El juego de Afrodita 60
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Manuel, el vigilante que está en el puesto de control del acceso de la empresa, me mira con cara culpable nada más verme aparecer. Entiendo lo que pasa antes de que pueda decirme nada.

—Lo siento, Max. Ya sabes que esto no es nada personal. Yo solo soy un mandado.

A su lado está plantado un rubio corpulento que es del departamento de Recursos Humanos y que se ha puesto en guardia en cuanto me ha visto aparecer. Me dirige una mirada implacable, como si yo fuese el caniche de su vecina que se caga en su felpudo, mientras blande en mis narices unos papeles.

—Hola, Max —dice el rubio—. Creo que ya sabes de qué va esto. La empresa está haciendo reajustes en la organización y tu puesto ya no es necesario, lamentablemente. Tienes que echar una firma aquí.

Ya imaginaba que la empresa, llegados a este punto, iba a olvidarse de los servicios prestados. Quieren un despido sin la indemnización que me corresponde.

Rechazo los papeles que me tiende.

—No voy a firmar nada —digo.

—Es mejor que firmes y aceptes lo que te ofrece la empresa. Si vas a juicio te puedes quedar sin nada.

––Puedes guardar esos papelajos.

—Quédate una copia, al menos —insiste el rubio.

Agarro los papeles a regañadientes. Eso no cambia lo que hay.

—Tengo que ir a por mis cosas —digo.

—Ya nos hemos ocupado de eso.

El rubio hace una seña con la cabeza a Manuel, que se agacha detrás de la mesa de control y saca una caja grande en la que han metido mis cosas, incluido el póster de Batman, que me mira con cara de no entender nada.

Manuel me tiende la caja. Veo en su gesto un ruego mudo para que me vaya por las buenas, sin montar un escándalo.

—Ha sido un placer, Manuel.

—Lo mismo digo.

Meto los papeles de mi carta de despido en la caja y la agarro con gesto digno. Yo mismo estoy sorprendido de la serenidad con la que estoy reaccionando, pese a la violencia de la situación.

Echo a andar hacia la puerta, escoltado por el rubio.

—No seas tonto y firma —dice—. El juicio lo tienes perdido.

—Métete en tus propios asuntos y deja que yo me ocupe de los míos.

El rubio asiente.

Ya estoy fuera.

Me quedo solo, plantado como un perfecto desconocido delante del que ha sido mi segundo hogar los dos últimos años.

Dejo la caja en el suelo un momento. Saco el móvil y llamo a Eduardo. Le cuento que me han despedido. Él parece sorprendido, pero puede que esté fingiendo. En todo caso, no le he llamado para que se solidarice conmigo.

—Sabes que tengo en mi poder información sensible que podría perjudicar a la empresa si cae en manos de quien no debe —digo.

Se produce una pausa incómoda al otro lado de la línea telefónica. Cuando Eduardo vuelve a hablar su tono suena profesional, distante como ya no recordaba en él:

—¿Qué es lo que quieres, Max?

—Mi indemnización con una compensación por las molestias.

—Y si la empresa accede, ¿qué garantía tiene de que tú cumples tu parte?

—Tiene mi palabra. Tú me conoces. Ya sabrás si soy de fiar.

—Trasladaré tu oferta —dice Eduardo—. El resto no depende de mí.

—Te lo agradezco.

Nos despedimos con frialdad. Entiendo que Eduardo prefiera guardar distancias, pero eso no evita que me sienta decepcionado.

Agarro la caja con mis cosas y me dirijo a la boca del metro, bajo la templada caricia del sol que todavía anda desperezándose en lo alto.