56
—Max, ¿qué te ocurre? ¿Te encuentras bien?
Abro los ojos y veo a Sara delante de mí, mirándome con cara de preocupación.
Estoy apoyado sobre una columna para mantenerme en pie.
Alrededor siguen el estanque y los patos, las barcas, la gente, acompañados todos por sus respectivas sombras como debe ser bajo este sol que pega más de lo que pensaba.
—Creo que he tenido una pequeña insolación —digo.
—Deberías llevar gorra —dice Sara—. Este sol es traicionero. Toma, ¿quieres?
Sara me tiende una botella de agua. Me echo un breve chorro en la cabeza, que me arde más de la cuenta. Agradezco el frescor del agua. Me llevo la botella a los labios y solo al dar el primer trago soy consciente de lo sediento que estoy. Cuando devuelvo la botella a Sara está casi vacía.
—Ahora te compro otra —digo.
—No te preocupes.
Siento una inmensa alegría al ver a Sara.
Hoy viste una de esas camisas holgadas a las que tanta afición les tiene, pero hasta vestida así me parece que está guapa.
Y cada vez me gusta más su flequillo corto, que realza la armonía de su cara ovalada.
Puede que Sara no sea un bellezón, pero tiene el suficiente atractivo como para que la mirada se te quede prendada de sus encantos, sobre todo cuando sonríe como está haciendo ahora.
—Parece que estamos en racha —dice Sara—. Otra vez que nos encontramos por aquí.
—He quedado con una amiga, pero parece que se retrasa —digo mientras miro la hora. Son las cinco y cuarto. Apenas ha transcurrido media hora desde que he llegado, pero me parece que hubiera pasado una eternidad.
—Me ha contado Sofía que te van a echar de la empresa —dice Sara cambiando su sonrisa por un gesto de preocupación—. Que te avisó en cuanto se enteró.
—Eso me ha dicho, pero, de momento, nadie se ha dirigido a mí para comunicarme nada. Lo único que sé seguro es que hablé con el director el otro día y que me ha subido el sueldo.
—Parece que Ramos tiene un cuestionable sentido del humor.
—Eso o Sofía se equivoca —digo.
—Me ha dicho que ya están entrevistando a gente para elegir a tu sustituto.
Tuerzo el gesto. Es desagradable escuchar eso, pero con la tarde que llevo tampoco me parece que sea como para rasgarse las vestiduras. Que hagan lo que quieran. Es solo un maldito trabajo.
—¿Qué vas a hacer? —pregunta Sara.
—Intentaré portarme civilizadamente y no prender fuego a las oficinas.
Sara sonríe.
—Yo también me voy de la empresa, en mi caso porque quiero —dice.
—¿Y eso?
—He encontrado una buena oferta en otro sitio y me han elegido. Guárdame el secreto porque todavía no está firmado y no he contado nada en la empresa.
—No te preocupes —digo—. ¿Por qué te quieres marchar? Pensaba que estabas a gusto en Omega.
—Disimulo bien. Son como una secta. No me gusta el rollo que tienen con tanto secretismo y tanto politiqueo. Siempre van por detrás. Mira lo que te están haciendo a ti.
—Sí. Me dan ganas de mandarlos a la mierda sin esperar a que me den la patada.
—Haz las cosas bien —dice Sara—. Que te paguen hasta el último céntimo que te deben si quieren echarte.
—Así lo haré, descuida.
—Pero si he sacado el tema es por si te interesa venir a la misma empresa a la que voy yo. Es Cosmo IA. No sé si los conoces.
La miro sorprendido.
—Claro que los conozco.
—Me han hablado bien de ellos.
—No sé. Me lo tengo que pensar. Y eso suponiendo que tengan una vacante para lo mío.
—Puedo preguntar.
—Como quieras, pero sin compromiso.
Sara ignora mis roces recientes con Cosmo IA, que son los dueños de El juego de Afrodita .
Ni se me había pasado por la cabeza la posibilidad de trabajar con ellos.
Tengo que pensar si es algo que podría estar bien o si, por el contrario, sería un error mayúsculo.
Dice Sara que nuestra empresa es como una secta y no le falta razón, pero dudo que Cosmo IA sea diferente.
Me llega un mensaje al móvil en este momento. Es de Helena. No puedo evitar un sobresalto. Pensaba que ya no iba a tener noticias de ella más que en mis alucinaciones y pesadillas:
«Me ha surgido lío al final y se me ha olvidado avisarte de que no podía pasarme hoy. Perdona. Te aviso cuando tenga un hueco. Besos».
Menuda impresentable.
—¿Malas noticias? —pregunta Sara.
—Le ha surgido un imprevisto a mi amiga y no puede venir.
Ni siquiera contesto al mensaje de Helena.
Este aviso de última hora para anular la cita que teníamos es una prueba más de lo que puedo esperar de una persona como ella. Sería engañarse pensar que yo estoy entre sus prioridades. Y ya estoy cansado de hacer el merluzo.
—Qué rabia cuando pasan estas cosas, ¿verdad? —dice Sara.
—No es nada importante. Además, que hayamos coincidido otra vez ya compensa el paseo.
Sara sonríe.
—Me alegra que lo veas así.
—¿Quieres tomar algo o también llevas prisa hoy?
—Hoy me va bien.
—¿Qué has comprado? —señalo la bolsa que lleva Sara colgada al hombro.
—Algunos libros —dice Sara—. Ha empezado la Feria.
—Sí, he pasado antes por ahí. ¿Qué te gusta leer?
—Novela y ensayo.
—¿Qué géneros? —pregunto.
—Fantasía, terror y ciencia ficción. ¿Te gusta la lectura también?
—Tendría que probar —digo—. Solo leo cosas técnicas. Podrías aconsejarme algún libro.
—Sí, pero mejor delante de unas cervezas, ¿no?
Echamos a andar en dirección a una de las terrazas de los kioscos del parque.
—A mí lo que me gusta es el cine —digo.
—Me encanta el cine.
Sara lo dice con un entusiasmo que me hace sonreír de una manera involuntaria y que me hace sentir afortunado de estar compartiendo este momento con alguien como ella.
—¿Cuál es tu película favorita? —pregunta Sara—. ¿ El caballero oscuro ?
Sara suelta una de sus estruendosas carcajadas que ya echaba en falta. Ha visto el cartel de la película en mi despacho.
— Harakiri es mi película favorita —digo.
—Esa no la he visto.
—Es una historia de honor y venganza en la época de los samuráis. Tienes que verla. Y la tuya, ¿cuál es?
Sara duda un momento.
—Tengo varias, pero me quedo con Memorias de África .
—Intenté verla una vez, pero me quedé dormido.
Sara me da un golpe amistoso en el brazo.
—Pero si es tan buena, le daré una segunda oportunidad —digo.
—Vamos a tener que hacer una sesión de cine para ponernos al día.
—Cuando quieras.