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Llevo toda la mañana trabajando con renovado brío.
Quiero introducir algunas mejoras en nuestros sistemas de seguridad.
Es algo que se me ocurrió cuando tuvo lugar el apagón, pero no he tenido tiempo hasta ahora para implementar estos cambios.
Y tampoco ganas. Sin embargo, vuelvo a estar a gusto aquí.
Mi encuentro con el director ha superado mis expectativas.
Vuelvo a sentirme parte de un equipo que merece la pena.
Christian Bale me mira orgulloso desde el póster de Batman que tengo colgado en un lugar preferente del despacho.
—¿Se puede?
Es Sofía quien asoma por la puerta. No parece preocupada, ni mucho menos agobiada, por el papelón que le toca hacer. Me ha mentido descaradamente. Los dos lo sabemos, pero ella actúa como si eso careciera de importancia entre gente de mundo como nosotros.
—Pasa, pero deja la puerta abierta —digo—. Mejor que haya corriente.
—Sí, claro.
En realidad, prefiero que Sofía deje abierto porque no me fío de lo que vaya a contar después si cierra esa puerta detrás de ella y nos quedamos los dos solos en el despacho.
—Me tienes que firmar estos papeles —dice Sofía.
Me tiende los papeles, que miro por encima.
Es la nómina corregida, que ya incluye el plus de productividad que me habían hurtado y la subida del diez por ciento que me ha concedido el director sin que yo la pidiera.
Ramos tiene una amplitud de miras de la que podría tomar nota Sofía, que parece que solo está pendiente, desde hace un tiempo, de ponerme zancadillas en vez de arrimar el hombro para hacer equipo.
Firmo los papeles y se los devuelvo.
—Qué bien que has hablado con el director y que habéis podido arreglarlo —dice con una sonrisa que antes me parecía una bendición del cielo y de la que ahora solo veo su inmensa hipocresía.
—He coincidido con él de casualidad en el ascensor —digo—.
Estábamos solos y he aprovechado para, de una manera educada, exponerle mi descontento por el recorte en mi nómina.
Por lo que me habías contado, pensaba que no me iba a hacer caso.
Imagínate mi sorpresa cuando me ha dicho que no sabía de qué le estaba hablando.
Sofía pone un gesto de extrañeza.
—¿Eso te ha dicho?
—Sí. No tenía idea del tema. Se suponía que tú le habías puesto al corriente, pero ya he visto que esta era una suposición sin fundamento.
—Claro que le puse al corriente —dice Sofía—. Pero igual no ha caído en la cuenta de que eras tú de quien le hablaba. Menuda bronca que me echó por, según él, hacerle perder el tiempo con una menudencia.
—No sé. Pudiera ser.
—No, es tal como te lo cuento —dice Sofía con tono irritado—. ¿Por qué te iba a mentir yo? ¿Qué saco con eso?
—Bueno, no pensemos más en ello —digo—. Lo que importa es que ya está todo arreglado.
Sofía asiente.
—Me alegro de que sea así —dice—. Has tenido que ser muy persuasivo para que el director haya dado su brazo a torcer.
—Le he dicho que me iba. Ha visto que hablaba en serio y ha actuado en consecuencia. Lo del aumento de sueldo ha salido directamente de él.
—Parece que esto es según le pilles, no encuentro otra explicación —dice Sofía—. Debía tener el día torcido cuando hablé con él y hoy le has pillado de buenas. Sea como sea, bien está lo que bien acaba. Ya está dada la orden de pago, no creo que tarde el ingreso en tu cuenta.
—Gracias.
—Bueno, tengo que hacer un par de cosas más antes de marcharme, que ya es viernes y hay ganas. Si necesitas cualquier cosa, no dudes en decírmelo.
—De momento, todo está bien.
Ella asiente, me dedica una última sonrisa a la que respondo con pereza y se marcha. Respiro aliviado. Todo este rato he tenido cuidado de mantener la distancia con ella sin dar la posibilidad de que se pudiera malinterpretar ninguno de mis gestos.
No sé si me ha dicho la verdad o si se trata de otro de sus embustes, pero es algo que ya no me preocupa. Quiero a Sofía lo más lejos posible. Estoy seguro de que este sentimiento de aprecio es mutuo.
Reanudo el trabajo y enseguida vuelvo a notar las buenas vibraciones que me llevan acompañando toda la mañana.