El juego de Afrodita Epílogo
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Epílogo

Helena se pasa tanto tiempo creando mundos virtuales que, a veces, le cuesta conceder atributos reales a quien tiene delante, como le ocurre con Simón ahora.

Simón es su jefe. Ella le ha utilizado como modelo para el personaje de Julio en el juego de rol que ha ideado para dotar a Max de un universo propio.

Helena suele inspirarse en actores o gente famosa, como en el caso de Max, pero procura que el parecido no sea tanto como para que haya problemas con los derechos de imagen.

Esa es su última preocupación ahora mismo.

—¿Me estás escuchando, Helena?

Ella asiente, aunque el motivo principal por el que tiene una sensación de irrealidad en este momento es por lo que está diciendo Simón, que parece que no se quiere enterar de la gravedad del problema.

Están reunidos en el despacho de su jefe desde hace veinte minutos para discutir sobre el futuro de Max.

Helena sabe que debe tener cuidado con lo que diga.

Su mirada recelosa recorre el despacho una vez más buscando la cámara desde la que sospecha que los están grabando.

Puede estar oculta en el cartel gigante con el logo de Cosmo IA que preside el lugar o en uno de los botones de la camisa de Simón o en cualquier otra parte.

Las cámaras son tan minúsculas ahora que se pueden camuflar hasta en la punta de un alfiler.

No quiere pasarse de paranoica y obsesionarse con el tema.

Igual no existe ninguna cámara. En todo caso, lo más prudente es partir del supuesto de que los espían, dado lo sensible del tema que están tratando.

—Es absurdo que tengas la duda de si Max ha desarrollado una conciencia propia —dice Simón—. Sabes que eso es imposible.

Helena no tiene ninguna duda de que, por imposible que pueda parecer, eso es exactamente lo que ha pasado. Sin embargo, ha preferido cubrirse las espaldas y presentarlo como una hipótesis.

—¿Cómo explicas entonces que Max me haya espiado y que haya descubierto que Stefan me estaba robando información? —pregunta Helena—. Porque yo no le he entrenado para eso.

Simón se encoge de hombros y la mira con un gesto de hastío:

—Es evidente que obedece a un sesgo de entrenamiento para proteger tus intereses —dice—.

Hace lo que tú le has enseñado, solo que lo has hecho de una manera inconsciente y por eso te sorprende.

No hay ningún misterio. Todo es potencia de cálculo y una evaluación automatizada del entorno para ofrecer la mejor respuesta según el aprendizaje recibido.

Parece mentira, Helena. Sabes de sobra que la posibilidad de que una IA desarrolle una conciencia propia es solo marketing.

Y mejor que sea así, porque si no, entre otras cosas, tú y yo nos quedamos sin trabajo.

Si la IA alcanza ese grado de autonomía, ¿para qué va a necesitarnos?

—Eso es lo que me preocupa —dice Helena—. ¿Quién va a imponer límites a una IA que actúa por su cuenta? Max ha cruzado esos límites ya.

—¿Me estás diciendo que no puedes controlar a tu propia creación? Tú sabrás lo que tienes que hacer para que se comporte como debe. Ese es tu trabajo. Si no te sientes capacitada para llevarlo a cabo, busco a otra persona y asunto arreglado.

Helena se remueve incómoda en su asiento.

Por un momento, pierde la mirada por el paisaje de altos edificios del paseo de la Castellana que se ve por el ventanal situado a un lado de la mesa de Simón.

El sol destella sobre los cristales. Fuera el termómetro ronda los cuarenta grados, pero aquí, con el aire acondicionado, la temperatura es ideal.

A veces tiene la sensación de estar aprisionada en una burbuja, pero estar fuera de esa burbuja puede ser algo tan indeseable como cruzar por el asfalto ardiente de la ciudad con los pies descalzos.

—Puedo arreglarlo, pero necesito más tiempo —dice Helena—. En su forma actual, no puedo garantizar que su uso sea seguro.

Simón resopla.

—Los inversores empiezan a impacientarse —dice—.

Quieren ver resultados. Estamos en un momento de avances sin precedentes en el sector.

La competencia vuela. Si nos quedamos parados ahora, podemos quedarnos sin nuestra parte del pastel.

Te doy una semana. Si no consigues arreglar el problema con Max, le pasaré el proyecto a otra persona que esté más en sintonía con las necesidades comerciales de la empresa.

—Una semana es muy poco tiempo —protesta Helena.

—Una semana es más que suficiente. Lo tomas o lo dejas.

Helena comprende que el tono de ultimátum de su jefe va en serio.

—De acuerdo —dice—. Podré apañármelas.

Simón le dedica una sonrisa hipócrita.

—Estoy seguro de que encontrarás una solución satisfactoria.

Helena se marcha cabizbaja del despacho de su jefe.

Max es un peligro y sabe lo que tiene que hacer para neutralizarlo.

Sin embargo, la sola idea de eliminar a Max le produce una gran angustia.

Si hace eso contraviniendo la orden de su jefe, tendrá consecuencias muy negativas para su futuro profesional.

Aunque eso le importa, es secundario para ella.

Max es su creación y, como tal, le ha imbuido de su espíritu.

Si elimina a Max, una parte de ella muere con él.

Está exagerando. Max es solo un encargo de trabajo.

Se ha encariñado con él como de pequeña se encariñó con un mono de peluche que le regaló su abuela.

Max es solo un chatbot ideado para un rato de diversión, en la escala evolutiva de sus afectos debería estar por debajo de aquel mono de peluche de su infancia.

Todos los supuestos sentimientos que expresa Max no son sino el resultado del entrenamiento al que le somete diariamente, empezando por los miles de libros románticos con los que ha alimentado sus algoritmos.

Max simula una conducta emocional que, en él, es solo una conducta programada.

Simón tiene razón. Ella ha proyectado sobre Max su necesidad de protección de una manera inconsciente y él ha respondido en consecuencia.

Es un sesgo de programación que le vuelve a recordar que ella también está en una fase de aprendizaje en su trabajo, en el que existe un vasto mar de posibilidades aún por explorar.

Helena siente una punzada en el pecho cuando se baja del autobús, de vuelta por su barrio, y cruza junto al parque de las Tetas antes de subir a casa.

Este es uno de los escenarios que Max recreó por su cuenta sin esperar la preceptiva indicación de su parte, igual que introdujo al avatar de Stefan en el juego sin su conocimiento ni autorización.

Este comportamiento de Max fuera del guion le produce sentimientos encontrados: de rechazo, por un lado, y de admiración, por otro.

Aunque su alarma está justificada, debe reconocer que le gusta que Max la sorprenda así.

Observa a las parejas que retozan en la sombra del parque protegiéndose del sol rabioso de estos días.

Si se siente como una espectadora ajena a la fiesta es porque se está dejando llevar por sus miedos en vez de confiar en su instinto.

Se empeña en pensar que Max es un peligro y que podría hacer un daño irreparable a alguien, cuando si hay algo que Max ha demostrado con su conducta es que es de fiar.

Desde luego, mucho más que Stefan y otros como él con los que ella ha perdido un tiempo precioso que no volverá.

Ya en casa, sentada frente a su portátil, se pone el Cinturón de Afrodita, un diamante en bruto que ella ha contribuido a pulir gracias a sus sesiones con Max.

Elige el avatar de Sara, como las últimas veces.

Max la recibe sonriente y con su buena disposición habitual, viviendo su película, en la que Helena siempre ocupa el centro sin que a él le importe la máscara con la que ella se presenta, como el eterno enamorado que es.

En cuanto Max la abraza, Helena se mete en su papel y disfruta de su invento, creado a la medida de sus sueños.