El juego de Afrodita 50 #3
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50 #3

Damos un paseo por el parque. Hay mucha gente sentada o recostada sobre la hierba, llenando de animación las pronunciadas y verdes laderas del lugar.

Caminamos en silencio unos minutos. Imagino que Helena tiene mucho que procesar en la cabeza ahora mismo y que ni ella misma sabe por qué me ha dicho que me quedara.

Yo tampoco pondría la mano en el fuego por el motivo que la ha impulsado a obrar así, aunque es una señal inequívoca de que mi acercamiento a ella va en la buena dirección.

Lo mejor es actuar con naturalidad, sin forzar las cosas.

Me siento a gusto en este silencio que compartimos ahora y creo que a Helena le pasa lo mismo.

Es algo casi milagroso, teniendo en cuenta de dónde venimos.

Helena se detiene y hace un gesto señalando delante de nosotros. No sé si quiere que me fije en algo concreto de las espléndidas vistas de Madrid que se disfrutan desde esta loma. Ella me saca de dudas rápido:

—Mira a toda esta gente retozando en la hierba, olvidados de toda preocupación —dice—.

Me da envidia verlos. Estoy tan absorbida por el trabajo que a veces tengo la penosa impresión de que estoy malgastando los mejores años de mi vida.

No sé si compensa tanto esfuerzo al lado de las cosas que estoy dejando de hacer porque nunca tengo tiempo.

Vivo a cinco minutos de aquí y ya ni me acordaba de lo bonito que es todo esto y de lo bien que se está. Hace mucho que no venía aquí.

—Conozco esa sensación —digo.

Ella se vuelve hacia mí. Me encantaría poder ver sus ojos detrás de las gafas de sol. Parece más relajada.

—Hay algo que puedes hacer ahora —digo.

—¿El qué?

Noto su tono desconfiado.

Abandono el sendero de tierra y me acomodo en el césped. Le hago una seña a ella para que me siga.

—Tienes que probarlo —digo.

Ella sonríe, pero no se decide a acompañarme.

Me dejo caer, apoyando la espalda sobre la hierba. Dejo que mi mirada vague sin rumbo por el inmenso azul del cielo sobre mi cabeza. Hacía mucho que yo tampoco disfrutaba de esta sensación de estar tumbado sobre la hierba en armónica conexión con la naturaleza.

—Qué maravilla —dice Helena.

Giro el cuello y veo que se ha tumbado a mi lado.

Tiene la expresión plácida. Noto el roce de su mano sobre la mía, lo que me provoca una agradable punzada en el pecho.

Tengo dudas de si ha sido algo fortuito, así que espero antes de hacer nada.

Helena vuelve a buscar mi mano. Esta vez enlazo la mía con la suya.

Seguimos mirando el cielo un rato, tumbados y sin soltarnos la mano.

El ritmo de nuestra respiración se acompasa, la distancia entre los dos se acorta con pequeños movimientos de nuestro cuerpo que parecen obedecer a una música secreta a la que es ajena nuestra voluntad consciente.

Cierro los ojos y me dejo ir sin pensar en nada, con una sensación de bienestar que llevaba años sin experimentar.

Esta sensación se acrecienta cuando siento la mano de Helena sobre mi mejilla, acariciándome.

—Sabía que eras una tentación difícil de resistir —dice Helena.

—La mejor manera de resistir a la tentación es caer en ella —cito a Oscar Wilde.

Helena sonríe. Acerco la mano a su rostro y la acaricio también.

Le quito las gafas. Sus ojos negros me miran con un brillo que es una invitación a romper la distancia entre nosotros.

Nuestras bocas se funden en un largo beso mientras nuestros cuerpos se enredan en un abrazo que excluye al resto del universo de la dimensión temporal y espacial en la que nos encontramos flotando.

Esto multiplica por el infinito lo que experimenté con Helena en El juego de Afrodita, que, ante esta fiesta de los sentidos, no parece más que un insípido aperitivo.

Pierdo la noción del tiempo. Oigo a Helena que me susurra en el oído que vayamos a mi casa para continuar con la fiesta.

Lo que ha empezado en plan meloso se ha ido calentando.

Los dos estamos excitados como animales en celo, pero no es plan de dar el espectáculo en público.

Al levantarme, me cuesta caminar al principio por el bulto en mi entrepierna, que está a punto de reventarme los pantalones.

Que Helena le dé un apretón travieso no ayuda precisamente a rebajar la tensión del momento.

Subimos al primer taxi que pasa. Le doy la dirección de casa.

Preferiría ir a casa de Helena, que, además, vive al lado, pero tampoco voy a discutir por una menudencia.

Mejor que ella esté cómoda. Total, si quiere curiosear entre mis cosas, dudo que vaya a encontrar nada más interesante que la información que ya se ingenió para robarme.

Este es un primer paso para que podamos construir nuestra relación sobre una base mínima de confianza.

De momento, la temperatura sigue alta en el taxi. Nos besamos y nos metemos mano durante todo el trayecto. Dejo una buena propina al taxista, un veterano curtido en canas que nos sonríe con simpatía al bajarnos de su coche. Es primavera y parece que todo el mundo está de buen humor.

En cuanto entramos en el portal, Helena tira de mi camisa.

Llegamos a la puerta de casa medio desnudos.

Al dormitorio llegamos sin ropa ya. Los dos estamos en una nube, a lomos del deseo que nos empuja una y otra vez en un frenesí que no parece tener fin hasta caer rendidos sobre un lecho habitualmente frío y que hoy nos recibe con su más cálido abrazo.

Todo es perfecto.

Me gustaría que este momento durase eternamente.