43
Estoy delante del estanque del Retiro, un poco apartado de la columnata del monumento a Alfonso XII.
Es ahí donde Stefan se ha citado con la misteriosa Selina Kyle.
Quedan diez minutos para las seis, la hora a la que han quedado.
El parque está lleno de gente disfrutando de una tarde soleada que parece un anticipo del verano.
Algunos retozan tirados en la hierba, otros hacen ejercicio, la mayoría pasea.
Miro a los remeros que se ejercitan con ritmo suave sobre las aguas del estanque.
En la orilla los patos y las carpas acuden en busca de las migajas que les echan los curiosos.
Finjo que estoy sacando unas fotos del estanque y enfoco con el zoom hacia la escalinata del monumento.
Stefan acaba de llegar. Parece un turista con sus melenas rubias, los vaqueros y la mochila al hombro.
Lanza una mirada alrededor, buscando a Selina Kyle.
Mira el reloj cuadrado situado sobre el embarcadero.
Tiene el gesto impaciente y contrariado.
Tengo una sensación extraña al verle aquí, de cuerpo presente, después de espiar sus movimientos desde la distancia.
Su presencia aquí, además, reafirma su realidad, que es independiente de mi imaginación y de los manejos de la IA que rige el universo de El juego de Afrodita .
Es una prueba más de la existencia de Helena y del engaño con el que se presentó ante mí, escondida detrás de la máscara de Afrodita.
Lo que me queda por averiguar es si el engaño, en este caso, es solo una cara más de la verdad, y si, como Max, podré encontrar en Helena una correspondencia en paralelo a la de Apolo y Afrodita.
Ya son las seis. Stefan parece más tranquilo, el gesto resignado.
He conectado el micrófono de su teléfono.
Reproduzco la señal de audio desde mi móvil.
La escucho a través de unos auriculares inalámbricos.
Alguien a quien todavía no veo, una mujer, llama a Stefan, que se gira e inclina la cabeza en una señal de reconocimiento.
—Pensaba que me dabas plantón —dice Stefan.
—¿A un hombre tan guapo? Ni que me tomaras por una loca.
La recién llegada acaba de entrar en mi campo visual.
Me quedo pasmado viendo quién es: Penélope Fitzpatrick.
Veo su cabellera rubia y su cara pálida, como si fuera inmune a la radiación solar.
Hoy lleva puestas unas gafas de sol que son también de marca como las del otro día, aunque estas le cubren el doble de rostro.
Por lo demás, tiene el mismo gesto de confianza e inteligencia.
Stefan parece menos cómodo. Hablaron de un collar y de un cascabel en los mensajes que intercambiaron.
Pensaba que podía tratarse de alusiones a algún juego de cama entre ellos, pero el frío saludo que intercambia Stefan con ella, dándole la mano y retirándola rápido mientras mantiene la distancia, me hace dudar de la naturaleza de este encuentro.
No parecen ni amigos ni amantes. Ella puede ser una alumna de Stefan.
Es posible que también conozca a Helena.
Sin embargo, este encuentro no parece que tenga nada que ver con ninguna clase de yoga.
—Déjate de coñas —dice Stefan—. Tengo aquí el lápiz USB con la información que querías.
Stefan le enseña la memoria USB a ella, que hace ademán de tomarla, pero Stefan retira la mano.
—¿Y el dinero? —pregunta.
Penélope Fitzpatrick saca un sobre del bolsillo interior de su chaqueta y se lo tiende.
—Cortesía de Startronic —dice.
Startronic es la empresa en la que trabaja Penélope Fitzpatrick después de su salida de Cosmo IA.
Stefan agarra el sobre que ella le tiende y lo guarda en la mochila que lleva colgada al hombro.
—¿No compruebas lo que hay dentro del sobre? —pregunta Penélope Fitzpatrick.
—Me fío de ti.
—Te daremos el resto cuando comprobemos la información, tal como hablamos. ¿A qué viene esa mala cara?
Stefan tiene una expresión de gran incomodidad, que le hace parecer menos guapo y hasta menos rubio.
—Necesito el dinero, pero no me siento orgulloso de lo que estoy haciendo —dice—. Helena es una tía legal.
—Es un poco tarde para andarse con remilgos, ¿no te parece? Tú ya sabías en lo que te metías.
Penélope Fitzpatrick mira con severidad a Stefan. Hace un mohín de fastidio, pero prefiere callarse a seguir hablando.
—Tienes razón —dice Stefan—. Yo ya he cumplido mi parte. Espero noticias en breve.
—Descuida. En cuanto sepa algo, te llamo con lo que sea.
La despedida es más fría incluso que el saludo.
Esta vez ni siquiera se dan la mano. Stefan echa a andar en dirección hacia donde me encuentro.
Penélope Fitzpatrick, por su parte, recupera la serenidad en la expresión en cuanto está sola y, con paso tranquilo, se aleja en la dirección contraria.
Yo dejo de grabar con el móvil y lo guardo en el bolsillo del pantalón, fingiendo un repentino interés en las evoluciones de unos patos sobre el agua del estanque a pocos metros de donde estoy.
Stefan pasa a mi lado sin reparar en mí, que solo soy otro paseante ocioso con el que se cruza.
Dejo que se aleje sin seguirle. Tengo un botín jugoso, no quiero correr un riesgo innecesario y que él pueda descubrirme por un exceso de celo.
—¡Max!
Me giro sorprendido. He reconocido esa voz. Sara me está mirando con una amplia sonrisa. Lleva ropa de deportes. Está en mejor forma de lo que pensaba. El pantalón corto y la camiseta ajustada le quedan muy bien.
—Hola, Sara. Qué sorpresa.
—Esto de encontrarnos de casualidad empieza a ser una costumbre —dice Sara.
—Sí. Vamos a tener que hacerlo un día aposta.
Sara suelta uno de esos truenos que tiene por risa.
—¿Quieres?
Tiene el trozo final de un bocadillo en la mano.
—No, gracias.
—Lo contentos que se van a poner esos patos —dice Sara con una sonrisa de complicidad.
Me da una parte del bocadillo. Ella empieza a tirar migas al agua y llama a los patos, que se acercan para picotear. Imito a Sara. Es agradable pasar este rato con ella, disfrutando de esta apacible tarde primaveral.
—He hablado con Sofía —dice Sara—. Me ha confirmado que hablasteis y que ya está todo bien entre vosotros. Me alegro mucho de que todo haya sido un malentendido.
—Estas cosas pasan en las mejores familias. No hay que hacer un drama de ello.
—Es verdad. Hay amigos de toda la vida que dejan de hablarse por tonterías.
—Será porque no eran tan amigos —digo.
—Si pudiéramos saber a priori cómo son de verdad nuestros amigos, no sé si sobrevivirían muchas amistades.
—Si alguna sobrevive, me gustaría que la nuestra fuese una de ellas.
—Pero ¿nosotros somos amigos?
Antes de que pueda plantearme si Sara habla en serio, suelta una estruendosa carcajada que espanta, por un momento, a los patos.
—Olvídalo —digo—. No he dicho nada.
—Era broma. Me encanta que pienses eso. Que sepas que el aprecio es mutuo.
—Lo sé.
—Me ha contado Sofía lo de Julio —dice Sara—. ¡Qué fuerte!
—¿Qué te ha dicho?
—Que Julio le estaba robando a la empresa.
—Así es.
—Le robaba a su propio suegro. Hay que tener estómago. Por otra parte, no me sorprende. Julio me ha parecido siempre un impresentable. De verdad que no sé cómo Sofía podía tenerle por amigo.
—¿Ya no son amigos?
—Sofía no quiere saber nada de Julio ya, como comprenderás. Para fiarse de alguien así.
—Hace bien.
Está siendo una conversación agradable, acorde con el ambiente distendido que nos rodea. Nos quedamos sin migas para echar a los patos. Voy a preguntarle a Sara si le apetece tomar una cerveza cuando ella se adelanta y me dice:
—Tengo que irme.
Siento una punzada de decepción. Tomar una cerveza con ella parecía un plan inmejorable para oxigenar la cabeza, que buena falta me hace con todo este asunto de El juego de Afrodita que me tiene sorbido el seso.
—Me alegro de que nos hayamos vuelto a ver por aquí —digo.
—Yo también. Si quieres dejar de lado la casualidad la próxima vez, tienes mi número. Llámame.
Dudo si adelantarme para darle un beso en la mejilla.
No tenemos esa costumbre entre nosotros.
Antes de que me haya decidido, Sara echa a correr con una sonrisa burlona en los labios mientras me lanza un beso desde la distancia.
La veo alejarse con una buena cadencia de carrera.
Miro el reflejo del sol sobre el agua del estanque.
Me quedo un rato mirando a los remeros y los patos, luego echo a andar, sin prisa, de vuelta a casa.