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Hoy me duran las buenas sensaciones de fuera cuando llego a casa.
He salido antes de trabajar y se nota. Aparte de lo que he descubierto sobre Stefan, el paseo por El Retiro me ha venido fenomenal para airear la cabeza.
Se me han ocurrido un par de cosas que puedo probar para intentar recuperar el control de la cámara y del micrófono del ordenador de Helena.
Me siento delante del teclado y me pongo a la tarea.
Fracaso en el primer intento. La segunda vía es más compleja y me lleva tiempo, pero funciona como compruebo con gran satisfacción.
Siento una oleada de felicidad al ver a Helena de nuevo.
Está trabajando con expresión concentrada tecleando a gran velocidad.
Viste una camiseta negra ajustada que resalta el volumen de sus pechos.
Lleva al cuello el colgante del rubí, que brilla como los aros dorados que cuelgan de sus orejas, un brillo que es eclipsado por el fuego oscuro de su mirada cuando la alza y la clava en el objetivo de la cámara.
Me asalta de nuevo la sensación de que ella, realmente, me está mirando, aunque sé que solo es sugestión mía.
Tras unos segundos, vuelve a concentrarse en su trabajo, pero casi enseguida suena un timbre que la obliga a parar de nuevo.
Imagino que es el de la puerta de la calle.
Helena mira la hora en su móvil y se levanta.
Se marcha, dejando el protagonismo de la imagen que estoy espiando a través de la cámara de su ordenador al Pirulí que se ve por la ventana de su cuarto, una silueta iluminada que destaca como un extraño tótem sobre el cielo nocturno de Madrid.
Son las diez. Es la hora en la que Stefan avisó de que se pasaría por la casa de Helena.
Fijo mi atención ahora en el audio y video que me llegan desde el teléfono de Stefan. A través de la cámara no puedo ver el reencuentro de los dos, porque Stefan, fiel a su costumbre, tiene olvidado el teléfono en uno de sus bolsillos, pero sí puedo seguir su conversación.
—Ya pensaba que te habían secuestrado las arpías de tus alumnas —dice Helena.
—¿Estás celosa?
—Tampoco te vengas tan arriba. La verdad es que ni me acordaba de que habíamos quedado hoy.
Tras una pausa, Helena se ríe rompiendo la tensión del momento. Stefan la secunda.
—Por un momento, creía que hablabas en serio.
—Sabes que me tienes loca por tus huesos.
—A ver si lo demuestras, que las últimas veces no me has hecho ni caso —dice Stefan.
Aunque intenta sonar desenfadado, puede el reproche en su tono—.
He venido para estar contigo, pero si te vas a olvidar de mí para seguir con el curro, me voy a correr una juerga por ahí, que hoy es jueves por la noche.
—Ni se te ocurra. Me he reservado este hueco solo para ti. Además, tengo la cabeza que me echa humo de tanto trabajar.
—Voy a tener que darte un masaje para que te descomprimas.
—Ya estás tardando.
Escucho ruidos que indican el acercamiento físico de los dos, en el que imagino que están intercambiando besos y caricias.
—Te echaba de menos —dice Stefan, que continúa con su comedia de enamorado.
—Yo también.
Más sonidos de roce de cuerpos, y luego de pasos. Imagino que se dirigen al dormitorio de Helena.
Stefan tiene bien camelada a Helena. Apuesto que ella no estaría tan melosa con él si supiera que Stefan le ha robado información con la que está comerciando.
Yo podría mirar hacia otro lado. No le debo nada a Helena, más bien al contrario.
Ella me debe una explicación por utilizar El juego de Afrodita como una tapadera para espiarme, con una finalidad que estoy seguro de que es tan censurable como la que tiene la gente que paga a Stefan para que la espíen a ella.
Sin embargo, tengo muy presente la entrega de Helena en el juego.
Le ha puesto su alma a Afrodita y ha logrado que vivamos momentos inolvidables.
Me puedo estar engañando como hice con Sofía, pero la conexión que he sentido con Helena a través del juego ha sido real y, aunque me pueda equivocar una vez más por seguir mi instinto, siento que es mi deber abrirle los ojos respecto a Stefan y la trampa en la que está metida.
Bajo el volumen cuando escucho los primeros jadeos de Helena, que inevitablemente me traen a la memoria lo vivido con Afrodita, porque es el mismo sonido.
Pero, en este caso, sus jadeos se confunden con los desagradables gruñidos de Stefan.
Intento alejar de mi mente las imágenes que mi imaginación pinta espontáneamente de los dos revolcándose en la cama como bestias en celo, pero cuanto más intento reprimirlas, más vívidas se presentan en mi cabeza.
Me embarga una sensación espantosa. Siento que se me desgarran las entrañas como si me acabara de tragar un puñado de cristales rotos.
Tengo que serenarme. No es Afrodita, con la que tengo tanta complicidad, quien está en esa habitación, sino una mujer a la que todavía no he tenido ocasión de conocer en persona.
Me atrae el desafío de que podamos pasar de lo virtual a lo real, pero he de reconocer que el sentido común indica que lo mejor sería dejar nuestra relación dentro de los límites virtuales.
De momento, el único nexo real fuera del juego entre Helena y yo es que ella me estaba espiando y ahora soy yo quien la espía a ella.
No parece que estos sean los cimientos más firmes sobre los que levantar una relación que debería basarse en la mutua confianza.
Busco en mi teléfono la grabación del encuentro de Stefan con Penélope Fitzpatrick en el Retiro esta tarde. Su contenido es suficientemente elocuente sin que tenga que añadir la grabación de Stefan robando los datos del ordenador de Helena y que delataría mi espionaje también.
Subo la grabación a la nube y después escribo el siguiente texto:
«¿Quieres saber quién es el verdadero Stefan?».
Añado el enlace para que Helena pueda consultar la grabación y le envío el mensaje a su móvil.
Anticipo la reacción de Helena, cómo se olvida de todo para ver el mensaje, y el enfado de Stefan por dejarle relegado a un segundo plano. Entonces Helena ve la grabación que le he enviado y echa a Stefan de su cama y de su vida con cajas destempladas.
De vuelta en la realidad, escucho la alerta que indica la recepción del mensaje en el móvil de Helena. Se lo ha dejado en su estudio, por lo que dudo que ni siquiera haya escuchado el aviso de la llegada del mensaje.
Bajo del todo el volumen de la señal de audio que me llega del móvil de Stefan, que, por los ruidos salvajes que se escuchan ahí, parece que estuviera metido dentro de una jaula con leones hambrientos.
Irritado, tomo el iPad y pruebo a iniciar sesión en El juego de Afrodita.
Se me ha ocurrido la peregrina idea de que si conecto ahora con Afrodita eso le va a fastidiar el polvo a Helena, pero me quedo con las ganas de comprobar si la cosa funciona así y si cuando una está libre la otra está ocupada y viceversa.
No consigo iniciar sesión, por más que gasto dedo dándole a la pantalla.
Intento contactar con el servicio técnico de Cosmo IA por teléfono, pero nadie contesta.
Pruebo con el chat. Solo puedo interactuar con un bot que me sugiere un par de soluciones que no funcionan, como es costumbre en estos malditos bots.
Puede que se trate de un problema debido a una nueva actualización del juego como me dijo Helena, pero no descarto que me hayan bloqueado.
Ya he perdido demasiado tiempo con esto. Que disfrute Helena su apasionado encuentro de hoy con Stefan, porque me parece que va a ser el último que tengan de esta naturaleza.
Es todavía pronto para irme a dormir. Están poniendo Moonraker en la tele.
Es una de mis favoritas de James Bond. Me quedo viéndola, imaginando cómo sería vivir de verdad dentro de una de esas películas con tanto lujo y tanta mujer guapa.
Por bueno que fuera, dudo que mejorase lo que yo he vivido con Afrodita.
Y, sin embargo, nada me gustaría más que estar frente a frente con Helena aunque eso suponga matar la insuperable fantasía a la que ella ha dado vida.
Aprovecho el primer intermedio de la película para acercarme al ordenador y echar un ojo para ver cómo van el par de tórtolos.
Lo primero que miro es la señal de video del estudio de Helena, que muestra la habitual estampa del cuarto vacío y el Pirulí iluminado al fondo tras la ventana.
No tengo mejor suerte con lo que se escucha por el teléfono de Stefan, o, más bien, con lo que no se escucha.
Subo el volumen, pero no consigo captar ningún sonido de interés.
Por lo menos, la fiesta en la jaula de los leones ha terminado ya.
Aunque Stefan tiene pinta de ser de los que practican sexo tántrico, por cómo iba de lanzado no me extraña la corta duración de su expedición a la cama de Helena.
Estoy a punto de irme cuando aparece Helena en su estudio. Va cubierta con un kimono azul que tiene bordado un dragón amarillo y que le da un aire todavía más sensual a su esbelto cuerpo. Está muy guapa, la expresión relajada de una manera que yo conozco de mis encuentros con su alter ego virtual.
Poco le dura esa relajación.
Helena agarra su móvil con un gesto automático y mira si tiene mensajes.
Frunce el ceño. Levanta la mirada del teléfono y mira a un lado y otro, con una mezcla de desconcierto y desconfianza.
Anticipo su cara de sorpresa, primero, y luego de incredulidad, al ver la grabación que le he enviado, cuyo significado no puede escapársele.
Pero en vez de dar al enlace y ver la grabación, Helena toquetea la pantalla del teléfono y luego lo aparta con un gesto desdeñoso.
Ahora soy yo el que no da crédito.
Le preguntaba en el mensaje que si quería saber quién es el verdadero Stefan. Ahí tengo la respuesta.
Helena ha ignorado mi mensaje y lo ha borrado.
Parece que voy a tener que probar otra vía de aproximación. Aunque esperaba otra cosa, entiendo que Helena desconfíe de un mensaje anónimo. Eso habla de su buena cabeza.
Ha llegado el momento de que le presente mis respetos en persona.