El juego de Afrodita 57
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Paso un rato muy agradable con Sara. Me habría tomado otra ronda, pero ella tenía que irse.

Me hubiera gustado que el encuentro durara más y que cenáramos juntos.

Sara no me ha dicho si había quedado ya con alguien para cenar y yo tampoco he querido preguntar por si la ponía en un compromiso.

Me ha parecido que ella estaba a gusto también, pero, después de los chascos sucesivos que me he llevado con Sofía y Helena, tampoco me atrevo a poner la mano en el fuego porque sea así.

Regreso a casa dando un largo paseo, disfrutando del bullicio que me rodea y del que yo formo parte también, como uno más entre la multitud.

Me ha sentado muy bien poder hablar con Sara.

Aunque la conversación ha sido trivial, el simple hecho de poder interactuar con ella con naturalidad, sintiéndome aceptado como soy, sin tener que fingir que soy más listo o más interesante de lo que realmente soy, ha levantado mi moral, y hoy eso era difícil.

Al llegar a casa me siento como un astronauta que hubiera sido lanzado fuera de la atmósfera terrestre, rodeado de silencio y vacío.

Pero no es una sensación mala como en las últimas semanas, cuando me sentía como encerrado en un sepulcro y me parecía que las paredes se me venían encima.

Siento una claridad mental que echaba en falta desde hace mucho.

He perdido el tiempo volcando mis necesidades afectivas en las personas equivocadas.

Es como si me hubiera estado poniendo la zancadilla a mí mismo a propósito.

Tenía garantizado el fracaso con Sofía y Helena de antemano, porque, más allá de que las dos han resultado ser peor que un dolor de muelas, era evidente que ninguna buscaba lo mismo que yo.

Me he dejado cegar por su atractivo superficial y, hasta cierto punto, como me doy cuenta ahora, ese atractivo era mayor a mis ojos por la misma imposibilidad de que llegara a ninguna parte con ellas, como si yo estuviera condenado a la infelicidad y lo aceptara con resignación.

Me he cansado de hacer el idiota. Quiero una relación auténtica, basada en el respeto y el entendimiento, en la que las dos partes nos podamos mostrar tal como somos, con nuestras virtudes y nuestros defectos, en nuestra maravillosa imperfección.

Hay una cosa que me urge hacer.

Tomo el Cinturón de Afrodita, que había guardado en uno de los cajones de la mesilla de noche de mi dormitorio.

Se supone que el Cinturón está apagado, pero noto cómo vibra al agarrarlo.

Sigo teniendo mi cuenta de El juego de Afrodita .

Esta vibración parece como si fuera una llamada para que me conecte y juegue otra vez.

Por unos segundos, se agolpan en mi mente recuerdos que, por su viveza, parecen grabados a fuego, de los extraordinarios momentos que me brindó la ficción de Apolo y Afrodita a la que me entregué.

Tengo al alcance de mi mano repetir experiencia.

Basta con encender el Cinturón y conectarme al juego.

La satisfacción está asegurada, no es como fuera del juego, donde las cosas se pueden torcer en cualquier momento.

Mi mano se crispa sobre el Cinturón, que se siente frío al tacto.

Me dirijo a la cocina, donde guardo la caja de herramientas.

Saco el martillo y destrozo a martillazos el Cinturón, asegurándome de que sea imposible recomponerlo.

Tiro los pedazos a la basura y la bajo a la calle, arrojándola al contenedor con un decidido impulso.

Cuando la boca del contenedor se traga la bolsa, respiro satisfecho.

Me siento como liberado de un peso que oprimía mi alma.

Tengo la oportunidad de empezar de nuevo y esta vez lo voy a hacer bien.

Acabo de cruzar la puerta de casa cuando me suena el teléfono. Pienso que igual es Sara. Hemos hablado de quedar algún día para ver una película. Saco el teléfono y compruebo mi error.

Es Helena.

Me viene a la cabeza el ansia con el que deseaba que ella me contestara todas las veces que la llamé después de que se fuera de mi lado sin una explicación tras pasar la noche juntos.

Me parece que fue hace un siglo y apenas ha sido hace dos días.

El teléfono sigue sonando.

Dejo que suene sin contestar.