58
Una nueva mañana transcurre con normalidad en la oficina.
Si piensan echarme, tienen dos opciones: que uno de mi propio equipo me sustituya o contratar a alguien nuevo.
En este segundo caso, el recién llegado tendrá que recurrir a la gente de mi equipo para ponerse al día.
O me traicionan de una manera o de otra.
Me alegro de haber mantenido siempre una saludable distancia con ellos.
Entiendo cómo son las cosas y supongo que yo, en su lugar, haría lo mismo.
Sara dice que nuestra empresa es como una secta y que está harta de tanto secretismo y tanto politiqueo.
Debe haber otros sitios donde no exista este divorcio entre la pretendida transparencia de la empresa y sus oscuras prácticas laborales que hacen que todos nos sintamos preocupados por salvar nuestro culo y miremos a otro lado cada vez que se cepillan a un compañero sin explicación.
Yo mismo me quedé callado cuando echaron a uno de mi equipo el año pasado con la excusa de un reajuste presupuestario, lo que en la práctica supuso una mayor carga de trabajo sin una compensación económica.
Se supone que aquí somos un equipo con una meta común, pero todos tenemos facturas que pagar a fin de mes y esas vienen a nombre de cada uno individualmente.
Pero esta es la parte mala de la empresa.
Omega Incorporated podrá tener sus defectos, pero pagan puntual la nómina, cosa que no ocurre en todos los sitios.
Bajo a tomar un café a media mañana al comedor de la empresa.
Apenas hay un par de compañeros por aquí, a los que saludo con una leve inclinación de la cabeza desde la distancia.
Me siento junto a uno de los grandes ventanales por los que entra la claridad del sol, que luce espléndido en lo alto por encima de los tejados vecinos en otro día primaveral, que, por el calor, ya anticipa la llegada del verano aunque todavía estamos en mayo.
Miro el móvil un momento. No tengo más llamadas ni mensajes de Helena. Creo que ya se ha dado por enterada de que no quiero volver a saber nada más de ella.
Al levantar la mirada del móvil veo a Sofía, que está delante de mí. No sé cuánto lleva plantada ahí de pie, mirándome con esa cara de rabia contenida que me hace ponerme en guardia automáticamente.
—Tengo que felicitarte —dice Sofía—. Te sales con la tuya, al final.
—¿De qué me estás hablando?
—Lo sabes de sobra, mamonazo. Me acaban de despedir.
La miro sorprendido.
—Creía que tenías el puesto asegurado aquí —digo—. Pero ¿qué tengo yo que ver con tu despido?
—Tú sabrás qué fuiste a hablar con el director el otro día —dice Sofía.
—Hablé con Ramos de lo mío, como ya te dije. No veo dónde está el problema.
—Además de traidor, eres un idiota —dice Sofía—.
Le fuiste con el cuento de que Julio y yo estábamos liados.
Vamos, que le contaste que su yerno le ponía los cuernos a su hija conmigo.
No sé si lo hiciste solo para joderme o porque pensabas que con eso te anotabas un gran punto con el jefe.
Da igual, porque el resultado es el mismo: los dos estamos fuera ahora.
—Nadie me ha despedido todavía, que yo sepa.
Sara se ríe de una manera desagradable.
—Ya han encontrado a tu sustituto —dice—. Es un novato que va a cobrar la mitad que tú. Mi última gestión ha sido preparar su contrato, que va a firmar hoy mismo. ¿Qué te creías? Roma no paga traidores.
Doy un trago al café para ocultar el efecto desolador que me causan sus palabras.
Pensaba que estaba preparado para este golpe si se producía, pero era la esperanza de que solo fuese un rumor infundado lo que me hacía seguir con el mismo aplomo y tranquilidad.
Veo en la expresión desencajada de Sofía que esto va en serio.
De pronto, una parte fundamental de lo que es mi mundo se va a evaporar como si nunca hubiera existido.
Mis rutinas de estos dos últimos años, a través de las que he estructurado todo mi tiempo en un perfecto orden, ya no van a servirme más de escudo contra el caos del mundo alrededor.
Sé que no tardaré en sustituirlas por nuevas rutinas que harán su beneficioso efecto sobre mí.
Lo que me preocupa es el intervalo entre medias, la incertidumbre con la que he de vivir esa transición.
Aunque, por otro lado, es muy posible que un cambio así sea justamente lo que necesito para volver a sentirme vivo y quitarme de encima esa sensación de estar estancado que es un lastre para mí desde hace tiempo.
Me levanto para ponerme a la misma altura que Sofía y me encaro con ella, dirigiéndole una mirada tan dura como la que ella me dedica en este momento:
—Tienes la lamentable costumbre de pensar mal de mí siempre y de acusarme sin pruebas —digo—. Vuelves a meter la pata. Yo no le he dicho nada al director ni a nadie de lo tuyo con Julio. Puedo tener mis diferencias contigo, pero jamás he querido hacer nada que pudiera perjudicarte.
—Mientes. Hablaste con el director para que me echara. ¿Quién si no se lo ha contado?
—Cualquiera que os viera juntos. ¿O me vas a decir que yo soy el único que sabía lo vuestro?
Veo la sombra de una pequeña duda cruzar por la obstinada expresión de Sofía.
—Nadie más estaba al tanto, que yo sepa —dice.
—Pues es evidente que alguien más sabía que estabais liados, porque yo he mantenido la boca cerrada.
Sofía niega con la cabeza.
—No te creo —dice.
—Me da igual lo que creas. Yo estoy tranquilo con mi conciencia, que es lo que me importa.
—Esto no va a quedar así.
—Págalo con quien corresponda.
Sofía me lanza una última mirada desafiante antes de marcharse sin despedirse de mí.
—Que te vaya bien —digo, pero ella ya está lejos para oírme.
Vuelvo al que todavía es mi despacho con el ánimo por los suelos.
Tengo las horas contadas aquí. Debería empezar a recoger mis cosas, que tampoco son tantas, en vez de reanudar la tarea, pero como nadie me ha dicho nada oficialmente, me refugio en la costumbre como si eso me pudiera salvar de la catástrofe que está por llegar.
Sofía ha jugado con fuego y se ha quemado.
No sé quién le habrá ido con el cuento a Ramos, pero ella sabía el riesgo que corría cuando se lío con el yerno del director.
Me molesta que haya vuelto a señalarme sin pruebas, como le he dicho.
Parece más que dispuesta a pensar mal de mí siempre.
Y yo que la tenía en un pedestal. Si no llega a ser por el apagón, igual todavía andaba babeando detrás de ella como un idiota.
Lo que más me preocupa es su tono amenazante.
Me echan de la empresa también, pero eso parece que es insuficiente para ella.
Veo a Sofía, que ha demostrado ser una retorcida de cuidado, muy capaz de guardar un rencor enconado durante años hasta que se le presente la ocasión de saltar sobre su presa para vengarse.
Llega la hora de comer sin que nadie venga a decirme que mi tiempo en Omega Incorporated ha llegado a su fin.
¿Y si Sofía se equivoca y lo que quieren es ampliar la plantilla o, incluso, ascenderme y por eso contratan a alguien para que ocupe mi puesto?
Omega Incorporated tiene filiales en varios países.
Según he oído, acaban de abrir una sucursal en Praga.
Igual me quieren proponer que lidere la formación del nuevo equipo allí.
Yo hablé personalmente con Ramos y fue hasta cariñoso conmigo.
Me aprecia y habrá pensado en mí como la persona idónea para ese puesto.
Y yo aquí haciéndome mala sangre. Es mejor no adelantar acontecimientos y esperar a ver qué pasa.
Me acerco al bar de la esquina. Haga frío o calor como en estos días, es miércoles y no falto a mi cita con el magnífico cocido que preparan aquí.
Si me dan la patada en la empresa, este cocido va a ser lo que más eche de menos.
Saludo a Eduardo, que está en una de las mesas y me hace sitio.
Le veo con mejor aspecto que las últimas veces.
—Pero ¿qué te ha pasado? —digo—. Parece que te hubieras quitado diez años de encima.
Me pregunto si el revitalizado aspecto de Eduardo tiene que ver con El juego de Afrodita .
Puede que, si reclamó por su expulsión del juego, le hayan readmitido.
Tiene la misma expresión relajada y satisfecha que cuando jugaba, si no mejor.
Si le han readmitido, tiene que estar en una nube.
El juego es muy importante para Eduardo y yo no quiero fastidiarle la ilusión que tiene.
—Me he apuntado a un curso de gastronomía —dice Eduardo—. Es algo que tenía ganas de hacer desde hace años. Mi repertorio es muy limitado, fuera de los cuatro platos básicos.
Parece que yo andaba desencaminado con mis elucubraciones. Me alegro de que sea así. Por supuesto, hay todo un horizonte por explorar más allá de las pantallas que han colonizado una parte sustancial de nuestro tiempo.
—Voy a tener que apuntarme yo también a algo así —digo.
—Bueno, al final, la comida es lo de menos. Lo mejor es que conoces a gente que tiene inquietudes comunes.
Miro a Eduardo con complicidad.
—Ya veo —digo—. ¿Quién es ella? ¿La profesora o una alumna?
—Otra alumna como yo.
—¿Ha pasado ya algo entre vosotros?
Eduardo asiente con una sonrisa satisfecha.
—Hemos ido directos al postre —dice—. Tenemos una edad que no es para andar perdiendo el tiempo.
—Pensaba que tú estabas ya en una fase más allá del sexo convencional.
Mi tono burlón no borra la sonrisa de Eduardo.
—Si lo dices por mi experiencia con El juego de Afrodita , son cosas completamente diferentes —dice—. Si me das a elegir, me quedo con las dos.
—Ya es un avance.
Brindamos. Dudo si comentarle a Eduardo sobre mi inminente despido, pero prefiero dejar el mal rollo aparcado por un rato.
Otra cosa sería si pensara que Eduardo puede ayudarme.
No quiero fastidiar la que probablemente sea nuestra última comida como compañeros de curro.
Tengo claro que si decido ir a la guerra contra Omega Incorporated cuando me echen, tendré a Eduardo y todo el departamento legal enfrente.
—He visto a Sofía esta mañana —comento—. Me ha dicho que la despiden.
Eduardo asiente antes de meterse una buena cucharada de garbanzos en la boca.
—Me he enterado —dice—. Ella se lo ha buscado. Deja pocos amigos aquí, si es que deja alguno.
Procuro concentrarme en el trabajo cuando regreso a la oficina, pero es difícil con la sensación que tengo de que en cualquier momento va a aparecer alguien por la puerta con mi carta de despido en la mano.
Pero pasa el tiempo, llega la hora de marcharme y nadie viene a turbar la tranquilidad del que resulta ser solo un día más en la oficina.
Estoy ya fuera, de camino al metro, cuando recibo una llamada en el móvil.
Es Julio.
¿Qué querrá ese gilipollas?
La última vez que nos vimos Julio quería que le ayudara a descubrir quién se la había jugado.
Me dijo que el tema le tenía sorbida la sesera y que no podría descansar hasta que lo supiera.
Se notaba que estaba desmejorado, había perdido diez kilos de peso.
Yo podría haberle dicho quién le había traicionado, pero ni le debo nada a Julio ni le tengo simpatía alguna.
Que lo pase mal una persona tan prepotente y arrogante como él es algo que no me quita el sueño.
Estoy a punto de guardar el móvil sin contestar, pero me puede la curiosidad por saber si Julio sigue tan jodido como la última vez que le vi. Eso estaría muy bien.
—Hola, Max —dice Julio al teléfono—. ¿Qué tal te va? Estoy al lado de la oficina, tomando una caña en el asturiano. ¿Te pasas? Invito yo.
—Ya me iba para casa.
—Te interesa lo que tengo que contarte. Pero no es algo que quiera hablar por teléfono.
—De acuerdo.
Julio ha conseguido azuzar mi curiosidad. Todo sea que no acabe arrepintiéndome.