El juego de Afrodita 38
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Se llama Penélope Fitzpatrick. Hemos quedado a las dos en la terraza de un bar en la plaza de Las Cortes.

Ella ha elegido el lugar. Le he dicho que trabajo para Cosmo IA y que tengo una oferta que hacerle.

Espero que no se enfade demasiado cuando compruebe que solo es una artimaña para que quedara conmigo.

Voy caminando a la cita desde el trabajo, que está cerca.

Estoy subiendo por el paseo del Prado cuando veo una ambulancia y gente arremolinada alrededor.

Ha sido un atropello. Ha ocurrido a la altura de la plaza de Cánovas del Castillo.

Tengo que cruzar entre los curiosos que entorpecen el paso.

Al hacerlo, mis ojos traicionan mi intención de pasar de largo sin mirar y veo el cuerpo de la mujer, tendido sobre el asfalto, y la sangre alrededor.

La espalda del médico que está aplicando los primeros auxilios a la mujer me impide ver su cara, pero, por el gesto preocupado de la gente alrededor, está claro que su estado es grave.

Por un momento, se me disparan las pulsaciones y noto el trote desbocado del corazón que me golpea el pecho.

Me asalta la horrible idea de que conozco la identidad de esta mujer: he hablado con ella esta mañana y hemos quedado para conversar sobre su trabajo en Cosmo IA.

Esto no ha sido un accidente. Querían evitar que hablara conmigo.

Cruzo la mirada con uno de los policías que vigila el perímetro de seguridad en torno al lugar del accidente.

Doy un paso hacia él, dispuesto a contarle lo que sé, pero, por suerte, recupero el buen juicio antes de decir nada.

El policía sigue a lo suyo, olvidándose de mí, que no soy más que otra cara anónima entre la multitud.

Me llega un mensaje al móvil.

«Ya estoy en la terraza. ¿Vas a tardar?».

Esa es Penélope Fitzpatrick, que, por supuesto, no ha sufrido ningún accidente ni nadie ha intentado matarla para evitar que hable conmigo.

Cinco minutos después la tengo delante, mirándome con ojos curiosos detrás de unas gafas de diseño que le dan un aire estilizado a su cara cuadrada. Es rubia. Su piel blanca contrasta con el jersey negro que lleva puesto. Tras un saludo desde la distancia, me invita a sentarme frente a ella.

—Me ha sorprendido tu llamada, Max. Puedo tutearte, ¿verdad?

—Lo prefiero —digo.

—Pensaba que ya me habríais olvidado en Cosmo IA. Tengo una gran curiosidad por escuchar vuestra oferta.

—Todo a su debido tiempo —digo—. Primero quiero saber por qué no estabas a gusto con nosotros.

Ella da un sorbo a su limonada. Siento su mirada recelosa sobre mí.

—¿Quién te ha dicho que no estaba a gusto?

—Eso no importa. Pero por eso quiero conocer de primera mano tus impresiones.

Ella hace un mohín de contrariedad.

—Tú no trabajas en Cosmo IA —dice—. ¿Quién eres, Max Luna?

Aguanto su mirada inquisitiva con el gesto tranquilo, intentando mostrarme lo más amigable que puedo para no espantarla. Ya es una victoria que siga sentada escuchándome a pesar de que sabe que la he mentido.

—Me has descubierto —digo—. Soy un periodista independiente. Estoy investigando ciertas actividades de Cosmo IA. Nadie de la empresa quiere hablar. Sé que tú no les tienes miedo.

La mujer asiente, aunque sigue mirándome con desconfianza.

—¿Por qué iba a tenerles miedo? —dice—. Se han portado bien conmigo. Tuvimos diferencias contractuales de las que se dan tantas veces y decidimos separar caminos. Fue fácil llegar a un acuerdo.

—Esas diferencias contractuales, ¿tuvieron que ver con tu papel en El juego de Afrodita ?

—No —dice ella en tono firme—. Yo estaba contenta con mi trabajo. Pero otra cosa eran los horarios y el sueldo. Es un trabajo muy absorbente que se comía todo mi tiempo, y lo pagan mal.

—¿En qué consistía tu trabajo exactamente?

Ella duda antes de contestar.

—Soy programadora —dice—. Ayudaba al desarrollo de la IA de la empresa para que diera un mejor servicio a los clientes. Pero ¿por qué quieres saber todo esto? ¿Qué estás investigando?

—Una fuente me ha informado de que El juego de Afrodita es una estafa. Según mi fuente, son personas reales las que están detrás de las modelos de IA con las que interactúan los clientes.

Penélope Fitzpatrick me mira con desconfianza y aprensión, como si yo no anduviera en mis cabales.

—Tu fuente se ha inventado esa insensatez —dice—. Es todo programación. De un modelo puntero de inteligencia artificial. Es normal que haya quien pueda confundir su interacción con la de un humano, excepto que la de esta IA es mucho más satisfactoria.

Su tono es convincente. La creería si solo estuviera contrastando una fuente externa y no lo que yo mismo he averiguado.

—Mi fuente dice también que amenazaste con hacer público el engaño y que por eso Cosmo IA te ha pagado una indemnización millonaria —explico.

—Qué barbaridad. Lo que se inventan algunos. ¿Es que no tienen otra cosa que hacer?

—Sé que mi fuente dice la verdad —digo—.

Firmaste una cláusula de confidencialidad, pero estamos hablando de un delito.

Piensa en toda esa gente que se acerca con su mejor intención a El juego de Afrodita y que están siendo engañados vilmente.

Ellos merecen saber la verdad. Están confiando sus secretos a una gente sin escrúpulos que puede traficar con esa información según les convenga.

Sé que tú y quienes siguen dentro haciendo ese trabajo sois solo peones que utilizan vuestros jefes para sus turbios intereses.

—Vaya película te has montado —dice la mujer—. Lo único que hay detrás de El juego de Afrodita es una inteligencia artificial que ha conseguido un nivel de desarrollo que da unos resultados que pueden considerarse milagrosos sin temor a exagerar.

Lo que me cuenta Penélope Fitzpatrick choca frontalmente con lo que me ha contado Eduardo sobre ella.

Le ata la lengua la cláusula de confidencialidad que ha firmado y lo bien que la han debido pagar para que mantenga la boca cerrada.

Sin embargo, ella parece más divertida que preocupada con que yo ande fisgoneando, como si realmente no hubiera nada que ocultar, ni por parte de ella ni de Cosmo IA.

—Si es tan bueno ese proyecto, ¿por qué lo has abandonado? —pregunto—. ¿Tan malas eran las condiciones como para dejar escapar una oportunidad así?

Ella da otro sorbo a la pajita de su limonada antes de contestar, como si estuviera ganando tiempo para inventarse una respuesta. Pero cuando habla suena convincente:

—Porque me estaba volviendo irrelevante. Ya te he dicho que es un modelo de IA muy avanzado. He preferido irme antes de que me echaran. Pero no sin que me pagaran todas las horas extras y los pluses que me debían. Por eso tuvimos que ir a un acto de conciliación.

Penélope Fitzpatrick está tranquila. Su seguridad me hace dudar de lo que le contaron a Eduardo sobre ella. Puede que se trate de una exageración de su compañero. También puede ser que Penélope Fitzpatrick sea una gran actriz.

—La verdad es que no me sentía cómoda con ese proyecto —dice.

—¿Por qué?

—Me parecía competencia desleal. ¿Conoces El juego de Afrodita ?

—Sí.

—¿Quién puede competir con esos avatares tan perfectos, que se adaptan a lo que quieren los clientes sin cuestionar nada? Si los clientes se acostumbran a eso, ¿cómo van a poder soportar las imperfecciones inherentes a nuestra condición y con las que tenemos que lidiar en nuestras relaciones?

—Si no es un engaño, ese peligro existe —digo—. Pero también podría abrir una ventana a un mundo mejor, en el que la gente no anda encabronada todo el rato y con ganas de machacar a los demás para desahogar sus frustraciones.

—Es otra forma de verlo —dice la mujer—. Ya les dije a los de Cosmo IA que me llamen en cuanto desarrollen la versión para chicas. Como te he dicho, no es un engaño. Ya me gustaría que lo fuera. Eso me haría estar más tranquila con relación a mi futuro profesional. Oye, ¿no tienes hambre?

—Sí, claro. Te invito.

—No esperaba menos.

Hago una seña a la camarera. Penélope Fitzpatrick demuestra una gran puntería eligiendo la comida: se lanza directa a por los platos más caros.

Tengo la penosa impresión de que, a pesar de esas gafas que le dan un aspecto tan serio, se ha burlado de mí todo el rato.

Tampoco puede decirse que yo esté jugando limpio haciéndome pasar por un periodista.

Mantenemos una conversación trivial mientras comemos.

Mi percepción es que el alivio es mutuo cuando nos despedimos.