El juego de Afrodita 42
65%

42

Aprovecho uno de los descansos en el trabajo para conectarme con el móvil a la nube y acceder a la grabación que he hecho esta mañana de la pantalla del teléfono de Stefan.

Puedo leer varios mensajes que ha intercambiado por Signal.

Están todos relacionados con sus clases de yoga. Veo uno de Helena también:

«¿Nos vemos esta noche? Ayer te eché de menos».

Stefan ha contestado enseguida:

«Yo te eché de menos también. Me paso por tu casa después de las clases».

Aunque Stefan parece muy popular entre las mujeres que llenan su agenda, no he detectado el menor signo de flirteo por su parte con ninguna de ellas.

Su tono, aunque cercano, es profesional.

Imagino que ofertas no le faltan, pero, de momento, da la impresión de que solo tiene ojos para Helena.

Me temo que el interés de ella por él es recíproco.

Sin embargo, Stefan ya ha demostrado que su interés por Helena puede estar motivado por alguna razón inconfesable que cabe en una memoria USB.

Sigo pasando el vídeo, leyendo más mensajes triviales de Stefan y sus alumnas, hasta que uno me llama la atención. Es de un contacto nuevo o que yo, al menos, no recuerdo en la lista que copié del teléfono de Stefan. Es una tal Selina Kyle:

«Genial que ya hayas encontrado el collar. ¿A las seis te va bien?».

Stefan ha contestado rápido:

«En la escalinata frente al estanque del Retiro, como la última vez».

La respuesta de Selina Kyle ha sido casi inmediata:

«Llevaré el cascabel también. ¡Miau!».

Levanto la mirada hacia el cartel de Batman que tengo colgado de la pared, desde el que me mira Christian Bale con aire enigmático.

No se me escapa el hecho de que Selina Kyle es el verdadero nombre de Catwoman.

La pregunta es quién se oculta detrás de Selina en este caso.

Parece que, después de todo, Stefan sí que tiene ojos para alguien más que Helena.

Acabo de guardar el móvil y estoy de nuevo con la tarea cuando me llega una llamada que llevo esperando toda la semana. Es Sofía. Pensaba llamarla en la siguiente pausa. Me alegra que haya tomado la iniciativa por una vez.

—He vuelto a hablar con el director como te prometí —dice Sofía—.

He sido todo lo insistente y persuasiva que he podido, pero no ha habido manera.

El director ha sido muy claro: me ha dicho que te olvides del plus de productividad que venías cobrando hasta ahora.

Y que si te parece mal, tienes la puerta abierta para marcharte cuando quieras.

—Esperaba otra cosa —digo.

—Lo siento —dice Sofía—. Tienes tu parte de razón, pero el director se ha mostrado inflexible. Me ha recalcado que aquí no queremos gente que esté descontenta. De hecho, me ha echado una bronca por importunarle con el tema. Ya te digo que está cerrado en banda.

—Ya veo. Tengo que pensarme lo que hago. Ahora mismo estoy ocupado y no quiero precipitarme, pero esto va a tener consecuencias. Esto es una tomadura de pelo.

—Entiendo cómo te sientes —dice Sofía—. Pero como bien dices, tomar una decisión ahora sería precipitado. Si tienes pensado hacer una visita al director, no te lo aconsejo. Por cómo le he visto, me parece que poco bueno puedes sacar de una entrevista con él.

La preocupación de Sofía suena genuina, como si realmente le preocupara lo que pudiera ocurrirme. Es algo que a estas alturas me cuesta creer.

—Bueno, te agradezco la gestión, aunque haya sido infructuosa —digo.

—Me gustaría que te quedaras —dice Sofía—. Hablo a título personal.

—Te lo agradezco.

Noto una cercanía en su tono que echaba de menos, pero que ya no mueve las alas de mi ilusión como cuando ella me parecía la encarnación de la compañera ideal con la que compartir mi vida.

Ahora mismo no tengo ganas ni de compartir el azúcar de mi café con Sofía, que fue la tontería por la que empecé a perder el seso con ella.

—Ya que estamos, te aviso de que hoy saldré antes de aquí —digo.

—Sí, claro —dice Sofía—. Ningún problema.

—No es porque tenga una entrevista de trabajo en otra empresa. Al menos, de momento.

—Ya sabes que sentiríamos tu marcha. Pero, por otro lado, si ves la oportunidad de mejorar, lánzate a por ella sin dudarlo.

—Eso sí que te gustaría, ¿verdad?

Sofía resopla al otro lado de la línea telefónica.

—Si no quisiera que te quedaras, ¿de verdad crees que te lo habría dicho? Pensaba que ya habíamos pasado página y olvidado nuestras diferencias. Al final, como bien me hiciste ver, todos estamos en el mismo barco.

—Tienes razón —digo—. Estoy enfadado y la estoy pagando contigo.

—No te preocupes. Por mi parte, está todo bien.

—Lo mismo digo.

Cuelgo. Tampoco quería ponerme borde con Sofía. No me gusta andar pisoteando un ídolo, por muy caído que esté.

Miro un momento el sol primaveral que alegra este mediodía al otro lado de la ventana.

Vuelvo a la tarea con renovada energía. Tengo que adelantar trabajo. Como le he dicho a Sofía, hoy salgo antes. Tengo una cita que no quiero perderme.