45
Es viernes por la mañana. Estoy en el metro camino del trabajo.
Se respira mayor animación en el vagón atestado de gente ante la proximidad del fin de semana.
Al salir a la calle, el sol ya calienta en otro día primaveral que los pájaros saludan con sus alegres trinos en las copas de los árboles.
Sin embargo, yo arrastro los pies con desánimo camino del trabajo.
He sido un ingenuo confiando en que Sofía podría solucionar lo del recorte de mi nómina.
Incluso suponiendo que haya hecho cuanto estaba en su mano para ayudarme, es evidente que su influencia es nula.
Ella es una mandada como el resto. Yo podría mirar a otro lado y no complicarme la vida.
Después de todo, sigo cobrando un buen sueldo.
Pero no se trata del dinero. Me siento estafado y no me da la gana seguir trabajando en estas condiciones, que no son las que yo firmé al entrar en la empresa.
Cuando llego a la oficina, me paro un momento a hablar con Manuel, el vigilante de seguridad. Da igual la hora y el día, siempre está él en el control de acceso. Parece que se pasara más tiempo aquí que el ficus que decora la entrada.
—¿Sabes a qué hora viene el director? —pregunto.
—El señor Ramos llega entre las once y las doce normalmente, cuando viene.
—¿Suele venir los viernes?
—No.
—Vaya. Quería verle.
Manuel me mira con curiosidad.
—No suele venir los viernes —dice—. Pero hoy sí ha venido.
—¿Ya está aquí?
—Sí. Llegó hace rato. Me he llevado un buen susto. No estaba seguro de si me engañaban los ojos y estaba viendo un fantasma.
—Iré a verle, entonces. Gracias.
Manuel me mira con desconfianza, como si tampoco estuviera seguro de que yo soy real y no otro engaño de sus sentidos.
—Si tienes que verle, lo mejor es que hables con su secretaria y que te dé cita con él —dice.
—Te agradezco el consejo, pero creo que me voy a saltar el protocolo esta vez —digo—. Corre prisa lo que tengo que tratar con él.
—Parece que te van las emociones fuertes. El otro día fue Julio y hoy es el director.
—No veo dónde está el problema.
—Espero que no me llamen en un rato para decirme que te tengo que escoltar educadamente hacia la salida.
Manuel intenta que sus palabras suenen con un toque humorístico, pero en su mirada leo una preocupación real.
—Puedes estar tranquilo —digo—. Pase lo que pase, te prometo que no te delataré.
—No esperaba menos de ti. Suerte.
Voy directo a la planta de dirección, arriba del todo.
Me echa para atrás la idea de estar encerrado tanto rato en el ascensor, pero puede más mi deseo de aclarar las cosas de una vez.
Mientras subo, voy pensando en qué le voy a contar a la secretaria del director para que me deje pasar a verle.
La gente entra y sale del ascensor sin prestarme atención al principio, pero ya en las últimas plantas me miran con curiosidad.
Para cuando me quedo solo de camino a dirección ya he decidido que voy a ir con la verdad por delante y que no me marcharé de aquí sin hablar con el director.
Es posible que Manuel tenga que escoltarme como ninguno de los dos queremos que ocurra.
Pero antes de que tenga ocasión de comprobar si la secretaria del director o cualquier otra persona de su círculo más cercano están dispuestos a facilitarme una entrevista con él, me doy de narices con el director al salir del ascensor.
Llevaba meses sin verle, pero lo reconozco al instante con su cara cuadrada y su pelo rubio que le dan un aire a Nick Nolte.
Lleva puesto un traje de color arena que le da un aspecto juvenil y deportivo, aunque ya anda casi por los sesenta.
—Qué casualidad, señor Ramos —digo—. Venía a hablar con usted.
Él está dando un paso ya para meterse en el ascensor, pero se detiene y me mira con curiosidad.
Estas últimas semanas me he calentado la cabeza pensando toda suerte de cosas malas sobre esta persona que se ha arrogado el derecho de amargarme la existencia, recortando mi sueldo para costearse cualquier capricho de mierda.
Ahora que le tengo delante y que compruebo que no tiene rabo ni cuernos como el diablo, y que desprende incluso un aura de bonhomía, me parece absurdo haberme hecho tanta mala sangre.
Él tiene sus intereses y yo los míos, no se trata de ninguna afrenta personal.
Todo se puede hablar. Si llegamos a un acuerdo, perfecto, y si toca separar caminos, tampoco será un drama.
Al menos, eso es lo que pienso en este momento, cuando todavía tengo una opción de salirme con la mía y eso pasa por ser diplomático.
—Tengo un minuto —dice el director—. Le escucho, señor Luna.
Que se acuerde de mí lo hace más fácil, además de que me ayuda a centrarme en lo importante, rebajando mi hostilidad y haciendo que resulte menos violento tener que mantener una conversación así.
—Vengo a reclamar por el recorte del plus de productividad en mi nómina —explico—. Creo que usted ya está al tanto de que estoy muy disgustado con ese recorte, que quiebra los términos del contrato que me une con la empresa.
—Me parece que está mal informado —dice el director con una genuina expresión de sorpresa—. No tengo idea de qué me está hablando. En todo caso, esos temas los llevan en Recursos Humanos.
—Sofía Peña, la jefa del departamento, me ha dicho que lo ha hablado con usted —digo.
El director niega con un firme gesto de la cabeza.
—Nadie me ha comentado nada —dice.
Si eso es verdad, Sofía me ha mentido. Me parece más probable eso a que el director esté mintiendo ahora.
—Habré entendido mal —digo—. Pero ya que estamos aquí, aprovecho para pedirle que dé marcha atrás con ese recorte de mi nómina. Si no lo hace, lo entenderé como una invitación a que me vaya de la empresa. Me disgustaría tener que marcharme, pero tampoco quiero estar donde no me quieren.
El director me mira con gesto de disgusto.
—No diga tonterías, señor Luna. Esto ha sido un malentendido. Aquí valoramos su trabajo como merece y su fidelidad a la empresa.
—Me gustaría creer que es así, pero los de Recursos Humanos llevan semanas dándome largas con el tema.
El director me hace un gesto con la mano, indicándome que aguarde un momento. Saca su móvil del bolsillo de su chaqueta y marca un número.
—Sofía, tengo aquí a Max Luna —dice hablando por el teléfono—.
Parece que ha habido un malentendido con su nómina.
Le han quitado el plus de productividad que le corresponde.
Arréglalo. Y ya de paso, mete una subida del diez por ciento en la nómina.
Sí, como me oyes. Aquí reconocemos su valía a quien lo demuestra.
El director me hace un guiño. Se despide de Sofía y cuelga.
—Problema solucionado, ¿no le parece? —dice.
—Me alegra comprobar que la empresa sigue confiando en mí —digo.
—Siga así, señor Luna. Estamos muy contentos con su labor y su compromiso.
—Gracias.
—¿Baja usted también?
—Sí, claro.
Si el trayecto de subida se me ha hecho eterno mientras le daba vueltas a todo lo que podía salir mal en mi encuentro con el director, la bajada se me pasa en un suspiro.
Ni siquiera he notado la claustrofobia habitual por estar en un ascensor.
Me despido del director, que está mirando su móvil y que me dedica un breve gesto de reconocimiento antes de volver a fijar su atención en la pantalla de su teléfono.
Miro aliviado a mi alrededor. Un compañero se acerca con el gesto preocupado.
—Estás muy pálido, Max. Parece que hubieras visto un fantasma. ¿Te encuentras bien?
—Me encuentro perfectamente.
Ha ido todo mejor de lo que esperaba. Sin embargo, persiste un poso de inquietud en mi cabeza, como si fuera demasiado bueno para ser verdad.
Pero he visto con mis propios ojos al director dando la orden a Sofía para que atienda mi reclamación.
El hombre no estaba haciendo teatro. Sofía, en cambio, no ha dejado de hacerlo.
Me ha vuelto a engañar. Imagino que ha sido por cobardía.
No querría molestar al director y ha preferido mentirme, aunque con ello perjudicara mis intereses.
Es evidente que Sofía solo se preocupa por su propio pellejo.
Me conoce menos aún de lo que pensaba si creía que me iba a quedar callado sin reclamar lo que es mío.
Solo espero que esta vez haga bien su trabajo y que no haya más errores con mi nómina.