50 #2
Sonrío y doy un trago a la limonada. Ella bebe su refresco.
Nuestras manos tropiezan al acercarlas al plato de patatas fritas.
Este primer contacto fortuito entre los dos me pega una sacudida como si hubiera metido los dedos en un enchufe.
Ella retira la mano sin darme tiempo a hacer otra cosa que coger una patata del plato.
—Te has llevado la más grande —digo.
Ella vuelve a sonreír. Muerde la patata y se pasa la lengua por el labio de una manera que resulta muy sensual.
—¿Sabes que morder algo crujiente libera dopamina? —dice Helena—. Por eso, una vez empiezas no puedes parar de comer patatas. Eso lo saben bien los fabricantes de la industria alimentaria. Color, textura, sonido… Es toda una ciencia al servicio de vender más. Nos manipulan todo el rato.
—Lo que ves aquí es genuino —digo—. Aquí no hay trampa ni cartón.
—Ya he pensado una vez que te conocía y has resultado ser una persona muy diferente a la que creía que eras.
Helena vuelve a estar seria.
—¿Qué hay en ese USB que le interesa tanto a la competencia? —pregunto.
—Todo mi trabajo para conseguir que el Cinturón de Afrodita funcione.
—Esa información vale su peso en oro —admito.
Antes de que ninguno de los dos pueda añadir nada, una voz que me resulta familiar y que suena a mi espalda nos interrumpe:
—¿Puedo unirme a esta simpática reunión?
Me giro y veo la mueca tranquila de Stefan, que sonríe a Helena con complicidad y luego se vuelve hacia mí con una mirada curiosa.
Me pongo en guardia automáticamente, interrogando con la mirada a Helena.
Ella me mira con el gesto burlón. Esta encerrona es cosa suya.
Veremos qué intención tiene, pero vuelvo a desconfiar de ella como si del mismo diablo se tratara.
Me levanto para estrechar la mano que Stefan me tiende.
—Soy Max —digo sosteniendo su mirada retadora.
Stefan aprieta mi mano como si quisiera arrancármela.
Acepto este duelo silencioso sin alterar un músculo de la cara.
Al soltarnos, la mano se me ha quedado insensible.
Stefan, por su parte, agita la suya como si intentara devolverla a la vida.
Me dedica una sonrisa mecánica antes de inclinarse para dar un beso a Helena, que debe tener pegado el culo a la silla porque ni se ha levantado cuando yo he llegado ni ahora.
Helena retira la mejilla evitando el beso de Stefan, que encaja el desaire con cara de pocos amigos.
Parece que la cosa empieza a ponerse interesante.
Stefan acerca una silla de otra mesa y se sienta entre Helena y yo.
—Pensaba que íbamos a estar solos —dice Stefan, sin importarle que yo le oiga y mirando con disgusto a Helena.
—Max es un buen amigo.
—Se supone que tenías algo importante que decirme.
—No tengo secretos con él.
—¿Cómo es que no me has hablado antes de Max? ¿Es tu marido o algo así?
—¿Cambiaría eso algo entre nosotros? —pregunta Helena.
Stefan sonríe con una mueca tan forzada que parece que tuviera una luxación en la mandíbula.
Sigue actuando como si yo no estuviera delante.
Es una actitud más infantil que molesta que aumenta mi confianza en un buen desenlace para esta situación.
Es Helena quien ha preferido que resuelvan sus diferencias conmigo de testigo.
—¿Me tomas el pelo? —dice Stefan—. Al principio de nuestra relación dejamos bien claro que éramos tú y yo, y nadie más. ¿Has cambiado de idea? ¿Eso es lo que me quieres decir?
Stefan se vuelve hacia mí con el morro contraído en un gesto de profundo desagrado. Antes de que yo vaya a decir nada, Helena interviene:
—Max trabaja en Cosmo IA. Está aquí porque se preocupa por mí.
—Me alegro por él —dice Stefan—. ¿Me vas a decir que yo no me preocupo por ti?
—Sí. Te preocupas por mí, pero de una manera en la que preferiría que no lo hicieras.
—Si me vas a venir con el drama de que no te hago todo el caso que debiera, ahórratelo —dice Stefan—.
Yo también tengo una vida. Si quieres a alguien que esté solo pendiente de ti y que te dé todos los caprichos como a una niña malcriada, hasta aquí hemos llegado.
Ignoro los méritos de Max. Sé lo que valgo y dónde están mis límites.
Si te gusta como soy, bien, y si no, esta conversación ya está durando demasiado.
—Eres un tipo duro, ¿eh? —digo.
Stefan crispa la expresión. Veo tiburones merodeando en el azul de sus ojos en busca de un buen bocado que llevarse a las fauces.
—¿Quieres comprobarlo? —dice Stefan.
—Si queréis pegaros, adelante —interviene Helena con tono enfadado—. Pero estamos aquí para otra cosa.
Stefan se vuelve hacia ella.
—¿Se puede saber para qué estamos aquí? —pregunta—. No entiendo a qué viene esta encerrona.
Helena le planta delante la pantalla de su móvil.
—Seguro que esto te lo aclara —dice.
Stefan mira sin decir una palabra la grabación que le enseña Helena de su encuentro con Penélope Fitzpatrick. Su cara pasa de la sorpresa a la preocupación y la resignación. Deja de mirar el video antes de que acabe.
—¿De dónde has sacado esto? —pregunta, mientras su mirada va de Helena hacia mí.
—Eso carece de importancia en este momento —dice Helena—. ¿Tienes algo que decir en tu defensa?
—Este video es un montaje —dice Stefan—. Salta a la vista que está hecho con inteligencia artificial. Parece mentira que tú, trabajando en el gremio, no te hayas dado cuenta de eso. ¿De verdad piensas que yo sería capaz de hacer algo así?
Helena da un manotazo repentino a la mesa provocando un estruendo que nos sobresalta a todos, incluidos algunos clientes de las otras mesas que miran en nuestra dirección con una mezcla de curiosidad y prevención.
—Deja de tomarme por tonta —dice Helena—.
El video no es ningún montaje. Ten, al menos, la decencia de admitir lo que has hecho.
Te has metido en mi cama como medio para robar mi trabajo y vendérselo a la competencia.
Me has utilizado de la forma más asquerosa.
Y todavía tienes los cojones de sentarte ahí con cara de víctima.
Stefan niega con la cabeza como si estuviera escuchando una sarta de disparates.
—Todo esto no es más que un terrible malentendido —dice con gesto digno—. Puedo explicarlo, si me dejas.
—Estoy harta de tus mentiras —dice Helena—. Guárdatelas para la siguiente tonta a la que le eches el lazo. Tú y yo hemos terminado.
Stefan la mira y mueve la cabeza a un lado y otro como sin dar crédito.
—Estamos a tiempo de arreglarlo todavía —dice—. Piénsalo bien. Esto no es lo que parece.
—No hay nada que pensar —contesta Helena—. No quiero verte más. Todo lo que tengamos que hablar entre tú y yo a partir de ahora será solo en presencia de nuestros abogados. ¿Cuánto te han pagado por clavarme el puñal por la espalda? ¿Treinta monedas de oro?
Stefan se levanta, intentando refugiarse en una pose digna que no se cree ni él.
—Veo que hablar contigo es perder el tiempo —dice—. Te arrepentirás más pronto que tarde. Luego vendrás llorando a pedirme que te dé una segunda oportunidad y te extrañará que yo no quiera saber nada más de ti.
—Vete —dice Helena—. Creo que nos podemos ahorrar el espectáculo. Ya está todo dicho entre tú y yo.
Stefan la mira desafiante, quieto en el sitio como si se hubiera quedado pegado al asfalto.
Me levanto y me encaro con él. Es más alto y fuerte que yo, pero si la cosa se complica alguna galleta se va a llevar.
—Es mejor que te vayas —digo.
—Ha sido un gusto —dice Stefan con sorna.
Vigilo sus puños por si tiene la tentación de probarlos conmigo. Stefan lanza a Helena una última mirada, en la que, por primera vez, asoma la amargura de la derrota, y echa a caminar con paso decidido, perdiéndose rápidamente en la distancia.
—¿Estás bien? —pregunto a Helena.
Ella está seria y callada. Sigue escondiendo su mirada tras las gafas de sol. No me contesta. Dudo un momento.
—Quizás prefieras estar sola ahora —digo.
—No. Quédate. Pero vámonos a otra parte. ¿Te apetece dar un paseo?
—La tarde está perfecta para pasear.
Me acerco al quiosco y pago la ronda que debemos.
Por un instante, temo que Helena se lo haya pensado mejor y que se haya marchado, pero, al volverme, ella está junto a mí.
Tiene una estatura similar a la mía. Esto ya lo sabía por El juego de Afrodita .
Lo diferente es su perfume. Huele a jazmín y almizcle, una mezcla que resulta irresistible en la distancia corta. Ella sonríe al ver mi turbación.
—Invito yo a la próxima —dice.