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Mi jornada laboral transcurre con normalidad, aunque no consigo estar tranquilo en todo el día.
Por más que sé que debo dar nula credibilidad a lo que me diga Sofía, me sorprendo a ratos mirando con desconfianza a la puerta de mi despacho, como si fuera a aparecer el mismísimo director con la carta de mi despido en la mano y una sonrisa de oreja a oreja tan siniestra como la del Joker.
Christian Bale parece compartir mi preocupación con su mueca seria, mirándome fijamente desde el póster de Batman.
Por fortuna, mis temores se demuestran infundados, al menos por hoy.
Esta tarde salgo antes de la oficina para ir a mi cita con Helena.
Me siento optimista de camino a la escalinata frente al estanque del Retiro, donde hemos quedado.
El asfalto quema bajo los pies. Hoy hace más calor.
Noto el mordisco del sol en la piel. Debería haberme traído una gorra.
Ya están puestas, en el Paseo de Coches, las casetas de la Feria del Libro, que empezó el fin de semana.
La gente se refugia bajo los toldos de las casetas huyendo de la caricia hirviente del astro rey.
Veo alguna cola de incondicionales tostándose bajo este sol inclemente para conseguir una firma de sus autores de cabecera.
Quizás me pase otro día a mirar las novedades.
No leo ficción, solo libros técnicos y de ciencias.
Esos no son de los que atraen colas de gente.
Dejo atrás la animación de las casetas de la feria y voy dando un rodeo para pasar por la zona del lago.
Me entretengo mirando el trémulo reflejo del Palacio de Cristal sobre el agua del lago.
Aún falta un cuarto de hora para las cinco, la hora a la que he quedado con Helena.
No me ha llegado ningún mensaje de ella, lo que interpreto como una buena señal.
Hasta el último instante estoy temiendo que Helena pretexte cualquier excusa para cancelar la cita.
Avanzo hacia el estanque, lanzando una mirada hacia la columnata del monumento de Alfonso XII y sus inmediaciones.
Hay mucha gente, pero no veo a Helena. Me acerco al pie de la escalinata y espero unos minutos, achicharrándome bajo este sol de justicia.
Tengo más seca la garganta que el desierto de Atacama.
Miro nervioso a un lado y otro. Me noto un poco mareado.
Estoy dudando si acercarme a un puesto de bebidas para comprar una botella de agua cuando, por fin, veo a Helena.