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Eduardo tiene mejor aspecto que el lunes, con un aire más risueño que le rejuvenece. Me pregunto si el cambio en estos dos días se debe a que la página de El juego de Afrodita ha vuelto a funcionar. Hemos quedado en el bar de la esquina como todos los miércoles.
—Parece que te hubieran quitado diez años de encima —dice Eduardo.
—¿De veras?
Su comentario me sorprende.
—Sí. El lunes tenías una cara de muerto que asustaba. Parecía que no hubieras pegado ojo en todo el fin de semana. No te quise decir nada, pero me alegra ver que fue algo puntual.
Al parecer, yo también estoy notando los efectos de mis idas y venidas con El juego de Afrodita .
Mientras damos buena cuenta del cocido que nos traen enseguida, le comento a Eduardo mi encuentro con Penélope Fitzpatrick.
—Ella niega que hubiera ningún problema con El juego de Afrodita —explico—.
Dice que su pleito con la empresa fue por un tema laboral que nada tenía que ver con la naturaleza de su trabajo.
Según ella, es mentira que sean personas las que están detrás de las modelos del juego.
Todo es producto de un avanzado modelo de IA.
Eduardo hace un gesto escéptico.
—Eso no es lo que me dijo mi compañero —dice—. Pongo la mano en el fuego por él. Es un tío serio que no bromea con estas cosas. Me aseguró que ella pactó a cambio de callarse lo que sabía sobre las irregularidades de Cosmo IA.
—Tu compañero pudo exagerar sin mala intención. Todos nos adornamos cuando contamos las cosas para hacer que parezcan más interesantes de lo que son. Él ignora que tú eres usuario del juego, no tenía por qué pensar que sus palabras iban a tener más trascendencia que la de un comentario trivial.
—Si han pagado a Penélope Fitzpatrick para que tenga la boca cerrada, no parece que se le pueda dar crédito a sus afirmaciones —insiste Eduardo—. ¿Qué impresión te ha dado ella?
—Es una mujer inteligente. No parecía que tuviera nada que ocultar, pero si es cierto, como sostienes, que pactó su silencio con Cosmo IA, todo lo que puedo decir es que es una gran comediante.
No ha dado muestra en ningún momento de que mis preguntas la inquietaran.
Ha respondido con naturalidad y me ha dicho que le parecía un disparate que hubiera personas detrás de los avatares del juego.
Según ella, lo único preocupante es que esta IA engancha de tal manera que, al final, es posible que la prefiramos a una persona de carne y hueso.
—Eso es verdad. Entonces, ¿piensas que el juego es seguro y que no nos espían?
—Yo no he dicho eso —digo—. Esa gente de Cosmo IA no es de fiar. Yo que tú me andaría con mucho ojo.
Eduardo parece decepcionado. Asiente sin entusiasmo.
—Tendré en cuenta tu consejo como experto que eres.
—Yo ya me he deshecho del Cinturón de Afrodita, por si las moscas —digo.
––Sí. Esta misma noche tiro el Cinturón a la basura.
La firmeza de su tono no me engaña. Eduardo tiene la misma intención de deshacerse del Cinturón que yo: ninguna. Ya es mayor para saber lo que hace. Yo he sido todo lo claro que puedo, sin entrar en indiscreciones que no vienen al caso sobre lo que he averiguado.
—Por cierto, has hablado con Sofía, ¿verdad? —dice Eduardo.
—Sí. ¿Por qué? ¿Sigue diciendo barbaridades de mí?
—Al contrario. Le ha echado tierra al asunto. Dice que todo fue un malentendido. Que habéis hablado y que todo está bien.
Recuerdo que Sara y Eduardo son amigos desde su época en el instituto.
—¿Te lo ha contado Sara? —pregunto.
—Sí.
—Me encontré con ella el domingo en el Retiro. Es muy maja.
—Es una tía cojonuda —coincide Eduardo.
—Me sorprendió. Tenía un disfraz de payasa. Estaba recaudando fondos para una campaña contra el cáncer infantil.
—Eso es muy típico de ella.
—El caso es que el disfraz le quedaba ajustado —explico—. Está cañón.
—¿Ahora te enteras?
—Sí. Como siempre lleva esas ropas que le hacen parecer el doble de grande y tan masculina, no me había fijado —digo.
—A mí me gusta su estilo —dice Eduardo—. Tiene mucha personalidad.
Recuerdo que Sara me contó que Eduardo y ella se enrollaron una vez en el instituto.
—¿Habéis estado liados tú y ella? —pregunto como si estuviera de nuevas.
Eduardo pega un trago para pasar un bocado que se le resiste antes de contestar:
—Nos dimos unos morreos una vez. Me hubiese gustado que pasaran más cosas entre nosotros, pero me quedé con las ganas. Sara es muy especial.
—¿A qué te refieres?
—Le van los tíos raros.
Eduardo exagera. Sara me tiró los tejos una vez. Pero igual los dos me ven como un tío raro. Tampoco me voy a poner susceptible por algo que parece más un halago.
—Tú eres un tío raro —digo.
Quiero ver si se pica, pero Eduardo sonríe.
—Yo soy abogado. Y tengo barriga y me estoy quedando calvo. A Sara le va otro rollo.
—Ella se lo pierde.
Eduardo resopla.
—Tengo que averiguar si hay una buena alternativa a El juego de Afrodita —dice—.
Pero no soy optimista. Lo que he probado antes es un mal chiste.
Qué pereza tener que volver al mercado del ligoteo.
Creo que empezaré por ir al gimnasio. Aparte de que me vendrá bien ponerme en forma, puede ser un buen sitio para ligar.
—No quiero desanimarte, pero ahí la competencia es alta. Yo ya ni lo intento.
—Pues sí que está dura la cosa.
El resto de la comida hablamos de otros temas para no tener que seguir fingiendo que El juego de Afrodita ya es historia para nosotros.