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Llego cinco minutos tarde a mi cita con Helena.
Aunque he salido con tiempo, el autobús ha tardado en aparecer.
Me acerco al quiosco con paso ligero y el corazón golpeando con fuerza en el pecho.
Las vistas de la ciudad bañada por el sol de la tarde son fantásticas, pero no pierdo un segundo en su contemplación.
Llevo todo este rato preguntándome si Helena acudirá a la cita y, cuando, por fin, la veo, me cuesta dar crédito a mis ojos.
Está sentada en una de las mesas más alejadas del quiosco, protegida del sol por una sombrilla.
Casi no queda una mesa libre a esta hora.
La despreocupación que reina en el ambiente contrasta con mi nerviosismo, aunque trato de aparentar calma.
Llego a la altura de Helena, que nota mi proximidad y se gira para mirarme.
Lleva puestas unas gafas de sol. Noto su mirada perforándome a través de los cristales negros de sus gafas.
Leo un signo de reconocimiento en su expresión.
Aunque es la primera vez que nos vemos en persona, ella me ha espiado gracias a la brecha de seguridad que provocó el Cinturón de Afrodita en mi red y sabe quién soy.
—Qué sorpresa —dice Helena.
—Espero que sea una sorpresa grata.
—Es pronto para saberlo.
Sin levantarse, me indica la silla enfrente de ella.
Tomo asiento y escudriño su expresión intentando descifrar lo que piensa y, sobre todo, las emociones que le despierta este encuentro, pero ella mantiene el rostro impasible y los ojos ocultos tras las gafas negras.
La coleta con la que recoge su larga melena le da un aire severo que contrasta con el toque lúdico de los aros en las orejas y del colgante con el rubí que le he visto lucir otras veces.
Helena está delante de mí sin filtros ni trucos por primera vez.
Me parece más atractiva que nunca. Su presencia irradia un magnetismo animal.
Echo un vistazo alrededor y me sorprende que no haya cuellos rotos para volverse a mirarla.
Sin embargo, es normal que cada cual ande a lo suyo.
Soy yo quien está viviendo un sueño. Quiero dejar a un lado mis temores sobre todo lo que puede ir mal y disfrutar cada momento de un encuentro que puede que nunca más se repita.
—Estás rojo como un tomate —dice Helena—. ¿Te encuentras bien?
—Hace calor y he venido corriendo.
Helena hace una seña al camarero. Ella está tomando una cola sin azúcar. Pido una limonada. Prefiero tener la cabeza completamente despejada, aunque lo que me apetece es un trago de un licor fuerte para templar los nervios.
—Así que eres tú el que me ha dejado el pendrive en el buzón —dice Helena—. No sé si darte las gracias o preocuparme más de lo que ya estoy.
—Pensé que te gustaría ver esa grabación de Stefan.
—Sale muy mono en ese vídeo, ¿no te parece?
—Me he fijado más en Penélope Fitzpatrick.
Helena esboza una tenue sonrisa. Pensaba que podría sentirse más descolocada o incómoda.
—Fue ella la que me insistió para que me apuntara a las clases de yoga con Stefan —dice—.
Lo último que podía imaginarme es que fuera tan zorra.
Pero es lo que pasa con la gente. Todos son estupendos hasta que se presenta la oportunidad de que te puedan machacar. Aunque, por supuesto, hay excepciones.
—¿Stefan es una de esas excepciones?
—Sabes la respuesta tan bien como yo. Lo que me pregunto es si tú eres una de esas excepciones.
—Me gustaría saber si ese es tu caso también —digo—. Es algo que no tengo claro desde el momento en el que descubrí que la verdadera finalidad de El juego de Afrodita es espiarnos a los usuarios. Imagino que la información que nos robáis la venderéis al mejor postor.
—Ahí te equivocas —dice Helena—. El fin del juego es ofrecer la mejor experiencia posible al cliente.
Para eso hay que conocerle bien. Toda la información que recopilamos la utilizamos exclusivamente con ese fin.
El medio para conseguirlo puede ser discutible, pero creo que estarás de acuerdo conmigo en que es muy eficaz.
Negarlo sería una estupidez. Ella sabe lo mucho que he disfrutado con el juego, las cotas de placer que he alcanzado que no creía posibles ni en mis mejores sueños.
—Me cuesta creer que solo uséis esa información para mejorar la interacción del juego —digo.
—Lo creas o no, es lo que hay —dice Helena—.
No es lo deseable y, como demuestra tu caso, dista de ser un sistema infalible.
No solo has descubierto que te espiábamos.
Está claro que tú has hecho lo mismo, conmigo por lo menos.
Pensaba que te conocía, pero todo este tiempo has estado jugando conmigo.
—Quien roba a un ladrón…
Ella permanece impasible. Miro mi reflejo en sus gafas, que siguen ocultándome su mirada. Su gesto serio sigue siendo un interrogante para mí.
Llega el camarero con la limonada y unas patatas fritas para acompañar la bebida. En cuanto nos deja solos, Helena pregunta:
—¿Cómo has averiguado lo de Stefan?
—He hackeado su teléfono.
Helena asiente.
—Eso debí hacer yo y me habría ahorrado esta cara de tonta que se me ha quedado —dice—. Me gusta jugar limpio en mis relaciones personales. ¿Has hackeado mi móvil también?
—Ya sabes que no. Me habría gustado poder hacerlo.
—No eres el único que sabe de ciberseguridad aquí.
Tengo constancia de ello desde el principio.
Pese a que he lanzado contra la red de seguridad de Helena los ataques más sofisticados y avanzados que conozco, solo he podido acceder a la cámara y el micrófono de su portátil, cuando lo normal es que hubiera podido tomar el control completo de todos los dispositivos conectados a su red.
Eso me hace pensar que Helena pudo descubrir mi intrusión en el primer momento y que, a partir de ahí, me ha dejado ver lo que le interesaba que viera y nada más.
Es posible, incluso, que su espionaje no haya sido más que un señuelo para atraerme hacia ella.
Suena disparatado, pero sin ese hilo del que tirar nunca habríamos llegado a estar sentados frente a frente en esta terraza.
Sea este u otro el motivo que mueve a Helena, lo que sigue siendo una incógnita para mí es si esto forma parte del juego o esa fase ya la hemos dejado atrás.
—¿Qué es lo que quieres de mí? —pregunto—. ¿Por qué me espiabas?
—Ya te lo he dicho. Quería conocerte mejor para que pudieras tener la mejor experiencia posible jugando con Afrodita. Necesitaba saber quién estaba detrás de Apolo.
—Te entiendo, porque eso es exactamente lo que me ha pasado con Afrodita. Imagínate mi sorpresa al descubrir que había una persona real detrás de lo que yo pensaba que era un avatar generado por IA.
Helena asiente, suavizando el gesto de una forma que, por primera vez, tiende un puente, más allá de la apariencia física, entre ella y Afrodita.
—El juego está en fase beta —dice Helena—.
Lo maneja un modelo de IA que está en la vanguardia y que es capaz de hacer cosas por su cuenta que superan todo lo conocido hasta la fecha, pero todavía necesita ajustes importantes.
El objetivo es que sea autónomo completamente.
Por eso necesitamos recopilar toda la información que podemos de los usuarios, para comprender mejor su interacción con el juego y entrenar a nuestro modelo de IA para que acabe siendo el más firme apoyo emocional de nuestros clientes.
—Y así poder manipularnos a vuestro antojo —digo—.
Todo es un lamentable engaño. Incluso suponiendo que el desarrollo de este modelo de IA sea exitoso y acabe siendo autónomo como lo vendéis, al final siempre habrá alguien de Cosmo IA controlando el flujo de información que nos roba a los clientes para utilizarlo en beneficio propio, lo que en ningún caso es el supuesto objetivo del juego.
—Te equivocas —dice Helena—. Sois los clientes los que tenéis el control, incluso en esta fase de pruebas. ¿O acaso tienes quejas de Afrodita?
—No tengo ninguna queja —admito—. Lo único que me echaba para atrás de ella era que fuese una ilusión generada por IA, pero, como tú sabes mejor que nadie, ese no es el caso.
—Me tomo eso como un cumplido.
—Lo que me pregunto es cuánto hay de Afrodita en ti o si solo hacías un papel, incluso en los momentos de máxima intimidad que tan bien han funcionado dentro del juego.
—Es curioso —dice Helena—. Yo me estoy preguntando lo mismo. Cuánto hay de Apolo en ti o si solo estabas haciendo un papel también.
—Estoy seguro de que eres lo suficientemente perspicaz para saberlo.
Siento la mirada de Helena clavada en mí detrás de las gafas de sol escrutándome con la paciencia de un entomólogo ante un raro ejemplar de mariposa.
—Estás enfadado porque te he espiado —dice Helena—.
Sin embargo, podías haberte callado lo que has descubierto sobre Stefan, pero has preferido avisarme aunque eso delatara que tú me has estado espiando también.
Lo que me pregunto es si me has avisado solo para quitarte a un rival de en medio o si de verdad te preocupa lo que pueda pasarme.
—Las dos cosas.
Helena sonríe por primera vez en este rato, como si ya no le tirase tanto la coleta con la que lleva sujeta su melena negra.
—Me agrada tu interés por mí, pero no sé si eres consciente de que entre tú y yo, fuera del juego, nunca va a pasar nada —dice—. Ya es extremadamente irregular este encuentro, al que he venido engañada. Me habría quedado en casa de saber que eras tú el que me había dejado la nota y el pendrive.
—Si quieres me levanto y me voy —digo—. Entiendo que puedas sentirte violenta y que este encuentro es una transgresión de las reglas del juego que puede resultar inaceptable para ti.
—Creo que sabes, o deberías saberlo, que no soy una timorata y que saltarme las reglas del juego es una costumbre que tengo, si pienso que va a ser más divertido así.
—Entonces, ¿qué hago? ¿Me voy o me quedo?
—Te has tomado muchas molestias para poder verme —dice Helena—. Sería poco considerado de mi parte decirte que te vayas sin terminarte, por lo menos, lo que estás bebiendo.