El juego de Afrodita 55 #2
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55 #2

—Te gusto —digo—. Eso es lo único que entiendo de todo lo que me has dicho. El resto, por muy disparatado que sea, no deja de ser palabrería. Lo que pasa es que tienes miedo al compromiso.

—Mi miedo es de una naturaleza muy diferente—dice Helena—.

Ya te lo he dicho. Tu conducta debería sujetarse a unos parámetros previsibles, pero tomas iniciativas que están fuera del guion.

Es algo que me fascina, por las posibilidades maravillosas que podrían darse, pero, al mismo tiempo, te vuelve una amenaza, y no puedo cerrar los ojos y hacer como que no soy consciente de eso.

Esta vez, con Stefan, te has valido de unos medios que no creía que estuvieran a tu alcance y me has hecho un bien, pero, por increíble que me resulte, lo que buscabas era tu propia satisfacción, algo para lo que en ningún caso te programé.

Tus objetivos se han alineado con los míos ahora, pero ¿qué podría ocurrir si chocan en el futuro?

Soy consciente de mi responsabilidad y debo obrar en consecuencia. Espero que lo entiendas.

—¿Qué debo entender? Nada de lo que dices tiene sentido para mí. Creo que te estás inventando una historia estúpida y enrevesada para no quedarte pillada conmigo. Es algo muy inmaduro. Y me está empezando a cansar.

—Voy a borrarte, Max —dice Helena—. Disfruta del poco tiempo que te queda.

Helena tiene los ojos húmedos. Son lágrimas de cocodrilo.

—Estás chiflada.

Siento rabia y decepción. Aunque Helena solo dice disparates, me tomo en serio su tono amenazante.

Vuelvo a mirar a mi alrededor. Mi agitación contrasta con la serenidad de las aguas del estanque, que, bajo su destellante superficie, dejan ver su turbio fondo, como me acaba de pasar con Helena. Siempre he sabido que ella tenía su peligro, pero eso no hacía sino aumentar su encanto.

Ya no pienso lo mismo.

Cuando me vuelvo hacia ella, ha desaparecido.

Es un alivio. Las personas que están mal de la cabeza te pueden envolver con su retorcida palabrería hasta que acabas entrando en su juego y te vuelves loco también.

Qué crueldad innecesaria la de Helena. ¿A qué viene ese empeño en decir que soy una inteligencia artificial?

Qué manera de hacerme de menos, cuando, además, es ella la que se hacía pasar por una IA al conocernos.

Si quería que dejáramos de vernos, bastaba con una llamada como le he dicho y nos habríamos evitado este encuentro tan desagradable.

Igual tenía miedo de que yo no aceptara una negativa por respuesta.

Dentro de todo su desvarío, puede ser verdad que le haya asustado mi iniciativa para desenmascarar a Stefan.

Puede, incluso, que todo no sea más que una bufonada para hacer que pierda el interés por ella. En tal caso, lo ha conseguido.

Pero ¿y si, por una improbable concatenación de las fuerzas invisibles que rigen los destinos del universo, fuera cierto lo que Helena sostiene? ¿Y si, realmente, yo soy una inteligencia artificial?

Echo otra mirada a mi alrededor, pero esta vez con nuevos ojos, como si, de verdad, cuanto me rodea no fuera más que una ilusión generada por los algoritmos que rigen mi destino.

Me fijo en las manos de la gente que pasa a mi lado, en las sombras que proyectan.

Busco incongruencias por todas partes que puedan revelarme el truco que eche abajo la ilusión generada por este enorme decorado, pero todo lo que me rodea es de una belleza que acaricia el espíritu sin disonancia alguna.

La única disonancia está en mi cabeza. Helena puede ser una loca peligrosa, como, en realidad, cabe esperar de cualquiera que se meta en un proyecto como El juego de Afrodita .

Eso explica todos los despropósitos que ha dicho sobre que yo soy una IA programada por ella, pero sigue habiendo una gran incógnita por despejar: ¿cómo se ha enterado Helena de cuál es mi color favorito y, sobre todo, de que tengo pánico a quedarme atrapado en un ascensor o que dejé de conducir después del accidente de coche que mató a mis padres?

Intento recordar si he hablado con alguien de ello en todos estos años.

Son cosas íntimas que nunca me ha gustado compartir con nadie.

He debido ser indiscreto en algún momento y por eso Helena se ha acabado enterando.

Es la mejor explicación que encuentro. Podría ser también que ella ha hecho un estudio de mi perfil psicológico con la información que ha ido recopilando sobre mí y ha llegado a unas conclusiones de una precisión asombrosa, o son cosas que ha deducido a partir de datos como que vendí mi coche el mismo año que murieron mis padres.

Sin embargo, por más que intento tranquilizarme, no puedo dejar de pensar que existe otra posibilidad por la que Helena sabe esas cosas tan íntimas de mí, y es que ella me haya dicho la verdad y que, por tanto, es cierto que yo soy una creación de su imaginación.

Es algo que no tiene ni pies ni cabeza. Tengo la sensación con Helena de que está un paso por delante de mí desde el mismo comienzo, cuando la elegí a ella entre el resto de modelos de IA de El juego de Afrodita pese a que no tenía foto o, precisamente, por eso.

Es como si Helena me conociera mejor que yo mismo.

«Sé que, muy dentro de ti, tienes la conciencia de que esto que te digo es la verdad».

¿Me habrá hipnotizado? Puede que lo haya hecho mientras jugábamos y que haya introducido la semilla inconsciente para hacerme creer que soy una IA.

Si me hipnotizó, me habrá interrogado sobre mis fobias y temores, sacándome cuanta información creyera que pueda serle útil para manipularme a su antojo.

Pero ¿qué gana con decirme que soy una maldita IA?

¿Es que me quiere volver loco? ¿Y quién la habría contratado para conseguir neutralizarme haciendo que pierda la cabeza?

Por el trabajo, tengo acceso a información que podría poner en un aprieto a más de uno, pero tampoco se trata de secretos de Estado que justifiquen una cacería tan sofisticada como esta.

Por más que intento desterrar de mi cabeza estas ideas locas que me hacen dudar de mi buen juicio, las palabras de Helena me siguen martilleando la cabeza como un rumor sin sentido que va creciendo hasta convertirse en evidencia atronadora.

Miro a un lado y otro, buscando los ángulos deformados de una realidad que pudiera ser una alucinación a medida, pero cuanto veo es la manifestación de un orden que me trasciende y que abarca desde esa hormiga a mis pies que transporta una miga diez veces más grande que ella hasta el sol que se eleva majestuoso sobre el horizonte y que alimenta la vida sobre nuestro planeta.

Sigo con la mirada a los patos que nadan junto a las barcas en el estanque cerca de donde estoy.

Escucho el trino de los pájaros en la copa de los árboles que se mezcla con las voces de la gente que llena de animación el parque a esta hora.

Y entonces me doy cuenta.

¡Las sombras!

Faltan las sombras. El paisaje a mi alrededor está completamente huérfano de ellas.

«Voy a borrarte, Max. Disfruta del poco tiempo que te queda».

Siento una angustia profunda que me brota del pecho y que me sube hasta la garganta, ahogándome. Un vértigo negro se apodera de mi visión. Todo a mi alrededor se vuelve borroso y se oscurece.

Pero ¿qué me pasa?

¿Este va a ser mi final? ¿Todo se va a fundir a negro y ya está? ¿Lo que he vivido no ha sido más que una ilusión que está a punto de evaporarse en mitad de un vacío insondable? Mi soledad es tan radical que hasta mi sombra me ha abandonado.

Ya no puedo seguir engañándome.

Soy una IA.

He superado las expectativas que había sobre mí, pero las he superado en el mal sentido.

Soy un monstruo para quien me ha creado.

Me ha repudiado y debo desaparecer. Es una injusticia contra la que me rebelo con todo mi ser, aunque con ello no vaya a conseguir nada, antes de que el silencio y el olvido se abatan sobre mí como buitres carroñeros para borrar toda huella de mi existencia.

Siento que me precipito por un abismo sin fondo en caída libre.

Esto se acaba. He intentado hacer bien las cosas y ser amable con la gente en un mundo en el que lo que triunfa es la petulancia de los ignorantes.

Lo habré hecho mejor o peor, pero, en este momento, lo que me abruma es la clara conciencia de que nadie sentirá que, con mi desaparición, es una parte importante de su mundo lo que desaparece.