El juego de Afrodita 49
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Me acerco a primera hora a Vallecas, que es donde vive Helena.

He confirmado con la geolocalización del teléfono de Stefan que son correctos mis cálculos de su ubicación, que deduje por la variación de la luz sobre el paisaje de su ventana.

Voy en autobús. Es sábado por la mañana y hay poca gente.

En cuanto pasamos junto al cerro del Tío Pío, que la gente de por aquí llama el parque de las Tetas porque a eso recuerdan sus pronunciadas laderas verdes que parecen precipitarse al vacío, doy al timbre y me levanto. Es la siguiente parada.

Me planteo si subir por las escaleras, no porque tenga nada que ocultar, sino por evitar el ascensor.

Solo son cinco pisos, tampoco voy a llegar sin resuello arriba.

Justo en este momento llega el ascensor.

Me lo tomo como una señal. Sale de él un vecino de la casa, un hombre mayor que anda con un bastón.

El hombre me mira con indiferencia. Responde con una leve inclinación de la cabeza a mi saludo antes de seguir su camino.

Llego en un suspiro a la quinta planta. He vivido tantas veces este momento en mi cabeza que, ahora que estoy aquí por fin, a punto de tocar el timbre de la puerta de Helena, me posee un negro vértigo.

Tengo una fuerte sensación de irrealidad.

Estoy mareado y noto que me zumban los oídos como si me estuvieran trepanando el cráneo con un martillo neumático.

Presiono el timbre y espero. El sonido del timbre me devuelve a la realidad y me ayuda a calmarme.

Nadie contesta.

Llamo otra vez, atento a cualquier ruido que pueda venir del otro lado de la puerta, pero dentro de la casa todo parece en calma. Observo la mirilla, pero su cristal solo me devuelve mi reflejo.

Me siento tentado de dar unos golpes a la puerta, por si estos fueran más efectivos que el timbre. Lo descarto. Es algo fuera de lugar y podría levantar la sospecha de algún vecino que esté curioseando, atraído por los timbrazos que estoy dando.

Insisto una última vez, pero la puerta delante de mí se obstina en permanecer cerrada. O Helena duerme como una marmota, o está sorda o ha salido.

Es frustrante, pero ya había previsto que esto podía ocurrir.

Saco una nota del bolsillo de mi cazadora, me agacho y la empujo con fuerza por debajo de la puerta.

En la nota pone:

«Helena, mira en el buzón».

Esta vez sí que bajo por las escaleras. El ejercicio me viene bien para despejar el nubarrón que tengo en la cabeza.

Dejo una segunda nota, junto a una memoria USB, en el buzón de Helena.

«Mira este pendrive. Si quieres saber quién soy, te espero esta tarde a las cinco en el quiosco del parque».

He grabado en la memoria USB el encuentro de Stefan y Penélope Fitzpatrick.

Estoy seguro de que será del interés de Helena.

Dudo que esta vez lo ignore. Otra cuestión es si lo verá hoy u otro día.

Puede que se haya ido de viaje. Yo estaré de todas maneras en el lugar de la cita y la esperaré.

Tampoco tengo otra cosa mejor que hacer.

Si no aparece, lo consideraré un contratiempo menor.

Lo importante es que se entere de quién es Stefan.

Ya habrá tiempo para un encuentro entre Helena y yo cuando ella esté receptiva para ello, y eso dudo que sea antes de que averigüe la verdadera catadura de Stefan.

Me saluda una bofetada de aire fresco al salir a la calle.

Busco el refugio del sol, todavía tibio a esta hora, y echo a andar hacia el parque camino del autobús.

Por un momento, mis ojos se deleitan con la vista panorámica de Madrid, con la antena de Torrespaña destacando sobre la línea del horizonte, que se puede contemplar desde este lugar privilegiado.

Llega el autobús y me vuelvo para casa, mi ánimo oscilando entre la resignación y la esperanza.