El juego de Afrodita 37
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El cuarto de Afrodita, engullido por las sombras de la noche, tiene una apariencia fantasmal a esta hora.

Parece que nunca hubiera habitado nadie en él, salvo el polvo que se va acumulando por sus rincones.

Cualquiera diría que está recién pintado y que, en cualquier momento, puede aparecer su dueña, que no es un fantasma por más que yo lo haya podido llegar a pensar.

Sigo controlando la cámara del ordenador de Afrodita.

La idea de espiar un rincón de su intimidad resultaba excitante, pero en la práctica está siendo muy aburrido.

Ya casi miro con resentimiento la señal de vídeo que me muestra su cuarto vacío como una imagen fija carente de vida.

Agarro el iPad e intento conectarme a El juego de Afrodita , pero no hay manera de que la página cargue.

Encuentro un número de teléfono en internet para llamar a Cosmo IA, pero, después de unos minutos de espera escuchando una versión descafeinada de Light my fire , de los Doors, la llamada se corta.

Busco por internet información de El juego de Afrodita , pero, aparte de los comunicados de prensa de Cosmo IA sobre este producto, no encuentro nada.

Hay opiniones elogiosas en algunos foros, pero puede que sea publicidad de la propia empresa.

Nadie habla de que hay personas reales detrás de los avatares del juego, que no son simples creaciones de inteligencia artificial como pretenden hacernos creer.

Si esta información ha llegado a la prensa, les han tapado la boca.

Cosmo IA tiene mucho dinero para comprar voluntades, tanto de los directores de los medios de comunicación como de los responsables de los organismos que regulan sus actividades.

Aparto el iPad disgustado. Puede que solo sea casualidad, pero me escama que la página esté caída desde que espío el ordenador de Afrodita.

Miro la señal de vídeo de su cámara, que sigue mostrando el cuarto vacío.

Busco la grabación de la señal y reviso las últimas horas, desde que las primeras luces del día penetran en el cuarto.

Reproduzco las imágenes a la máxima velocidad.

Eso hace que casi me pase desapercibida una aparición inesperada porque apenas veo su huella un instante.

Retrocedo y compruebo que, efectivamente, alguien ha estado en el cuarto a primera hora de la tarde.

Reconozco sus melenas rubias: es el vikingo.

Observo sus rápidos movimientos. Parece que iba con prisa.

Toma asiento delante del ordenador y lanza una mirada furtiva a su alrededor.

Luego acerca una memoria USB al ordenador.

Imagino que la conecta, porque eso queda fuera del ángulo de visión de la cámara.

Veo al vikingo que mueve el ratón con gesto concentrado.

Vuelve a mirar a un lado y otro, el gesto tenso.

Se pasa un par de minutos sentado ahí, después recupera la memoria USB y se levanta como si de repente le quemara el asiento.

Se marcha con la misma prisa con la que ha llegado.

Estoy dándole vueltas al sentido que tiene lo que acabo de ver cuando me llega un mensaje al teléfono. Es de Eduardo, que me envía los datos de contacto de la mujer que trabajaba con Cosmo IA y que llegó a un acuerdo con ellos a cambio de tener la boca cerrada.

«Ya me dirás si te cuenta algo interesante».

Son casi las once. Es tarde para llamar a esta mujer. Puede que no quiera hablar conmigo, pero no pierdo nada por intentarlo.

Sigue caída la página de El juego de Afrodita .

La echo de menos. Me fastidiaría mucho no volver a ver a Afrodita.

Fantaseo con un encuentro en persona. En ese encuentro ella me da una explicación satisfactoria que nos permite seguir con nuestra relación de una manera auténtica, sin inventos de terceros de por medio.

Cuando cierro los ojos para dormir, son sus ojos de gata los que me miran desde la frontera del sueño.

Voy a su encuentro confiado, sin temor alguno a lo que me pueda pasar cuando estoy a su lado.