36
Recibo una llamada de Sofía a primera hora de la tarde. Me llama a través de la línea interna de la empresa, por lo que me sorprende escuchar su voz. Suena más amistosa que las últimas veces, aunque sin la calidez de cuando éramos amigos, o, por lo menos, de cuando parecía que lo éramos.
—He hablado con el director —dice—. Está cerrado en banda. Me ha dicho que la fuerte inversión en inteligencia artificial obliga a un reajuste en la política de personal.
—Cuéntame algo que no sepa.
—Le he insistido en que tu puesto es clave y que tú tienes una trayectoria más que contrastada, pero que, si te sientes maltratado por la empresa, te vas a marchar a otra parte donde te valoren como mereces.
—Eso es cierto.
—Lo sé —dice Sofía—. El director me ha dicho que se lo va a pensar. Le insistiré, pero no puedo prometer nada.
—Te agradezco la gestión —digo—. Estoy seguro de que si alguien puede convencer al director para que rectifique, esa eres tú.
—Ya veremos —dice Sofía—. Yo lo voy a intentar, y ya te contaré.
—Vale. Pero lo que sea, que no pase de esta semana. Mi paciencia tiene un límite.
—No hagas eso. Es algo que me molesta mucho.
—¿Qué he hecho? —pregunto, desconcertado.
—Hablas en un tono amenazante que no me gusta nada. Quiero ayudarte, pero me echas atrás con esa actitud.
—Ya te he dicho que te agradezco la gestión. Pero tampoco me chupo el dedo. Quiero ver resultados.
—Te llamo con lo que sea.
Sofía cuelga. Su tono cortante del final me deja una mala sensación.
Me parece que estoy perdiendo el tiempo y que debería puentearla y hablar yo mismo con el director.
Sé que puede ser una conversación muy desagradable y por eso la rehúyo.
Voy a dar la ocasión a Sofía de que se gane su sueldo, aunque me parece que lo suyo es más la puñalada por la espalda que ayudar a un compañero.
Aunque el tono general de la charla que acabamos de tener ha sido correcto, sigo sin fiarme de ella, un sentimiento que creo que es recíproco.
La tarde transcurre tranquila. Mi mirada se pierde de vez en cuando por el haz de vías que veo a través de la ventana y los trenes que circulan por ahí como lombrices mecánicas.
Estaría bien montarse en uno de esos trenes con un billete solo de ida y probar fortuna en cualquier otra parte.
Me doy cuenta de que la misma rutina que antes sentía como un refugio ahora me resulta agobiante como si estuviera atrapado en una trampa mortal.
Estoy muy disgustado por el recorte traicionero que me han hecho en la nómina, pero esta sensación de la que hablo va más allá.
Tenemos un tiempo limitado en esta vida, y tengo la impresión de estar regalando mi tiempo para que otros puedan hacer lo que quieren sin tener que mirar nunca el reloj.
Salgo puntual, sin regalar un minuto a la empresa fuera de lo estipulado en mi contrato. Se acabó eso de ir de pardillo.
Hay un pequeño revuelo en el control de la entrada. Es Julio el que está montando el alboroto. Manuel, el vigilante, le corta el paso, el gesto sereno en contraste con la agitación que domina a Julio.
—Déjame pasar, que vengo en plan bien —dice Julio—. Parece que no nos conociéramos, Manuel.
—Lo siento, Julio. Tengo órdenes de que no te deje pasar. No me obligues a ponerme borde.
Manuel, a la vez que dice eso, posa la mano sobre la porra que lleva colgada al cinto.
Julio desoye la advertencia e intenta pasar el control.
Manuel le detiene poniéndose en medio y dándole un empujón que obliga a Julio a retroceder.
Tiene pinta de que Julio va a cometer el error de insistir.
Puede que sea más fuerte que Manuel, que tiene sus sesenta años y sus kilos de más, pero eso lo sabe Manuel, que ya está agarrando la porra para compensar la cosa.
Por un momento, anticipo la maravillosa metedura de pata de Julio, que embiste a Manuel y se lleva un porrazo que le revienta la tapa de los sesos.
Pero, en vez de eso, Julio se gira un momento en mi dirección y le cambia la cara, recuperando la compostura rápidamente.
—Hola, Max —me saluda Julio—. Venía a verte a ti, precisamente.
Me inquieta su afirmación. Nuestro último encuentro solo tuvo de bueno que se suponía que era el último.
Julio me agredió y yo preferí dejarlo pasar como un lamentable malentendido y no ir a la policía.
Se equivoca si se cree que esta vez va a tener tanta suerte.
Aunque parece que viene de buenas, a juzgar por la relajación de su gesto al verme.
—Tú dirás qué quieres —digo, procurando mantenerme más cerca de Manuel y su porra que de Julio y sus puños.
—¿Podemos hablar en otra parte? —pregunta Julio.
Cambio una mirada con él y otra con Manuel, que observa la escena con desconfianza.
—Yo respondo por lo que pase aquí —dice Manuel—. Lo que pase fuera no es asunto mío.
—Pero ¿qué va a pasar? —dice Julio con el gesto incrédulo—. Parece que no nos conociéramos. Esto es increíble.
—Vamos afuera —le digo a Julio—. Manuel solo cumple órdenes. Tú ya sabes cómo funciona esto. Al parecer te has convertido en persona non grata aquí.
—Ya veo —dice Julio—. Hay que joderse. Me he dejado la piel por esta empresa y este es el pago que recibo.
Julio exagera sus méritos, pero me guardo lo que pienso y le acompaño hasta la salida. Manuel nos sigue con la mirada, con una mezcla de alivio y melancolía en el gesto, como quien se acaba de librar de marchar al frente para combatir y ve partir a los compañeros sin saber si volverá a verlos.
—Estás más delgado —digo.
—He perdido diez kilos —dice Julio—. ¿Te parece que entremos aquí a tomar una caña?
Está señalando el bar de los asturianos, un lugar frecuentado por gente de la empresa.
Ponen buenas tapas. La tarde es primaveral.
El buen tiempo me abre el apetito. Pero, sobre todo, prefiero tener esta conversación en un sitio con testigos y no en algún callejón apartado, por más que Julio, haciendo honor a su palabra, parece que está de buen talante.
Entramos en el bar. Aunque no veo caras conocidas, la animación reinante destierra mi principal preocupación: salir de aquí con algún diente menos que al entrar, y no porque estén demasiado duros los torreznos que nos ponen de tapa con las cañas.
—Te debo una disculpa —dice Julio.
Por un momento, dudo si lo dice con segundas, pero tiene el gesto muy serio.
—Me sorprendes —digo—. ¿A qué se debe esta súbita iluminación?
—He hablado con mi suegro —dice Julio—. Me han tendido una trampa, pero tú no has tenido nada que ver con eso. No está relacionado con que yo me estuviera follando a Sofía. Eso no lo sabe el viejo cabrón. Y tampoco su hija. Aunque eso ya es indiferente. Nos vamos a divorciar de todas formas.
—Vaya. Lo siento.
—No lo sientas. Es una jodida liberación para mí.
Doy un trago a mi cerveza, preguntándome por qué Julio ha venido a buscarme a la empresa. Dudo que haya sido para disculparse conmigo. No parece que sea la clase de persona a la que sus acciones puedan despertar el mínimo remordimiento.
—Imagino que Sofía se habrá alegrado al enterarse de que te divorcias —digo.
Julio suelta una risotada.
—¿Qué tiene que ver Sofía con esto? —dice—. Menuda gracia si tuviera que casarme cada vez que echo un polvo.
—Creía que Sofía y tú queríais algo más que echar un polvo.
—Espero que Sofía no haya sido tan ingenua. Aunque con las mujeres nunca se sabe. Tienen la cabeza llena de pájaros. No es mi caso, desde luego.
—Ya veo.
Julio me mira divertido.
—Te tengo que sacar por ahí a ligar, a ver si se te quita la caspa un poco —dice—.
Aunque, si sigues colado por Sofía, lánzate a ver qué pasa.
Olvídate de lo que te dije el otro día. Estaba cabreado y pensaba que me habías traicionado.
No pienso ser un obstáculo en tu camino.
Todo lo contrario. Si ves que te puedo echar una mano con ella, no dudes en decírmelo.
—Sofía es una compañera a la que aprecio, pero, como te dije la última vez y por más que te empeñes, no estoy colado por ella.
—Sofía piensa otra cosa.
—Que piense lo que quiera. Eso no cambia lo que hay.
Julio asiente.
—Tienes razón —dice.
—¿Por qué te han echado?¿Puede saberse o es un secreto?
—Me han tendido una trampa, como te he dicho. Es cuanto puedo decirte.
—¿Y sabes quién ha sido? —pregunto.
El gesto de Julio se oscurece como si un trozo de noche se le acabara de caer encima.
—No lo sé, pero si lo descubro, que se prepare quien haya sido —dice—. Quería verte por eso también.
Le miro sorprendido.
—¿Qué es lo que quieres de mí?
—Sabes que siempre te he apreciado —dice Julio—. Lo del otro día fue un malentendido, y ya has visto que me he disculpado. Todo vuelve a estar bien entre tú y yo, ¿no?
—Ve al grano, que se me calienta la cerveza.
Julio sonríe. Levanta su jarra y hace el gesto de brindar. Tras un momento de duda en el que me viene el recuerdo del moratón que me dejó la caricia de sus puños el otro día, acepto el brindis.
—Alguien me denunció con un anónimo —dice Julio—. Eso era verdad, pero, por supuesto, no fuiste tú.
—¿Por qué estás tan seguro, si fue un anónimo?
—Ese anónimo me acusa de algo que es imposible que tú supieras. Es así de sencillo.
—Me alegra que te hayas dado cuenta, aunque la próxima vez piénsatelo antes de señalar con el dedo a nadie.
—Ya te he dicho que lo siento.
—¿Sospechas de alguien? —pregunto.
Julio hace un gesto afirmativo.
—Tengo mis sospechas —dice—. Pero, precisamente por mi metedura de pata contigo, prefiero cerciorarme antes de acusar a nadie sin pruebas. Necesito que me ayudes a descubrir quién está detrás de ese anónimo.
—¿Y cómo puedo hacer eso? No soy Sherlock Holmes.
—Enviaron el anónimo al correo electrónico del director. Eso tiene que haber dejado un rastro que delate a su autor. Tú tienes acceso a toda la red de la empresa. Podrías mirar, a ver qué averiguas.
—Eso es ilegal —digo—. No puedo hacerlo.
—¿Desde cuándo eso es un problema para ti?
Julio me lanza una mirada de complicidad que me desagrada particularmente. Me tiene hasta las pelotas este sujeto arrogante y engominado que se cree más guapo y más listo que nadie.
—Me guío por los más estrictos estándares de legalidad en el desempeño de mi trabajo —digo con gesto ofendido y ampulosa retórica para dar más peso a mi pretendida indignación—.
Todo lo que hago tiene la pertinente autorización de la dirección, muy especialmente cuando me piden que haga algo que se encuentra en la zona gris de la ley.
—No lo dudo —dice Julio con gesto apaciguador—. Me he expresado mal. Me refería a esa zona gris. No te pido que hagas nada ilegal.
—Un acceso no autorizado al correo electrónico del director está bastante más allá de la zona gris.
No sé cómo se te puede haber pasado semejante insensatez por la cabeza.
Si fue un anónimo como dices, lo más normal es que lo hicieran con una cuenta temporal y que no hayan dejado rastro.
Lo mejor que puedes hacer es olvidarte del tema.
—Tienes razón —dice Julio—. Pero necesito saberlo. Es algo me que corroe por dentro. Pienso en ello todo el día, cuando me voy a dormir y al despertarme, y, entre medias, sueño con ello. Me está costando la salud.
Intento ocultar lo mejor que puedo la alegría que me da ver lo desesperado que está Julio con el tema.
—Estaré atento por si me entero de algo —digo—. Aunque ya sabes lo que puedes fiarte de los rumores.
Julio asiente sin ningún entusiasmo.
Terminamos la cerveza y se empeña en invitarme. Nos despedimos. Él se va hacia el parking donde tiene el coche. Su cara de funeral contrasta con la sonrisa que se me dibuja sola mientras camino entre el gentío hacia la boca de metro.