte millones menos de lo previsto y todavía le quedaban trece minutos antes de su siguiente reunión.

Un jueves bastante productivo.

—Recuérdame que invite a Sullivan a cenar.

Logan levantó la mirada. Era Paul, su asistente, que estaba apoyado en el marco de la puerta.

—¿Para qué? —preguntó Cole, ceñudo.

—Después de lo que acabas de hacerle, lo mínimo sería darle de comer —respondió Paul, con sorna.

Paul tenía veinticinco años, era pelirrojo, alto, espigado, llevaba gafas de pasta y trajes impolutos y había sido el mejor de su promoción.

Y, además, tenía sentido del humor…

—Acaba de embolsarse ciento ochenta millones. Puede pagarse la cena.

—También es verdad —soltó Paul, mordaz.

Luego, entró con la tableta en la mano y le recordó a su jefe:

—He movido la reunión con Jacobs a las doce. A las dos tienes...

El teléfono de Logan comenzó a vibrar, miró la pantalla y vio el nombre: Margaret Hill.

Toda la satisfacción que acababa de proporcionarle el acuerdo con Sullivan desapareció de golpe.

—Cancela lo de las doce —le pidió a Paul.

—¿Qué?

Logan resopló y le exigió con un gesto de la cabeza:

—Fuera.

Su asistente siguió la dirección de sus ojos hacia el teléfono y cambió de expresión.

—Claro.

Cerró la puerta al salir y Logan dejó que el teléfono sonara una vez más antes de responder.

—Señora Hill —saludó impasible.

—Buenos días, señor Cole.

A Logan no le gustó su tono. Aunque, pensándolo bien, jamás le gustaba el tono de Margaret Hill.

La trabajadora social encargada del caso de su sobrino tenía la extraordinaria capacidad de hacer que Logan se sintiera como un adolescente al que habían pillado fumando detrás del instituto.

Y eso que Logan Cole llevaba veinte años sin ser adolescente y nunca había fumado detrás de ningún instituto.

—¿Ha ocurrido algo con Leo?

Fue lo primero que preguntó, siempre era lo primero que preguntaba.

—Está todo bien.

Los hombros de Logan se le relajaron ligeramente.

—Entonces dígame qué ocurre.

Hubo un pequeño silencio.

—Quería hablar con usted sobre la evaluación.

Logan regresó a su mesa, se mordió el labio, inquieto, y replicó:

—La escucho.

—El informe preliminar no recomienda por el momento que se formalice la tutela permanente a su favor.

Logan tardó unos segundos en reaccionar.

—¿Cómo dice?

—Señor Cole...

—He oído perfectamente lo que ha dicho. Lo que quiero saber es por qué.

Se puso de pie otra vez, porque le fue imposible permanecer sentado después de lo que acababa de escuchar:

—Llevamos hablando de esto durante meses. Leo vive conmigo. Va al mismo colegio de siempre. Está con sus amigos. Tiene su habitación, sus cosas, su vida...

—Nadie está cuestionando que pueda proporcionarle todo lo que necesita materialmente.

—¿Materialmente? —replicó Logan, indignado.

Y la palabra salió con más violencia de la que pretendía.

—Estamos valorando muchos otros factores.

Logan caminó hacia el ventanal, con la sensación de que estaba pisando terreno minado:

—¿Y qué demonios significa eso?

—Significa que debemos determinar cuál es el entorno más adecuado para Leo a largo plazo.

—¡Ya tiene un entorno adecuado!

—Su abuelo también ha solicitado hacerse cargo de él.

Logan cerró los ojos un instante.

Edward Whitmore no podía hacerle eso.

Aunque fuera el abuelo.

Sencillamente, no.

—Edward vive en Canadá —le recordó Logan.

—Lo sé.

—Leo tiene nueve años. Su colegio está aquí. Sus amigos están aquí. Toda su vida está en Nueva York.

—Eso se tendrá en cuenta.

—¿Se tendrá en cuenta? —repitió Logan, frustrado.

Y se apretó el puente de la nariz sintiendo que estaba empezando a perder la paciencia.

Y él nunca perdía la paciencia.

Él era experto en hacer que la perdieran los demás, por lo que replicó:

—¿De verdad están considerando mandar a un niño que acaba de perder a sus padres a otro país?

—Han pasado seis meses desde el accidente.

—Precisamente por eso.

Logan se giró, aunque no hubiera nadie allí, sintiendo cómo la bilis se le subía a la garganta.

Leo era lo que más quería.

Y estaba dispuesto a enfrentarse con quien fuera para que su sobrino fuera feliz.

No iba a conformarse con menos.

—Seis meses, señora Hill. Hace seis meses Leo tenía a su madre y a su padre. ¿No cree que ya ha perdido suficiente? ¿Ahora también quieren quitarle su casa, su colegio, sus amigos y todo lo que conoce?

—Nadie quiere quitarle nada.

—Eso es exactamente lo que ocurriría.

Logan se pasó una mano por el pelo.

Porque la gente parecía olvidar que él también estaba pasando un duelo.

Él había perdido a Alexia.

A su hermana pequeña y a la niña de sus ojos.

Y dolía. Claro que dolía. Todavía había momentos en los que pensar en su hermana le producía una sensación tan absurda que parecía que alguien acabara de comunicarle la noticia.

Pero habían pasado seis meses. Solo seis malditos meses de aquel jodido horror que comenzó con una llamada de madrugada.

Un accidente.

Un hospital.

Y, de repente, Alexia ya no estaba.

Tampoco su marido: George, al que Logan había llegado a querer como a un hermano.

Y Leo, con nueve años, se había quedado sin padres.

Logan ni siquiera había dudado. ¿Cómo iba a hacerlo? Para él era obvio: Leo se iría con él.

Era su sobrino. Era su familia y, sobre todo, estaba convencido de que era lo que Alexia habría querido.

Al menos, de eso estaba convencido, pero había alguien que no quería que las cosas fueran así:

—Edward Whitmore puede ofrecerle un entorno muy estable —continuó Margaret.

Logan soltó una carcajada seca, porque aquello solo podía ser un chiste malo.

—Edward Whitmore apenas conoce a su nieto.

—Es su abuelo.

—Ya sé quién es.

—Entonces también sabrá que mantiene una relación con él.

—¿Una relación? Lo ve en Navidad y alguna semana durante las vacaciones. Yo llevo formando parte de la vida de Leo desde que nació.

—No he dicho lo contrario —replicó Margaret en un tono firme.

—Entonces no entiendo qué estamos discutiendo.

Esta vez Margaret tardó un poco más en contestar, pero al final lo dijo:

—Su disponibilidad, señor Cole.

Logan frunció el ceño y repitió extrañado:

—¿Mi disponibilidad?

—Trabaja muchas horas.

—Tengo una empresa. ¿Qué espera?

—Lo sé.

—Mire, no quiero sonar presuntoso, pero no lo sabe. Dirijo una de las mayores firmas de desarrollo inmobiliario de Nueva York. Hay operaciones de cientos de millones y miles de personas que dependen de mí.

—Y ahora también un niño —replicó Margaret sin dejarse impresionar por su negocio multimillonario.

—El niño es lo que más me importa.

Margaret se quedó unos instantes callada, como si estuviera consultando un informe. Después habló:

—En estos seis meses ha habido varios cambios en las personas encargadas del cuidado diario de Leo.

—Han sido niñeras perfectamente cualificadas.

—Han sido varias —insistió Margaret.

—Dos.

Logan pensó que podía jurar que solo habían sido dos niñeras. Sin embargo, Margaret matizó:

—Cuatro.

Logan apretó los labios y pensó que Margaret tenía razón. Los puñeteros informes nunca mentían. Sí, habían sido cuatro, técnicamente sí, pero había dos niñeras que apenas habían durado cinco días, así que casi no contaba.