59
Julio ha recuperado el lustre. Vuelve a estar en su peso.
Se ha teñido el pelo de rubio, lo que le da un aire más moderno y le hace parecer más engreído todavía.
Parece que le ha ido bien en este tiempo que no nos hemos visto.
Gasta el mismo gesto arrogante, pero me dirige una cálida sonrisa, que parece sincera, al verme.
Tras un breve saludo, más frío de mi parte, me siento enfrente de él. Sostengo su mirada, que ha recuperado la confianza.
—Tienes buen aspecto —digo—. Me quedé preocupado la última vez que te vi.
—Ya ves que no había motivo. Soy una persona con recursos. Lo pasé mal al principio, justo después de mi despido. Estaba jodido porque me la habían jugado, pero no hay mal que por bien no venga. He conseguido colocarme en Panóptico, la empresa puntera en el sector de Defensa.
La conozco. Tiene fama de operar con total opacidad con la aquiescencia, voluntaria o forzada, de los organismos institucionales que deberían fiscalizar su actividad.
—Trabajo menos y cobro más, pero lo mejor es el ambiente de compañerismo que tenemos —dice Julio—. Está en las antípodas de lo que se respira en Omega. Pero qué te voy a contar que tú no sepas.
—Me alegra que te vaya bien —digo—.¿Qué era lo que me querías contar?
—Tenemos un puesto vacante en Panóptico que se ajusta a la medida a tu perfil. En Omega no te valoran como mereces y lo sabes.
—Estoy a gusto en Omega. Ya solucioné el problema que tenía con ellos. No sé por qué tendría que moverme.
Julio asiente, aunque su gesto es de escepticismo.
—Cobrarías más con nosotros y tendrías mejor horario —dice.
Me tiende una carpeta con unos papeles. Son el borrador del contrato. Lo miro por encima. Las cifras son tentadoras.
—Tengo que pensármelo —digo.
Es una buena oferta, pero tampoco quiero precipitarme y que sea Julio quien me la hace enfría cualquier entusiasmo que pudiera despertarme.
—Necesito la respuesta para mañana como tarde —dice Julio—.
Piensa en lo mal que se han portado contigo en Omega.
Lo han hecho una vez y lo harán más veces.
Solo eres un número para ellos. No le debes nada a esa gente.
Panóptico funciona de otra manera. Aquí hay grandeza de miras.
Si trabajas bien, te recompensan, no te dan una patada en el culo.
Estoy seguro de que vas a encajar de maravilla.
—Suena bien tal como lo cuentas, pero me cuesta creer que sea así. Siempre hay letra pequeña en todos los contratos por algo.
—Ahí tienes el contrato —dice Julio—. Es tipo estándar. Léelo y si algo no te convence, todo se puede hablar.
—Te agradezco que te hayas acordado de mí.
Me sorprende tan buena disposición, viniendo de Julio.
No puedo olvidar el puñetazo que me dio cuando creía que yo era el culpable de que le hubieran echado.
Imagino que esta es su manera de querer arreglarlo.
No tenía por qué, y eso me hace preguntarme si yo no haría mejor en pasar página también.
Puede que, después de todo, no esté siendo todo lo justo que debiera con Julio.
Ya hasta me parece que no tiene pinta de capullo, que lo que podría tomarse por prepotencia es seguridad en él mismo, lo que lo convierte en una persona en la que se puede confiar.
—No hay nada que agradecer —dice Julio—. Tengo claro lo que vales.
El camarero trae mi cerveza y una tapa. Disfruto el toque amargo de la cerveza en la boca.
—¿Sigues viendo a Sofía? —pregunto.
Julio tensa la postura de una manera sutil, pero que no me pasa desapercibida.
—Ya no nos vemos —dice Julio—. ¿Qué tal está?
—La han echado del curro hoy —digo—. Imagínate cómo está.
Julio encaja la noticia sin mover un músculo de la cara.
—Ha durado poco —dice.
—La despiden porque alguien le ha ido con el cuento a tu suegro de que le ponías los cuernos a su hija con ella.
—Interesante.
—Sofía cree que soy yo quien se ha ido de la lengua —digo.
—¿Has sido tú?
—Es otra acusación injusta. Tú y yo lo sabemos perfectamente, ¿verdad?
Julio da un trago pausado a su cerveza y me mira con una triste sonrisa.
—¿Te conté que fue Sofía quien me la jugó con la empresa? —dice.
No sé cómo se habrá enterado, pero, desde ese momento, la suerte de Sofía estaba echada.
—Sofía ha resultado ser una caja de sorpresas —digo.
—Esa es una manera muy suave de decirlo, ¿no te parece?
—¿Sabe tu suegro también que estamos teniendo esta conversación? —pregunto.
—Esta conversación es estrictamente confidencial.
No sé si fiarme. Puede que Julio tenga ganas de volver a Omega y su suegro le haya pedido mi cabeza para ahorrarse la cuantiosa indemnización a la que tengo derecho.
Pero quizás Julio ignora que me van a echar y piensa que, fichándome, le hace una faena a la empresa.
Sea como sea, una lucecita de alarma se ha encendido en mi cabeza.
Con algunas personas, por muy buenas intenciones que tengan, es mejor mantener las distancias.
Empujo la carpeta con los papeles del contrato de vuelta hacia Julio.
—Ya me lo he pensado —digo—. No me interesa la oferta.
Si me echan de Omega, ya veré qué hago, pero lo que es seguro es que quiero respirar otros aires.
—Bueno, tenía que intentarlo —dice Julio.
Terminamos nuestras bebidas y nos vamos.
En la puerta del bar, antes de separarnos, Julio me mira con una mezcla de sorpresa y resignación.
—Pensaba que te animarías a dar el paso —dice—. Es una buena oferta, tanto en lo económico como en lo profesional.
—Lo es. Valoro otras cosas.
Julio asiente.
—Mi suegro me ha dicho que te van a echar —dice.
Al parecer, todo el mundo está al tanto de mi despido. Lo han hablado con todos menos conmigo.
—Nadie me ha comunicado semejante cosa —digo—. No presto atención a los rumores.
—En realidad, te echa por mi culpa —dice Julio—. Le confesé lo de Sofía y me preguntó si alguien conocía nuestra relación. Piensa que eres un traidor por no haberte chivado.
—Podías haber cerrado el pico.
—Lo siento. No pensé que el viejo se lo tomaría tan mal… Dale una vuelta a nuestra oferta.
Me tiende la mano. Se la estrecho, a pesar de todo.
Respiro aliviado cuando pierdo de vista a Julio.
Si es verdad lo que me ha dicho, ya puedo ir haciendo el petate porque tengo las horas contadas en Omega.
Pero puede que Julio se lo haya inventado para que me anime a firmar con su empresa.
Le creo muy capaz de hacer algo así para salirse con la suya.
Esto es un motivo más para mantenerme firme en mi decisión.
Además, muy dentro de mí, persiste la convicción de que todos estos rumores sobre mi despido son completamente infundados y me los traslada gente que solo busca perjudicarme.
Lo que pasa es que les jode que me vaya bien.
Me acaban de subir el sueldo. Puedo estar más que tranquilo.
Entro al metro con gesto confiado, convencido de que cada cual recoge lo que siembra.