El juego de Afrodita 51
82%

51

Me despierto con una sensación placentera, con el eco de los besos y caricias de Helena todavía sobre mi piel.

Es una sensación que dura apenas unos segundos, lo que tardo en volverme para mirar al otro lado de la cama y encontrarme con el vacío de todos los días.

Como impulsado por un resorte, salto de la cama y miro en el baño y en el resto de la casa.

Todavía huele a jazmín y almizcle, el perfume que llevaba Helena.

Veo los platos y los vasos de la cena en el fregadero de la cocina.

Son huellas que demuestran que lo que he vivido con Helena ha sido real y no un sueño, aunque, si este es el resultado, la diferencia se nota bastante menos de lo que me gustaría.

Miro disgustado por la ventana, la calle silenciosa que recibe las primeras luces del día.

Son las siete de la mañana. Mucho ha madrugado Helena, sobre todo, teniendo en cuenta que estuvimos despiertos hasta tarde.

Su prisa puede deberse a planes inaplazables de trabajo.

Nada me comentó al respecto. Tampoco yo pregunté.

Daba por hecho que amaneceríamos juntos.

Hoy es domingo, pero, por lo que me ha contado ella misma, Helena prioriza el trabajo sobre todas las cosas.

Me parece bien que sea una persona seria, comprometida con lo que hace, pero, por lo menos, podía haber dejado una nota.

Vuelvo al dormitorio, donde tengo el móvil.

Llamo a Helena, que no contesta. Si fuese otra persona, me preocuparía.

Pensaría que le ha podido pasar algo. Pero con Helena todo es posible.

Primero te dice que eres maravilloso y que la estás haciendo soñar despierta, y, después, le falta el tiempo para salir corriendo sin despedirse siquiera, como si fueses menos para ella que el tipo que le sube las pizzas a casa.

Dejo el móvil en la mesilla. Si ella quiere hablar conmigo, tiene mi número.

Presa de una repentina inquietud, me acerco al ordenador y chequeo la actividad de las últimas horas.

Todo está en orden. Helena no ha aprovechado para espiar en mi ordenador o instalarme un troyano cuando me he quedado dormido pese a que tenía una oportunidad inmejorable para hacerlo.

Nadie ha utilizado el ordenador en todo este intervalo.

Por contra, yo he perdido otra vez el acceso a la cámara y el micrófono de su portátil.

Helena sabe que la he estado espiando y ya ha tomado las medidas adecuadas para impedir que lo siga haciendo.

Yo sabía que corría este riesgo, pero ha merecido la pena.

Me vuelvo a la cama. Tengo demasiado sueño para seguir dándole vueltas a los motivos que haya podido tener Helena para marcharse de una manera que más parece una huida.

Estoy seguro de que ella dará señales de vida si quiere que lo que hemos vivido estas últimas horas sea algo más que una anécdota.

Y si no, me tocará asumir que esto es lo que hay.

No debo hacer un drama por algo que es normal, más cuando lo que yo busco es algo extraordinario.

Intento dormir, pero, a pesar del sueño que tengo, soy incapaz de pegar ojo.

Tengo metida la imagen de Helena debajo de los párpados.

Es su voz la que escucho en el silencio que me rodea, su perfume el que se ha quedado pegado a las sábanas y me intoxica como un dulce veneno que no me canso de inhalar.

Perdura el eco de la música de su cuerpo en el mío, con notas placenteras que se mezclan con la desazón que me provoca su ausencia.

Me acabo levantando, harto de dar vueltas sin sentido en la cama. Me doy una ducha y, cuando regreso a mi cuarto, lo primero que hago es mirar el móvil por si Helena me hubiera llamado, pero sigo sin tener noticias de ella.

Desayuno y me voy a dar un paseo. No aguanto encerrado entre las paredes de mi casa, que hoy están pobladas con la ausencia de Helena, que me asalta en cada rincón y me hace sentir más solo que nunca.

Tiene que haber surgido un imprevisto que ha obligado a Helena a marcharse precipitadamente. No habrá querido despertarme y, por lo que sea, tampoco ha considerado oportuno dejarme una nota. Cuando pueda, llamará.

Me estoy engañando. Ya debería haber llamado para contarme cualquier cosa que justifique su precipitada marcha de mi lado.

Tiene pinta de que se ha acobardado. Me decía que estaba viviendo un sueño conmigo mientras me prodigaba sus besos entre las sábanas.

Pensaba que lo decía en plan bien, pero ya me estoy preguntando si lo que expresaba era su deseo de que lo que estaba pasando entre nosotros se quedara en un bonito cuento de hadas y no fuera más allá.

Igual ha sido Stefan quien la ha llamado y ella ha salido corriendo para tragarse cualquier embuste que él le haya querido contar.

También he perdido el acceso al móvil de Stefan, así que me quedo con las ganas de saber si eso es lo que ha ocurrido.

Pienso gilipolleces. Me estoy comportando como un histérico.

Helena le ha dado un portazo definitivo a Stefan.

He sido testigo de eso. Es algo para lo que no hay vuelta atrás.

Ignoro qué mosca le habrá picado a Helena para marcharse sin decirme nada, pero es libre para hacer lo que quiera y yo debo respetar eso.

Si ella cree en lo nuestro, me llamará. Tengo que darle un voto de confianza.

Puede que tenga dudas. Debo darle su espacio, no agobiarla.

Refreno mis ganas de volver a llamarla y decido matar el tiempo en el gimnasio, quemando grasa para distraer la cabeza por un rato. De vez en cuando, consulto el móvil para ver si Helena da señales de vida. Según transcurre la mañana, crece mi convencimiento de que ella no va a llamar.

Soy yo quien la llama a mediodía, después de unos minutos de autoengaño para convencerme de que Helena está deseando que le dé la excusa para darse un respiro del trabajo o para zafarse de un compromiso molesto, si eso es lo que la tiene tan ocupada esta mañana.

A estas alturas me da igual cuál sea el motivo de su silencio, lo único que deseo es que nos volvamos a ver y estemos juntos de nuevo para seguir sacándole todo el jugo a un presente que, si no, parece que se escurre entre los dedos como arena hasta no dejar tras de sí más que una estela polvorienta.

Helena no contesta. Un mensaje avisa de que su móvil está apagado o fuera de cobertura.

Pruebo a llamarla varias veces más a lo largo de la mañana con la misma falta de resultado.

Mi idea primera es invitarla a comer y actuar como si no me importara que ella haya tardado en contestar, pero, al final, solo son amargas recriminaciones las que me queman en la punta de la lengua.

Casi mejor que Helena siga con el teléfono apagado porque, si me contestara, podría decirle cosas en este momento que abrirían, probablemente, una grieta irreparable entre los dos.

Almuerzo en un restaurante cercano, huyendo del recuerdo de Helena, que flota en el ambiente de una manera opresiva, como una maldición que se hubiera abatido sobre mi casa.

Como sin apetito, pero la comida me hace bien.

Me siento burlado por Helena, pero, por otra parte, es una suerte que caiga la venda de mis ojos tan pronto.

Mejor saber lo que hay que engañarse vistiendo con galas inmerecidas a alguien tan egoísta y falso como Helena.

De mejor humor tras la comida, salgo del restaurante y doy un paseo antes de subir a casa. Disfruto, por primera vez en el día, de la tibia caricia del sol primaveral, que invita al paseo ocioso y la contemplación de los colores que celebran la primavera en árboles y plantas.

¿Y si le ha ocurrido algo a Helena? Mi imaginación se dispara y la veo caída sobre el suelo con un charco de sangre alrededor de la cabeza.

Ella está desangrándose, a punto de morir, y, mientras, yo ando insultándola y pensando las peores cosas de ella.

Si la quisiera de verdad, actuaría de otra manera.

Con súbita urgencia, llamo a un taxi y doy la dirección de Helena.

Me siento como si llevara puesto el traje de Batman y fuera camino de la misión más importante de mi vida.

Helena puede estar en peligro. ¿Y si Stefan se ha presentado en su casa y han discutido?

Es extraño que su móvil lleve tanto rato sin dar señal.

Espero llegar a tiempo de evitar que ocurra una tragedia.

Toda mi decisión parece esfumarse cuando estoy delante del portal de Helena.

Aquí se respira una calma que me hace sentir absurdo.

Lo más seguro es que Helena esté bien y que mi aparición le resulte una intromisión intolerable en su intimidad con la pobre excusa de que estoy preocupado por que pueda haberle pasado algo.

Pero ¿qué le va a pasar? Lo más seguro es que Helena esté disfrutando de una agradable tarde de domingo, aquí o donde se encuentre, porque igual está con la familia o con unos amigos.

Llamo al telefonillo. Más absurdo sería haber llegado hasta aquí y marcharme sin hablar con Helena y comprobar que está bien, o, por lo menos, intentarlo.

Espero a que Helena responda, pero solo escucho los trinos de los pájaros rompiendo el silencio de esta primera hora de la tarde. Se nota que es domingo. La calle está tranquila como un camposanto. Estoy yo con mi sombra y nadie más. Vuelvo a llamar, pero sigo sin obtener respuesta.

Decido cambiar de estrategia. Marco el timbre del piso de al lado. Al cabo de unos segundos, escucho la voz adormilada de una mujer:

—¿Quién es? —pregunta la mujer.

—¿Helena? Soy Max.

—Se ha confundido. Helena es mi vecina. Vive en el D de Dinamarca

—Gracias. Siento haberle fastidiado la siesta.

—No se preocupe. Si quiere le abro. Pero, espere, que me acabo de acordar de que Helena está fuera.

—No me diga. Habíamos quedado. ¿Está segura?

—Sí. La vi esta mañana con una maleta y me dijo que regresa en un par de días.

—Le habrá surgido un imprevisto en el trabajo. Gracias.

Eso explica, en gran parte, su repentina marcha de mi lado esta mañana y que lleve toda el día sin contestar mis llamadas.

Seguramente ha estado volando y sin cobertura.

No creo que le haga mucha gracia ver todas las veces que he intentado localizarla.

Si me hubiera dejado una nota habría evitado que me preocupara sin motivo, pero imagino que ha debido salir con una prisa que ahora entiendo que estaba justificada.

Soy yo el que no tiene prisa ahora. Lo fundamental es que Helena se encuentra bien. Ya veremos qué pasa más adelante entre los dos, si es que tiene que pasar algo. De momento, nadie puede robarme los buenos momentos vividos con Helena.

Echo a andar y antes de que me quiera dar cuenta estoy en el cerro del Tío Pío.

Me sacude el recuerdo de la velada de ayer, cuando Helena y yo estuvimos tumbados en la hierba y nos besamos, pendientes solo de acoplar nuestros cuerpos al ritmo creciente de nuestro deseo.

Tuve la impresión entonces de que el tiempo nos pertenecía.

Al recordarlo ahora, me parece que es algo que le hubiera ocurrido a otra persona y hace una eternidad.

Miro con nostalgia a una pareja que está retozando sobre la hierba, perdidos en su mundo y ajenos por completo a cuanto los rodea.

Me marcho del cerro sintiéndome como un alma en pena que vaga por el destierro en una tierra hostil, atado al recuerdo de un esplendor que nunca regresará.