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La alegre animación que se respira por la calle, todavía con el sol sobre el horizonte erizado de tejados y antenas, se transforma en el frío silencio de un sepulcro cuando cruzo el umbral de mi casa, donde nadie me espera.
Me dan ganas de volver a la calle, pero estoy cansado y ahí tampoco me espera nadie.
Tengo la penosa impresión de que si un rayo me cayera encima y me hiciera desaparecer nadie me echaría de menos.
Incluso alguno se alegraría, y pienso en Sofía, para la que me he convertido en una china en su zapato.
Y también en los jefes de mi empresa, felices de poder contratar a mi sustituto por la mitad de sueldo y sin tener que pagar una indemnización por echarme.
Por suerte, hoy el cielo está despejado y no parece que vaya a caer ningún rayo cerca.
Tomo una cena ligera mientras me entretengo con el concurso de Cifras y letras .
Ya de mejor humor, me siento delante del ordenador mientras me tomo un yogur de postre.
Veo en la pantalla el cuarto vacío de Sofía, sumido en la oscuridad como las noches anteriores, con la silueta iluminada de Torrespaña al fondo.
Pienso en lo que me ha dicho Penélope Fitzpatrick.
Suponiendo que no haya sido todo una invención y que el modelo de inteligencia artificial utilizado para El juego de Afrodita sea tan bueno como dice, lo que tengo delante bien pudiera ser una parte más del juego.
Este cuarto que estoy espiando desde hace días sería otro invento virtual para hacerme creer que ahí vive una mujer que está detrás de las interacciones de Afrodita conmigo, pero, en realidad, esa mujer es también una creación virtual.
La finalidad última de esta simulación sería convencerme de que Afrodita es una mujer de carne y hueso, que es mi fantasía más anhelada.
Esta inteligencia artificial habría sido capaz de leer en los pliegues más ocultos de mi mente para adaptar su comportamiento a la forma de mi deseo.
Es algo que me fascina tanto como me asusta.
Si ha sido capaz de algo así, ¿hasta dónde podría llegar?
Bueno, de momento, parece que a ninguna parte más allá de esta triste foto fija de un cuarto vacío.
Mirar esto es tan aburrido que me cuesta creer que no sea real.
De pronto, la luz del cuarto se enciende.
Tras unos instantes, veo a Afrodita que se sienta frente a su ordenador y empieza a teclear, mirando con interés la pantalla delante de ella.
Siento una oleada de calor en el pecho que es como un bálsamo para mi espíritu.
Afrodita está preciosa, con los aros dorados colgados en sus pequeñas orejas, y el colgante con el rubí aparcado sobre el escote de su blusa negra.
—¿Vienes o me bebo yo solo el Moët & Chandon?
Reconozco la voz del vikingo, que llega desde un punto lejano fuera del campo de visión de la cámara.
—Ya voy —dice Afrodita—. Ve preparando las copas.
Tiene el gesto concentrado. No para de teclear.
—Oye, ¿está conectado el wifi? —dice el vikingo.
Afrodita asiente con la cabeza mientras sigue a lo suyo.
—Está conectado —dice.
—Ah, vale. Ya he podido entrar.
Veo en la pantalla de mi ordenador la nueva conexión a la red de Afrodita: «S25 de Stefan». Me pongo manos a la obra rápidamente, temiendo que el vikingo desconecte su teléfono antes de que me dé tiempo a hackearlo.
Afrodita deja de teclear, la expresión satisfecha.
Lanza una mirada directa a la cámara de su portátil.
He desconectado la luz verde que indica que está funcionando, pero, por un momento, tengo la inquietante sensación de que Afrodita sabe que la estoy espiando y que ella, a su vez, me está viendo también.
Ya estoy dentro del teléfono del vikingo. Sigo sin poder acceder al de Afrodita, que está blindado como el resto de su información personal. Espero descubrir algo de ella a través de lo que encuentre en el teléfono de su novio o lo que sea el tal Stefan para ella.
Afrodita se levanta y se marcha del cuarto, apagando la luz. Me deja otra vez con la visión del Pirulí iluminado como única atracción.
Activo el micrófono y la cámara del teléfono del vikingo.
Tras unos segundos, veo, en una nueva ventana de mi ordenador, la señal de imagen que le estoy robando a Stefan.
Lo que se ve es una lámpara de techo enfocada desde abajo.
Está encendida y eso hace que se vea como un fogonazo en el centro de la imagen.
El móvil debe estar apoyado sobre una mesa. Lo que se oye es más interesante:
—¿Te acordaste de regarme las plantas? —dice Afrodita.
—Sí, me pasé ayer.
Es cierto que el vikingo se pasó ayer por la casa de Afrodita. No sé si le regó las plantas, pero lo que sí que hizo fue trastear en el ordenador de ella con una memoria USB, y por lo furtivo de su actitud, dudo que sus intenciones fueran honradas.
—Eres un cielo —dice Afrodita.
—¿Te has acordado de mí estos días o andabas demasiado ocupada haciendo de guía para esos musculitos de gimnasio para los que trabajas? —pregunta Stefan.
Afrodita se ríe.
—El único musculitos para el que tengo ojos eres tú, ya lo sabes —dice.
Me desagrada escuchar este comentario, pero mejor saber lo que hay. Afrodita es libre de hacer lo que quiera con su vida, siempre que no se ponga a espiarme e intente engañarme haciéndose pasar por un avatar de IA.
—Termínate el champán —dice el vikingo.
—Muy considerado de tu parte. Pensaba que te ibas a abalanzar sobre mí sin darme tiempo a beberlo. ¡Salud!
Escucho ruido de cuerpos rozándose. Besos, jadeos que empiezan tímidamente y van subiendo de intensidad.
Me aparto como si acabara de recibir una descarga eléctrica.
Una cosa es saber lo que hay y otra torturarme recreando con mi imaginación una situación que prefiero no ver.
Tengo el iPad en la mesilla de noche. Me acerco y lo abro, poseído por un vértigo febril.
Busco la página de El juego de Afrodita y compruebo con enorme satisfacción que vuelve a estar en línea.
Inicio sesión y antes de que me pueda dar cuenta, veo a Afrodita que me saluda desde la pantalla con la misma simpatía y complicidad de siempre:
—¿Qué tal día has tenido hoy, Apolo? Espero que te hayas acordado de mí en algún momento, porque yo me he acordado de ti.
Afrodita lleva puestos los aros en las orejas y el colgante con el rubí, y la misma blusa negra que minutos antes, en la otra realidad de su cuarto de trabajo y de su novio vikingo.
Agarro el iPad y vuelvo a sentarme delante del ordenador.
He perdido la señal de la cámara del portátil de Afrodita, pero sigo teniendo acceso a la del móvil de Stefan.
La cámara sigue enfocando al techo. Ya no se escucha nada.
—Me he acordado de ti, Afrodita —digo—. De hecho, te echaba de menos.
—Eso me llena de satisfacción —dice Afrodita—. Sería triste para mí que te resultara indiferente.
—En ese aspecto, puedes estar tranquila.
—Una preocupación menos que tengo, entonces —Afrodita sonríe. Su sonrisa brilla más que el rubí de su colgante.
—No he podido iniciar sesión contigo estos últimos días —digo—. Parecía que estuvieras de viaje.
Afrodita se ríe.
—La última actualización del juego ha dado problemas a algunos usuarios, pero, por fortuna, parece que ya está todo solucionado —explica.
—He llegado a pensar que ya no íbamos a vernos más. Estaba muy contrariado.
—Ya puedes relajarte, entonces.
—Eso estaba pensando.
Conecto el Cinturón de Afrodita y me lo pongo. El tacto frío de los sensores sobre mi piel me despierta un escalofrío que es una agradable anticipación de lo que está por venir.
Afrodita sonríe.
—Bienvenido al lugar donde tus sueños se hacen realidad.
Me dejo ir en esta deliciosa fantasía en la que ella solo existe para hacerme feliz.