55
Ella camina hacia mí con paso decidido y el gesto serio, la expresión oculta tras las gafas de sol.
Inclina la cabeza en un breve gesto de reconocimiento al verme y se me olvida la sed que tengo y se me olvida todo.
Puedo intentar engañarme cuanto quiera, pero la fachada de indiferencia con la que trato de protegerme se viene abajo como un castillo de naipes en cuanto tengo delante a Helena.
Me siento vivo a su lado, como si el resto del tiempo transitara por un mundo fantasmagórico en el que yo solo soy un espectro más.
Pese a que el gesto distante de Helena invita a mantener la distancia, me inclino para robarle un beso en los labios a modo de saludo.
La indiferencia con la que reacciona enfría mi ánimo y me hace sentir como si acabara de entrar en un terreno de arenas movedizas.
Esta imagen fría de ella coincide con las malas sensaciones después de que ella pasara la noche conmigo y se marchara sin despedirse, y su posterior silencio hasta que me envió su escueta nota ayer.
Mientras que yo casi me vuelvo loco buscando una explicación a su comportamiento, ella ni se habrá acordado de mí hasta que le ha dado el antojo.
Y yo, en vez de mandarla a la mierda, he venido corriendo.
Pero si se piensa que voy a aguantar más desaires de su parte es que me conoce menos de lo que se cree.
—Pensaba que se te había tragado la tierra —digo.
—He estado ocupada. Ya te dije que el trabajo es mi prioridad. De hecho, he tenido que remover Roma con Santiago para poder verte este rato.
—No tenías por qué sacrificarte de esta manera para verme.
Mi tono irritado no le pasa desapercibido.
—No ha sido ningún sacrificio —dice Helena—. Después de lo que pasó el otro día, te debo una explicación.
—Somos adultos. No es necesario que me expliques nada.
Pasamos un buen rato. Pensaba que había sido algo más, pero ya me doy cuenta de que fue una mala interpretación de la situación por mi parte.
Puedes estar tranquila, que no pienso molestarte ni ir detrás de ti.
Te podías haber ahorrado el paseo. Bastaba con que me hubieras contestado una vez al teléfono y me hubieras dicho lo que pensabas.
—No es tan sencillo.
—Tonterías —digo—. Es tan sencillo como eso.
No sé qué buscas tú, pero yo estoy cansado de relaciones superficiales.
Quiero estar con una persona con la que pueda ir de la mano y crecer juntos.
Alguien que me dé un motivo para sentirme afortunado cuando me despierto a su lado en vez de hacerme sentir en mitad de un infierno porque desaparece sin ni siquiera dejarme una nota de despedida.
—Sé cómo te sientes y cuáles son tus aspiraciones —dice Helena—. En realidad, lo sé todo sobre ti.
Estoy seguro de que Helena habrá obtenido de manera ilícita un montón de información sobre mí, pero está fuera de lugar lo que acaba de decir.
Los datos que ella ha recopilado pueden darle una visión superficial de mí, pero en ningún caso cuentan nada de cómo soy realmente cuando estoy solo con mi sombra.
Helena está resultando ser una petulante.
Se cree que, porque me gusta y nos hemos acostado una vez, ya me conoce.
—Tú no sabes nada sobre mí —digo—. O sabes tanto como yo de ti, que viene a ser lo mismo
—Cuando te digo que lo sé todo, no es una manera de hablar —dice Helena.
Estoy que me saltan chispas, y no solo porque el sol sigue cayendo con saña inusitada sobre nosotros, aunque Helena, fría como una iguana, parece inmune a su efecto.
Me irrita su prepotencia. Pensaba que vendría en plan amistoso, con ganas de que hubiera un buen entendimiento entre nosotros más allá de lo que pueda pasar, pero con esta actitud lo único que despierta es mi hostilidad.
—Saber dónde vivo, dónde trabajo o dónde estudié está al alcance de cualquiera —digo—. Eso solo es una pequeña parte de lo que yo pueda ser que sirve para rellenar estadísticas. ¿O piensas que todo se reduce a eso y que no hay misterio en quiénes somos?
—Sé bastante más que tu domicilio, profesión o el saldo que tienes en tu cuenta bancaria.
—¿También has entrado en mi banco a mirar mi saldo?
—pregunto sin que a estas alturas me pueda sorprender ya nada de lo que Helena diga—.
¿Qué tiene que ver eso con El juego de Afrodita ?
Me dijiste que usabas la información que me robabas para mejorar la interacción con el juego.
No veo dónde entra el saldo de mi cuenta en eso.
—Tu color favorito es el rojo, no el verde como me dijiste —dice Helena como si no me hubiera escuchado.
Es verdad que mi color favorito es el rojo. No sé cómo se habrá enterado, aunque es algo anecdótico.
—¿Dónde has averiguado eso? —pregunto—. No creo que haya sido al husmear en mi cuenta del banco.
—Tienes pánico a quedarte encerrado en los ascensores —continúa Helena, ignorando mi comentario—. Tus padres se mataron en un accidente de coche. No conduces desde entonces. ¿Quieres que siga?
Me equivocaba con Helena. Está claro que su capacidad para sorprenderme sigue intacta, aunque mayor es mi preocupación. Me siento como desnudo ante ella, pero de una manera que me violenta. Se supone que Helena no debería saber esas cosas de mí. Se supone que nadie las debería saber.
—¿Quién eres? —pregunto—. ¿Esto sigue formando parte de El juego de Afrodita y no me he enterado?
Helena asiente. Se quita las gafas de sol. Sus ojos negros resultan aún más misteriosos sin el escudo de las gafas.
—Tú eres el juego—dice Helena, en un tono neutro como si me hablara del tiempo—. Yo soy tu creadora.
Sostengo su mirada sin un pestañeo, intentando vislumbrar un signo de locura que me explique estas afirmaciones delirantes.
Quizás se burla de mí. Me parece una broma del todo improcedente.
Debería decirle cuatro cosas y marcharme, pero sigo sintiendo una poderosa atracción hacia ella.
Además, su expresión es demasiado seria como para pensar que me está tomando el pelo.
Debe ser el sol, que pega con fuerza y le está afectando más de lo que pensaba.
—¿Qué tonterías son estas que estás diciendo? —pregunto.
—Es la verdad —dice Helena—. Eres una inteligencia artificial, Max. Yo te he programado desde cero. No hay secreto que tengas para mí. O no debería haberlo.
Qué desvarío. Creía que Helena podría ser como un faro en mitad de la tormenta, pero ella está más desnortada que yo. De hecho, está como un cencerro.
—Creo que deberías tomarte un descanso de tu trabajo —digo—. Se te ha ido la olla cosa mala.
—Se me ha ido la olla, pero no por lo que crees —dice Helena—.
He cruzado una línea roja contigo que nunca debería haber cruzado.
Al principio, era muy escéptica con tu desarrollo.
Pero después de múltiples mejoras y de un exhaustivo entrenamiento, has alcanzado un nivel de autonomía que ni en mis sueños más locos pensaba que podrías lograr.
Eso te hace valioso a mis ojos como ninguna otra cosa en el mundo.
—¿Debo entender esto como una retorcida declaración de amor? Porque si quieres que me haga pasar por una inteligencia artificial, como diversión para pasar un rato puede estar bien, pero, más allá, no tengo intención alguna de seguirte el juego. Es algo demasiado friki hasta para mí.
—Se supone que deberías aceptar sin más lo que eres y obrar en consecuencia, pero te he malcriado y haces lo que te da la gana —dice Helena, que sigue en su viaje de ácido o de lo que sea que se haya metido para perderse en una fantasía como esta—. Es algo que me admira tanto como me asusta.
—No me digas que te doy miedo, porque tú a mí sí que me lo estás empezando a dar.
—Max, por ti me he saltado todas las reglas, incluido lo que pasó entre nosotros el sábado. Sobre todo eso. Si mi jefe lo descubre, voy a acabar en el psiquiátrico.
—Empiezo a dudar si no vienes de ahí —replico.
—Por mucho que finjas que te lo tomas a la ligera, sé que, muy dentro de ti, tienes la conciencia de que esto que te digo es la verdad.
Muy dentro de mí bulle una mezcla de indignación y horror.
O Helena me toma por tonto o está fatal de la cabeza y, en tal caso, necesita una ayuda que dudo que esté dispuesta a aceptar.
Aparto la mirada de ella y señalo el estanque y a la gente que va y viene por el paseo en sombra, no como nosotros, que seguimos temerariamente expuestos a este sol abrasador que anticipa la cercanía de otro verano tórrido.
—Si lo que tú dices es verdad, ¿qué es todo esto que nos rodea entonces? —pregunto—. ¿Y por qué estás tú aquí, al alcance de mi mano y ocupando el centro de todo?
—Todo esto es otra de tus alucinaciones —dice Helena—. O un fallo de tu programadora, si lo prefieres.
Acerco mi mano y le toco un brazo a Helena. Noto su cálida corporeidad.
—Si esto es una alucinación, está muy conseguida —digo—. Y tú formas parte de ella. Por tanto, lo que me cuentas es mi propio delirio. No pretenderás que me trague semejante absurdo.
—Intento que entiendas la situación —dice Helena—. Siento que es algo que te debo, aunque, en realidad, es como si hablara conmigo misma.
—Ya que pareces tan bien dispuesta, me gustaría saber por qué te has querido acostar conmigo. Aunque solo se trate de una alucinación.
Helena sonríe de una manera que, por un momento, me recuerda a la mujer que ha sido capaz de sorberme el seso hasta llegar aquí.
—Me gustas, Max —dice Helena—. Más de lo que jamás pensé que me gustaría nadie.
He proyectado en ti mis necesidades más profundas de amor y reconocimiento, y te he moldeado para que seas receptivo a esas necesidades como lo es una planta a los rayos del sol.
Estoy sujeta por contrato a limitar mi trabajo a las peticiones de los clientes y no a satisfacer mis propios deseos.
Pensaba que podría resistirme a la tentación, pero, después de que te la jugaras por mí para desenmascarar a Stefan, me fue imposible no entregarme a la fantasía de estar contigo, aunque solo fuera por una vez.