El juego de Afrodita 61
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Estoy delante del portal de la casa de Sofía. Hacía tiempo que no me acercaba por aquí. Tuerzo el gesto al recordar mis expectativas de entonces. Es hora de superar los errores del pasado y mirar para adelante.

Toco el timbre del telefonillo y me estiro la camisa hawaiana, ensayando la sonrisa. El altavoz del telefonillo chisporrotea. Antes de que pueda decir nada, suena la puerta. La empujo y atravieso el portal con paso resuelto hacia el ascensor.

—Qué bonita —dice una vecina al cruzarse conmigo.

Llevo una maceta con una orquídea rosa de regalo. Quiero hacer las cosas bien.

Siento que mi determinación flaquea al plantarme ante el ascensor.

La alternativa es subir diez pisos con este calor y llegar arriba con un charco de sudor en las axilas.

No he venido aquí a hacer el ridículo. Mientras subo, es otro miedo distinto a quedarme encerrado en el ascensor el que me asalta: que me den con la puerta en las narices.

Quizás lo más sensato es dar la vuelta y marcharme.

Tonterías.

Parece que me asustara la simple posibilidad de ser feliz.

Salgo del ascensor con renovado ímpetu y, después de repasar mi peinado y mi aspecto general en un espejo que está colgado en el rellano, pulso el timbre con decisión.

Escucho pasos que se acercan al otro lado de la puerta.

Es Sofía quien abre.

Su expresión distendida, que realza su belleza, se tensa al verme. Me dirige una mirada de incredulidad que me recorre de arriba abajo como para cerciorarse de que no la engañan sus ojos.

—Puedes meterte la flor y la maceta por donde te quepan —dice Sofía en tono desabrido—. Eres un ridículo si te crees que así vas a arreglarlo conmigo.

—Tú eres la ridícula si piensas que esta flor es para ti —replico—. ¿Está Sara en casa? He quedado con ella.

Sofía crispa el gesto con una mezcla de aprensión y horror como si acabara de posarse una tarántula en la punta de su fina nariz. Se rehace rápido. Con mueca digna, dice:

—Espera aquí.

Cierra la puerta y me deja plantado, a la espera de que Sara salga a recibirme.

Pasa un minuto y me empiezo a preguntar si Sofía va a tener el detalle de anunciar mi llegada a Sara o si va a ignorar mi presencia y actuar como si no me hubiera visto.

Estoy dudando si llamar otra vez cuando empiezo a escuchar voces tras la puerta, pero me llegan muy amortiguadas por la distancia y no puedo entender lo que dicen.

Tras una tensa espera, aparece Sara por fin. Está muy guapa pese a su gesto contrariado.

—Joder, Max —dice—. Pensaba que eras legal. Vaya decepción.

—¿Se puede saber qué mosca te ha picado?

—Es preciosa.

Sara acaba de ver la orquídea.

Le tiendo la maceta con la flor.

—Es para ti.

Ella sonríe, pero enseguida vuelve a nublarse su expresión. Aparta la flor y me mira desde una gran distancia, en doloroso contraste con su cercanía habitual.

—Es inútil, Max —dice Sara—. Sofía me ha contado lo que le has hecho. Es algo que no puedo pasar por alto. Pensaba que eras de otra manera. Es mejor que sigamos cada uno nuestro camino.

—¿Qué te ha contado Sofía?

Sara me mira con un gesto amargo, sin ocultar su desilusión.

—Que intentaste propasarte con ella y que, como Sofía te rechazó, le contaste al director su lío con Julio para que la echaran.

—¿Y tú la crees?

Ella me mira con una mueca escéptica.

—Si tienes algo que decir, te escucho.

Saco mi móvil y busco la grabación que hice cuando Sofía me buscó en el cuarto de los servidores y se me insinuó.

—Mejor escucha esto y saca tu propias conclusiones —digo.

Sara me mira intrigada. Le pongo la grabación. Tiene buen sonido, es fácil reconocer tanto la voz de Sofía como la mía:

«—Sé que te gusto —dice Sofía en la grabación—. ¿O me vas a decir que no?

»—Mantengamos las distancias, si no te importa.

»—¿Me vas a decir que no es esto lo que querías desde el primer día?».

Sara reacciona con sorpresa e indignación.

—Será cabrona —dice—. Es ella la que quería lío contigo. Se va a enterar…

Tengo que sujetar a Sara para que no se deje llevar por su enfado y haga o diga algo de lo que podría arrepentirse. Después de todo, todavía sigue viviendo en casa de Sofía.

—Está pasando una mala racha, no se lo tengas en cuenta —digo.

—Eres muy generoso —dice Sara—. Yo no sé si, de estar en tu lugar, me lo tomaría así de bien.

En este momento, aparece Sofía al fondo del breve pasillo. Me lanza una mirada iracunda:

—¿Todavía estás aquí? ¿Es que vamos a tener que llamar a la policía para que te vayas?

Sara se vuelve y avanza hacia ella con decisión. Antes de que yo pueda reaccionar, Sara le suelta un bofetón a Sofía.

—Me has mentido —dice Sara—. Creía que eras mi amiga.

Sofía la mira sorprendida. Se toca la mejilla, que se le ha quedado enrojecida.

—No sé qué te ha contado Max, pero es todo mentira —dice—. Te vas a arrepentir de haberme dado este bofetón. Lárgate de mi casa. Ahora mismo. Llévate tus cosas y no vuelvas.

—He hablado con Julio —digo, dirigiéndome a Sofía—. Él es quien le contó a su suegro lo vuestro. Imagino que fue el propio Ramos quien informó a Julio de tu papel en su despido.

Sofía me mira como si le acabara de dar otra bofetada.

—Tú y tus celos de Julio —dice con desprecio—. Eres un embustero patológico. Te lo estás inventando todo.

—Puedes llamar a Julio y preguntarle. Tengo la impresión de que está deseando tener esa conversación contigo.

—¡Fuera! —dice Sofía, la mueca desencajada—. Los dos.

—Puedes venir a casa, mientras encuentras algo —digo—. Hay espacio de sobra.

Sara asiente sin entusiasmo.

—Tal como se está dando la cosa, creo que es una oferta que no puedo rechazar —dice—. Espera un momento.

Sara vuelve sobre sus pasos y desaparece al fondo del pasillo. Al cruzar a su lado, ignora a Sofía, que hace lo propio.

—¿Cuándo has visto a Julio? —pregunta Sofía.

—Ayer. Quería ofrecerme un puesto en su nueva empresa.

Sofía me mira con un gesto de resignación.

—Entonces, es verdad que él…

No tiene fuerzas ni ánimo para terminar la frase.

—Le traicionaste por despecho, ¿no? —digo—. Te prometió la luna y no ha cumplido.

—Fue él quien nos traicionó a todos robando a la empresa.

—Ya.

Sara regresa. Trae una maleta pequeña con ella.

—No seas absurda —dice Sofía—. Vuelve a llevar esa maleta a tu cuarto. He tenido un cruce de cables. Ya se me ha pasado el enfado. Nuestra amistad pesa más que un encontronazo circunstancial como este.

Sara observa a Sofía con una expresión gélida en el rostro.

—Volveré a por mis cosas —dice.

—Como quieras.

—Mañana mismo, si puede ser. Te aviso.

Sofía mira con resignación a la que hasta hoy mismo ha sido su compañera de piso.

—¿Qué hago con la orquídea? —pregunto.

—La orquídea se viene con nosotros —dice Sara.

Ya en la calle, me doy cuenta de que Sara está temblando de la tensión que lleva en el cuerpo.

—Qué desagradable ha sido —dice Sara—. Tenía una fe ciega en Sofía. Igual me he pasado. Soy muy irreflexiva a veces. Debería volver y disculparme. Agradezco tu ofrecimiento, pero no quiero que te sientas obligado a acogerme en tu casa.

—Sabes que lo hago con gusto.

—En todo caso, es algo temporal.

—Quédate el tiempo que necesites.

—Espero que esto no fastidie nuestra relación. Ahora que empezamos a llevarnos bien.

—Y mejor que nos vamos a llevar.

Acaricio su mentón, provocando su sonrisa antes de inclinarme sobre ella para besarla. Ella se funde conmigo en un abrazo. Por encima de nuestras cabezas, los pájaros celebran la primavera con su animado canto. Me siento afortunado de estar vivo, con Sara entre mis brazos.

Estamos esperando a que pase un taxi para ir a casa cuando me llega un mensaje al móvil.

Es Eduardo.

«Todo arreglado».

—¿Es Sofía con otro de sus embustes? —pregunta Sara.

Le enseño el mensaje y le cuento lo ocurrido.

—Me alegra que llegues a un acuerdo con la empresa —dice Sara—. ¿Te acuerdas de la última cena de Navidad, cuando casi nos enrollamos? Siempre tuve la sensación de que habíamos dejado escapar algo bueno. No sé si fue timidez o que, simplemente, no era nuestro momento.

—Sea como sea, pienso aprovechar esta segunda oportunidad.

Sara lanza una risotada de las suyas.

—Tendrías que ver la cara de tonto que acabas de poner —dice—. Es para salir corriendo en la dirección contraria.

Yo me río también.