El juego de Afrodita 47
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Bajo a tomar un café a media tarde al comedor de la empresa.

No sé cuántos cafés llevo ya hoy. Echo la moneda y coloco el vaso, a la espera de que salga el chorro negro que me sirve de combustible para concentrarme mejor en mi trabajo.

La espera resulta en vano. La máquina se ha tragado mi moneda y se le ha olvidado la parte de ponerme el café.

Contrariado, le doy un par de empellones a la máquina, un truco que funciona a veces.

—Dale duro, haz que confiese.

El comentario burlón viene de Eduardo, que acaba de llegar y me mira con una sonrisa descolorida en los labios. Vuelve a tener un aspecto deslucido y abollado como un coche que necesita una mano de chapa y pintura con urgencia.

Antes de que diga nada, la máquina se digna por fin a soltar el chorro de café que me debía.

—Ya toca que cambien este trasto.

—El café no sé, pero el té está buenísimo —dice Eduardo.

—Qué raro verte por aquí un viernes por la tarde —digo.

—Tengo trabajo atrasado.

—Sin ánimo de molestar, tienes pinta de que te vendría bien un descanso.

—Lo sé, pero ya sabes cómo es esto. Tú, en cambio, parece que lo llevas bastante mejor.

Eduardo se sirve su habitual té con limón de la máquina, que vuelve a funcionar con normalidad.

—Lo hace para dejarme mal —digo.

Nos sentamos en una mesa junto a un ventanal por el que entra un chorro de luz que trae el color de la primavera al gris escenario en el que estamos.

—He hablado con el director —explico—. Por el tema con mi nómina. Me ha sorprendido gratamente. Ha entendido la situación y lo ha solucionado en un momento.

—Ramos es una persona con la que se puede hablar —dice Eduardo—. Al menos, las pocas veces que se digna en honrarnos con su presencia al resto de los mortales.

—Sofía me dijo que había hablado con él sobre el recorte de mi nómina y que él se negaba a reconsiderar el tema, pero Ramos me ha dicho que se ha enterado por mi boca.

Eduardo asiente.

—Y tú, ¿a quién crees?

Doy un trago a mi café antes de contestar:

—No sé qué pensar. Sofía me ha vuelto a decir que sí que habló con Ramos. Suena convincente, igual que él. La verdad es que se me escapa qué interés podría tener Sofía en mentirme sobre una cosa así, que a ella no le afecta en nada.

Eduardo tuerce el gesto.

—Eso no es exactamente así —dice.

Le miro sorprendido.

—¿A qué te refieres?

—Sofía se lleva una prima por ahorrar costes de plantilla —explica Eduardo—.

Cuanto mayor es el ahorro, mayor es la prima.

Yendo a hablar con el director, no solo la has dejado en evidencia al desautorizarla ante su jefe, sino que, además, le has pegado un bocado a su prima porque te has salido con la tuya. Debe estar muy contenta contigo.

—Eso me ha dicho. Que se alegraba por mí. Y yo casi me lo he creído.

Eduardo se ríe.

—Hay que reconocer a Sofía que no da puntada sin hilo —dice.

—Menos mal que somos amigos y que le caigo muy bien y me desea lo mejor. No quiero pensar lo que sería capaz de hacerme si le cayera mal.

—Y pensar que estabas colado por ella.

Admito mi metedura de pata con un gesto resignado.

—Es tan guapa que, incluso ahora mismo, cuando la tengo delante y a pesar de todo lo que sé sobre ella, me siento inclinado a pensar que todo es un gran malentendido y que los dos estamos de maravilla, mejor que nunca.

—Yo antes era así —dice Eduardo—. Pero después de conocer El juego de Afrodita , ya no hay mujer de carne y hueso por la que pueda perder el seso.

—¿Sigues jugando? Pensé que te dabas de baja y que ibas a deshacerte del Cinturón de Afrodita también.

—Me lo pensé mejor y decidí darle una nueva oportunidad —dice Eduardo animando la expresión un instante—. Creo que tú lo puedes entender mejor que nadie.

Me disgusta su tono de camaradería, pero más que sea cierto lo que dice.

—Tú verás lo que haces —digo—. Pero extrema las precauciones, no vayas a acabar teniendo un disgusto. Lo poco que sé de esta gente de Cosmo IA invita a desconfiar.

—Puedes estar tranquilo. Mi seguridad ya no corre peligro. Yo quería darle una nueva oportunidad al juego, otra cosa es que haya podido hacerlo.

—¿Qué ha pasado?

—Es un asunto desagradable, sobre todo, por la indefensión con la que me encuentro para poder reclamar. ¿Te puedes creer que ese hatajo de cabrones me han bloqueado? Me encantaría seguir jugando, pero me voy a quedar con las ganas.

Ahora entiendo el aspecto derrotado de Eduardo, la resignación de su gesto mientras habla del tema.

—¿Por qué te han bloqueado? —pregunto.

—Por infringir la licencia de uso —dice Eduardo—. Me han enviado una notificación en la que especifican que la decisión es irreversible.

—¿Y qué has hecho, si puede saberse, que infringe las normas de uso?

Eduardo tuerce la boca, disgustado.

—¿Qué voy a hacer? Nada. Es una excusa. Ese no es el motivo por el que me han bloqueado.

—Me parece que me estoy perdiendo algo.

—Fui yo quien te puse tras la pista de Penélope Fitzpatrick —recuerda Eduardo—.

Creo que ella ha atado cabos y ha descubierto que su abogado habló conmigo.

Por eso me han puesto la cruz. No soy de fiar.

Y tú tampoco lo eres. Hemos estado husmeando en su negocio y eso no les ha gustado un pelo.

Imagino que a ti también te habrían bloqueado si siguieras dado de alta.

—Es posible.

Sigo dado de alta en el juego, pero no quiero perder tiempo con explicaciones que no vienen al caso.

Si me han bloqueado como Eduardo sospecha, eso vendría a darle la razón.

Solo que puede que a él lo hayan bloqueado por mi culpa y no porque Penélope Fitzpatrick sospeche de él.

No sería nada extraño si han descubierto que tengo hackeado el portátil de Helena.

Fue Eduardo quien me introdujo en el juego.

—Supongo que es mejor así —dice Eduardo—. Ha sido una gran experiencia, pero, al final, es un error que tu felicidad dependa de una suscripción a un servicio que pueden interrumpir en cualquier momento sin darte siquiera una mínima explicación.

—Tienes toda la razón. Es una locura engancharse a un juego de esas características. Hay que trazar unos límites claros desde el principio y respetarlos o, de lo contrario, te puedes meter tanto en el juego que luego salir cuesta más de la cuenta.

Eduardo asiente.

—Eso sí, si un día dan la posibilidad de comprar el producto, yo seré el primero en adquirirlo —dice—. De momento, guardaré el Cinturón de Afrodita por si acaso.

Me dedica una mirada cómplice que me incomoda, porque le entiendo mucho mejor de lo que me gustaría.

Cualquiera que nos oyera pensaría que estamos locos.

Pero ¿cómo te vas a conformar con mantenerte pegado al suelo una vez que sabes lo que es tocar el cielo?

Aunque sepas que lo que ofrece El juego de Afrodita es una ilusión, a veces eso es lo único que hace falta para poder seguir adelante y enfrentar los sinsabores de nuestra existencia cotidiana.

Terminamos nuestras bebidas y regresamos cada uno a nuestro pequeño mundo, Eduardo resignado y yo todavía con la esperanza de que pueda llevarme del juego un premio con el que ni se me ocurrió soñar al principio.