El juego de Afrodita 52
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Es un alivio que llegue el lunes y la vuelta al trabajo para mantener ocupada la cabeza.

Ayer estuve esperando una llamada de Helena hasta que me fui a dormir.

Me hubiera bastado con un mensaje diciendo que se acordaba de mí, pero nada de eso sucedió.

Yo tampoco la escribí. Seguro que ella vio mis llamadas.

No sé si interpretar su silencio como falta de interés, pero también puede que estuviera muy cansada y que cayera rendida en la cama de su hotel después de cumplir con los compromisos profesionales del día.

Por suerte, hoy tengo bastante lío en el trabajo y, al menos por unas horas, puedo dejar de machacarme los sesos intentando descifrar el rompecabezas que sigue siendo Helena para mí.

A media mañana tengo que bajar al cuarto de los servidores por una avería en uno de ellos.

Llevo sin pasarme por aquí desde el día del apagón, cuando me encontré a Sofía y Julio follando como conejos.

Esta vez echo un vistazo rápido al cuarto de almacenaje según llego, para cerciorarme de que no me aguarda una nueva sorpresa entre estas paredes.

Fue algo sórdido y desagradable. Me vino bien para abrir los ojos con respecto a Sofía, que me tenía totalmente engañado.

Yo ya sabía que Julio era un impresentable, pero lo de ella ha sido un palo duro de asimilar.

Sin embargo, gracias a este chute en vena de cruda realidad, he podido pasar página y conocer a Helena, por lo menos lo poco que ella se deja conocer.

Aunque no volviéramos a vernos, lo que he vivido con Helena justifica todos mis desvelos con ella, algo que ni mucho menos puedo decir de Sofía. Por suerte, Sofía ya es pasado.

Estoy comprobando las conexiones de los servidores en la consola cuando escucho la voz de Sofía, que me llama.

Por un momento, temo estar perdiendo la cordura, como si esa voz estuviera dentro de mi cabeza, pero cuando me giro es Sofía quien está delante de mí.

Aunque tiene el gesto sombrío y está pálida como un cadáver, no se trata de ninguna aparición fantasmal ni de una alucinación de mis sentidos.

—Me han dicho que estabas aquí —dice Sofía—. Tengo que contarte algo y no quiero que haya oídos indiscretos cerca.

Me he puesto en guardia nada más verla. No me hace ninguna gracia estar a solas con ella.

La creo muy capaz de inventarse cualquier infundio sobre mí para quitarme de en medio y así poder mejorar la prima que se lleva por recortar los gastos de personal.

Sus palabras son una invitación a tomar medidas de seguridad adicionales.

—Espera un momento —digo, volviéndome hacia la consola para que ella no pueda ver cómo activo la grabadora en mi móvil.

De pronto siento sus brazos sobre mi cintura y mi pecho. Su abrazo me hace sentir tan cómodo como si de una boa constrictor se tratara.

—He sido injusta contigo —me susurra al oído—. Me gustaría que pudiéramos arreglarlo.

—Por mi parte, todo está bien —digo—. No te sientas en la obligación de restregarte contra mí como si fueras una gata en celo.

—Sé que te gusto. ¿O me vas a decir que no?

Ella pone la mano sobre mi entrepierna, pero yo la aparto y me doy la vuelta para encararme con ella. Me mira con un brillo exaltado que no presagia nada bueno.

—Mantengamos las distancias, si no te importa —digo.

—¿Me vas a decir que no es esto lo que querías desde el primer día?

—Te equivocas conmigo, y, además, tampoco me creo que esto sea lo que tú quieres. ¿Qué buscas?

—¿Qué piensas? ¿Que esto es una trampa? ¿Que me voy a poner a gritar y te voy a acusar de querer propasarte conmigo?

—Te creo muy capaz de ello.

Sofía sonríe de una manera muy poco tranquilizadora, con ese brillo exaltado en la mirada que me hace dudar de que esté en sus cabales.

—¿Me tienes miedo? —pregunta.

—Te temo como a un dolor de muelas.

—Esa es una actitud prudente. Pero el premio es para quien se atreve a arriesgarse.

Sofía cambia su expresión y me mira como sin verme, como si fuera una médium que vuelve de un trance. Endurece el gesto. Aunque apenas nos separa un palmo, la distancia entre nosotros es ahora mayor que nunca.

—Decías que me tenías que contar algo —digo.

Ella asiente. Recupera la fachada profesional, como si aquí no hubiera pasado nada y hubiera sido otra persona la que ha intentado meterme mano hace unos segundos, y me dice:

—Me ha llamado el director hace un rato. Me ha dado orden para que busquemos un sustituto para tu puesto.

—Te lo estás inventando.

Sofía está muy seria.

—Piensa lo que quieras —dice—. Ya estamos contactando con los posibles candidatos.

Recuerdo mi encuentro con el director a la salida del ascensor y lo comprensivo que se mostró. Hasta me ha subido el sueldo sin que yo se lo pidiera. El director es un gran tipo, incapaz de hacer una cerdada así.

—Tiene que tratarse de un error —digo—. Habrás entendido mal.

—Te dije que no fueras a tocarle las narices con el tema, pero no me hiciste caso —dice Sofía—. Si hubieras esperado, yo le habría insistido más adelante, cuando le viera de un humor propicio.

—Permíteme que dude de que hubieras hecho eso por mí.

—Ese es tu problema. Yo he dejado atrás las diferencias de las que venimos, pero tú te niegas a pasar página. Me gustaría recuperar a ese amigo que compartía conmigo el azúcar de su café. Es algo importante para mí, pero ya veo que para ti no significa nada.

Claro que significa algo para mí. Me enervo al pensar en lo cretino que he sido, en cómo, porque me sentía solo y deprimido, vestí con los mejores atributos a Sofía, que es la clase de persona que, al final, te hace sentir todavía más solo y deprimido. Pero esto me lo guardo para mí.

—¿Tienes algo más que decirme? —pregunto—. Tengo cosas que hacer.

—No te entretengo más. Aprovecha, porque ya te queda poco tiempo por aquí.

Respiro aliviado cuando Sofía se marcha del cuarto de servidores y vuelve a dejarme a solas con mis pensamientos. Estoy seguro de que miente. Quiere enemistarme con el director para que vaya a montarle un pollo y al hombre no le quede más remedio que echarme.

¿Y a qué ha venido eso de restregarse contra mí como si de verdad quisiera algo?

¿Es que tiene una fijación fetichista con este lugar?

He hecho bien en grabar nuestra conversación por si Sofía decide inventarse una acusación contra mí, como ella misma ha insinuado que podría hacer y como yo sé que era su intención hace no demasiado tiempo.

Vuelvo al trabajo, sumido en oscuros pensamientos que ya creía desterrados de mi cabeza para siempre.