El juego de Afrodita 41
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Esperaba que Sofía me llamara hoy y me pusiera al corriente de sus gestiones para arreglar lo del recorte traicionero en mi nómina, pero me he quedado con las ganas de hablar con ella.

Sin embargo, lo que me ha contado Eduardo me hace ser optimista.

Parece que Sofía ha recuperado la sensatez y que ha enterrado el hacha de guerra.

No podía salir nada bueno de este choque entre los dos, así que me alegro.

Mañana es jueves. La llamaré para que me cuente si ha avanzado con lo mío.

Cada vez me cuesta más cumplir con la tarea.

Me siento liberado en cuanto abandono las oficinas de la empresa.

Cumplo con mi trabajo con la misma eficacia del primer día, pero ya no veo la empresa como si fuera un segundo hogar.

Si acabo fuera, por mí pueden irse al infierno.

Me demoro dando un paseo de vuelta a casa para disfrutar del ambiente primaveral que se respira.

Estuve mirando a primera hora el teléfono de Stefan.

Esperaba encontrar información sobre él y sobre Afrodita que me pudiera aclarar qué juego se traen entre manos, pero es muy poco lo que he podido averiguar.

Stefan utiliza Signal para sus comunicaciones.

No hay historial ni mensajes que se puedan consultar.

He dejado grabando su pantalla, que es la única manera en la que podré ver los mensajes que pueda intercambiar desde que tengo hackeado su móvil.

Respecto a los contactos, la lista está llena de nombres de mujer: Patricia Yoga, Sonia Yoga, Leticia Yoga y un largo etcétera Yoga.

Deduzco que Stefan es su profesor, porque dudo que Yoga sea el apellido de todas ellas.

Una debe ser Afrodita, que es algo más que una alumna para él.

Me pregunto si habrá otras, en esa lista, que también sean algo más para Stefan.

El resto de contactos en la agenda de Stefan son de familiares, de los que figuran el nombre y su grado de parentesco con él.

Stefan parece una persona pragmática, además de muy celoso de sus comunicaciones.

Miro la galería de fotos de su teléfono, que está vacía.

Tiene pinta de que Stefan utiliza poco el teléfono.

Puede que sea por una cuestión de filosofía personal, de llevar una vida acorde con una mayor espiritualidad.

Que use Signal tampoco significa que tenga nada que ocultar, solo que le preocupa su privacidad, lo que es una muestra de sentido común.

Sin embargo, si sumas el uso de Signal con su visita furtiva al ordenador de Afrodita para grabar algo en una memoria USB cuando ella no estaba delante, el conjunto resulta más inquietante.

Es muy posible que Stefan, el profesor de yoga, guarde algún secreto en su mochila que quiere mantener a salvo de miradas indiscretas y, muy en particular, de la mirada de Afrodita.

El sol se está ocultando ya tras los tejados de las casas vecinas cuando llego a casa.

Vuelven a encoger mi espíritu la quietud y el silencio que me reciben, que me hacen sentir huérfano de la animación que se respira en la calle.

Ni siquiera me levanta el ánimo saber que Afrodita ha reaparecido y que esta noche puedo seguir jugando con ella.

Sé que el tiempo de juego está llegando a su fin para nosotros.

Su número de teléfono tiene que estar en la lista de contactos de Stefan.

Solo debo esperar a verla delante de su ordenador e ir llamando uno por uno a todos los números hasta que suene su móvil y sea ella quien conteste.

Pero ¿qué le voy a decir? ¿Que sé que me ha intentado espiar y que me ha estado engañando haciéndose pasar por un avatar de IA?

Si hablo con Afrodita en estos términos, dudo que la conversación llegue muy lejos.

Lo más seguro es que ella cuelgue y me bloquee para no saber nada más de mí.

En cambio, si hago como que no me he enterado de nada y me olvido de intentar contactar con ella, podría seguir disfrutando de El juego de Afrodita y del paraíso virtual que me ofrece y que, gracias al Cinturón de Afrodita, se llega a sentir como real.

¿Por qué no entregarme a esta fantasía en vez de obcecarme con querer conocer a la persona que está detrás de esta máscara virtual?

¿Es la máscara lo que me ha seducido o es la posibilidad de que esté encarnada por un espíritu afín?

Si insisto en transgredir la frontera entre el mundo virtual y real, es muy posible que, al final, me quede con las manos vacías.

Sé incluso dónde vive ella.

Debería olvidarme del tema.

Podría probar con otra modelo: Perséfone, Atenea, Hera. Todas tienen una bonita historia detrás y seguro que merece la pena conocerlas. Pero, para mí, desde el principio, ha sido Afrodita o ninguna.

Me siento ante la pantalla para espiar los movimientos de Afrodita.

Una vez más siento un agradable calor en mi pecho al verla.

Afrodita está trabajando delante de su ordenador.

Hoy viste una camiseta azul con un dibujo de E.

T. que señala con la punta encendida de su dedo hacia el cielo.

Afrodita no lleva puestos los pendientes ni el colgante.

Su larga melena le cae con gracia a los lados reafirmando su aspecto informal.

Por su parte, Stefan está en otro sitio, en un local con la música muy alta que me impide entender una palabra de lo que dice él o la gente con la que está pasando la velada.

Quito el sonido porque aturde como si tuvieras la cabeza metida dentro de una centrifugadora.

Tampoco tengo seguimiento de la cámara de su móvil ahora.

Stefan tiene una nula dependencia de su teléfono.

Lo tiene aparcado en el bolsillo la mayor parte del tiempo, sin acordarse de él.

Una pantalla negra es todo lo que he sacado de la cámara de ese móvil las veces que la he mirado hasta que me he cansado.

Compruebo la lista de contactos del teléfono de Stefan y empiezo a marcar el primer número, atento a lo que pasa en la pantalla. Afrodita sigue trabajando con expresión concentrada. Tiene su móvil junto al teclado. Pulso el botón de llamar y espero, confiado en que sea su teléfono el que suene.

—Hola, ¿quién…? —dice una desconocida.

Cuelgo y paso al siguiente número. Me voy poniendo más nervioso según se suceden las llamadas y se aproxima, por simple eliminación, el momento en el que establezca mi primer contacto con Afrodita fuera del juego.

Los nervios se transforman en inquietud cuando van quedado ya pocos nombres en la agenda de Stefan.

Pero, antes de que me agobie pensando que falta el número de Afrodita en la lista, veo que empieza a sonar su teléfono.

Ha sido al marcar el nombre de Helena. Así es como se llama Afrodita.

Helena, porque tengo que acostumbrarme a llamarla así, tarda unos segundos en atender la llamada.

Yo agarro el teléfono con una fuerza como si temiera que fuera a salir volando.

Trago saliva, cruzando por mi cabeza a velocidad de vértigo mil posibles inicios de conversación.

Helena toma el teléfono con gesto distraído, frunce el ceño con desconfianza al ver que es un número oculto el que llama y, por un momento, duda si contestar.

—¿Dígame?

Su voz me llega como un soplo de aire vivificante a través del auricular del móvil.

Suena tan real como los latidos de mi corazón.

Tenía mis dudas, más después de hablar con Penélope Fitzpatrick, que ha resultado ser una gran comediante.

Al otro lado de la línea tengo a la mujer real que está detrás del avatar de Afrodita.

Después de un instante de titubeo, cuelgo.

Helena mira con disgusto su teléfono y enseguida se olvida de él, volviendo a la tarea delante de su ordenador.

No he colgado por cobardía aunque pueda parecerlo. Es lo más inteligente que puedo hacer ahora mismo. Mi silencio es mejor que ninguna palabra que pueda decir en este momento. Estoy seguro de que Helena y yo tendremos la ocasión de presentarnos adecuadamente más pronto que tarde.

Mientras, se me ocurre una manera perfecta de que mantengamos el contacto.

Agarro mi iPad y el Cinturón de Afrodita.

Sin embargo, el agradable cosquilleo que me recorre la espina dorsal anticipando los placeres que me esperan en esta nueva velada con Afrodita apenas me dura un momento, lo que tardo en comprobar que no puedo iniciar sesión en el juego.

Pruebo varias veces, pero lo único que consigo, como en las otras ocasiones que ha pasado esto, es desgastar el dedo inútilmente.

Con una gran frustración e impotencia, aparto el iPad y el Cinturón de Afrodita.

Miro a Helena, que ha dejado de teclear y está mirando hacia la pantalla de su ordenador.

Su mirada, por un momento, se detiene en el objetivo de la cámara.

Vuelvo a tener esa sensación que me asalta a veces con ella de que es capaz de verme a través de la cámara.

Helena está seria. Parece preocupada. Baja la mirada un momento y teclea algo en su portátil.

Levanta la mirada y mira a la cámara de nuevo.

En ese instante la pantalla se queda en negro.

He perdido la señal de la cámara. Contrariado, intento recuperarla, pero me encuentro con un muro impenetrable.

Puede haber sido una casualidad, pero tengo la penosa impresión de que Helena me ha descubierto y ha bloqueado mi acceso a la ventana por la que me he podido asomar a su universo estos días.

Me pregunto si la llamada que le he hecho a Helena es la responsable también de que ahora no pueda iniciar sesión en El juego de Afrodita .

No he detectado ningún nuevo intento de intromisión en mi red estos días, pero tampoco puedo descartar que eso haya ocurrido.

Lo único que tengo claro con esta gente de Cosmo IA es que son tan de fiar como un zorro hambriento.

La situación podía ser peor.

Sigo teniendo acceso al teléfono de Stefan.

Pero eso me parece un triste consuelo en este momento, en el que, por primera vez desde que la he conocido, ya sea detrás de la máscara de Afrodita o en su cuarto de trabajo, Helena ha dejado de estar al alcance de un clic de ratón o de un dedazo en la pantalla.